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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//14 de Noviembre, 2010

CAPÍTULO XVI El primer fiscal

por jocharras a las 11:26, en La Marca de la Bestia

El primer fiscal

Tenemos un violador serial

-Permiso doctor, ya me estoy yendo. Le dejo unas planillas y resoluciones que tiene que firmar -dijo el abogado Gustavo  Hidalgo mientras abría la puerta de la oficina del flamante fiscal del Distrito 3 Turno 3, Gustavo  Daniel Ivar Nievas. En realidad, hacía dos meses que Nievas había dejado de trabajar como abo­gado penalista para asumir como fiscal de instrucción, luego de superar un estricto examen en el que participaron unos 150 co­legas. Sin embargo, aún no terminaba de asimilar las responsa­bilidades que el nuevo cargo le exigía. Por ello, su secretario Hidalgo se había convertido prácticamente en su mano dere­cha.

-Gracias Hidalgo, dame un segundito y te atiendo... -respondió el fiscal, mientras lo miraba por encima de los lentes apoyados en la punta de la nariz.

Evangelista y seguidor de la doctrina de Juan Domingo Perón, Gustavo  Nievas había sido durante años un abogado penalista considerado en la Jefatura de Policía y por parte del ambiente judi­cial como un simple "sacapresos" caído en paracaídas en una fisca­lía. Por ello era observado con cierto recelo en los pasillos de Tribunales II, más aún teniendo en cuenta su supuesto acercamiento con el gobernador De la Sota, algo que Nievas se encargaba de negar cada vez que se le presentaba la oportunidad.

 

Sin embargo, para este flamante fiscal -poseedor de una gran capacidad histriónica, ya sea explicando decisiones judiciales o bien contando chistes y graciosas anécdotas- lo importante era ig­norar los comentarios que hacían a sus espaldas, trabajar y avan­zar en las causas penales.

En los muebles de su despacho convivían libros de derecho penal con expedientes de todo tipo, obras relacionadas al Evangelio,
discos de la banda británica Pink Floyd y portarretratos con imágenes de su segunda esposa y de sus hijos.

 

Por esas cosas del destino, a Nievas le iban a tocar dos grandes casos para investigar. Uno era el del violador serial. El otro era un proceso contra el ex intendente de la ciudad de Córdoba, Germán Kammerath, a quien llegó a imputar por un supuesto hecho de corrupción. Kammerath finalmente sería sobreseído de esa causa.

 

Sin embargo, las cosas se iban a complicar finalmente para Nievas a mediados de 2004, cuando empezaron a surgir una serie de denuncias en su contra que terminarían por obligarlo a renun­ciar. La más grave de las acusaciones fue la formulada por un hom­bre que aseguraba que el fiscal le había pedido una coima a cam­bio de dejar en libertad a su hijo. Se trataba de una denuncia que Nievas se encargó de desvirtuar siempre y que al momento de la edición de este libro la Justicia no se había expedido finalmente.

 

Nievas observó las planillas prontuariales que su secretario le había dejado en el escritorio y comenzó a leerlas detenidamente. Eran casi las 18 del viernes 24 de octubre de 2003.

 

Las fichas daban cuenta de varias personas que habían sido detenidas en las últimas horas y él debía disponer la situación proce­sal de cada una de ellas. Una de las hojas le llamó la atención. Era el caso de un estudiante de odontología, oriundo de Salta, quien se encontraba preso desde hacía varios días por resistencia a la autori­dad. No fue ese delito lo que le llamó la atención, sino que la causa había sido iniciada en la Unidad Judicial de Protección de las Per­sonas. Nievas dejó de leer, frunció el ceño y se preguntó en voz alta:

-¿Protección de las Personas? ¿Qué hace un estudiante deteni­do por resistencia a la autoridad en manos de los de Protección de las Personas? ¿Acaso esta gente no investiga violaciones?

Hacía unos minutos que su secretario había partido de la fisca­lía. Así que decidió comunicarse con la Unidad Judicial y averi­guar. Levantó el teléfono y marcó el 433-2658. Del otro lado, una integrante de la dependencia lo atendió.

-Tenemos detenido a ese muchacho porque creemos que puede ser el violador serial -disparó la agente judicial, con toda la naturalidad del mundo.

 

¿El qué? -respondió Nievas, con total desconocimiento.

-El violador serial. ¿No vio lo que salió en la prensa estos días?

-No entiendo nada de lo que me estás hablando. Acá nadie me habló de que hubiera un violador serial -dijo el fiscal.

-Es un caso importante -continuó la mujer- Le voy a decir una cosa: desde hace unos años, hay un violador serial que está vio­lando a jovencitas en Nueva Córdoba. A esto lo descubrió un grupo de investigadores de Protección de las Personas. Lo esta­mos investigando y no lo podemos agarrar. Ya lleva cometidos muchos ataques.

Nievas no entendía nada.

-Y tenemos detenido a este estudiante de odontología, porque su rostro es muy parecido a un identikit que se confeccionó. Lo agarraron los de Protección de las Personas cuando andaba por Nueva Córdoba en actitud sospechosa. El hombre se resistió, así que le metieron resistencia a la autoridad, como una infrac­ción al Código de Faltas. También le allanaron la casa y no se le encontró nada.

Nievas tomaba nota a las apuradas en una hoja de su cuadernito ayuda memoria, debajo de unas anotaciones sobre el Evangelio.

- ¿Y por qué nadie hizo público que hay un violador serial en Córdoba?

