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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//12 de Noviembre, 2010

Capitulo XVII De Ana al código azul

por jocharras a las 10:33, en La Marca de la Bestia

Capitulo XVII

 De Ana al código azul

 

Cortocircuito

 Tras la partida de Nievas, la llegada del fiscal Luis Villalba a la causa del violador serial estaba condenada a fracasar aun antes de que comenzase a trabajar en ella. Independientemente de los acontecimientos que desencadenaron el alejamiento final, la prin­cipal razón por la que Villalba no podía hacerse cargo de esa inves­tigación radicaba en que estaba mucho más preocupado por otra cosa. Tenía a su cargo el caso Maders (el asesinato de un dirigente radical ocurrido en el año 1991, cuando en Córdoba gobernaba Eduardo César Angeloz).

 Así fue, según se comentó siempre en Tribunales II, que Villalba puso el grito en el cielo cuando después del alejamiento de Nievas, todas las causas que tenía en sus manos el evangelista recayeron en él.

 Sin tiempo de patalear o hacer un planteo formal, Villalba fue rápidamente víctima del ritmo que llevaba Sajen y apenas unas horas después de su designación, tuvo la primera noticia del delin­cuente sexual. Fue en la tarde del 18 de agosto de 2004, cuando personal del distrito 3 de la Policía detuvo en las cercanías de la Ciudad Universitaria (a metros del colegio Deán Funes) a un joven de rasgos norteños vestido de guardapolvo que llevaba en un pe­queño maletín vaselina y preservativos.

 El primero en conocer sobre la detención fue el comisario Vargas, que llegó a la comisaría donde el hombre estaba detenido después de que la noticia se conociera a través de Radio Universidad y cuando un canal de televisión y un diario ya se habían instalado en la puerta del distrito a la espera de información. "No sé nada. Puede ser pero no vamos a dar ningún nombre, ni precisión hasta que no sepamos más. No queremos otro Camargo", alcanzó a decirle a los periodistas antes de entablarse en una fuerte discusión a través del celular con el nuevo fiscal. El detenido, de unos 40 años, debió pasar una noche en la comisaría hasta que al día siguiente se demostró que Vargas tenía razón y fue dejado en libertad. Al final de cuentas, aquella detención sólo sirvió para sumarlo a la larga lista de "portadores de cara".

En los días siguientes, mientras Villalba intentaba ponerse al día con la instrucción (así se denomina a la etapa de investigación y recopilación de datos de una causa), programando, a la par de la Dirección Investigaciones Criminales de la Policía, una serie de estrategias para buscar al serial en los lugares donde atacaba, se produjo el hecho que desencadenaría a la larga la resolución del caso: en la madrugada del domingo 29 de agosto de 2004, como ya fue relatado en detalle al comienzo de este libro, la persona que luego todos conoceríamos como Ana, fue víctima del serial.

Su trascendencia pública no se logró a través de los diarios como se cree, ni a través del e-mail que se difundió después, sino por medio de una entrevista televisiva que Damián Carreras, un inquieto periodista de Teleocho Noticias, consiguió y difundió días después del ataque.

 "Estaba trabajando en el tema desde hacía unos días hasta que finalmente me contactaron y la nota se hizo realidad. Habíamos acordado un seudónimo pero creo que cuando la presentamos al aire simplemente dijimos que era una víctima. Para mí esa nota fue la que, a la larga, desencadenó el final del violador", asegura Damián.

 La misma Ana y sus dos amigas (María y Julieta) le contaron a esta investigación que la decisión de hablar con los medios se fue gestando desde el mismo día en que juntas fueron al precinto a hacer la denuncia de lo que le había pasado a la primera y las atendió un sumariante que, ante el anuncio de lo que iban a denun­ciar, señaló: "¡Otra más del serial!". Ese día Ana fue invitada a pasar a un cuarto cerrado donde "un animal" le preguntó a esa estudiante de 20 años: "¿Se la chupaste?"

 "En la unidad judicial le dijeron que describiera el lugar pero le anunciaron que ya sabían dónde era, porque el tipo había viola­do muchas veces ahí. Además, la tuvieron cinco horas hasta llevarla a Medicina Forense donde no había ninguna mujer para atenderla y tuvo que soportar que un tipo le hiciera un hisopado vaginal. Terminamos a las 7 de la mañana", recuerda María, una de las amigas de Ana.

 Según cuentan las chicas, todas esas desidias juntas las fueron impulsando a hacer aquella nota que finalmente salió al aire el jueves siguiente. En la entrevista, Ana fue filmada de espaldas y dejó entrever por primera vez algunas de las cosas que luego daría a conocer a través del e-mail que circuló por todas las casillas de correo electrónico de Córdoba y el país. "Yo viví 12 años en Córdoba y les puedo asegurar que ese tipo es cordobés", afirmó Ana an­tes de indicar que el atacante la había amenazado con "cortarla toda" y que en el trayecto de 15 cuadras que le había hecho cami­nar no había llegado a ver "ni una sola camioneta del CAP". Final­mente en aquella entrevista llegaría la afirmación más polémica cuando Ana dijo que por la forma de tratarla y revisarla, pensaba que el atacante podía ser un policía.

