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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//31 de Octubre, 2010

Rosa K. " Diabólica "

por jocharras a las 12:04, en Mujeres Asesinas
Rosa K. " Diabólica "


Todas las mañanas, entre las cinco y las seis, Rosa se levantaba y empezaba a trabajar en el campo. En forma mecánica, sin pensar en lo que estaba haciendo, se preparaba unos mates, comía las sobras de la cena y salía a la intemperie a alimentar a las gallinas, los tres caballos huesudos y las pocas cabras despellejadas.

Su marido, Mario, el dueño del campo, se quedaba una hora más en la cama y después se vestía, despertaba a sus hijos y se reunía con la esposa. No había, entre ellos, el menor vestigio de ternura marital. Pero Rosa no sufría esa carencia: por su educación y su cultura, desconocía por completo el amor romántico. Había nacido en Alemania en 1905, en una pobrísima zona rural. Por la guerra toda su familia se trasladó al Chaco, donde se instalaron en el mismo pueblo de unos parientes que habían viajado unos meses antes. Así, la infancia y la adolescencia de Rosa estuvieron totalmente alejadas de cuentos para dormir, muñecas y vestiditos.

A los diecisiete años sus padres le presentaron a Mario, un rumano catorce años mayor que ella, y le dijeron que sería su marido. A Rosa ni siquiera se le cruzó por la cabeza la posibilidad de negarse. Miró a Mario y lo evaluó: era alto y robusto, adecuado para defenderla de las contingencias propias de la vida rural. Le pareció bien. Se casaron en un registro civil del pueblo más cercano y se fueron a vivir al campo del esposo, en un paraje llamado Pampa del Infierno, un nombre que describía poéticamente las características del lugar.

El matrimonio vivía aislado, sin contacto con vecinos ni con familiares. Rosa salía de su chacra dos veces al mes, para comprar en el almacén del pueblo. En su casa trabajaba de la mañana a la noche. Cocinaba, juntaba leña, desmalezaba el terreno, cosía, limpiaba y hacía cuentas con su marido. Mario era el encargado de salir a vender frutas y verduras, gallinas y huevos.

El dinero era el gran tema de los dos. Juntaban peso sobre peso y no compraban nada que no fuera estrictamente indispensable. Tenían tres hijos, a los que mandaron a la escuela hasta que aprendían a leer, escribir, sumar y restar. Les parecía que eso bastaba para enfrentar la vida, y que lo demás era una mezquina cuestión de vanidad. Ellos mismos eran casi analfabetos y no tenían la menor intención de criar hijos que más adelante pudieran subestimarlos. "¿Para qué tienen que seguir estudiando? ¿Para qué después nos traten de brutos y se rían de los padres? No señora, no va a ser así", le decían a la maestra cuando, en tercer o cuarto grado, los retiraban para siempre.

Los tres hijos ayudaban en las tareas del campo y estaban totalmente sometidos a la autoridad de los padres.

A principios de 1945, el mayor, Julio, de veintidós años conoció a Próspera en una peña folclórica. Bailaron juntos y se citaron para el sábado siguiente. Próspera era huérfana y se había mudado al pueblo hacía poco. Vivía con una tía alemana que conocía, desde hacía muchos años, a Rosa.

Dos meses después de su primer encuentro, Julio y Próspera formalizaron su noviazgo y decidieron que era hora de casarse. Hasta ese momento él veía a su novia a escondidas porque temía la reacción de su madre, pero ante la inminencia de la boda era imposible seguir manteniendo el secreto. Un domingo, después de la siesta, Julio apareció con Próspera. Nunca, ninguno de los tres hermanos había llevado a nadie a la casa: ni a amigos, ni a vecinos ni mucho menos a una novia. Los otros dos, Santiago, de diecinueve, y Pedro, de diecisiete, sabían que su hermano se veía con una mujer, pero no esperaban que la audacia de Julio llegara a tanto.

Próspera estaba aterrorizada. Su tía le había dado las peores referencias de Rosa, y cuando la vio, con un pañuelo negro en la cabeza y un cuchillo de matar gallinas, sintió un escalofrío premonitorio.

