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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//06 de Septiembre, 2010

Blanca A. " Perdida "

por jocharras a las 23:21, en Mujeres Asesinas
Blanca A.

Una tarde, sola en su casa, Blanca A. empezó a escuchar voces . Ni por un momento se asustó ni pensó que había entrado alguien a robarle ni que se había vuelto loca. Eran voces desconocidas pero firmes que le decían que tenía que cuidar a su marido.

Las voces llegaron en una época en la que Blanca había empezado a temer por la estabilidad de su matrimonio. Llevaba dieciséis años casada con Cacho, un electricista apocado y honesto que la había elegido como mujer después de un desengaño sentimental con su novia de toda la vida. Blanca, por su parte, también había tenido un noviazgo frustrado que terminó sin pena ni gloria por un clarísimo desinterés por parte del novio.

Así la unión de Blanca y Cacho estuvo marcada por el agradecimiento mutuo: cada uno sentía que el otro lo ponía a salvo de opciones peores y conflictivas.

Cuando se casaron, Blanca tenía veinticuatro años y treinta y dos. La diferencia de edad tranquilizaba a Blanca, cuya madre, Aurora, siempre le había machacado sobre el mismo asunto. “Los maridosle explicaba todo el tiempotienen que ser bastante mayores. Porque si no, cuando se aburren de una, se van con otras mujeres más jóvenes.Blanca tomó ese consejo como una verdad absoluta. Su segunda lectura acerca de los dichos de su madre era que los maridos, en el momento en que se aburren, se van con otra. Así, Blanca vivió siempre sus relaciones con un miedo enfermizo a que se aburrieran de ella. Y contra eso no podía hacer nada porque siempre tuvo la certeza de que era una persona anodina, que no podía despertar el menor interés en nadie.

Desde muy chica Blanca quería ser arquitecta, para construir casas enormes con vista a jardines. Pero Aurora, su madre, la había convencido de que su capacidad no daba para tanto. Impaciente, le recomendaba ser maestra y tener un trabajo seguro y menos complicado. Blanca aceptó.

Su hermana Rosa, cinco años más grande, la cuidaba como podía y había hecho algún intento de preservarla de la asfixia materna. Pero muy pronto se fue de la casa: se casó un mes después de haber terminado el colegio secundario y se instaló en otro barrio. Blanca todavía tenía trece años, de modo que pasó su adolescencia como hija única, escuchando los sermones críticos de su madre. Su padre, un empleado municipal enfermo y depresivo, pasaba el tiempo escuchando radio y haciendo crucigramas, aunque una vez por semana, todos los miércoles, desaparecía de la casa a las siete de la tarde y no volvía hasta las once de la noche. Cuando Blanca se animó a preguntarle a su madre por el misterio de esas ausencias, recibió una mirada de furia y una cachetada. Mucho más tarde, cuando su padre murió de un infarto y ella ya estaba casada, se enteró de lo que ya suponía: su padre reservaba las tardes de los miércoles para encontrarse con su amante.

El matrimonio de Blanca fue apacible y rutinario el comienzo. Blanca, sin embargo, compensaba  de pasión con la certeza íntima de que Cacho se iba a cansar de ella y le pediría el divorcio. Era esa certeza la que hacía que el interés por su marido estuviera activado en forma constante.

Durante los primeros años, Blanca trabajaba como maestra. Daba clases por la mañana a alumnos de séptimo grado, pero poco tiempo después se dio cuenta de había ni una sola cosa de la enseñanza primaria que le resultara interesante. Cada día era una tortura: Los planes de estudio le parecían mediocres, los alumnos la asustaban, las madres de los alumnos le resultaban arbitrarias y agresivas. Nerviosa, solía dar clase parapetada tras su escritorio, indecisa y frágil. El grupo entero de chicos ya había advertido sus puntos débiles y con los clásicos recursos estudiantiles: le tiraban tizas, se burlaban de ella, la imitaban, le pegas en la silla.

Blanca volvía a su casa llorando y se quedaba en la cama durante todo el día. Varias veces los médicos le habían dado licencias psiquiátricas hasta que, al fin, la jubilaron anticipadamente a los treinta y tres años.

Cacho, su marido, la acompañaba en este proceso. Nunca minimizó sus miedos ni sus fobias, y siempre fue partidario de que abandonase un trabajo que —era evidente— no la hacía feliz.