 

-Porque nadie se quiere hacer cargo. ¿Quién puede pagar el costo que representa eso? -respondió la agente judicial del otro lado del tubo, con toda la naturalidad del mundo.

 

-Bueno, ok. ¿Y esos hechos dónde están siendo investigados? ¿Quién los tiene? -repreguntó Nievas.

 

-Cinco casos están en manos del fiscal Bustos, otros los tiene Caballero, otros están sueltos por ahí y usted, tiene dos.

Nievas cortó la comunicación abrumado y ordenó que el estu­diante de Odontología fuera sometido a una rueda de reconocimien­to de personas. Esa medida iba a realizarse días después y el sospe­choso iba a recuperar la libertad. Ninguna víctima lo reconoció.

 

Todo en uno

 

A la semana siguiente, Nievas se reunió con los distintos fisca­les que tenían causas de violaciones adjudicadas a un NN y com­probó que varias de las investigaciones estaban truncas. Así fue que decididamente encaró al por entonces fiscal general de la Pro­vincia, Carlos Baggini.

-¿Y vos qué querés hacer, Gustavo  ? -le dijo Baggini, en su ofici­na del primer piso en el Palacio de Tribunales I.

-Me parece que las causas podrían unificarse, teniendo en cuenta que se trata aparentemente de un mismo violador. Hagamos una campaña informativa, avisemos a la población, hagamos algo... -dijo Nievas.

Ni bien se retiró del despacho, Baggini levantó el teléfono y marcó un número que conocía de memoria. Nievas subió a su auto y encaró hacia Tribunales II. Al rato, comenzó a sonarle el celular y atendió. Era el fiscal general.

-Gustavo  , he decidido que todas las causas de ese supuesto violador serial vayan a parar a tu fiscalía. Vos te vas a hacer cargo -dijo Baggini.

Nievas prácticamente no tuvo tiempo de contestar, antes de que del otro lado el fiscal general cortara. A las pocas, horas, el fiscal ya estaba reunido con las responsables de la Unidad Judicial de Protección de las Personas. A partir de entonces, esas funciona­rías -Adriana Carranza y Alicia Chirino- iban a convertirse prácti­camente en las únicas personas en quienes Nievas iba a confiar plenamente. Ellas le informaron que el serial había abusado de una veintena de jóvenes en lo que iba del año, principalmente en la zona de Ciudad Universitaria, el Parque Sarmiento y Nueva Córdoba. Y le aclararon que los casos debían de ser muchos más, ya que eran muy pocos los abusos sexuales que se denunciaban. El primer hecho que arrancaba la serie se había registrado el 3 de noviembre de 2002 a la noche y había tenido como víctimas a dos chicas.

 

El paso siguiente que dio Nievas fue entrevistarse con los investigadores policiales del caso, quienes por ese entonces ya esta­ban comandados por el comisario Vargas. Los detectives le mostra­ron al funcionario judicial cuatro identikits, entre los que se en­contraba el del hombre con rasgos norteños y le explicaron que era preciso determinar si el violador serial que buscaban era uno o varios que actuaban en forma similar.

 

Esa misma semana, Nievas se compró tres libros con tratados completos sobre el ADN y sus ventajas en la investigación, a fin de interiorizarse en el tema.

 

"Como no estaba claro si estábamos frente a un único violador serial o a varios que actuaban de la misma forma, decidí que lo mejor era realizar un estudio de histocompatibilidad con los restos de semen hallados en las víctimas y en sus prendas íntimas. Eso nos iba a permitir corroborar si se trataba de una misma persona", co­menta en la actualidad Nievas, mientras revuelve un café sentado en un bar de la avenida Sabattini, a escasas cuadras de donde vivía Marcelo Sajen. "Y pensar que el serial vivía acá nomás, cerca de casa", añade.

 

A los pocos días, el fiscal del Distrito 3 Turno 3 solicitó al Cen­tro de Excelencia en Productos y Procesos de Córdoba (Ceprocor) la realización de ese estudio con las muestras de semen que se obtuvieron de las víctimas. Paralelamente, entrevistó a algunas jovencitas y mantuvo diálogos con sus familiares, a quienes les ex­plicó que haría lo imposible para atrapar al depravado. Si bien contaba con un reducido equipo de trabajo, Nievas sentía que esta­ba solo en la cruzada.

A principios de noviembre, el fiscal decidió empapelar puntos clave de la ciudad con el identikit del violador -que, por cierto, los medios de prensa ya se habían encargado de difundir- y una serie de teléfonos para que la gente llamara si tenía alguna pista. Muy pocos en la Policía estuvieron de acuerdo con esa medida. "La idea era sacar el rostro a la calle, había que empapelar la ciudad, para que la gente estuviera alertada y a la vez colaborara con la causa. Quería que el retrato se viera en todos lados y que los cordobeses lo tomaran como propio. Parecía mentira pero en las comisarías ese identikit ni se conocía", explica Nievas hoy.

 

Empleados de la fiscalía de Nievas comentan que el funciona­rio, al comienzo, tuvo que poner dinero de su propio bolsillo para realizar las primeras fotocopias del dibujo. Otro obstáculo para el fiscal fue la carencia de un vehículo propio para realizar las prin­cipales diligencias. Ese auto iba a ser cedido bastante tiempo des­pués. "Pedí dinero para llevar adelante una campaña informativa y digamos que no tuve todo el apoyo necesario que se requería en ese momento. Por suerte, tiempo después, el problema se subsa­nó", señala Nievas.