Cortante, Rosa escuchó la tímida presentación de su hijo: "Mi novia. Quería que usted la conociera". Mario, unos metros más lejos, miraba a Próspera con lujuria: era rubia, blanquísima, de caderas fuertes, tal como a él le gustaban las mujeres. Mientras tanto, Julio, muy nervioso, trataba de que su madre aceptara a su futura esposa. "Es muy trabajadora, la puede ayudar con las cosas de la casa", dijo, como para convencerla.

Rosa miraba a la novia del hijo con suficiencia y hostilidad. Estaba asombrada de que un dato tan importante como  el noviazgo de Julio le cayera por sorpresa. Se sentó junto a la mesa de la cocina, se sirvió un mate y empezó a interrogarla. Próspera, tiesa, sin silla y sin mate, estaba más pálida que nunca mientras iba contestando las preguntas de Rosa. Ninguno de los hombres de la casa abrió la boca durante todo el tiempo que se tomó la madre para analizar a la futura nuera. La tensión entre las dos mujeres se mantuvo estable hasta que la mención de la tía de Próspera desbalanceó las cosas. Rosa golpeó la mesa con el puño y asintió para sí. "Así que la alemana Ani es tu tía. Claro, ahora entiendo...".

Las familias de Rosa y de Ani se conocían de los tiempos en que vivían en Alemania y se odiaban de toda la vida. Apenas la novia de Julio volvió a mencionarla, Rosa la cortó con un solo gesto de la mano. "Nunca más me hables de esa mujer. Por mí se puede morir mañana y estaría bien".

La violencia de la escena logró movilizar a Julio, que siguió explicando sus proyectos para incluir a la novia en la vida familiar. Muy inquieto, temiendo que su madre interfiriera en sus planes, empezó a contar, con mucho apuro, todos los pasos que habría que seguir: habilitar una pieza para ellos dos, conseguir una cama y algunas mantas, hacer los trámites con el juez que los iba a casar. Rosa estaba por intervenir cuando Mario, desde la puerta de la cocina, dio su opinión final. "Está bien. Les doy mi bendición".

Esa noche Rosa encaró a su hijo. Le dijo que su novia era, evidentemente, una mujer inútil que no haría más que arruinarle la vida. Habló también de la falta de respeto a una madre ("¿Cómo no me avisó antes?") y de los inconvenientes de traer a la casa a una desconocida. Mario cortó la charla con autoridad. "Basta, ya está. Julio se casa y trae a la mujer acá. Va a estar bien".

Rosa no dijo nada más. La opinión del marido no iba a ser discutida por nadie.

Sin embargo, antes de dormirse, le habló a Mario con honestidad y le preguntó por qué aceptaba que una intrusa viviera con ellos. "No sé. Me gusta", fue la respuesta.

El casamiento no incluyó fiesta ni brindis ni iglesia ni vestido blanco. Próspera se había puesto la misma ropa que usaba cada sábado para ir a bailar a las peñas: una pollera por debajo de la rodilla y una blusa con cuello redondo. Rosa siguió toda la ceremonia en el registro civil con la mirada fija en la espalda de su hijo Julio. Apenas los dos terminaron de firmar, ella se levantó y fue a su campo a darles de comer a las gallinas. Ni siquiera necesitó cambiarse de ropa: para hacer más evidente su disgusto por la elección de la nuera, fue al casamiento vestida como para trabajar la tierra.

Mario, en cambio, se había puesto su traje de domingo y abrazó a Próspera como si fuera su propia novia.

La noche de bodas la pasaron en la casa. Julio había instalado su cama de una plaza en un galpón que había atrás de la cocina, donde guardaban las herramientas. Próspera había llevado sábanas y mantas y entre los dos arreglaron las cosas como para improvisar un dormitorio.