Durante sus licencias psiquiátricas, Blanca pasaba mucho tiempo durmiendo y viendo televisión. Rosa iba todos los días a darle los remedios, temerosa  de que su hermana evitara tomarlos. Para la época en que ya no daba clases, Cacho había dejado su trabajo en una fábrica y había instalado en su casa un pequeño taller de arreglos de electrodomésticos. A partir de ahí, con su esposo visible de la mañana a la noche y sin la tortura de los alumnos, Blanca se calmó. Se instaló de lleno en su vida doméstica dispuesta a conservarla tal como estaba, sin intromisiones ni sobresaltos.

Un día, mientras los dos tomaban el desayuno en la cocina, Cacho anunció que Gutiérrez, uno de sus mejores y más antiguos clientes, quería instalar un negocio de venta de artículos de electricidad. Había alquilado un local a una cuadra de la estación de trenes y, como sobraba espacio, lo había invitado para poner allí mismo su taller de arreglos. Las ganancias de las ventas serían para Gutiérrez y el resto para él. Cacho, entusiasmado, siguió explicando el plan: él estaría en el negocio, le ayudaría a Gutiérrez a atender a los clientes y haría sus trabajos de reparación.

Blanca estaba espantada. Todos sus miedos se materializaban: su marido, al fin, tal como ella había imaginado cientos de veces, se iría. El primer paso sería trabajar fuera de la casa. Una vez en otro ámbito, un ámbito lejano al hogar, se daría cuenta de que su vida era mustia e inservible, y la abandonaría para siempre. Al borde de las lágrimas, Blanca le suplicó que aceptara la propuesta de Gutiérrez.

A pesar de los antecedentes psicológicos de su esposa, Cacho  no entendía esa reticencia absurda. Los miedos y traumas de Blanca eran demasiado complejos para un hombre sencillo y sin vueltas como él.

Con paciencia, Cacho trató de explicarle que el cambio les convendría, que un local a la calle les garantizaba más clientes, que era una gran oportunidad.
Blanca aturdida, no hacía más que negar cada argumento ¿Y yo? , le preguntaba una y otra vez. “Vos te vas a ir pero ¿y yo?

Tres meses después de esa conversación, Gutiérrez y Cacho inauguraron el local. Una semana antes, Blanca empezó a escuchar las voces que la alertaban sobre el alejamiento de su marido.

Poco después de escuchar esas voces, Blanca se a contestarles. Durante las horas en que estaba sola podía hablar en voz alta, con plena libertad. En cuento llegaba su marido, tenía que disimular. Era consciente que  Cacho no iba a entender la realidad: para él, no se trataría de seres que querían ayudarla a prevenir una catástrofe matrimonial sino de una locura lisa y llana.

Sin embargo, había momentos en los que Blanca dudaba de . sí misma. Se preguntaba si no estaría viviendo una grave recaída de sus problemas psiquiátricos surgidos en su época de maestra de escuela. Pero no podía concentrarse en ese punto: las voces siempre interferían en sus razonamientos.

Para distraerse, Blanca limpiaba su casa frenéticamente. Compraba revistas femeninas en donde buscaba todo tipo de consejos para el hogar. Así, se había acostumbrado a varios rituales: frotaba las alfombras con vinagre, pasaba espátulas en las juntas de los azulejos, les daba brillo a las canillas usando un trapo con jugo de limón. Sus hábitos de limpieza le calmaban los nervios, le hacían pasar más rápido el tiempo en el que Cacho estaba fuera de la casa y le daban la idea de que su marido, viendo una casa reluciente y pulcra, no estaría tan ansioso por abandonarla.

Paralelamente, Blanca había desarrollado la costumbre de rascarse el brazo izquierdo hasta lastimarse. Aseguraba que tenía un sarpullido que le picaba de forma atroz, pero, aparte de las heridas que ella misma se provocaba, ningún dermatólogo le encontró nunca nada anormal.

Durante años, Blanca y Rosa respetaban la costumbre de visitar juntas a su madre una vez a la semana. Pero desde que Cacho había instalado su taller en el local de Gutiérrez, Blanca había dejado de ir. Estaba demasiado desmoralizada y desganada como para, además, escuchar las permanentes críticas de su madre. Una tarde, sin embargo, Rosa fue a buscarla y la llevó casi a rastras.

