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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//18 de Septiembre, 2010

Marcela O.

por jocharras a las 22:07, en Mujeres Asesinas

MARCELA O.


La primera noche que pasó en un instituto de menores, Marcela O. apartó las sábanas de su cama, se acostó y abrió bien los ojos, tratando de ver en la penumbra. Escuchaba voces, risas, gemidos. Para calmarse se decía que nada peor le podía pasar. De pronto todas se callaron y una, a los gritos, avisó: "Vos, la nueva, cuidate porque sos boleta ".

Marcela siguió acostada, sin moverse. Pensó que su madre, cuando había estado en la cárcel, debió haber vivido algo similar.

Muerta de frío, se tapó. Luchó un rato para no dormirse, temiendo que sus compañeras le hicieran algo. Al final dejó de resistir y cerró los ojos.

Concentrada, recordaba el momento en el que le avisaron que a su madre le iban a reducir la condena.

El día en que su madre salía de la cárcel, Marcela despertó muy temprano y fue a la iglesia. No le gustaba rezar sino prender velas y mirar las imágenes de los santos. Por las dudas, pidió dos cosas: dejar de tener pesadillas, y que pronto le saliera un trabajo para poder mudarse.

Volvió a su casa, despertó a sus dos hermanos y les preparó el desayuno. Poco después salieron en el auto que les había prestado un amigo. Alejandro manejaba, Nacho iba en el asiento de al lado y atrás iba ella, escuchando música con un walkman.

Ana salió cerca del mediodía, con la cara lavada, pisando firme. Saludó a sus hijos varones con abrazos y gritos de emoción. Después miró a Marcela y le dedicó una sonrisa extraña. Se acercó, le acomodó un mechón de pelo que le caía sobre la cara y le dio un beso. "¿Vamos? Me quiero dar un baño."

Cuando llegaron a la casa, se sentaron a charlar mientras Marcela cocinaba. Ana iba examinando todo, advirtiendo los cambios en la ubicación de cada cosa. Alejandro, que había cumplido veinticuatro años, parecía feliz con la vuelta de la madre. Le faltaba poco para terminar sus estudios. Como su hermano Nacho, de veintiuno, iba a ser policía.

Nacho estaba alerta: temía que la conflictiva relación entre su madre y su hermana estallara en cualquier momento.

Marcela, tensa, se dedicaba a hacer su guiso de fideos. Durante el almuerzo, Alejandro y Nacho contaron anécdotas de la escuela mientras la madre, divertida, les decía que no entendía cómo era posible que sus dos hijos fueran a ser policías.

Nacho advirtió que Marcela comía sin levantar la vista de su plato y sin decir una palabra. La señaló con el tenedor y comentó que tendrían que organizarle una fiesta: pronto cumpliría diecisiete, y estaba sacando excelentes notas, sobre todo en matemáticas. Ana miró a su hija con curiosidad. "Mirá qué bien. En la cárcel yo también estuve haciendo algunos cursos, y me iba bárbaro. " Abrazó a Alejandro con complicidad, le dio un pellizco en el brazo y señaló a Marcela. " Al final, tengo que agradecerle... Como fue ella la que me mandó ahí adentro..."

Cuando ya estuvo instalada en su casa, Ana se dedicó a organizar la economía del hogar. Su ex marido, Luisito, había muerto, pero a pesar de que se habían separado antes, a ella le correspondía una pensión. Otro ingreso era el alquiler de un local, frente a la ruta, donde funcionaba una bicicletería. La casa donde vivían, sin embargo, era alquilada. La pensión y el alquiler de la bicicletería les alcanzaban para vivir en forma ajustada. Los dos hijos mayores también aportaban: cuando podían, hacían trabajos de jardinería y de pintura y pagaban las cuentas.

Ana jamás había tenido un trabajo estable. Decía que era incapaz de ajustarse a un horario ya las exigencias absurdas de un patrón. "O tengo mi propio negocio o nada ", explicaba cada vez que alguien le insinuaba que hiciera algo.

En sus épocas de casada, su marido se conformaba con que gastara menos dinero. Pero Ana no tenía control. No pasaba una semana sin que comprara ropa, zapatos, cosméticos, y alguna que otra cosa que necesitaran sus hijos varones. A Marcela, en cambio, no le compraba absolutamente nada. Pedía a sus amigas ropas que sus hijas ya no usaran, y se arreglaba con eso. Cuando la hija creció, la hacía vestirse con lo que ella misma descartaba, haciéndolo achicar con una modista.