A la mañana siguiente, todos se levantaron al alba, como de costumbre. Próspera, muy tímida, se sentó en un banco apartado de la cocina esperando recibir instrucciones. Rosa le tendió un mate y un plato con galletas marineras duras como la roca. De inmediato tomó el control de la situación. Mandó a la nuera a comprar lavandina Para hacer una limpieza general de la casa. Julio aprobó: "Próspera limpia bien, va a ayudar con todo".

Como era previsible, la limpieza de Próspera no recibió la aprobación de la suegra. Indignada, Rosa levantó por el aire la botella de lavandina recién comprada, que ya estaba semivacía, y le dijo a la nuera que no tenía por qué haber gastado tanto. "Estúpida, con un chorrito es suficiente", le gritó. Próspera no atinó a contestar una sola palabra, pero más tarde le hizo un inútil comentario al marido. Julio, que respetaba y adoraba a su madre por sobre todas las cosas, la hizo callar. "No hables mal de mi mamá. Ella tiene razón, ¿o vos vas a saber limpiar mejor que ella?"

Una tarde, cuando Próspera había terminado de lavar los platos y las ollas del almuerzo, Rosa examinó una sartén y la volvió a poner en el tacho con agua. "Lavá las cosas otra vez. Quedó todo sucio". Próspera, con rabia contenida, volvió a lavar platos y ollas, fregando con odio mal disimulado. Apenas terminó, Rosa volvió a la carga. Sin siquiera echar un vistazo, dio la nueva orden. "No quedaron bien. Hay que lavar de nuevo". Próspera volvió a lavar. Esta vez, Rosa revisó cada cosa y empezó a gritar. "¡Mi hijo se casó con una inútil, una bruta que no sabe ni lavar platos!"

La paciencia de Próspera había llegado al límite. Furiosa, le dijo a Rosa que si no le gustaba cómo hacía las cosas, que se encargara ella. Mario, que había entrado a la casa alertado por el griterío, se acercó a la nuera y le dio una trompada. Julio y sus hermanos también habían llegado para ver qué pasaba. Rosa, con rabia, le dijo a Julio que su mujer la había insultado y se había negado a cooperar con las cosas de la casa. Sin decir una palabra, Julio se acercó a su mujer y también le dio un golpe.

Mario, como cabeza de familia, dio la orden de llevarla al galpón> para que fuera castigada. Se preparaba para hacer lo que tenía pensado desde el día en que vio a Próspera por primera vez.

Siguiendo las instrucciones de Mario, Julio desnudó a su esposa y le ató brazos y piernas. Rosa llevó el tacho de lata donde Próspera había lavado los platos y le tiró encima el agua sucia y fría. Julio la agarró del pelo y le golpeó la cabeza contra el piso mientras le gritaba que no tenía que desobedecer a su madre.

Rosa, con mirada triunfal, les ordenó a sus hijos volver a su trabajo. Cuando se iban, atajó a Julio: "Esta mujer me falta el respeto. Vive en mi casa y me falta el respeto". Julio, indignado, le pidió perdón. "Póngale castigo, haga cualquier cosa. Por mí, lo que usted haga va a estar bien".

Mientras Julio caminaba para la zona de los corrales, Mario miró a la esposa y le dijo que ahora le tocaba a él. Se bajó los pantalones y la violó, frente a Rosa.

Esa noche Julio volvió a su pieza, junto a sus hermanos. Próspera quedó en el galpón, desnuda, atada, sobre el piso mojado por el agua de lavar los platos y las ollas. Al día siguiente Julio fue a desatarla. "¿Ves? No hagas enojar más a mi familia. Nunca más los hagas enojar". Por los nervios y los golpes, Próspera estaba en shock, temblando, sin decir una palabra. Julio le dio un vaso con aguardiente de caña y la hizo vestir para que empezara con otro día de tareas hogareñas.

Rosa la recibió en la cocina como si nada hubiera pasado. Le alcanzó un mate y le dijo que fuera a limpiar el gallinero. Mario la miró como si mirara a uno de sus animales y le anunció a la mujer que iría al pueblo para tratar de cerrar algunas ventas.