 

El identikit del violador serial empezó a circular por todos la­dos, ya sea en la Universidad, en comercios, hospitales, postes, taxis, remises y colectivos. También comenzó a ser reenviado entre los mismos estudiantes y profesores a través de los correos electróni­cos. Esto significó un duro golpe para las propias víctimas del se­rial, muchas de las cuales se enteraron de que habían caído a ma­nos de un mismo depravado y que ese sujeto andaba impune por la ciudad desde hacía largo tiempo.

 

"Esa campaña informativa fue desacertada, porque provocó que empezaran a llover datos truchos. La gente llamaba y decía que creía conocer al violador, cuando no era así. Ese identikit mostra­ba un rostro muy común en Córdoba, por eso todos creían verlo a cada rato, por lo que la investigación se terminó complicando", señalan algunos investigadores.

 

No obstante, la campaña publicitaria permitió que familiares de víctimas del serial que no habían hecho la denuncia se acerca­ran a la fiscalía para dar testimonio de lo que les había sucedido a sus seres queridos.

A principios de noviembre, el fiscal Nievas mantuvo una re­unión con el jefe de Policía, a quien le solicitó que intensifique los patrullajes en la zona de Nueva Córdoba y, en especial, el Parque Sarmiento. "Yo trabajaba con una psicóloga que me dijo que segu­ramente el violador serial, al ver que no podía actuar donde siem­pre lo había hecho, se iba a trasladar hacia su zona, hacia su ba­rrio. Y ahora que lo pienso, así fue, porque tuvimos casos de ata­ques en la zona de barrio San Vicente y Altamira, que queda cerca de donde vivía Sajen", comenta Nievas, quien por las noches reco­rría la avenida del Dante en su propio auto para comprobar si el patrullaje se llevaba a cabo. "En más de una oportunidad, tuve que tomar el celular y llamar al jefe de Policía para decirle que no veía ningún policía en la zona", recuerda indignado Nievas. A los pocos minutos, comenzaban a verse balizas azules iluminando la oscuridad de la avenida del Dante.

 

La presunción del por entonces fiscal no era errónea. Tanta saturación policial hizo que el serial se moviera de lugar cada vez más. El 27 de noviembre a la noche, volvió a atacar en un sitio que nadie había imaginado.

 

El delincuente sorprendió a una chica de 27 años que camina­ba para encontrarse con su novio en avenida Patria y calle Sar­miento, en el barrio Alto General Paz. "Caminá o te mato", le dijo Sajen y la llevó varias cuadras hasta el Centro de Participación Comunal (CPC) Pueyrredón, un edificio destinado a atender trámi­tes municipales y que se encuentra ubicado en una calle que se convierte finalmente en la ruta nacional 19 que va a San Francisco o a Pilar.

 

La joven fue violada en un oscuro sector de las adyacencias del edificio. A pocos metros había una guardia policial que no se ente­raría de la violación, hasta que el caso tomó estado público por la prensa.

 

"El tipo se me apareció de atrás y me preguntó si yo trabajaba en una oficina y si llevaba cinco mil pesos. Yo le dije que no, pero él insistía que yo tenía plata. Me hizo que lo abrazara y me apuntó con el arma. Tenía que mirar para la derecha y no verlo. Me dijo: 'Si pasa un policía o el CAP somos novios. No grités que yo no te voy a hacer nada'. Tenía tonada norteña, boliviana. Me preguntó si conocía a un tal Gustavo . Me dijo que lo acompañara unas cuadras y que después me iba a dejar. Estaba desorientado. Me hizo doblar en un pasaje y se enojó porque no tenía salida. 'Mirá a donde me traés', me dijo. Ahí se me cruzaron mil cosas y me largué a llorar porque pensé que me mataba. 'No llorés que yo no te voy a hacer nada', me decía. Hizo que dobláramos. En el camino, un perrito me peleó, me rasguñó, y él me dijo que si me mordía lo iba a matar. Yo no tenía palabras para decirle. Llegamos a la cuadra del CPC y, en el descampado, me violó. Tenía papada, grasa. Era un poco más alto que yo, era robusto, pelo corto negro, tenía labios gruesos, andaba vestido con un short de fútbol con franjas blancas, llevaba zapatillas y una remera celeste", relató la joven a un investigador que la entrevistó tiempo después.

 

La tardanza del Ceprocor a la hora de confirmarle a Nievas si se estaba en presencia de un mismo violador serial hizo que él se quejara durante una entrevista periodística. El hecho de ventilar esa molestia ante la sociedad provocó, a su vez, que el Tribunal Superior de Justicia lo reprendiera en una reunión que se realizó a puertas cerradas.

 

Portación de cara

 

Durante noviembre y diciembre de 2003, en las calles de Córdoba comenzaron a reiterarse detenciones de todo hombre cuyas características físicas coincidían con las del violador serial. Esta política de cacería por portación de cara, implementada por la Policía, se intensificaría al año siguiente y llegaría a su punto máxi­mo con el arresto de Gustavo  Camargo, un hombre de notable pare­cido al identikit y que llegó a estar preso casi 40 días, luego de haber sido señalado por una víctima de Sajen que creyó reconocerlo en una calle de barrio San Vicente. Para colmo, el hombre no llevaba calzoncillo debajo del pantalón, lo que hizo que la Policía y el fiscal Nievas creyeran que habían dado en el blanco.