En casa de Aurora se comportó de forma tan esquiva que las dos, la madre y la hermana, advirtieron que algo extraño estaba pasando. Frente al interrogatorio Blanca ofreció resistencia pero al final confesó que se sentía cansada, débil y sin ganas de nada. Su madre le recomendó que se hiciera análisis para descartar alguna enfermedad y sugirió que el mismo Cacho la acompañase a un médico. Frustrada, Blanca les dijo que su marido estaba muy atareado como para ocuparse de además pasaba el día afuera. Rosa le contestó lo obvio, que ella exageraba, que el taller de su esposo quedaba apenas a tres cuadras de su casa, y que todos los maridos trabajan fuera del hogar. Pero Blanca, sintiendo que nadie comprendía la gravedad del asunto, se desmoronó. Con voz entrecortada confesó que ya le habían contado lo que iba a pasar. “Por ahora Cacho se va a trabajar, pero dentro de poco me va a Dejar. ¡ Ya me lo dijeron! ¿No entienden? Se va a ir y no va a volver.

Aurora y Rosa enmudecieron. Cuando se recuperaron del asombro, las dos quisieron saber quién le había proporcionado la información. Blanca, horrorizada, se dio cuenta de que había hablado de más. Miró a su madre y miró a Rosa. A ninguna de las dos podía contarle lo de las voces. “ No importa quién fue. Pero me avisaron.

Al otro día Rosa fue a visitar a su hermana. Encontró a Blanca limpiando las alfombras. Rosa le propuso salir a tomar aire y mirar vidrieras, pero Blanca se negó. Le explicó que prefería quedarse limpiando y esperando a que llegase Cacho. Ante la insistencia de Rosa, Blanca se enfureció. “ Yo tengo mil cosas que hacer en la casa. Vos no me entendés porque vivís sola y hacés lo que querés. Pero yo tengo que cuidar las cosas para que mi marido quiera quedarse conmigo.

Efectivamente, el marido de Rosa había m hacía dos años y ella vivía sola. Como su hermana jamás había podido quedar embarazada, pero si Rosa vivía este hecho como una injusticia menor vida, Blanca se sentía culpable por no haberle dado un hijo a Cacho.

Rosa se quedó unos instantes viendo cómo su mana, arrodillada, fregaba las alfombras. De golpe Blanca dejó el trapo en el balde, se sentó en el suelo y empezó a llorar. Su hermana se acercó y la abrazó. Blanca, en plena crisis nerviosa, no paraba de llorar. Rosa le acariciaba la cabeza muy despacio y trataba de calmarla. Le preguntó otra vez quién le había contado que Cacho se iba a ir. Blanca no aguantó más. “Nadie me dijo. Escucho voces.

Rosa convenció a su hermana de que fuera a un psiquiatra. Antes, le tuvo que jurar a Blanca que la acompañaría y que no le contaría una palabra de lo de las voces ni a su marido ni a su madre ni a nadie.

Blanca no quiso acudir a ninguno de los psiquiatras que la habían atendido en su época de maestra, y Rosa eligió a uno que conocía por intermedio de una amiga.

En la primera sesión las dos hermanas entraron juntas y fue Rosa quien planteó el problema de las voces. Apenas el psiquiatra advirtió que Blanca había tomado alguna confianza, le pidió a Rosa que los dejara solos. Entonces Blanca le explicó su caso, minimizando todo. Dijo que escuchaba voces muy de vez en cuando, en particular cuando estaba nerviosa, pero que se daba cuenta de que esas voces eran producto de su imaginación. Después de un interrogatorio superficial, el psiquiatra le recetó unas pastillas. Pidió entonces hablar a solas con Rosa, a quien le recomendó que se cerciorase de que Blanca las tomara. Le dijo también que el caso era serio pero no grave, y que con la medicación Blanca se normalizaría, aunque aclaró que debería tomar psicofármacos de por vida.

Blanca siguió escuchando voces. Tomó las pastillas durante unas semanas pero antes de que hubiera pasado el tiempo necesario para producir algún efecto, las abandonó. Las voces ya habían empezado a ser una presencia permanente. No solamente le confirmaban sus miedos y sospechas diciéndole que su marido la iba a dejar, sino que habían empegado a darle órdenes. Así, las voces le exigieron que controlara de cerca la actividad de Cacho. Blanca pasaba entonces tardes enteras espiándolo desde la esquina del local, muy alterada, histérica ante la posibilidad de ser descubierta, rascándose el brazo hasta lastimarse.