 Auditoría

 La frase sonó como una bomba en la Departamento de Prensa de la Policía. En esas oficinas ubicadas en la planta baja de Jefatu­ra, un grupo de uniformados especialistas en medios se encarga de leer, escuchar y ver todo lo que trasciende desde los medios de comunicación en referencia a la seguridad para hacérselo llegar más tarde al jefe de Policía.

 Aunque estos policías también tienen la función de ayudar a los periodistas otorgando información sobre los acontecimientos del día (normalmente y por orden de sus jefes se concentran en difundir hechos que llaman "positivos" y que se refieren a operativos, allanamientos y detenciones de pequeños delincuentes), aquella función de "k" qué dicen, hacen y opinan los periodistas a través de sus medios es la más útil para adentro de la fuerza, que de esa manera puede percibir cuál es el humor social que existe en la calle en torno a la seguridad.

 En esas oficinas los tres televisores de la sala estaban encendi­dos en los diferentes canales, que lanzaron una piedra que tocaría suelo mucho tiempo después.

 Cuando la joven oficial que tenía a su cargo atender lo que pasaba en Teleocho, escuchó a Ana, se levantó de la silla y se dirigió caminando hasta donde se encontraba la videograbadora. Estaba conmovida por el relato, pero no dudaba que los dichos de Ana también tenían que ver con su trabajo, así que apenas comenzó la pausa detuvo la grabadora, rebobinó la cinta, y reprodujo la entrevista para salir de toda duda. Cuando confirmó los dichos de Ana, se dirigió al teléfono y marcó el interno 1-7008, el teléfono del jefe de prensa de la Policía de Córdoba, Daniel Rivello.

 -¿Queeé? -exclamó Rivello, quien posee la fantástica cualidad de saber poner siempre, y ante todo periodista, la exacta cara de desconocimiento en referencia a todo hecho por el que se lo consulte, pese a estar al tanto de la mayoría de las cosas que pasan dentro de la Policía.

 -Sí, Daniel, como te digo -respondió la oficial- Es la última víctima y dice que el tipo que la violó puede haber sido un poli­cía. Además, el periodista repitió la misma sospecha cuando volvió al piso después de la entrevista -contestó la escribiente.

 -Lo tenés todo, ¿no?

 -Sí. Está grabado y lo tengo que escribir en la computadora nomás.

 -Bueno. Preparalo porque eso tiene que estar en la mesa del jefe cuanto antes.

 Era jueves y puede decirse que fue un día revelador para el entonces jefe de Policía, Jorge Rodríguez, quien cuando recibió a Rivello en su inmensa oficina del tercer piso de Jefatura con el casete, alcanzó quizá por primera vez, a dimensionar el grado de problemas que la causa del violador -por ese entonces las denun­cias ya habían superado las 60 víctimas- podía causarle.

 Al ver la entrevista, Rodríguez contuvo el aliento y se dio cuen­ta de que este hecho iba a ser utilizado rápidamente por los medios para sumarlo a la "ola de inseguridad". Entonces se decidió a ac­tuar, como fue una constante a lo largo de toda su gestión, a des­tiempo.

 Mientras aquella reunión se concretaba, el fiscal Villalba preparaba un secreto operativo que tenía como objetivo apostar personal de civil (cuidadosamente camuflado) en algunos lugares específicos de Nueva Córdoba donde había atacado el serial. Todo se centraba en la hipótesis de que el violador era el mozo de un bar de ese barrio al que tenían que agarrar en el momento en que in­tentara violar a alguien.

 El fiscal (que trabajaba con sus propios investigadores) había ordenado que policías de civil se instalaran en aquellos lugares estratégicos apoyados por personal fuertemente armado que, a bordo de dos automóviles aportados a la causa por el Tribunal Superior de Justicia, sirvieran de nexo entre unos y otros. "El objetivo - asegura una fuente de esa fiscalía- era, más allá de la posibilidad de atraparlo esa noche, comenzar a hacer un trabajo serio de inte­ligencia que nos permitiese llegar al serial fuera o no la persona de la que sospechábamos".

La idea de actuar del jefe de Policía y la idea de actuar del fiscal iban a chocar ese mismo día, produciendo otro espectacular Blooper, que demuestra el escaso diálogo y la nula confianza que Policía y Justicia de Córdoba tienen entre sí.

 Pero la serie de errores (provocados por el miedo a Ana) no iba a ser iniciada en aquel ámbito, sino por la Municipalidad, que, a raíz de una orden del intendente Luis Juez y sin consultar a los investigadores sobre la conveniencia o no de hacerlo, tapió con ladrillos el ingreso al sendero de los Molinos Minetti, donde el se­rial había obligado a caminar a Ana, antes de violarla.

 Al caer la noche del sábado 4 de setiembre, mientras los poli­cías de Villalba se escondían intentando pasar inadvertidos, en la misma zona donde apenas seis días atrás Ana había caminado sin ver "a ningún policía", las patrullas empezaron a salir de todos lados junto a decenas, cientos de policías uniformados que pare­cían hormigas caminando por los Molinos, la terminal, Nueva Córdoba, la Ciudad Universitaria y el Parque Sarmiento.

 La orden había sido dada por el propio jefe Jorge Rodríguez y ejecutada por su lugarteniente, el entonces jefe de Operaciones comisario mayor Miguel Bernabé Martínez, quien llevó adelante el "operativo saturación".