 

Por aquellos días de fin de año, mientras las vidrieras de los comercios empezaban a poblarse de Papá Noel, arbolitos verdes y angelitos coloridos, Nievas no paraba de moverse ni de salir en los medios de prensa. A diferencia de otros fiscales, que hacen del bajo perfil un culto, él no dudaba en atender a todo aquel periodis­ta que lo consultara, ya sea sobre los avances en la investigación contra Kammerath o bien en la causa del serial. En esa vorágine, Nievas se hacía tiempo para entrevistar a jóvenes que, merced a la campaña informativa, se acercaban a denunciar que habían sido violadas por el serial. También se reunía periódicamente con los investigadores y con jefes policiales.

 

Nievas recuerda que les dio instrucciones para que rastrearan a todos los delincuentes seriales de los últimos cinco años que ha­bían atacado en Córdoba y a sujetos que fueron arrestados por merodeo. La decisión de investigar a los merodeadores se debía a que en la investigación ya se pensaba que el serial efectuaba un plan previo de seguimiento de sus víctimas y de los lugares adonde iba a llevarlas.

-Este tipo está cebado. Muy cebado y no va a parar. Lo peor es que tengo miedo de que mate a una chica -no se cansaba Nievas de reiterarle a los policías.

 

Para fines de 2003, Nievas y sus hombres (y mujeres, de la Uni­dad Judicial) barajaban los nombres de ocho sospechosos. La ma­yoría estaba en libertad y se les había extraído sangre para análi­sis de ADN. Había de todo. Uno era docente de la UNC, otro era el estudiante de odontología, había un enfermero que trabajaba cer­ca del Parque Sarmiento, un peluquero, un comerciante, un des­ocupado y dos policías en actividad. Sí, dos policías. Es que mu­chos de los investigadores, aunque lo niegan hoy, tenían por aquel entonces la íntima y explícita sospecha de que el depravado era violador serial de noche, pero de día vestía uniforme azul. La idea estaba centrada en la forma de hablar y de actuar del delincuente, pero sobre todo porque tenía la extraña capacidad de desaparecer de los lugares donde se hacían operativos especiales con investiga­dores vestidos de civil. El razonamiento era simple: ya habían teni­do un policía violador. ¿Por qué no podían estar frente a otro? La sola idea de que esto fuera cierto, le causaba al jefe de Policía más que un simple dolor de estómago.

 

El 29 de diciembre, los ocho sospechosos fueron sometidos a una rueda de reconocimiento de personas en la alcaidía de los Tribunales II. La medida procesal, de la que participaron cinco de las nueve víctimas que habían sido citadas y Javier (el muchacho que ayudó a confeccionar el identikit), se extendió durante toda la jor­nada. Los imputados fueron pasando por una sala que tenía un vi­drio espejado a través del cual, en otra habitación separada, obser­vaban las jóvenes.

 

Al no ser reconocido ninguno, quienes estaban presos queda­ron en libertad de inmediato.

Sin brindis

Aquel 31 de diciembre de 2003, en varios hogares quedaron las copas guardadas en los estantes. Ninguna víctima ni sus familias tenían motivos para festejar el final del año y el comienzo de otro. Uno de esos hogares destruidos estaba ubicado en la ciudad de Vi­lla María, al sur de Córdoba.

 

En la casa vivían un hombre, su esposa y su hija adolescente. En realidad, sobrevivían. En agosto de ese año, la jovencita, quien se había trasladado a la ciudad de Córdoba para estudiar una carrera universitaria, había caído en las garras del violador serial. Fue salvajemente violada y golpeada en el ex Foro de la Democracia.

 

La chica era virgen. Esa noche de viernes, luego de que el se­rial la amenazara de muerte y la dejara abandonada, regresó como pudo hasta su departamento y llamó a su padre para contarle todo.

 

En poco más de una hora, el hombre viajó en su auto, por la ruta nacional 9 hasta llegar a Córdoba. Entró al departamento y luego de llorar durante un largo rato con su pequeña, le armó los bolsos y se la llevó de regreso a Villa María.

 

La joven no volvió a pisar la ciudad de Córdoba.

 

Pero el sufrimiento no se iba a acabar con la pesadilla sufrida aquella noche. Pocas semanas después, en su casa, comprobó que había quedado embarazada. El ginecólogo se encargó de confirmarle el calvario que se le avecinaba.

 

Por decisión de sus padres, abortó y jamás hizo la denuncia. El tratamiento psicológico no fue suficiente. La adolescente intentó suicidarse dos veces. En ambas oportunidades ingirió grandes cantidades de pastillas, mientras dormía en su cama. Su madre tam­bién intentó poner fin a su sufrimiento de igual manera. Por fortu­na, ambas sobrevivieron. Hoy se encuentran bajo un estricto trata­miento terapéutico.

 

Aquel 31 de diciembre de 2003, mientras aquella familia villamariense padecía el infierno en sí mismo, Marcelo Mario Sajen levantaba la copa feliz de la vida, rodeado de sus seres queridos, brindando y festejando la llegada del 2004. Sería la última vez que celebrara el fin de año.

Soy Gustavo , el violador serial

16.58. Domingo 4 de enero de 2004, central 101 de la Jefatura de Policía:

-Policía, buenos días, atiende Jorgelina.

 

-Hola, mirá, soy Gustavo  Reyes... Soy el violador serial que an­dan buscando.

 

-¿Ah, sí? ¿No me diga?

 

-Mirá hija de puta. Soy el violador serial y te voy a cagar cogiendo a vos como lo hice con todas las demás. Te voy a hacer de todo. Y a vos te va a pasar lo mismo, te voy a cagar cogiendo.