Después de su separación, Ana vio que tenía menos dinero para gastar. Podía vivir, sí, pero tendría que renunciar a casi todo. Entonces decidió trabajar a su manera. Como era atractiva y joven, empezó a tener amantes a los que les pedía dinero. Armó un elenco estable de tres o cuatro hombres. Con eso le resultaba suficiente. Pero después de dos años en la cárcel, tendría que arrancar de cero. Estaba segura de que al menos dos de sus ex amantes volverían a estar con ella, pero mientras tanto, tenía que organizarlo todo.

Para empezar, Ana decidió arreglarse a sí misma: su estadía en la cárcel se le notaba en el cuerpo. Con la primera pensión que cobró, fue directamente a un instituto de belleza a hacer un tratamiento intensivo. Quería adelgazar, endurecer y dominar una celulitis reciente, producto de la pésima alimentación carcelaria y la inactividad.

Como todavía no había agregado ningún ingreso extra al hogar, Ana pagó sus masajes y cremas con el dinero destinado al alquiler de la casa. Una semana después de vencida la fecha del pago, el dueño empezó a llamar para hacer sus reclamos.

Ana mandó a Marcela a pedir una prórroga en el pago. Podría haber ido ella, pero prefería mandar a la hija: sabía que no había cosa que la mortificase más que poner la cara para cubrir los desórdenes económicos de su madre.

En realidad, la relación entre la madre y la hija había sido pésima desde siempre. Para empezar, Ana tenía un serio conflicto con las mujeres en general: las

despreciaba, le parecían falsas y traidoras y, desde luego, le planteaban una competencia que ella no tenía ganas de asumir. Tenía amigas, sí, pero las elegía con muchísimo cuidado y mantenía con ellas una distancia prudencial.

 

Cuando quedó embarazada por primera vez, a los dieciocho años, rogó cada día, durante los nueve meses, que su hijo resultara varón. Lo mismo con el segundo. A sus amigos les comentaba que la sola idea de tener una hija le producía rechazo. "Son todas estúpidas. Lloran sin parar y son caprichosas. Hay que peinarlas y ponerles hebillitas. Si me nace una me muero", decía siempre, con enorme desprecio. Su tercer embarazo estaba signado por la mala suerte.

 

Ana y Luis tenían graves problemas de convivencia y estaban pensando en separarse. Cuando quedó embarazada, Ana lloró durante una semana sin parar.

 

Pensó en hacerse un aborto pero el miedo la paralizaba. Al fin, promediando el cuarto mes, se decidió: pidió turno en el consultorio clandestino de una partera. Cuando ya estaba acostada en la camilla y vio los instrumentos con que la iban a intervenir, suspendió todo. Pensó que no iba a poder soportar el dolor. Se levantó, odiándose así misma por su cobardía, y volvió a la casa. Pasó el resto del embarazo vomitando, engordando y mirándose al espejo para controlar la aparición de várices y estrías. Estaba segura, además, de que las desgracias no venían solas, y que de ese embarazo no deseado y siniestro nacería una nena. Así fue.

 

Ana se separó de Luis cuando Marcela no había cumplido cuatro años. A partir de entonces empezó una tarea de hostigamiento tan intensa que el ex marido tuvo que irse a vivir a Brasil, de donde volvió enfermo de cáncer.

 

En su casa, Ana trataba con cariño a sus hijos mayores y se encarnizaba con Marcela, por ser la mujer no deseada que, además, venía a interrumpir su idilio con los otros dos.

 

Muy pronto empezó a pegarle. Cualquier cosa era motivo de un golpe: que perdiera un lápiz, que no estuviera lista a la hora señalada, que se ensuciara los zapatos. Sus hermanos trataban de defenderla, pero por lo general estaban distraídos con otras cosas.

 

Una mañana, cuando Marcela tenía cinco años, Ana se despertó especialmente fastidiada. Les dio el desayuno a sus dos hijos mayores y los mandó a la escuela. Más tarde decidió salir. Se planchó una pollera y fue a despertar a su hija, que seguía durmiendo. La sacudió de un brazo, y le sacó las sábanas de un tirón. Entonces advirtió que la cama estaba mojada. Miró a su hija con furia. "Te measte, hija de puta. Te measte otra vez". Marcela empezó a llorar, avergonzada. Hacía varios meses que venía pasándole lo mismo.