 Esa noche se produjo el siguiente diálogo entre el fiscal y el comisario mayor Nieto:

-Mayor, necesito que me liberen la zona. Estoy haciendo un ope­rativo y resulta que hay policías por todos lados.

 -No podemos doctor. ¿Y si nos cometen una violación quién es el responsable?

 -Yo me responsabilizo.

 -Lo que usted dice no tiene sentido. Lo hablo con el jefe, pero si hay un nuevo hecho, la culpa va a ser nuestra.

 Nieto habló con el jefe de Policía y Jorge Rodríguez le confir­mó que eso era imposible, Nueva Córdoba debía estar saturada de policías.

 La conclusión fue simple: el intrépido Sajen no actuó ese día advertido por los inusuales movimientos que veía en la zona; el comisario general Rodríguez durmió tranquilo y el fiscal Villalba, enojado (según algunos aprovechando esa oportunidad para sacarse un problema de encima), pidió alejarse de la causa.

La presión de los medios

Gustavo Vidal Lascano llegó a la Fiscalía General de la Provincia el 24 de junio de 2004, después de una larga carrera en la Justi­cia Federal. Su designación fue una carta fuerte de la administra­ción De la Sota que necesitaba urgentemente instalar en ese sec­tor clave en el que la Justicia se mezcla con la política, a una per­sona de confianza que mostrara capacidad de gestión.

 En una lujosa oficina del primer piso del viejo edificio de Tribunales I, ubicado sobre la calle Caseros, entre sillones, escrito­rios y archiveros de madera de comienzos del siglo 20, el funciona­rio se reunió con los autores de este libro y, después de cerrar una enorme puerta de madera labrada, se aprestó a hablar coinvirtiéndose en el primer funcionario que no pidió que sus declaraciones se tomaran en off the record.

 De modos elegantes y voz suave, el jefe de los fiscales que se pone feliz cada vez que La Voz del Interior publica una foto suya, asegura que se enteró de la existencia de un violador serial gracias a los medios de comunicación y no porque se lo informara su ante­cesor en el cargo, Carlos Baggini.

 "Cuando asumí, no me reuní con Baggini porque él estaba de viaje. Digamos que me fui poniendo al día a medida que pasaban los días y que prácticamente debuté en mi función cuando fui a pedirle a Nievas que se tomara unos días y él optó por renunciar".

 "En aquel momento me decidí por Luis Villalba para darle las causas de Nievas, porque era el más antiguo de los fiscales y el que tenía la mayor experiencia. Creo que fue una de mis primeras designaciones. Sin embargo, un día vino a mi oficina y dijo que estaba preocupado por los operativos de la Policía y que quería hacerse a un lado. Me habló de falta de coordinación y, aunque yo le di mi apoyo formal, había un problema de fondo que eran las diferencias con el modus operandi de la Policía".

 "Cuando se fue, quedé muy preocupado porque tenía que desactivar la bomba que iba a estallar en los medios al día siguien­te. Mi miedo era que los titulares de los diarios iban a referirse a la causa del serial diciendo que la investigación no tenía fiscal. Entonces, se me ocurrió la idea de nombrar a los tres fiscales y funcionó, porque al día siguiente los diarios en lugar de decir: 'La causa del serial no tiene fiscal', pusieron: "Un triunvirato de fisca­les tiene a su cargo la causa'".

 Fue así como Pedro Caballero, quien en la Justicia es conocido como "un tipo práctico" llegó al caso, secundado por Maximiliano Hairabedian, un joven doctor en derecho y autor de varios libros (hijo del mediático abogado y conductor televisivo Carlos Hairabedian) y Juan Manuel Ugarte, un tipo con sapiencia, trayec­toria y experiencias en casos penales.

El derrumbe de una estrategia

Después del golpe de efecto que le permitió al fiscal general "cambiar los títulos de los diarios", llegaba la hora de trabajar y la realidad demostraba que la causa era un desastre.

 Paralelamente, en esos días un grupo de chicas todavía sin nombre (en su mayoría amigas de Ana) comenzaba a organizar peque­ñas movilizaciones para protestar por la inseguridad que provoca­ba la existencia de un violador. La primera marcha se concretó en setiembre, pero las cosas no cambiaban y el 15 de ese mes se pro­dujo otra violación que explotó en los medios de comunicación. El ataque era llamativo porque no se había producido en la zona de siempre sino que el delincuente se había desplazado más hacia el sur, violando en barrio San Vicente.

 Esa noticia se produjo en un contexto que vale la pena señalar para entender en su totalidad el impacto de la misma. A lo largo del año 2004 el gobernador De la Sota encontró dentro del panora­ma político -entonces dominado por la imagen positiva del presi­dente Néstor Kirchner- una pequeña veta por la cual diferenciarse de los otros gobernantes y acercarse al único opositor que tenía en ese tiempo el gobierno nacional: Carlos Blumberg (el padre de Axel, un joven que fue víctima de un secuestro extorsivo y que finalmen­te fue asesinado). Se trataba de mostrar a Córdoba como la provin­cia más segura del país (aquí fueron detenidos los supuestos asesi­nos del hijo de Blumberg), en la que el único delincuente peligroso y autor de todos los hechos importantes (Martín Luzi) se encontraba preso bajo siete llaves.