Otro día, cuando Cacho llegó a su casa un rato más tarde que lo habitual y le explicó que había estado terminando un arreglo atrasado, las voces le dijeron que estaba mintiendo. Blanca, enceguecida, le dijo a su marido que quería saber la verdad y que era obvio que sus explicaciones eran falsas. Todo terminó en una pelea feroz que duró hasta la madrugada.

Cacho estaba al tanto de la precariedad emocional de su esposa. Rosa, su cuñada, le había contado lo de las voces, las sesiones con el psiquiatra y los medicamentos. De modo que Cacho, a su vez, también espiaba a su mujer aunque de manera mucho más sutil que ella. No la seguía sino que se limitaba a acercarse sin hacer ruido a algún lugar de la casa donde ella estaba, y quedaba en silencio y oculto estudiando su comportamiento. Mucho no pudo ver: las voces solían arreciar cuando Blanca estaba sola. Era entonces cuando ella escuchaba, obedecía y contestaba, dirigiendo la mirada hacia algún punto fijo que solía ser la pared o una ventana. Lo poco que Cacho pudo pescar fue inquietante pero no extremo: escondido tras las puertas pudo verla hablando muy bajito, sola, con un destornillador en la mano, o cortando un tomate mientras movía los labios como si rezara. “El médico me dijo que no es para asustarse, que los remedios la van a poner bien”, lo tranquilizaba Rosa cuando él, alarmado, le contaba lo que había visto.

Una mañana Cacho se despidió de su esposa m temprano que lo habitual. Le dijo que tenía que busca un dinero en la casa de Gutiérrez y después pasar por banco. En cuanto se fue, Blanca advirtió que había dejado su caja de herramientas.

Era raro, porque Cacho jamás se separaba de su famosa caja. La había comprado con mucho sacrificio después de ahorrar durante un buen tiempo.

Blanca se sentó al lado de la caja, pensativa. La voces le indicaron, con absoluta claridad, que Cacho estaba más dedicado a su trabajo que a ella, y que era esa dedicación enfermiza lo que estaba acabando con su matrimonio. Era esa misma dedicación enfermiza la que hacía que Cacho ya no la buscara en la cama, ni la besara, ni la invitara al cine. Era por eso que su marido la había empezado a mirar con gesto desconfiado. Era por eso que lo había visto un par de veces estudiándola como si estuviera enferma: porque la percibía como un obstáculo para lo que de verdad le importaba, que era su trabajo Y esa caja de herramientas representaba su obsesión por el trabajo.

El razonamiento que seguían las voces terminaba en un punto muy claro: había que deshacerse de las herramientas para evitar males mayores.

Blanca miró a su alrededor. Las voces captaron sus intenciones y la guiaron: no era posible quemar las herramientas ni ocultarlas. Tenía entonces que sacarlas de la casa: Regalárselas a alguien.

Blanca se puso unas zapatillas, un pantalón de gimnasia y una remera y salió a la calle, con los pelos revueltos, muerta de frío y con la cara sin lavar. Llevaba, abrazada, la caja de herramientas. Corrió varias cuadras en dirección contraria al local donde trabajaba su marido, y al fin se detuvo y se dispuso a estudiar a la gente No podía decidir a quién le iba a dar la caja Se acerco a un hombre que en cuanto la vio apuró el paso y se alejo Siguió caminando unos metros más hasta que se topó con otro que esperaba un colectivo. Blanca caminó hacia él y le dejó la caja a sus pies. “Tome. Son buenas. Son de mi marido pero no las va usar más.

Esa tarde, cuando Cacho volvió a su casa, encontró a Blanca muy arreglada, con la comida lista. Comieron tranquilamente y se fueron a la cama. Antes de dormir Blanca le preguntó a su marido por su trabajo. Cacho relajado, le contestó que todo marchaba bien. Le anunció, orgulloso, que ese mismo día le habían llevado varios electrodomésticos para arreglar. “Viste que al final convenía que pusiera el taller fuera de casa?”, cariñoso, sintiendo al fin que las cosas comenzaban a arreglarse. Blanca no contestó. Entusiasmado, Cacho siguió su discurso en la misma línea. “Ahora puedo hacer más plata. Y si sigo así, hasta voy a ahorrar y vamos a poder irnos a algún lado.Blanca se sentó en la cama, herida. “Cómo te querés ir, vos... Se ve que estar acá conmigo no te alcanza.Cacho ni siquiera se molestó en explicarle que estaba hablando de las vacaciones.