 

Ana tuvo una idea macabra. "Ahora vas a aprender." Fue al lavadero y agarró la plancha caliente. Marcela adivinó sus intenciones y redobló sus gritos y llantos. Pero no hubo caso. Ana inmovilizó a su hija Con una mano, y Con la otra le levantó el pijama y le apoyó la plancha en la espalda.

 

Siguió usando el método de la plancha durante años.

 

Unas semanas después de salir de la cárcel, Ana ya se había adaptado a su vida en la casa. Uno de sus primeros logros fue recuperar a Julio, el más estable de sus antiguos amantes.

 

Una noche, Marcela encontró a su madre frente al espejo del comedor, probándose un vestido. Le quedaba muy ajustado, pero se lo puso igual, criticando a su hija por la comida aceitosa y calórica que preparaba. Sin dejar de mirarse anunció que en un rato pasaría un amigo, y que lo recibiera Con un café. Ella iría a su cuarto a maquillarse y a descansar un rato.


Marcela fue a ver televisión, sintiéndose insegura y en peligro. Eran las primeras noches que se quedaba sola con su madre. Sus hermanos pasaban la semana entera en la escuela de policía y volvían recién los sábados a la mañana.


Cerca de las once de la noche apareció el amigo de su madre. Marcela le abrió la puerta y lo hizo pasar. Julio era algo gordo, usaba la camisa abierta y pulseras y anillos de oro.


Obediente, Marcela le convidó un café y lo invitó a sentarse en el living. Mientras le servía, apareció la madre. Ignorando la presencia de la hija, se acercó a Julio, le pasó la lengua por los labios y le preguntó cuánto tiempo tenía. Julio le palpó el culo y le dijo que se iba a quedar dos o tres horas. Sonriendo, Ana lo hizo levantar de su silla. Fueron abrazados al dormitorio.


Al día siguiente, cuando Marcela volvió del colegio, su madre la estaba esperando en la cocina. Le dijo que estaba harta de los llamados de López, el dueño de la casa, que seguía reclamando el alquiler impago. "Decile a López que yo le voy a pagar cuando yo quiera, cuando yo junte la guita. Y que si no le gusta, que nos haga juicio. Ni en diez años nos va a poder sacar de acá! y todo ese tiempo no va a cobrar un mango. Andá y decile."

 

Marcela intentó convencer a la madre de que lo mejor sería pagar pronto y evitar confrontar con los dueños de la casa en la que vivían. Fue inútil. A los gritos la madre le dijo que fuera a ver a López en ese mismo momento.


Asustada, Marcela fue. La esposa de López le abrió la puerta, a cara de perro. Con timidez, Marcela le dijo que en cualquier momento tendrían el dinero del alquiler y que disculparan la demora. La esposa de López la interrumpió. "Decile a tu mamá, ya que salió de la cárcel, que me pague pronto. Y que deje de perseguir a mi marido porque la voy a echar de la casa a patadas. "

 

Roja de vergüenza, Marcela entendió el mensaje. En efecto, ya había advertido que su madre había llamado a López por teléfono más de una vez, proponiéndole un encuentro a solas "para hablar de negocios".

 

Volvió a su casa y vio a su madre en la cocina, con un espejo de aumento, depilándose las cejas. Le dijo que ya había cumplido con el encargo y que se iría a dormir.

 

El sábado siguiente los dos hermanos mayores llegaron al mediodía. Durante el almuerzo, Ana les fue contando sus reencuentros con vecinos y amigos, poniendo énfasis en la solidaridad que todo el mundo le manifestaba. "Claro, saben que lo que me hicieron fue una injusticia. Estuve presa dos años por una injusticia terrible! La gente me abraza y me dice que no entienden cómo estoy tan bien, a pesar de lo que me pasó." Cuando terminó de hablar, Ana se quedó mirando fijamente a Marcela, que había dejado de comer y escuchaba, inmóvil.

 

Nacho, con habilidad, desvió la conversación: quería desactivar cualquier conflicto antes de que fuera tarde. Le habló a su madre de sus últimos logros en artes marciales.

 

Ana escuchó a su hijo con una sonrisa congelada. Con el tenedor, empezó a buscar pedazos de verdura en su guiso de arroz. Al final, dejó el tenedor y empujó el plato hacia adelante. "Yo no puedo comer esto." Volvió a mirar a Marcela, indignada. "¿No sabés que estas cosas engordan? Siempre fideos o arroz! Dios mío.”

 

Marcela no se calló. Estaban sus hermanos y podrían defenderla. Le explicó a su madre que no tenían dinero para otro tipo de comida porque ella gastaba todo en tratamientos contra la flaccidez, y que si quería una dieta mejor tenía que empezar a trabajar.