 

Cuando la oficial del servicio 101, del Departamento Centro de Comunicaciones de la Policía, que funciona en el cuarto piso de la Jefatura, quiso realizar una nueva pregunta, el hombre colgó. De inmediato, la policía dejó los auriculares con el micrófono incor­porado en su estación de trabajo y se levantó corriendo para con­tarle a su jefe lo que había sucedido. El comisario levantó el telé­fono y avisó a los pesquisas de Protección de las Personas.

 

Dado que el sujeto no había antepuesto *31#, el número del teléfono que había usado quedó registrado en la pantalla de la computadora. En segundos, los investigadores supieron que la llamada había sido efectuada desde un aparato ubicado en la calle Soto, a pocos metros del Arco de Córdoba, en el barrio Empalme.

 

En pocos minutos, una comisión de investigadores salió dispa­rada hacia ese lugar y se encontró con un teléfono público ubicado en un comercio. Los policías encararon a la dueña del negocio y desplegaron ante sus ojos el identikit del norteño.

-Mmm, sí, puede ser. El hombre era morocho y habló un ratito y cortó.

 

-¿Algo más señora? ¿No hubo nada más que le haya llamado la atención? - inquirió uno de los policías.

 

-Hablaba bajito, así que no se podía oír bien lo que hablaba.

 

 -¿Algo más? ¿Algo fuera de lo común?

 

-i Sabe que sí! Me llamó la atención el hecho de que mientras hablaba parecía sobar el teléfono, lo acariciaba con las ma­nos... Fue muy extraño - respondió la mujer.

De nada sirvió que los investigadores le preguntaran si conocía a aquella persona, si sabía dónde vivía o si alguna vez lo había visto por el barrio. La mujer no tuvo más nada que aportar y los policías debieron retirarse maldiciendo por lo bajo. Tampoco fue efectiva la búsqueda que desplegaron en la zona, dando vueltas y vueltas en procura de dar con el sospechoso. Nada. Al llamador anónimo se lo había tragado la tierra.

 

Hasta el día de hoy no existe certeza sobre si esa breve comunicación telefónica realizada fue efectuada o no por Marcelo Sajen.

 

No obstante, investigadores de la Policía Judicial y hasta el mismo fiscal Nievas sospechan que el violador serial bien puede haberse contactado con la Policía, en parte para burlarse y también para demostrar cuán lejos era capaz de llegar, sabiendo que los detecti­ves estaban muy lejos de poder capturarlo.

 

"Ese llamado telefónico me dio una bronca bárbara. Porque sentí como que el tipo se estaba burlando de nosotros. Y me acordé de la película Siete pecados capitales en la que Kevin Spacey hace de un asesino que va dejando mensajes a los policías que quieren agarrarlo. Bueno, en este caso, pensé que este perverso nos estaba dejando muestras", señala Nievas.

 

Había dos detalles sugestivos en la llamada: por un lado el ex­traño se había presentado como Gustavo , el mismo nombre que venía usando en cada uno de sus ataques; y por el otro, el teléfono estaba ubicado en barrio Empalme, a metros de la avenida Sabattini, una zona que, si bien estaba alejada de Nueva Córdoba y del centro, se encontraba dentro de su radio de acción.

 

Incluso, una alta fuente del Cuerpo de Investigaciones Crimi­nales, de la Judicial, redobla la apuesta: señala que el serial no sólo llamó aquella vez, sino que además lo habría hecho al menos en dos oportunidades más al 0800 que sería habilitado posterior­mente. Esas dos llamadas se habrían producido en el mes de di­ciembre de 2004.

 

Desde la Policía, algunos refuerzan el misterio y comparten la tesis de que Sajen quiso burlarse de quienes lo perseguían. Sin embargo, hay quienes desvirtúan todas estas conjeturas porque entre el 21 de diciembre del año anterior y el 30 de marzo el serial des­apareció. Ese día volvió a atacar en barrio Observatorio.

 

Ese mismo enero, luego de que los análisis realizados en el Ceprocor, sobre restos de semen hallados en las víctimas, demos­traron que el violador serial era un solo hombre, Nievas ordenó que la Policía investigara a todos los Gustavo  Reyes que existían en Córdoba y áreas cercanas.

 

"Visto hoy, aquel estudio del Ceprocor suena menor, pero fue importantísimo. Y, pese a la gravedad del caso, nos trajo alivio porque indicaba que estábamos detrás de una misma persona. Imagínate si hubiera demostrado que en realidad había varios vio­ladores seriales", añade Nievas.

 

No era ninguna tarea fácil investigar a todos los Gustavo  Reyes existentes. El listado era enorme. Luego de eliminar a aquellos que ya habían muerto, a quienes eran demasiado chicos o grandes, los policías tuvieron una lista acotada que se estrechó aún más al calcular la edad. Sospechaban, en base a las víctimas, que el serial andaba entre los 30 y los 40 años. A lo sumo, 45 años. No podía tener más, a no ser que tomara Viagra o algún estimulante sexual semejante. Sajen consumía esa pastilla y tenía 39 cuando cayó.

 

En marzo, los policías detuvieron a un joven que tenía la mala suerte de parecerse al identikit, de caminar solo por Nueva Córdoba a altas horas de la noche y, encima, de llamarse Gustavo  Reyes.

 

Por aquellos días, se manejaban tres hipótesis en la causa. El violador serial podía ser:

-      Un portero de un edificio, el cuidador de una obra en cons­trucción, o un albañil. Desde ámbitos policiales aseguran que se investigó prácticamente a todas las personas que tra­bajaban en las construcciones de Nueva Córdoba.