Se dio cuenta, de golpe, que no era tan fácil ni tan fácil ni tan rápido recuperar a su esposa en estado normal. Blanca en tanto, ya estaba conectada con la angustia del abandono y le insistía al marido con el tema de volver a trabajar en su casa “Vos estas afuera todo el día.. ¿Y yo? ¿y yo?. No pensás en mi. No pensás en que quiero estemos juntos como antes, cuando trabajabas acá en casa?

Cacho la miró, hizo un esfuerzo para no levantarse y salir corriendo, se dio vuelta y se acomodó para dormir.

A la mañana siguiente Cacho se levantó temprano para ir a trabajar. Como el día anterior lo había dedicado a trámites bancarios y a acomodar mercadería, quería adelantar los arreglos que tenía pendientes.

Tomó muy rápido un café con leche mientras de reojo miraba a Blanca, que parecía más inquieta que nunca. Terminó de comer un pedazo de bizcochuelo y se levantó para salir. Se puso un saco y una bufanda y buscó la caja de herramientas donde la había dejado. No la encontró. Siguió buscando en toda la casa hasta que le preguntó a Blanca que, esquiva, le contestó entre murmullos que no la había visto. Cacho volvió a revisar por todos lados, corriendo muebles y abriendo armarios una y otra vez..Blanca, culposa, miraba al piso sin decir una palabra. Cuando Cacho la vio tuvo la certeza de que ella le había escondido la caja. Harto, la encaró. "¿Dónde metiste mis herramientas?" Blanca improvisó una respuesta vaga. "No sé. Las debés haber dejado en tu trabajo. Fijate allá. O por ahí las dejaste en otro lado." A medida que hablaba, Blanca iba asumiendo una actitud más y más sumisa y acorralada. Cacho, impaciente, la agarró del brazo y le pidió a los gritos su caja de herramientas. Blanca intentó una vez más convencer a Cacho de su inocencia hasta que se dio por vencida y se sentó en el suelo, tapándose la cara con las manos. Cacho se paró al lado de ella y se contuvo para no explotar. "Dámelas ahora." Blanca negó con la cabeza y le confesó que las había regalado. Cacho respiró hondo y buscó solucionar la cuestión. "Vas a ir y las vas a pedir de vuelta." Blanca, lívida, negó otra vez con la cabeza. "Se las dejé a alguien en la calle. No sé dónde están."

Ese día Cacho le anunció que se iba de la casa. Blanca se metió en la cama y llamó a su hermana para que fuera a acompañarla. Rosa no podía creer lo que escuchaba. "¿Vos estás tomando los remedios?", le preguntó alarmada. Blanca le juró que sí, pero que no pensaba volver jamás a lo de su psiquiatra. La explicación era simple: el psiquiatra le daba medicamentos porque ella escuchaba unas voces que le decían que su marido se iba a ir. Yal final, su marido se había ido tal como le habían anunciado las voces.

La hermana intentó hacerla entrar en razón pero era inútil Para Blanca todo estaba clarísimo y se lo explicaba a Rosa a los gritos. "¿No te das cuenta? Las voces me avisaron! Y como yo ya sabía que él se iba a ir, entonces puedo aguantar lo que pasa. Si no fuera porque las voces me avisaron yo ya habría saltado por la ventana! Qué remedios ni qué remedios! Ahora tengo que hacer que Cacho vuelva. "

Hábil y contenedora, Rosa fue calmando a la hermana poco a poco. Le dijo que la única forma de retomar su matrimonio era aceptando que su marido, como todos los maridos del mundo, iba a trabajar fuera de la casa. Y que tenía que volver a sus remedios en ese mismo momento.

Blanca estudió a su hermana. Supo que si aceptaba sus consejos Rosa hablaría con Cacho y lo convencería de que esa vez las cosas iban a cambiar. Cacho, entonces, volvería a la casa. "Está bien ", dijo Blanca, componiendo un personaje arrepentido y manejable. "Voy a hacer lo que digas. Tenés razón."

Una semana después de la gran pelea por las herramientas, Rosa habló con Cacho. Le dijo que esta vez Blanca se había arrepentido sinceramente, y que estaba haciendo un tratamiento psiquiátrico en forma rigurosa. Le recordó que ella ya había pasado por tratamiento similares cuando ejercía la docencia, y que siempre se había recuperado. Para convencerlo, dio el argumento final. "Lo que pasa es que nadie le había dicho que el tratamiento era para siempre. Este médico es más serio nos explicó eso. Si toma siempre las pastillas, va a estar todo bien."