Ese mismo día, después de cenar, Julio volvió al galpón a dormir con su mujer.

Las semanas siguientes fueron lentas y anodinas. Rosa obligaba a su nuera a trabajar sin parar, y Próspera acataba por miedo. Nadie hablaba con ella y todos la maltrataban. Varias veces había intentado hablar con el marido para que dejaran de castigarla o para que le permitieran volver con su tía Ani, pero todo era inútil.

Rosa la despreciaba cada vez más. Le parecía, también, una carga inútil: era verdad que ayudaba con las cosas de la casa, pero también había que alimentarla. "No alcanza la plata", le decía al marido. "Esa mujer no trae un peso y nosotros no podemos gastar en una persona más".

Un mediodía, Rosa le pidió a Próspera que hiciera una sopa de pollo y verduras. Julio estaba con gripe y la sopa podría aliviarlo. Próspera cocinó, después de recoger las verduras en la huerta y pelar el pollo que había matado Rosa. Metió todo en una olla y se puso a lavar la pila de ropa que la suegra le había dejado. En eso estaba cuando sintió que alguien le tiraba del pelo. Era la suegra. "¡Inútil! ¡Puta! ¡Llenaste de sal la comida!" La arrastró de los pelos hasta la cocina y le mostró la olla. "¿No te había dicho, yo, que mi marido no puede comer con sal por la presión? ¡Estúpida!" Rosa agarró una cuchara, la llenó de caldo e intentó hacérsela tomar a Próspera, que se negó. Rosa no podía creer que la nuera intentara resistir una vez más su autoridad. "¿No querés probar? ¿No querés probar?" Entonces le agarró la mano y se la metió dentro del líquido humeante.

Unos días después, cuando ella todavía estaba con la mano vendada, estalló una nueva pelea por motivos domésticos. Esta vez se repitió el ritual del primer castigo. La llevaron al galpón, la ataron, la golpearon los tres herma nos y después Mario la violó.

A partir de ese día, Próspera no tuvo descanso. El sadismo de la familia se había desatado en todo su esplendor. Los castigos se sucedían casi a diario, hasta que una noche Próspera se animó: cuando advirtió que toda la familia dormía, se levantó de su cama y caminó durante casi dos horas hasta llegar a la casa de una amiga, Jorgelina.

Cuando la amiga la vio parada en la puerta, con un ojo negro, moretones en todo el cuerpo, dos dientes rotos y restos de sangre seca en el cuello, pensó que la habían atacado en el camino. Próspera, llorando, le contó que sus parientes la golpeaban y que estaba segura de que iban a terminar matándola.

Jorgelina le lavó las heridas, le colocó vendajes y apósitos, y le dijo que tendrían que ir al hospital por si había algo más serio. Próspera fue inflexible: no iría, porque si llegaba a ir, Julio y su familia no se lo perdonarían y podría pasar una desgracia.

Próspera pasó un día entero durmiendo hasta que, entre sueños, escuchó que llamaban a la puerta. Próspera y Jorgelina estaban solas, y vieron que el que llamaba era Mario. En cuanto entró, miró a su nuera con pena y le pidió disculpas. "Perdone. Mi hijo no va a volver a pegarle, ni nadie de la casa. Traje el carro para llevarla de vuelta". Jorgelina examinó a Mario y vio a un hombre mayor, que se había sacado un sombrero gris para entrar y parecía avergonzado por la actitud violenta del hijo. Le pareció imposible que ese hombre gastado pudiera hacerle daño a la esposa del hijo, pero desconfiaba de Rosa, de quien había escuchado comentarios tremendos. Sintiéndose responsable por la amiga, trató de pensar qué cosa podría hacer. Pero Mario no le dio tiempo. Tomó a Próspera del brazo y la arrastró hacia el carro. Jorgelina no se animó a interferir: ella pasaba buena parte del tiempo sola en un rancho alejado de las casas vecinas, y la familia podía tomar represalias contra ella. No lo pensó más y dejó que Mario se la llevara de vuelta a su campo.