-      Un comisionista del interior provincial que viniera a Córdoba Capital a cobrar algún trabajo y, de paso, aprovechaba la oportunidad para cometer una violación. Por ello es que se investigó a todos los comisionistas o cobradores que salían en los avisos clasificados de los diarios.

-      Un hombre que residiera en alguna localidad "dormitorio" del Gran Córdoba y que viniera a trabajar a la Capital. La sospecha era que esta persona bien podía cometer los ata­ques sexuales y luego escapar hacia la terminal de ómni­bus. Se apostaron investigadores de civil en la estación, pero no sirvió de nada.

¿Qué pasó con Gustavo  Reyes? Fue sometido a una rueda de reconocimiento de personas. Ninguna víctima lo señaló y el hom­bre quedó en libertad. Los resultados de su ADN terminaron por desinvolucrarlo.

 

Mapa

 

El hombre fuma el cigarrillo y lo apoya en el cenicero. Es el cuarto que prende en lo que va de la charla. Arranca una hoja de la agenda y la pone en la mesa, mientras el humo se disipa lentamen­te en la habitación. De pronto, mete la mano derecha en el bolsillo interno del saco oscuro y saca una lapicera azul. Se acomoda en el respaldo de la silla y, en segundos, dibuja en el papel varias rectas paralelas y perpendiculares entre sí.

 

Hace varios círculos, algunos cuadrados y traza líneas que por momentos parecen rectas y después se vuelven curvas. "Esta es la ciudad de Córdoba, éstas son las principales avenidas y las vías que cruzan la zona sur de la Capital", dice por fin el comisario Oscar Vargas, quien cuando el serial era su obsesión, se identificaba como España 1 cada vez que le daba una orden a su grupo de detectives. A su lado, está el comisario Rafael Sosa, Portugal 1, que lo mira en silencio.

 

Vargas .empieza a sombrear los círculos por dentro y marca flechas, con destreza. "Y éstas son las zonas donde actuaba el Víctor Sierra, en todos estos sectores se movía el tipo", agrega.

 

España 1 dibuja el mapa de memoria. Si quisiera, podría ha­cerlo con los ojos cerrados. Se nota que junto a su equipo de traba­jo dibujó varias veces ese mismo esquema una y otra vez, analizan­do detalles, buscando respuestas, infiriendo deducciones.

 

Deja el cigarrillo y empieza a hablar con pasión. Explica que en las primeras épocas, en los años 1991 y 1992, Sajen atacó en la zona de Villa Argentina y de Empalme, cerca de la avenida Sabattini, a cuadras del Arco de Córdoba. Sosa lo interrumpe: "Yo conocí a una amiga que vivía en Villa Argentina. Una noche, mientras vol­vía sola a su casa, un tipo la agarró de atrás, le mostró un arma y la quiso llevar a un descampado. Ella gritó y un vecino salió a soco­rrerla. El desconocido salió corriendo y se perdió... No tengo dudas de que era Sajen".

Retoma la palabra Vargas. Explica que el violador serial siem­pre se fue moviendo, cambiando de zonas de acción, cada vez que la Policía empezaba a trabajar cerca de él. "No creo que el tipo haya contado con alguien que nos buchoneara. Nadie ayuda a un violador. Él era un caco, un delincuente. Los choros siempre reco­nocen cuando un policía está cerca, por más que lleve uniforme o esté de civil como nosotros. Lo huelen. Lo presienten. Y nosotros a ellos. Si estuviéramos en un bar y entran unos cacos, seguro que se dan cuenta de que somos canas. Y viceversa. Es como un juego, como un juego del gato y el ratón. Sajen era muy picaro para darte vuelta y reconocerte como cana", dice Vargas.

 

Y vuelve a tomar la lapicera. "Mirá, el tipo se fue cambiando de zona de acción", dice y la ceniza acumulada del cigarrillo cae como un cadáver sobre la hoja. "Entre el 92 y el 94 hay hechos en la zona donde se ubica la Cooperativa Paraíso. En el '96, el '97 y el '98 ataca en San Vicente, en Altamira y zonas cercanas. Después, en '99 empezó en Nueva Córdoba y la zona adyacente al centro".

 

Sosa vuelve a hablar. "Sí, actúa en Nueva Córdoba hasta que pierde. Cae en cana luego de asaltar la pizzería de la calle San Luis".

La lapicera vuelve a dibujar sobre las rayas-avenidas. "Y cuan­do salió en libertad volvió a atacar en la zona de Nueva Córdoba, una zona que conocía muy bien para moverse". Vargas vuelve a hablar del gato y el ratón. Señala que cuando los policías coparon ese sector, el serial se mudó a la zona sur. "Fue a la zona de barrio Cabañas del Pilar, luego a barrio Iponá, Villa Revoí, barrio Jardín y así. Siempre se fue corriendo, cada vez que nos acercábamos".

 

"Acordate Oscar -interrumpe Portugal 1- que después se man­dó para la zona de San Vicente y Pueyrredón". Vargas une con una línea todos los pequeños círculos que representan las zonas donde Sajen atacó y forma un gran círculo. "Y vuelve a atacar en Nueva Córdoba, es el caso de la chica Ana, la del mail", señala Vargas, mientras tapa la birome y la guarda en el bolsillo de su saco oscu­ro.

 

Pero se acuerda de algo y vuelve a sacarla. "Me olvidaba del tema de las vías del tren", dice el comisario. Según explica, las vías eran muy usadas por el serial. En efecto, allí cometió una de las violaciones más salvajes contra una adolescente de corta edad. Además, por una de las vías que pasan cerca de su casa habría escapado corriendo cuando lo buscaba toda la Policía. "Sajen an­daba por las vías, porque por allí no pueden andar los patrulleros. Eso lo sabe cualquier choro", razona en voz alta. Luego, agarra el papel y lo hace un bollo. Sosa es quien toma finalmente la posta.