Los baluartes de esa imagen eran dos personas muy cercanas al gobernador: el jefe de Policía (amigo personal de De la Sota) y el ministro de Seguridad, Carlos Alessandri, un hombre fiel que des­pués de ser intendente de Embalse y diputado nacional (presidió la comisión de Inteligencia), finalmente recayó en ese ministerio.

 Toda aquella estrategia funcionó a la perfección, hasta que en la segunda quincena de setiembre se desató una seguidilla de he­chos delictivos que instalaron la sensación de que Córdoba sufría una ola de inseguridad.

 Cuando esto ocurrió, el gobierno provincial se apresuró a desmentirlo en un acto en el que el propio De la Sota terminó, muy a su pesar, protagonizando un verdadero Blooper (y van...). Ocurrió el día 20 de ese mes, en un acto en la Sociedad Rural de Jesús María, cuando, mientras el gobernador hablaba de su "política de seguridad", tres camionetas -pertenecientes a las personas que habían ido a escucharlo- fueron robadas del estacionamiento.

 Sin tiempo para reaccionar, el Gobierno debió enfrentar al día siguiente su peor primavera ya que el 21 de setiembre tres delincuentes que ingresaron a robar en una pizzería familiar de barrio Jardín del Pilar, terminaron matando a Laura Alfieri, su hijo Carlos y la tía de éste, Carmen Barrionuevo. El caso, que conmovió por la crueldad de los delincuentes, fue rápidamente puesto en manos del jefe de Homicidios, Rafael Sosa, y del fiscal Caballero, que días después volverían a trabajar juntos en la causa Serial.

 Todo esto sucedía mientras estaba de visita en Córdoba el ingeniero Blumberg, acompañado del asesor de una fundación norteamericana (el Manhattan Institute) que llegó a calificar a los lim­pia vidrios de la calle como "terroristas urbanos". Aunque en el interior de la Casa de las Tejas las acciones de Blumberg eran ob­jeto de bromas, su presencia se leía como una especie de respuesta de De la Sota al presidente Kirchner, que a su vez coqueteaba con el peor enemigo político del gobernador, el intendente Juez.

Mientras Blumberg elogiaba las políticas de seguridad, los medios reflejaban que las calles de Córdoba eran inseguras y De la Sota se vio obligado a confirmar al frente de la Policía al comisa­rio general Jorge Rodríguez, acusando al mismo tiempo a los pe­riodistas de "irresponsables" por crear "una falsa sensación de in­seguridad".

 La casualidad hizo que el día que De la Sota hizo esta declara­ción se cumpliera un mes del día en que Ana fuera violada salvaje­mente en los Molinos Minetti sin que el gobernador tuviese todavía idea de que eso ocurría a apenas 15 cuadras de la Casa de Gobier­no.

 Pero los hechos policiales se sucedían sin descanso y, apenas tres días después de ese ataque, la Policía debió investigar la muerte de un hombre que apareció asesinado en un baldío envuelto en una bolsa. Fue en ese clima que el caso del serial se instaló cada vez con más fuerza y preocupación en la opinión pública.

 No le estaban yendo bien las cosas al comisario amigo de De la Sota, porque el martes 5 de octubre tres delincuentes asaltaron a su hijo en su casa. Cuando los medios llegaron al lugar para saber qué pasaba, el joven declaró que en Córdoba había mucha insegu­ridad.

 Mientras eso pasaba, la edición digital de La Voz del Interior (La Voz on line) publicó el texto completo de un correo electrónico que, luego se sabría, había sido escrito por Ana. En los días si­guientes los diarios La Mañana y Día a Día reprodujeron el texto.

 De repente, todo Córdoba supo, gracias a esta chica de 20 años, que lo que le había pasado a ella y, al menos, a otras 64 jóvenes más, ya no era un problema de pocos, sino un problema de todos. Las palabras de Ana provocaron un terremoto que se sintió, sobre todo, en la Casa de Gobierno.

Ana

Carta sobre el violador


(reproducida sin ningún tipo de modificación)

Hace tres años decidí venir a estudiar a Córdoba... con todo lo que eso implica dejar mi familia, mi lugar, mi casa, para hacer realidad mi sueño de independizarme, de empezar a armar mi vida. Desde que llegué siempre me manejé caminando para todos lados, total acá todo queda a dos cuadras, nunca me pasó nada y siempre me confié de eso. Todos saben que Nueva Córdoba es una ciudad aparte de Córdoba, porque es seguro, porque siempre hay gente en la calle, y más cuando hace calor (es increíble Nva. Cba. en verano). El sábado 28 de agosto, la noche estaba bárbara y queda­mos con unas amigas en que salíamos a Mitre para hacerle la gam­ba a una de las chicas, me bañé, me cambié, me pinté y salí cami­nando para la casa de las chicas como a la una de la mañana.

 Había un montón de gente en la calle, la Estrada parecía una peatonal, así que en ningún momento me dio miedo caminar sola. Caminando por Chacabuco (antes de llegar a Obispo Oro bajando por la mano derecha) me di cuenta que venía alguien atrás mío, un tipo, que en un momento me dice no sé qué cosa (no me acuerdo) y cuando me quiero dar vuelta me dice que no le mire la cara porque me iba a cortar entera. En ese momento no me di cuenta de lo que pasaba, me puso la mano en el hombro como abrazándome y me dijo que en Oro íbamos a doblar a la derecha. Yo estaba a 20 metros de la casa de mis amigas.