 

Ana no se contuvo. A los gritos le dijo que ella no trabajaba porque recién había salido de la cárcel, y que había ido a parar a la cárcel por su culpa.

 

Justificó sus tratamientos de belleza diciendo que se los pagaba una amiga y que eran necesarios para su salud. Ni una cosa ni la otra eran ciertas. Nacho quiso cortar la discusión pero Ana no estaba dispuesta a dejar las cosas como estaban. Se levantó de su silla y se paró al lado de Marcela, señalándola con el dedo. "Y para que sepas, cuando uno no tiene plata, se pide. Vas y le decís al carnicero que te dé un poco de carne y que te lo anote para pagar después. ¿O tenés vergüenza de pedir? iAprendé a conseguir lo que necesitás o te comen los piojos! Con las tetas que tenés, lo menos que podés hacer es que te fíen un pedazo de carne!".

 

Alejandro cortó la escena y le pidió a su madre que dejara en paz a su hermana. Ana volvió a su silla, moviendo la cabeza con incredulidad. "Si yo no la pongo en caja, no sé qué va a pasar con esta chica."

 

Una tarde, cuando Marcela volvía del colegio, encontró a su madre con López, el dueño de la casa. Estaban en la cocina, tomando té. Ana estaba inclinada hacia delante, hablándole al oído y riéndose.

 

Marcela trató de pasar sin ser vista pero la madre la interceptó. Le dijo que la encontraría en el dormitorio. Allí Ana la tomó del brazo y en voz baja le dijo que estaba harta de soportar sus miradas de reprobación. Con una sonrisa de triunfo le comunicó que estaba negociando el alquiler, y que esa noche quería estar sola con su nuevo amigo. "Búscate algo y volá, a mí no me vas a amargar la vida. "

 

Marcela fue a dormir a la casa de una amiga. Al día siguiente tenía dos entrevistas de trabajo. Temía que los nervios que estaba pasando le jugaran en contra. Trató de relajarse y se metió en la cama, con la ropa puesta. No quería cambiarse delante de su amiga para que no le viera las marcas de las quemaduras en la piel.

 

Las quemaduras de Marcela habían llevado a su madre a la cárcel. Por lo general, Ana trataba de curarle las heridas en su casa, pero cuando las lesiones no cicatrizaban, la madre llevaba a la hija al hospital. Allí inventaba accidentes domésticos o peleas entre hermanos, pero al final, después de muchos años y muchas internaciones, un médico hizo una denuncia penal. Marcela admitió ante una asistente social que era castigada por su madre. Ana terminó presa.

 

El padre, ya enfermo, había vuelto de Brasil para hacerse cargo de los hijos pero murió poco después.

 

Los hermanos mayores creían que la cárcel había reformado a la madre para siempre. Como ellos nunca habían sido castigados, tenían la idea de que la madre le pegaba a Marcela porque ella la provocaba y que la madre no podía aguantar la provocación porque estaba demasiado sola y frustrada. "No es que mamá sea mala, tiene problemas de los nervios, nada más", solían decirle a la hermana, para calmarla. "Ya fue a la cárcel. Ya pagó. Ahora está distinta", reforzaban.

 

Pero la tensión entre la madre y la hija iba en aumento. Los fines de semana, cuando llegaban los hermanos, Marcela les pedía que la ayudaran. Ellos le juraban que apenas terminaran los estudios, alquilarían un departamento para los tres. "Faltan apenas dos años", le decían.

 

Marcela se daba cuenta de que su única posibilidad para zafar pronto de esa encerrona era. conseguir un trabajo, pero nunca la llamaban.

 

Su madre, en tanto, la dominaba con el terror. Cuando Marcela intentaba desobedecer, Ana le pegaba y la amenazaba. "Antes de ir a la cárcel otra vez, vas a ver lo que te hago."

 

Marcela la creía capaz de cualquier cosa. Ya lo había sido antes, y tenía la sospecha que su estadía en la cárcel había agudizado su maldad.

 

Un domingo al mediodía, mientras almorzaban, Alejandro y Nacho comentaron que estaban por pintar una casa de dos pisos. "Es buena guita, mamá ", dijo Nacho. "Vamos a ponernos al día con las cuentas que tenemos por ahí sin pagar", agregó Alejandro.

 

La madre jamás les había comentado a sus hijos sobre el dinero que estaban debiendo en todos los almacenes del barrio. Ana miró a Marcela, con sorna. "Sos muy bocona para todo, vos. A ver cuándo aprendés a ganar plata y te dejás de joder."