Cuando volvieron, Rosa la recibió con sorna. "Miren quién volvió. Parece que la chica quería vivir en otro lado". Julio la vio de lejos y ni siquiera se acercó a saludarla: se había convencido a sí mismo de que no tenía que haberse casado con una mujer que martirizaba a su madre y daba muestras de rebeldía y de independencia.

Rosa la miró y se la llevó a la cocina. "¿Vos anduviste hablando de más por ahí, con tu amiga? Porque si anduviste hablando de más, te va a ir muy mal, ¿me entendiste?"

Después de su escape fallido, Próspera no volvió a intentar nada por un buen tiempo. Creía realmente que podían matarla. Además, no tenía ningún otro lugar adonde ir. Jorgelina no contaba: era muy evidente que irían a buscarla ahí. Y la tía Ani ya le había dicho que no le hablaría nunca más si se iba a vivir con Rosa. Ése había sido el error: se había dejado llevar por el impulso de casarse con Julio y no había escuchado las sabias advertencias de su tía.

Su vuelta fue menos traumática de lo que esperaba. Había imaginado que la castigarían brutalmente, pero no fue así. Y no es que se hubieran arrepentido de su saña brutal sino que temían que la amiga de Próspera hubiera alertado a la policía. De modo que por un tiempo la dejaron tranquila. Esa tregua sirvió para que Julio la embarazara.

Una noche, después de casi tres atrasos, Próspera le contó a su esposo que iban a tener un hijo. Julio recibió la noticia con inquietud. Esperó a la mañana siguiente y fue a contarle a su madre. Rosa lo pensó unos minutos y tomó la decisión: había que matarla. Nadie podía saber con certeza de quién era el hijo y, además, siendo madre, Próspera empezaría a pedir dinero. "Va a querer sacarnos todo, la muy puta. Por eso se embarazó", dijo Rosa, sabiendo que su reflexión haría enfurecer al hijo. En efecto, aunque hizo un tímido amago de canjear el asesinato por un aborto o un destierro, los argumentos de la madre terminaron convenciéndolo.

El plan fue obra exclusiva del ingenio matador de Rosa.

Lo primero que hizo fue reclutar a Pedro, el hijo menor, para que la acompañara a los matorrales. Eligió al menor por pura casualidad: los otros dos tenían cosas que hacer en el campo y vio que el más chico ya había terminado sus tareas. Esperó a que pasara el mediodía y salieron juntos, provistos de un palo con la punta bifurcada y dos tachos vacíos de yerba con capacidad para cinco kilos. Pedro no preguntó nada. Estaba acostumbrado a obedecer sin preguntar, aunque más de una vez había sentido piedad por su cuñada. No había llegado al extremo de impedir que la lastimaran, pero trataba de no cooperar con las palizas, como sí lo hacía su hermano Santiago, que hasta la había violado alguna que otra madrugada en complicidad con el padre. En realidad, a Pedro le gustaba Próspera, soñaba con ella y se imaginaba rescatándola del infierno familiar: podrían abandonar juntos el campo, desaparecer de la zona e instalarse como marido y mujer en algún pueblo perdido.

Pedro volvió a pensar en eso mientras caminaba con la madre por los caminos de tierra. Un polvo claro cubría los pastizales, que a medida que avanzaban por el sendero que había elegido Rosa se hacían más y más altos y espinosos. Después de un buen rato, la madre dio la voz de alto. "Acá. Usted busque por esos lados, y yo busco por allá. A ver si agarramos unas víboras como la gente. Vivas". Aunque no tenía por costumbre desentrañar el sentido de las órdenes maternas, esta vez la intriga pudo más. Preguntó qué harían después con las víboras, pero la madre ni siquiera se dignó a contestar.