 Doblamos por Oro hasta Poeta Lugones y comenzamos a bajar. El tipo me dijo que no me asustara, que no me iba a hacer nada, que lo único que quería era que lo acompañe a la terminal para hacerlo zafar de la policía. Me dijo: "¿qué le vas a decir a la poli­cía si los encontramos?" y le dije: "que soy tu novia pero si no me haces nada" y me dijo "si hubiera querido hacerte algo te hubiera llevado para el Parque Sarmiento"... Me preguntó cuanta plata te­nía, le dije que diez pesos, que se los llevara, que se llevara lo que quisiera (todo lo que tenía de valor estaba en una carterita que tenía colgada del hombro), pero me dijo que no se quería llevar nada, que lo acompañara hasta la terminal, que ahí me dejaba irme y que me guardara esa plata para volverme en un remís.

 Cuando íbamos caminando (por Lugones) me preguntaba que barrio era ese, en qué barrio vivía yo, si sabía llegar a la terminal, si estábamos muy lejos de ahí (como haciéndose el desorientado para que me creyera que no era de acá). Siguió preguntándome qué hacían mis viejos, cómo me llamaba, cuántos años tenía, y todo el tiempo me decía que me tranquilizara, que caminara rápido porque estaba apurado y se tenía que ir, y que 110 le mirara la cara (de hecho no se la- miré). Cuando llegamos a una calle que se llama Transito Cáceres (que es por donde suelo bajar yo para ir a la ter­minal) le dije que era por ahí, me dijo "¿estás segura que es por acá?". Le dije que sí, pero él dijo «que no, que mejor no íbamos a doblar, que íbamos a seguir derecho".

 Cruzamos al otro lado justo después de pasar el puente. Entre el boliche Lugones y el puente hay unas escaleras que llevan a los viejos Molinos Minetti, el lugar está abandonado, es un baldío lle­no de basura que a esa hora (1 de la mañana) está totalmente de­sierto porque es muy oscuro.

 Me hizo subir por las escaleras, para meterme en el baldío, mientras me decía que no gritara porque ahí no me iba a escuchar nadie, y yo por miedo a que me "cortara entera" o me matara me quedé piola. Me dijo que me iba a revisar para ver si tenía más plata y si era así, me mataba. Me hizo sacarme el sweater que tenía puesto y me lo puso en la cabeza. Después me hizo separar las pier­nas y me palpó como te palpa la policía antes de entrar a un recital de cualquier grupo de música, (siempre te palpan)...

 Pero ese «palpado» se convirtió en un manoseo y terminó en lo que éste enfermo quería: violarme. Fue lo más denigrante, espan­toso y humillante que me toco vivir en mis 20 años de vida. La ver­dad es que después de eso pensé que me iba a matar.

 Me dijo que no lo denunciara por que la única que iba a pasar vergüenza era yo, porque a él no lo iban a agarrar (me repitió mil veces que no lo denunciara). Me dijo "acá no hay ningún enfermo", que no le dijera nada a nadie. Me preguntó si me alcanzaban los 10 pesos para tomarme un remís (¿?), me dejo ir, saliendo para la ruta 9, él se fue para el otro lado y yo en la ruta me tomé un taxi para la casa de mis amigas que todavía me estaban esperando para salir. Estaba histérica, no podía parar de llorar, no podía hablar, me que­ría bañar, me sentía sucia, ultrajada... Les conté a mis amigas lo que me pasó y me llevaron a la seccional de policía que está en la Buenos Aires antes de llegar a Rondeau, dijimos lo que me había pasado y de ahí nos llevaron en una camioneta a la central en la Colón. Me tuvieron un rato esperando y pasé a dar la declaración con un tipo que estaba a cargo del caso. Ahí me dijeron que el tipo que me agarró fue el violador serial que había "reaparecido". Cuan­do me tomaron la declaración me preguntaron a dónde me había violado y el policía me dijo "yo sé a dónde te llevó, pero contame vos"... "no sos la primera chica a la que el violador lleva ahí, de hecho, hubo un oficial parado en las escaleras de los viejos moli­nos desde las 19.30 hasta las 23.30, y a esa hora se fue por que el violador siempre había atacado entre esas horas" (como si no tu­viera más ganas de violar después de las once)...

 Después me fui enterando de que el tipo está suelto hace "DOS AÑOS", que ya violó más o menos a 30 chicas que han hecho la denuncia (por que se piensa que en realidad es el doble, pero hay una mitad que por miedo, asco o la razón que fuere no hace la denuncia).

 Después de hacer la denuncia nos tuvieron sentados una hora esperando a que apareciera algún móvil para trasladarnos a Policía Judicial para que en medicina forense me hicieran un examen, y al final terminamos yendo en un auto todo baleado.

 En medicina forense me atendió un médico (hombre) que me hizo el examen (fue como si me violaran otra vez), y al final me dejaron irme a mi casa. Al otro día hicimos el recorrido con la policía, me llevaron al lugar para identificarlo y para ver si encon­traban alguna prueba de algo (miraron así no más y después nos fuimos). Al otro día hicimos el identikit con una dibujante (lo hizo ella como le pareció porque yo al tipo no llegué a mirarlo), hablé con una psicóloga, y ahí terminó el trabajo de la policía, pero me dieron un par de datos interesantes, como por ejemplo que este tipo actúa a fines de mes, en esa zona (por Chacabuco, Salguero, Paraná, Lugones), a esa hora (cuando está más o menos oscuro).