Rosa le anunció además que él, como marido, tenía que conocer al psiquiatra de Blanca. "Me dijo que lo llames mañana para sacar una hora con él. Tiene que hablar con vos, me parece."

Cacho se sintió culpable por no haber acompañado jamás a su esposa en sus consultas con el psiquiatra. Rosa advirtió esa grieta en la estructura férrea de su enojo y la utilizó en el acto. " ¿ Por qué no vas a verla aunque sea un rato?"

Cacho, que además de estar harto de dormir en el local, sentía que no podía dejar a su esposa enferma, sola y desvalida, aceptó. Le dijo a su cuñada que iría para hablar, para buscar un poco de ropa limpia y para ver si las cosas realmente habían mejorado.

Un rato más tarde, Rosa llamaba por teléfono a su hermana para anunciarle que esa misma noche su marido iría a la casa a cenar.

Blanca estuvo toda la tarde cocinando una tarta de manzanas para Cacho. Mientras tanto, las voces se habían vuelto imparables. Blanca, muy nerviosa, trataba de no escucharlas. Iba cortando pedazos de fruta y contestando, enojada. "Basta. No quiero saber. Hoy quiero estar tranquila. " Las voces, una vez más, le decían que Cacho se iría, y que toda esa ceremonia nocturna de la charla y la cena sería en vano.

Cuando llegó Cacho, Blanca estaba sentada en la cocina leyendo una revista. Lo recibió como si nada hubiera pasado y le dijo que le había preparado tortilla de papas. Comieron y ella le contó que durante esa semana había empezado un curso para aprender a hacer velas. "Yo también quiero trabajar, me va a hace: bien ", anunció. Blanca le señaló un estante donde había una serie de velas que ya había terminado de fabricar.

Cacho comía y evitaba hablar de su propio trabajo. En determinado momento Blanca tuvo que levantarse: estaba escuchando tal remolino de voces que era incapaz de seguir una conversación con normalidad. Fue hasta la heladera y .sacó la tarta de manzanas. Eligió un cuchillo de un cajón y se puso a despegar la tarta de su fuente. "La voy sacando para que no esté tan fría", anunció. Pero las voces seguían y se multiplicaban. Blanca se apoyó contra la mesada y se agarró la cabeza. Cacho, que la estaba estudiando desde la mesa, se alarmó. " ¿Te sentís mal?", le preguntó. Blanca, temblando, le dijo que iría un momento al baño porque le había bajado la presión. "Es que acá no hay aire", explicó, mientras salía.

Ya en el baño, Blanca se lavó las manos con agua fría, muy enojada. Sentía que las voces la gobernaban, y que ella no tenía el mínimo control de sí misma. Se miró en el espejo y empezó a echarse agua fría en la cara ya frotarse los ojos. El brazo izquierdo le picaba y le ardía. Blanca sacó del botiquín la tijera que usaba para sus trabajos de costura. Con el filo empezó a rascarse hasta sangrar.

Mientras tanto, Cacho esperaba. Terminó su tortilla y se levantó para ir a ver si su mujer necesitaba algo. De paso, arrancó un borde de la tarta de manzanas y la probó. Caminó por el pasillo hasta el baño. Escuchó que su mujer lloraba. Se acercó a la puerta y golpeó. Su mujer no contestó. Cacho abrió la puerta despacio y vio a Blanca sentada en el suelo, llorando, con el pelo en la cara. Cacho se arrodilló para consolarla. En cuanto la tocó, Blanca levantó el brazo y le clavó la tijera en el pecho. Asombrado y malherido, Cacho empezó a caer hacia atrás, muy lentamente. Blanca siguió clavándole la tijera en el pecho y en el cuello hasta que ya no tuvo fuerzas para seguir.

Blanca permaneció toda la noche junto al cadáver de su marido. A la mañana siguiente llamó a su hermana para anunciarle que había matado a Cacho.

Blanca fue acusada de homicidio agravado por el vínculo. Las pericias psiquiátricas determinaron que padecía un severo cuadro de esquizofrenia y fue declarada inimputable. A los psiquiatras forenses, Blanca les explicó que había matado a su esposo porque unas Voces se lo habían ordenado.

Blanca permaneció nueve años internada en una institución psiquiátrica del interior. Salió en el 2004.

Actualmente vive con su hermana.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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