El hijo fue el primero en capturar la suya: con destreza, la fue arrastrando con el palo hasta lograr que estuviera cerca de la lata, y después la empujó hacia adentro. Fue a buscar a su madre, que todavía no había encontrado ninguna. "Vi  dos pero chicas. No servían. Vamos a buscar más", se justificó, enojada. Al fin, cuando el sol ya estaba más bajo, Rosa vio un imponente ejemplar de yarará, que pocos minutos después estaba debatiéndose dentro del segundo tarro de yerba. Antes de volver, la madre felicitó al hijo, a su manera. Señalando su lata y la víbora que él había capturado, asintió con la cabeza. "La que agarró usted también es una de la cruz. Es de las buenas".

Por un par de días no se supo nada más de las serpientes. Pedro había comentado con sus hermanos los detalles de la excursión, pero después todos olvidaron el asunto.

Al fin, la madre reunió a los hijos y el marido y les dijo que al día siguiente tendrían que matar a Próspera. Las instrucciones eran claras: saldrían todos de excursión ara pasar un día de campo y allí procederían. El único que no iría sería Santiago, porque no era conveniente dejar la casa sola. Julio miró a Rosa con gesto inexpresivo y retomó sus cosas. "Tengo que terminar de podar la parra", fue su reflexión, antes de dejar la reunión junto con el padre.

Por su parte, Pedro estaba sorprendido. Se sentía culpable y traicionado por la madre. Sin embargo, no se animó a hacer ningún comentario. Salió a caminar hasta que fue a encarar a Julio. "Es tu mujer y espera un crío. ¿No vas a hacer nada?" Julio fue brutal. Le dijo que, por ser precisamente su mujer, él podía hacer con ella lo que quisiera.

Mientras tanto, Rosa había ido al encuentro de Próspera. Le contó que al día siguiente harían un picnic en el campo. Saldrían temprano y tendrían que llevar comida y bebida. La mandó a comprar carne para milanesas y pan.

Cuando volvió con las cosas, Próspera empezó a cocinar para la salida en familia. Por un momento tuvo la idea de que el hijo que estaba esperando había logrado que la aceptaran. Mientras golpeaba las milanesas con una maza de madera, apareció Pedro. Casi en secreto, vigilando que no entrara nadie más, le advirtió a la cuñada que tenía que escaparse esa misma noche. Próspera, muy extrañada, le preguntó por qué le decía eso. Pedro, sin atreverse a contarle lo que estaba pasando, le dijo que sería lo mejor para ella y el bebé. Pero Próspera no estaba dispuesta a abandonarlo todo para criar a su hijo en la calle. "Si no tuviera el bebé, por ahí me iría. Pero con la panza me tengo que quedar". Le explicó, además, que hacía poco había intentado escapar por segunda vez pero que su marido había sospechado y la estuvo vigilando día y noche durante una semana entera. Pedro no insistió más y dejó a su cuñada cocinando.

Un rato más tarde, Próspera ya tenía listos los sándwiches. La suegra los miró, disconforme, y los empezó a contar. Le dijo que, como tenían que pasar por la casa de un pariente de Mario, necesitarían un par de sándwiches más. Entonces la mandó a la carnicería para comprar otras dos rebanadas de carne. "Dos fetas finas, comprá", le recomendó. La carnicería estaba lejos de la casa y ese día el calor era insoportable. Próspera pidió quedarse: estaba con náuseas y mareos, y tenía miedo de que pudiera pasar algo malo con su embarazo. "Si quiere, yo no como el mío y en el picnic me arreglo con una fruta, nomás", propuso, para no tener que salir al calor del verano chaqueño. Rosa, con una sonrisa perversa, le puso unas monedas en la mano y la mandó de vuelta a la carnicería.

Al día siguiente salieron antes de las siete de la mañana. Subieron al carro un canasto con los sándwiches y algunas frutas, y Julio se encargó de esconder bajo unas mantas los tarros de yerba con las víboras. Rosa se despidió de Santiago, recomendándole que cuidara bien las pertenencias del hogar, y salieron.

Cerca de las once, Próspera pidió hacer un alto. El movimiento del carro la había mareado y se sentía enferma, acalorada y con náuseas. "Debe ser el embarazo", explicó. Rosa hizo parar el carro y anunció que se detendrían para almorzar. Enérgica, dio instrucciones a los hijos para que bajaran las cosas. Se acercó a Próspera y le palmeó la cabeza. "Ya vas a estar mejor, ahora vamos a comer algo y vas a estar mejor".