 El tipo debe haber medido 1.70 más o menos, morocho (de pelo y piel), acento cordobés no muy marcado, pero cordobés al fin, pa­recía gordo pero creo que en realidad era robusto más que gordo. LA POLICÍA SABÍA (Y SABE HACE DOS AÑOS) QUE EL TIPO ACTÚA EN ESA ZONA, EN ESA FECHA DEL MES, A ESA HORA, CON EL MISMO MODUS OPERANDIS, TIENEN EL PERFIL PSI­COLÓGICO Y EL IDENTIKIT EXACTO ECHO POR UNA PERSO­NA QUE LO VIÓ DE FRENTE Y NO LO AGARRAN...

 Yo al principio pensé "son unos inoperantes", pero me di cuen­ta de que en realidad hay algo más en todo esto. El violador tiene algún tipo de protección, o maneja algún tipo de información, porque es INSÓLITO y ABSURDO que después de dos años y tantos ataques no lo agarren.

 Esto es una especie de "cartita de la víctima", no para dar lás­tima ni mucho menos, si no para que sepan que EL VIOLADOR SERIAL ESTÁ SUELTO Y LO VA A SEGUIR ESTANDO POR QUE GOZA DE ALGÚN TIPO DE INMUNIDAD O PRIVILEGIO QUE HACE QUE LA POLICÍA NO LO AGARRE.

 Después de atacarme violó a dos chicas más (ya no a fin de mes) e intentó atacar a otra hace unos días. De más está aclarar o volver a mencionar que el tipo es policía o funcionario público, algún tipo de cargo debe tener para que después de dos años y más de una treintena de violaciones se nos siga riendo en la cara.

 No es un ataque personal, porque si bien me dio vuelta la vida, también lo hizo con mi familia, con mis amigos y con la gente que conozco. Éste mail no tiene el fin de que se pongan a quemar rue­das en la puerta de la legislatura o de la central de policía, sino que estén alertas. Absolutamente todos, si bien las mujeres somos las víctimas directas, los hombres que tienen amigas, novia, pri­mas, hermanas, hijas, etc. son víctimas secundarias.

 NO ANDEN SOLAS, NO SE DESCUIDEN, NO SE CONFIEN.

 El tipo está en Nueva Córdoba, está suelto, actúa indiscreta­mente y lo va a seguir haciendo. Sabe exactamente lo que hace, cómo hablarte, que decirte y como convencerte. NO tiene límites por que el organismo que se supone que se los ponga (la policía), NO LO HACE.

 No se olviden que NO FUI LA PRIMERA NI LAMENTABLE­MENTE LA ÚLTIMA.

 Me imagino que pensarán "¿porqué no saliste corriendo, te tiraste al piso, gritaste, hiciste algo?", en ese momento no podés porque te bloqueás.

 Siempre creí que yo iba a poder reaccionar y no pude, pensé que nunca me podía pasar, no te das cuenta de que te puede pasar hasta que te pasa.

 Desde que me violó que tengo sueños espantosos, todo el tiem­po asustada, paranoica, con miedo, sintiendo que todos los tipos que andan en la calle me pueden violar, o hacerme algo, siempre con miedo, con el corazón en la mano y los nervios hechos mierda por que la seguridad de Córdoba y del país está destruida. No se confíen de los policías del CAP que lo único que hacen es buscar problemas o hacerse los chetos en las camionetas, camionetas de las cuales, con el violador agarrado de mi hombro y a lo largo de 12 cuadras no vi ni una, NI UNA, hasta parece que le dejan el campo libre.

 No se olviden que ese sábado estaba cantado que el tipo ataca­ba (fin de mes, 1 de la mañana, sin vigilancia policial en los viejos molinos ni en ninguna calle).

 Lamentablemente la única forma que hay de agarrarlo al tipo es con las manos en la masa, esto no lo digo únicamente yo sino mucha gente entendida en el tema, por eso tenemos que estar pre­paradas y mentalizadas de que si alguien nos llama de atrás, nos pone una mano en el hombro, o nos agarra, la única forma de zafar es gritando, tirándote al piso, abrazando a alguien que ande por ahí, metiéndote en un negocio o simplemente corriendo. No te ol­vides que el tipo agarra a las víctimas en lugares públicos en donde si reaccionas rápidamente no sólo te podes te escapar sino que lo pueden agarrar.

 Con mis amigas estuvimos pensando en alguna forma de identi­ficar que a alguien le está pasando algo y es llevando un silbato en la mano, porque a lo mejor el grito no te salga, pero soplar sí. La idea es llamar la atención de las personas que estén por ahí.

 No te expongas a que te pase, porque en media hora un enfer­mo te puede dar vuelta la vida, no camines sola de noche, es prefe­rible gastar $2,50 en un remís, que el miedo para toda la vida a que te hagan algo.

 No te quedes con este mail, no te olvides que le puede pasar a alguna amiga, a tu prima, a tu hermana, a tu novia, a tu hija, A VOS. Pasalo a todos tus contactos.