 

Marcela se indignó. "La plata de la pintura quédensela ustedes ", les dijo a sus hermanos. "Mamá no va a pagar las cuentas. Se va a ir al instituto de belleza a hacerse masajes en la panza. "

 

Ana se levantó de un salto y le dio a la hija un golpe en la cara. Alejandro le agarró el brazo y se lo dobló hacia atrás. "A mi hermanita no la volvés a tocar, ¿te quedó claro? ¿O querés volver a estar en cana?"

 

En ese entonces, Ana seguía viéndose en forma regular con Julio, el primero de los amantes que había logrado recuperar. Después de unas cuantas semanas, ya habían entablado una relaci6n estable, dentro de la precariedad emocional del vínculo.

 

Una noche, Julio llegó a visitar a Ana y se quedó hasta la mañana.

 

Marcela trató de dormir pero estaba demasiado nerviosa: al día siguiente tenía un examen en la escuela y se presentaría, además, en otras dos entrevistas de trabajo. Por si fuera poco, había discutido con su madre.

 

Muy agobiada fue al living para ver alguna película. Ahí se quedó hasta que de golpe apareció Julio, para buscar algo para tomar. Cuando la vio, le preguntó si no quería conocer a un amigo de él, casado pero con plata.. Con mucha paciencia, pensando que si irritaba a Julio su madre se vengaría, le dijo que no quería conocer a nadie. Julio subió la apuesta. "Y no te digo de salir conmigo porque está tu vieja, que se pone loca. Si no, sabes cómo te doy yo a vos. Te doy hasta que me digas basta. "

 

En esas estaban cuando apareció Ana. Desde el otro extremo del pasillo no podía escuchar nada, pero sí los veía a los dos charlando en la oscuridad, alumbrados apenas por la luz del televisor. Entró y le dijo a Julio que fuera a acostarse, que ella llevaría las bebidas a la cama.

 

Cuando estuvieron solas, Ana agarró del pelo a su hija y la escupió. "Sos una puta, tratando de levantarte a mi novio “.

 

Para evitar encontrarse con su madre, Marcela pasaba horas caminando por la calle, a la salida del colegio. También empezó a salir con un compañero de clases, pero poco después lo dejó, cuando se dio cuenta de que tarde o temprano se tendría que desnudar ante él y dejarle ver sus cicatrices.

 

En realidad, esas cicatrices no eran tan tremendas. Era notorias y muy visibles, eso sí, pero no la convertían en una deformidad. Lo que más le molestaba a Marcela, sin embargo, no era mostrar las marcas sino explicar su origen. No estaba dispuesta a ser objeto de lástima de un chico que ni siquiera le importaba demasiado.

 

Su prioridad, además, era otra: irse de la casa cuanto antes y alejarse de su madre.

 

Alejandro y Nacho habían empezado a salir los fines de semana, a la noche, con lo cual Marcela se sentía más sola y abandonada que nunca.

 

Su madre, ya más instalada en su nueva libertad, la trataba como a una esclava. Le hacía lavar y planchar cantidades enormes de ropa, la obligaba a ir a todos los almacenes del barrio para pedir que le abrieran cuentas, la mandaba después a pedir prórrogas de pago, y hasta había empezado a darle para lavar la ropa de sus amantes.

 

Una noche, exhausta, estaba viendo una película mientras su madre dormía con Julio. De pronto, escuchó que la puerta se abría. Apareció Julio, en calzoncillos. Se paró al lado de ella y le pidió, a los gritos, que apagara el televisor. " Yo mañana trabajo! Apagá ya! ¿No ves que no se puede dormir?"

Marcela se sobresaltó. Soportaba sin reacción los gritos de su madre, pero la actitud de Julio la sorprendió.

Furiosa, le dijo que si quería dormir se fuera a su casa. En un absurdo duelo de voluntades, Julio volvió a gritarle como un energúmeno: "Apagá ya! ". Marcela se le plantó delante: "Gordo forro, andá a dormir a tu casa ".

Julio, sin dudarlo, le dio una trompada que la tumbó.

Ana, alertada por los gritos, estaba llegando en ese momento. Se arrodilló junto a su hija, que se agarraba la mandíbula y lloraba de dolor. Julio estaba parado al lado, con expresión temible. Ana le preguntó .a su amante qué había pasado. "La pendeja del orto me puteó. Ubicala de una vez. "

Ana miró a Marcela que, por alguna razón incomprensible, esperaba que su madre la defendiera.