Julio agarró a su mujer del brazo y la sentó sobre una lona, a la sombra de un árbol. Desde el suelo, Próspera veía los movimientos de toda su familia y advirtió algo extraño. Todos hablaban en secreto y la miraban de reojo. Recordó que Pedro le había sugerido que se escapara la noche anterior a la excursión. Lo miró, pero él estaba revisando las correas que sujetaban los caballos al carro. Estudió el paisaje que la rodeaba: todo era tierra, malezas, polvo, y un calor que espesaba el aire. Se secó la frente con un pañuelo y buscó a su suegra: vio que estaba maniobrando con una lata de yerba.

De pronto, Próspera sintió una mirada en la nuca: se dio vuelta y se encontró con los ojos enrojecidos de Mario clavados en ella. Incómoda, estiró las puntas de la lona para recostarse en el suelo y así descansar la espalda. Estaba estirando las piernas cuando escuchó pasos que se acercaban. Se incorporó y pudo ver a su marido, a Mario y a Rosa que iban hacia donde estaba ella. Su suegra llevaba una lata de yerba. Los tres caminaban lento, más lento de lo que caminarían normalmente. Ese ritmo la puso en guardia: algo estaban planeando. Próspera se incorporó de un salto y en ese instante su suegro la agarró por la cintura, desde atrás, y su marido le inmovilizó el brazo izquierdo. Rosa, con una sonrisa en los labios, abría la lata y le mostraba la víbora que había adentro. Mientras Próspera gritaba por el pánico, forcejeando para liberarse, Julio le doblaba el otro brazo para lograr que metiera la mano por la boca del tarro. Se resistió todo lo que pudo pero el esfuerzo fue inútil: al fin, lograron que Próspera metiera la mano. Sin embargo, milagrosamente, la víbora no atacó. Rosa, insultando entre dientes, golpeó el tarro varias veces y lo movió a un lado y al otro. Entonces sí, la víbora clavó sus colmillos en el dorso de la mano de Próspera. El dolor fue tan fuerte que ella ni siquiera atinó a gritar. Se quedó sin aire y se le aflojaron las rodillas. Mientras Julio la sujetaba, Mario sacaba un cuchillo que le colgaba del cinturón y cortó la cabeza de la víbora de un solo tajo. En ese momento Próspera estaba con la cara crispada por el dolor y los ojos cerrados. Cuando sintió la segunda mordedura gritó por la sorpresa. Abrió los ojos y vio que Mario, con la cabeza de la víbora en la mano, le había incrustado los colmillos del animal, que todavía conservaban veneno, muy cerca de la picadura anterior.

Próspera se dejó caer en el suelo, sollozando y temblando. Los demás la dejaron y fueron a buscar los elementos para el picnic. Rosa tomó agua y los hombres unos sorbos de caña. Después desenvolvieron los sándwiches de milanesa que había preparado Próspera el día anterior y se los comieron. Mientras tanto, Próspera había intentado limpiarse la mordedura con su camisa y les suplicaba que la llevaran a un hospital. Se agarraba la mano herida con la otra mano y no paraba de sollozar. Cuando Rosa terminó de comer, se limpió la boca con la pollera y buscó agua. Estaba convencida de que si la nuera tomaba agua, el veneno se potenciaría. Se la ofreció, y Próspera tomó, desesperada.

Rosa también estaba segura de que el movimiento era crucial para que el veneno se expandiera por todo el cuerpo. Se sentó al lado de la nuera y le dijo que la única forma de salvarse era moviéndose sin parar. Le inventó que solamente habían querido castigarla, pero que ahora la iban a ayudar a ponerse bien. Para eso ella no tenía que quedarse quieta: no había nada más peligroso cuando a alguien le picaba una víbora. Perdido por perdido, Próspera se aferró a esa última esperanza: estaba demasiado asustada y necesitaba creer que lo que decía su suegra era cierto. Mientras los hombres volvían a guardar las cosas en el carro, Rosa fue a buscar el otro tarro de yerba con la segunda serpiente, y lo abrió. La dejó escapar porque ya no la necesitaban.