 Si tenés algún dato para aportar o alguna sugerencia podes escribir a: podemoshaceralgo@hotmail.com

Muchas gracias. La revelación

Dicen los que estuvieron con él en ese momento, que cuando terminó de leer el papel que tenía en sus manos, no pudo contenerse y lloró. También dicen que nunca lo aceptaría en público. Lo cierto es que a partir de ese momento supo que ese problema insig­nificante al que no le había prestado atención desde que asumió,
podía costarle su carrera. Inmediatamente llamó a su secretaria para empezar una serie de consultas con sus hombres de confianza.

-Hola. ¿Quién habla? -Te llama el gobernador.

 -Ah, disculpe José, no lo reconocí... dígame, estoy a sus órde­nes.

 -Mirá, estoy muy caliente. Los diarios publican la carta de una chica que dice que la violaron en los Molinos Minetti. Te llamo para preguntarte si eso puede ser cierto.

 -¿A qué se refiere gobernador?

 -Quiero saber si este tipo viola en los Molinos Minetti.

 -¿Usted no lo sabe?

 -No... Decime si es cierto.

 -Sí, José. Por lo menos en seis casos está probado que este tipo atacó en los Molinos...

 -¡Pero la puta madre! ¡Entonces el hijo de puta este se nos está cagando de risa! -vociferó José Manuel De la Sota, antes de saludar y cortar el teléfono.

El diálogo no pudo ser verificado con el propio gobernador, ya que, pese a insistentes llamados efectuados a su jefe de prensa, Mario Bartolacci, el gobernador nunca quiso mantener un encuen­tro con nosotros. Sin embargo, algunos de los interlocutores que hablaron con la máxima autoridad provincial ese día, lo confirma­ron.

Siguiendo con esa rueda de consultas, a las 5 de la tarde el teléfono que sonó fue el del fiscal general. El funcionario recono­ció, en el identificador de llamadas de su celular, el origen de la comunicación y se puso serio.

-¿Hola?

-Hola Gustavo.

-Buen día gobernador. ¿Cómo le va?

-Mal Necesito que te vengas para acá, tengo que hablar con vos.

-Bueno. No hay problema. Ya estoy saliendo.

-Te espero en mi despacho.

"Cuando llegué, el gobernador me transmitió su preocupación sobre el caso del serial. 'Esto es una causa de Estado', aseguró mientras me preguntaba si era posible reunir a los tres fiscales en la Casa de Gobierno con la idea de que ellos mismos sintieran su respaldo político a la investigación. Le pregunté cuándo y me dijo: 'Ya mismo'", relata Vidal Lascano, quien se dispuso a llamar a los fiscales.

"No saben el apuro que pasé", recuerda ya relajado el fiscal general, que aquella tarde no lograba dar con ninguno de los funcionarios judiciales que apenas unos días antes había nombrado a cargo de la investigación. Treinta minutos después logró encontrar a Hairabedian y los otros fueron ubicados en sus domicilios.

Cuando llegó a la Justicia de Córdoba, hace 29 años, Juan Manuel Ugarte era muy diferente a esa persona seria, ubicada y siem­pre en foco que conocieron los cordobeses en el año 2004. Inconformista y recto "hasta el cansancio", el funcionario que conoce al dedillo todos los niveles de la Justicia Penal, no pudo evitar chocar a lo largo de su carrera contra muchos en una institución más acos­tumbrada a los "grises" que a los colores definidos que a él le gus­tan.

Por eso los memoriosos recuerdan que en sus primeros años este abogado, que hoy tiene cinco hijos y está casado en segundas nupcias con una jueza civil, era llamado "el Zurdito" por algunos de sus compañeros.

Quizá así pueda explicarse por qué, aquella tarde en que "las papas ardían", cuando los tres fiscales ingresaron a hablar con el gobernador, Ugarte interrumpió a De la Sota mientras éste le daba la mano: "Estoy muy enojado con usted por lo que ha hecho con el Consejo de la Magistratura...", le alcanzó a decir al gobernador, que, según dicen los testigos, se echó hacia atrás, como intentando digerir lo que ocurría y mordiéndose la lengua para no reaccionar.

Eran las 19 y los cuatro hombres del Ministerio Público Fiscal estaban reunidos en el despacho de De la Sota con Alesandri y el jefe de Policía. La mesa de diálogo, que se extendió hasta la no­che, era presidida por De la Sota, quien con gesto adusto fue infor­mado de la necesidad de instaurar una línea de teléfonos 0800 y consultó a los fiscales sobre si sería conveniente ofrecer una re­compensa de 50 mil pesos para quien aportara datos concretos so­bre el serial.

La reunión se trasladó posteriormente a la sede de la Policía Judicial, en Duarte Quirós 650, donde el grupo de asistentes se incrementó con la presencia del subjefe de Policía, Iban Altamirano, algunos miembros de la Judicial, como su director Gabriel Pérez Barberá, y Federico Storni, el director del Centro de Investigación Criminal.

Un hecho que vale la pena rescatar de aquella reunión hace referencia a una de las tantas internas políticas que ensuciaron la causa del serial y se evidenció cuando Pérez Barberá desplegó una serie de trabajos en los que se había sistematizado cierta informa­ción recopilada por la Policía Judicial sobre la causa. Antes de escucharlo, Vidal Lascano (jefe directo de esa estructura y del mis­mo Barberá) se retiró de la sala.