 

"El tipo nunca atacó en la zona norte de la ciudad. Sí, atacó en los barrios Pueyrredón o San Vicente, que están cruzando el río. Pero nunca se fue al Cerro, a Argüello o a Villa Allende. Nunca se fue a Carlos Paz. Creo que era porque él no dominaba bien esos ámbitos y se movía con total tranquilidad en la zona centro y sur de la ciudad, que es donde solía operar desde hacía años. Aparte, su casa le quedaba cerca", agrega Sosa, antes de levantarse de la mesa.

 

Los caminos de la bestia

 

"Marcelo era un desastre para recordar las direcciones. Pero sabía ubicarse en las calles y sabía bien por dónde ir", dice Zulma Villalón, mientras recuerda detalles de la vida cotidiana de Sajen. Hay que creerle, porque dice la verdad.

 

Por un lado, basta con analizar cómo su esposo sabía movilizarse y escabullirse cada vez que notaba la presencia policial. Por otro lado, sirve examinar las calles y avenidas que rodeaban la zona donde vivía para comprobar cuáles eran seguramente los ca­minos que usaba para llegar en pocos segundos a los sitios donde iba a violar a sus víctimas. Y por cierto, cuáles iban a ser los atajos para escapar ante cualquier imprevisto.

 

En los últimos tiempos, Marcelo Sajen vivía en calle Montes de Oca al 2800 del barrio General Urquiza. Si quería ir desde su casa, a San Vicente o a Altamira, bastaba con que tomara la calle Juan Rodríguez, que pasa a pocas cuadras de su hogar y así cruzar, en una esquina semaforizada, la avenida Amadeo Sabattini. Si quería ir a Villa Argentina, debía bajar por Juan Rodríguez y al llegar a Sabattini, en vez de cruzar la avenida, giraba hacia la derecha un par de cuadras.

 

Para los investigadores, tanto la calle Juan Rodríguez como su paralela Gorriti eran una vía clave de circulación para su accionar. Varios de los abordajes a sus víctimas fueron cometidos en ambas arterias.

 

Pero volvamos a su domicilio. Si Sajen tomaba la calle Montes de Oca en dirección al este llegaba, en cuestión de minutos, al ba­rrio José Ignacio Díaz 1a Sección, donde vivía su amante, Adriana del Valle Castro.

 

En cambio, si salía de su casa por Montes de Oca, llegaba a Tristán Narvaja y en esta calle doblaba a la derecha, llegaba a la avenida Malagueño. Esta arteria, que corre paralela a las vías del tren, era clave. Así podía llegar en un corto tiempo a los barrios José Ignacio Díaz 2a Sección, donde estaba el taller mecánico de su hermano Eduardo, o bien a José Ignacio Díaz 3a Sección, donde vivía su madre y algunos de sus otros hermanos.

 

Varias personas relatan que era común ver a Sajen transitar por estas calles, en auto o en moto. "Yo llegué a verlo muchas ve­ces andando en moto por la zona del barrio Coronel Olmedo. Varias veces lo vi jugando a las bochas en una canchita muy conocida de esa zona", comenta un empleado de los Tribunales II que trabaja en la planta baja. Para llegar a barrio Coronel Olmedo a Sajen le bastaba tomar la avenida 11 de Setiembre que cruza la Malagueño y luego se convierte en el camino a 60 Cuadras.

 

Desde la casa de Sajen había dos caminos rápidos para llegar hasta el Parque Sarmiento y al barrio Nueva Córdoba. Podía ir por la avenida Sabattini o por la mencionada Malagueño, donde la pre­sencia policial es menor. Una vez que llegaba a la avenida Revolu­ción de Mayo, doblaba hacia la derecha y en cuestión de segundos llegaba al ingreso mismo al Parque Sarmiento, a la altura de la Bajada Pucará.

 

Por cualquiera de los dos caminos podía llegar, a la terminal de ómnibus, donde, según sospechan algunos investigadores, el serial dejaba estacionado su auto en la playa para luego salir de cacería.

 

Si, en cambio, quería llegar a los barrios Cabañas del Pilar, Jardín o Villa Revol, donde cometió varias violaciones, Sajen de­bía salir de su casa, tomar la avenida Malagueño y seguir andando, en forma paralela a las vías, hasta llegar a destino.

 

Finalmente, el violador serial viajaba a menudo a la localidad de Pilar. Para llegar allí, le bastaba tomar la avenida Sabattini y dirigirse hacia el este. Así llegaba a la vieja ruta nacional 9 sur o a la autopista Córdoba-Pilar.

Inocente a prisión

El fiscal Gustavo  Nievas se despertó sobresaltado por el ruido del celular. Eran las 2 de la mañana del martes 25 de mayo de 2004. Para que su familia no se despertara, Nievas atendió rápido. Del otro lado oyó la voz de uno de los comisarios de Investigaciones.

 

-¿Qué pasa? -preguntó Nievas, con voz ronca.

 

 -Malas noticias, doctor. Ha vuelto a atacar. Esta vez en San Vi­cente. La chica tiene 16 años. Salía de un cyber y el Sierra la agarró. La hizo caminar unas 15 cuadras y la llevó hasta un bal­dío de la calle Sargento Cabral y las vías del tren. Ahí la violó. La chica le mintió diciéndole que tenía Sida, pero el tipo no le creyó y la violó igual.