Mientras tanto, Mario había atado una cuerda en la cintura de Próspera. El otro extremo iba enganchado al carro. De ese modo, la hicieron trotar durante larguísimos tramos de camino, hasta que se caía, agotada. Entonces alguno la levantaba, la subía al carro, y seguían. A medida que pasaban las horas, la herida se le iba hinchando y poniendo de un peligroso color morado. Además, tenía fiebre y taquicardia. Ya casi no podía andar atada al carro: se caía una y otra vez. Julio y Mario bajaban y trataban de obligarla a caminar. Rosa, en un momento, les sugirió que usaran un método más efectivo que los gritos de amenaza. Ella misma bajó e intentó que caminara golpeándola con un martillo en la espalda y en el pecho. Cuando se hizo de noche, Próspera renunció a todo. Se dejó caer y esperó la muerte. Lo único que hizo fue correr la cuerda de su cintura y ponerla más arriba, por encima del abdomen: no quería lastimar a su bebé.

El grupo pasó la noche a la intemperie. Se cubrieron con unas mantas y esperaron la salida del sol. Muy temprano se alistaron para seguir. Fueron a ver a Próspera, que seguía viva. La habían escuchado quejarse y delirar toda la noche sin parar. Rosa, una vez más, fue la que tomó la decisión. Llamó a Mario y a Julio y les dijo que terminaran de una vez con lo que habían empezado. Los dos se acercaron a Próspera y la asfixiaron con un trapo. Después usaron ese mismo trapo para vendarle la mano y fueron directo a un puesto policial en Campo Grande. Bajaron el cadáver y denunciaron que había ocurrido una terrible calamidad con una víbora y la mujer del hijo mayor que, para colmo, estaba embarazada.

Una semana después del entierro, en la comisaría de Pampa del Infierno se recibió una denuncia anónima: pedían que se investigara la muerte de Próspera porque toda su familia la venía golpeando, lastimando y amenazando. Dos policías fueron a la casa de Rosa a hacer algunas preguntas. Ninguno se puso de acuerdo con los demás acerca de los motivos del viaje fatídico. Tampoco había coincidencias en el relato del accidente con la víbora, ni supieron explicar por qué el cuerpo de la mujer presentaba tantos golpes y magullones. Al final, los detuvieron para ampliar el interrogatorio. Varias horas más tarde, Mario confesó todo, incluyendo detalles increíbles y macabros. Después confesaron los demás.

Con la excepción de Pedro, que lloró y dijo que estaba arrepentido, los otros no mostraron ningún sentimiento de culpa.

Otro policía les preguntó, además, por dos muertes que habían sucedido en el mismo campo, hacía varios años. Rosa no tuvo ningún inconveniente en hablar: un par de años atrás habían envenenado al hermano de Mario porque se había instalado con ellos en el campo y ya no querían seguir manteniéndolo. "Nos costaba mucha plata darle de comer y él no trabajaba porque era enfermo", fue la explicación de Rosa. "Y al otro hombre lo mató Mario. Él solo. Le cortó el cuello con la faca. Estaba celoso porque él era demasiado amable conmigo. Yo lo único que hice ahí fue ayudar a enterrarlo".

Rosa, Mario y Julio K. fueron condenados a prisión perpetua. A Pedro le correspondieron diez años de prisión. Santiago fue sobreseído.

Julio y Rosa obtuvieron la libertad condicional en 1964 y se mudaron a otro pueblo. Mario murió en la cárcel de Resistencia en 1966, a los setenta y seis años.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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No puedo creer que haiga gente tan mala en este mundo Rosa debería morir
publicado por Mario, el 06.05.2012 00:00
http://www.youtube.com/watch?v=bA2Vxbr0VVw
publicado por Tujavie, el 27.06.2014 16:27
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