Mientras tanto, Julio había vuelto al dormitorio. Cuando las dos estuvieron solas, Ana le agarró la cara y la obligó a mirarla. "Vos me estás buscando otra vez Forrita "

Para Marcela, ése fue el fin. Si en algún momento había esperado que la madre se reformase, o que por lo menos la dejara en paz, esa ilusión se había terminado. Tampoco esperaba que la llamaran de algún trabajo: era evidente que estaba haciendo las cosas mal. Algo negativo debía transmitir si fallaba en todas las entrevistas laborales.

Entre otras cosas, lo que pasaba era que Marcela evitaba los análisis físicos para que no le vieran las cicatrices, y en los tests psicológicos ocultaba la estadía de su madre en la cárcel, para lo cual inventaba historias inverosímiles acerca de viajes y casas en el extranjero.

Pero lo que estaba claro, después del episodio de la trompada de Julio, era que su madre no sólo no la iba a querer nunca sino que iba a hacer lo posible para dañarla.

Al día siguiente apareció en la casa un nuevo hombre. Llegó temprano, su madre le convidó un whisky y enseguida se encerraron en el dormitorio. A medianoche el hombre salió y se fue dando un portazo.

Ana parecía cansada y de mal humor. Se sirvió otro whisky y le dijo a Marcela que iba a dormir. "No me molestes hasta mañana. "

Marcela se quedó en la cocina, decidiendo qué iba a hacer. Se imaginó a sí misma en un cementerio, enterrando a Ana, abrazada a sus hermanos. Lo que no podía imaginar era su propia participación en esa muerte.

Al día siguiente, temprano, llegaron Alejandro y Nacho. Marcela les preparó el desayuno y les dijo que ya no aguantaba más vivir sola con su madre.

Los hermanos volvieron a pedirle que tuviera paciencia.

Marcela estaba harta. Les recordó las quemaduras y los golpes, y los acusó de dejarla sola con su madre, que a su vez llevaba a sus clientes a la casa. "Un día uno de esos hijos de puta que trae mamá me va a violar, y ustedes van a ser los culpables. "

Alejandro, asombrado, le preguntó de qué estaba hablando. Marcela le contó que Julio, un amante de su madre, se paseaba por la casa semidesnudo, le había hecho insinuaciones obscenas y hasta le había dado un golpe durante una discusión. Nacho preguntó por qué no les había contado eso antes. "Porque tenía miedo de que ustedes le hicieran algo y que fueran a la cárcel; " Una vez que contó eso, Marcela siguió haciendo el relato detallado de todas las escenas de violencia que había sufrido. En eso estaba cuando apareció la madre, que ya desde el pasillo venía escuchando las acusaciones de la hija.

Furiosa, entró a la cocina y se abalanzó sobre Marcela, tirándole el pelo y gritándole que era una mentirosa y una hija de puta.

Los hermanos no podían separarlas. Alejandro, impresionado por lo que le había contado Marcela, se sintió el hombre más miserable del mundo. Tenía una hermana menor de edad, que había sido internada varias veces en el hospital por los golpes de su madre, y la dejaba viviendo sola con ella. Enceguecido, le golpeó la cabeza a su madre contra la pared y la dejó tirada en el piso, mientras Nacho miraba con asombro, sin animarse a nada. Mientras tanto, Marcela se había parado en la mitad de la cocina y buscaba algo para defenderse. A un costado de la cocina había un lavadero provisorio. En un estante vio la plancha. Marcela la desenchufó de un manotazo y se tiró encima de su madre, que estaba en el suelo. Levantó los brazos hacia el techo y le descargó un golpe brutal que le partió la cabeza.

Los tres se quedaron inmóviles, mirando a la madre muerta. Marcela fue la primera en reaccionar. Agarró la plancha, le pasó un trapo húmedo y después baldeó el piso de la cocina para limpiar la sangre.

Cuando todo estuvo ordenado, los tres hermanos hicieron un pozo en el jardín para enterrar a la madre.

El cadáver de Ana fue descubierto por la policía un mes después del crimen.

Marcela fue trasladada a un instituto de menores. Sus dos hermanos cumplieron una condena de cuatro años de prisión.

Alejandro se suicidó poco antes de salir en libertad.

Marcela quedó embarazada cuando estaba en el instituto de menores. Cuando fue puesta en libertad, entregó a su hijo en adopción.

Posteriormente, fue detenida otras tres veces por tenencia de drogas.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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