 

-¿A qué hora fue?

 

-... Entre las nueve y media y las diez de la noche. La chica hizo ahí nomás la denuncia, junto a su mamá.

-Mire doctor, esta vez, el tipo fue más violento que otras veces. Se nota que está sacado, nervioso. Para mí que toda esta cam­paña de difusión lo está volviendo loco.

-Ok. En 10 minutos estoy allá.

Cuando el fiscal estuvo en el lugar, se encontró frente a un enor­me descampado que se abría paso delante sobre la vía. En una calle cercana, había varios patrulleros del CAP y un móvil de la Policía Judicial.

 

"Fue la primera violación que cometió el serial después de la intensa campaña de difusión que habíamos largado ese año. El tipo se sentía acorralado y se fue de donde solía actuar a otro lado. Tal como pensábamos, se mudó a una zona más cercana a su lugar de residencia", señala Nievas.

 

Si bien la impresión del entonces fiscal es acertada respecto a que Sajen comenzó a atacar en una zona no acostumbrada, el se­rial regresaría meses después nuevamente a Nueva Córdoba.

 

Después de realizar la denuncia, la menor y su madre fueron invitadas a colaborar en la investigación recorriendo la zona. Y si veían al sospechoso, debían avisar a la Policía.

 

Eso ocurrió el 31 de mayo al caer la noche. Mientras la chica caminaba por la plaza Lavalle, corazón del barrio San Vicente, creyó reconocer al violador sentado en un banco. El hombre se levantó y empezó a caminar. La chica corrió a un teléfono público y llamó a la Policía. A los pocos minutos, un móvil policial estaba controlan­do al supuesto sospechoso.

 

El hombre era morocho, no tenía más de 40 años y su parecido con el identikit era extraordinario. Cuando le revisaron el docu­mento, los policías comprobaron que se llamaba Gustavo Camargo.

-Así que te llamás Gustavo ..., ¡mirá vos! Gustavo ..., ¡ qué casualidad! ¿El que llamó los otros días al 101 no se llamaba Gustavo ? -dijo uno de los policías.

 

-El serial, cuando aborda a las víctimas, menciona el nombre

Gustavo  -añadió otro uniformado.

Camargo trató de explicarle a los policías que él no era ningún violador y que había salido a comprar pan, pero los policías no le creyeron y lo llevaron a la Jefatura, directamente a la División Protección de las Personas. El hombre fue metido en una oficina y obligado a desnudarse ante una veintena de investigadores. Todos querían ver el lunar del que tanto hablaban algunas víctimas. Para peor, el hombre no usaba calzoncillos. Los investigadores creían estar frente el sospechoso perfecto. Pensaban que con esa captura, se habían acabado finalmente las andanzas del serial.

 

"Yo estaba convencido de que Camargo era la persona que buscábamos. Había sido reconocido por una víctima de violación en la calle. Pero estábamos equivocados", dice en la actualidad el comi­sario Nieto.

 

Lo que Nieto se olvida de contar es que Camargo fue sometido a un humillante interrogatorio durante toda la noche en el que los policías lo presionaron para que confesara: "¿De qué forma las agarrabas?"; "¿Las hacías agachar?"; "¿Gozabas?". También hubo tiempo para las amenazas asegurándole que en la cárcel iban a violarlo salvajemente.

 

Mientras la esposa de Camargo salía por todos los medios de prensa a jurar que su esposo no era ningún violador, Nievas retrucaba que existían indicios que lo vinculaban a los casos del serial.

 

En la actualidad, Nievas se apresura a explicar que este hom­bre no fue detenido porque estaba sospechado de ser el serial, sino porque una víctima lo había reconocido en plena calle. "Y el he­cho de que haya estado tanto tiempo en prisión no es culpa mía. Los análisis de ADN en el Ceprocor se demoraron más de lo espe­rado", sostiene.

 

Esos estudios demoraron 38 eternos días, en los cuales Camargo debió permanecer encerrado con presos condenados. Mientras tan­to, algunos seguían investigando a otros hombres que se llamaban Gustavo  Reyes -como el hijo de un ex funcionario judicial-, pero mientras todos apuntaban contra Camargo, Marcelo Sajen se en­cargaría de demostrarle a los investigadores que en realidad el violador serial seguía suelto.

 

El 14 de junio, Sajen abordó a una chica de 22 años en pleno Nueva Córdoba, en el cruce de Irigoyen y San Luis (a pocas cua­dras de la pizzería que había asaltado en 1999) y la llevó hasta un baldío cercano a los Tribunales II, donde la violó analmente.

 

Diez días después, Camargo no fue reconocido en una rueda de reconocimiento de personas. Al día siguiente, Nievas recibió los resultados de un estudio de ADN del Ceprocor que le confirmaban que no era el violador serial. Sin embargo, el fiscal dispuso que continuara detenido ya que no tenía el resultado que le permitía confirmar si había violado o no a la menor en San Vicente.

 

Recién el 8 de julio, Nievas tuvo los resultados de ADN que le faltaban. Después de estar 38 días preso, Camargo recuperó su li­bertad.

Para entonces, la suerte estaba echada sobre Nievas. Al des­crédito público a que se vio sometido por la arbitraria detención de Camargo, se le agregó un pedido de renuncia por parte del vicegobernador Juan Carlos Schiaretti, en aquel entonces a cargo de la Gobernación.

 

El jueves, Nievas le dijo al flamante fiscal General de la Pro­vincia, Gustavo  Vidal Lascano, que abandonaba el cargo.

 

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