Otro episodio más elocuente muestra que hasta ese día el po­der político no sabía -ni le importaba- nada del asunto: antes de irse y después de leer los trabajos realizados por el equipo de Barberá, el ministro Alesandri preguntó: "Muchachos... ¿qué nece­sitan para trabajar?" y recibió una respuesta patética para una ins­titución encargada de investigar y ayudar a los fiscales a reunir pruebas para llegar a la Justicia: "Nos haría falta una computado­ra -le dijeron-, así podríamos sistematizar todo lo que tenemos".

Entonces, ese peronista "de sangre" que con orgullo niega ser abogado y se muestra feliz de ser "un hombre de la calle" se levan­tó, desconectó la computadora personal que había llevado a la re­unión y en un acto que quizá le hizo recordar a los desprendimien­tos de Eva Perón, le entregó el aparato a Federico Storni. "Tome, es suya", aseguró mientras le regalaba al investigador esa sonrisa generosa que podría haberse confundido con la que utilizaba años atrás, cuando era intendente de Embalse y personalmente entrega­ba bolsones a los más humildes o cuando, durante el gobierno de Carlos Menem, ocupó la Gerencia de Empleo de Córdoba, que se encargaba de otorgar subsidios o contactarse con los beneficiados de los planes Trabajar.

En aquella reunión, que se realizó en los primeros días de octubre, cuando Sajen ya había violado a 64 chicas (a las que habría que sumar a muchas que no lo denunciaron) el Estado provincial acababa de reconocer que la causa del serial era un problema.

Todos separados para hacer lo mismo

La reacción del gobernador activó la investigación, que comenzó a caminar por diferentes carriles y sin ningún tipo de coordinación.

En la Policía de la Provincia, bajo las órdenes del entonces subdirector de Investigaciones, Eduardo Rodríguez, y con la coordinación de Oscar Vargas, que pidió que afectaran a la causa a su ami­go y hombre de confianza Rafael Sosa, se armó un grupo de trabajo que casi se diría que empezó de cero ante una premisa aportada por el propio Sosa: "Estamos ante una causa con decenas de víctimas pero sin testigos. Salgamos a la calle para conseguirlos".

Por su parte, la Policía Judicial, particularmente el grupo de detectives del Centro de Investigación Criminal comandado por Federico Storni, siguió recopilando en su estructura toda la información que llegaba referida a nuevos ataques.

En tanto, los fiscales dividieron su trabajo en tareas que, a la larga, marcarían su vinculación con la causa. Hairabedian (el más incómodo a la hora de trabajar en equipo con los otros fiscales, según las fuentes consultadas) trabajó concentrado en las cuestio­nes operativas iniciales, aprobando el seguimiento de algunos sospechosos. Caballero (el que mejor relación mantenía con la Policía Judicial y con la Policía de calle) se concentró en el chequeo diario de los llamados al 0800 JUSTICIA, que se habilitó para receptar denuncias. Finalmente, Ugarte (el más entusiasmado con la causa) tenía a su cargo las entrevistas con las víctimas.

Los tres fiscales comisionaron a la causa (se llama así cuando se afecta a un caso específico a investigadores) a dos suboficiales de bajo rango que no son bien vistos en algunos ámbitos de la Poli­cía, pero sí son considerados excelentes por muchos fiscales de Córdoba. Se trata de Carlos Bergese y Rafael Sáenz de Tejada, quienes a partir de entonces se convirtieron en los hombres de con­fianza del fiscal Ugarte, junto con el secretario de éste, José Lavaselli.

A partir de ese momento, la causa del violador serial comenzó a caminar a la par de algunos anuncios mediáticos realizados por el Gobierno, pero con un grave problema: no existía ningún tipo de comunicación entre cada uno de estos investigadores (ni entre sus jefes), que en muchos casos llegaron a trabajar prácticamente en lo mismo.

"Yo me encargué de peinar' Nueva Córdoba", cuenta Sosa refiriéndose a la serie de consultas que hizo en todo el barrio para saber si alguien tenía alguna referencia sobre el delincuente sexual.

 "Bergese y Sáenz de Tejada hicieron un trabajo de hormiga rastrillando todo Nueva Córdoba por orden del fiscal. Hablaron con todo el mundo", afirma una fuente tribunalicia vinculada a Ugarte.

 "Pu­simos a un detective nuestro a hablar con cada uno de los vecinos buscando saber algo más sobre este tipo", asegura un vocero de la Policía Judicial. En realidad, las tres estructuras estaban haciendo exactamente el mismo trabajo, pero como no confiaban en cómo lo podría hacer el otro ni había seguridad de que toda la información recopilada iba a transmitirse, preferían gastar el doble y el triple de energía antes que trabajar en equipo.

La imagen de los investigadores cruzándose entre sí (curiosamente ninguno vio a los otros mientras trabajaba, así que también está en duda que algunos hayan hecho el trabajo que se les ordenó) y preguntando lo mismo en las mismas cuadras de Nueva Córdoba sería graciosa, si no fuera, ante todo, patética.

Pudieron hacer mucho

Mientras estas contradicciones dominaban la causa, el grupo de amigas de Ana (al que se sumó el de amigas de Milena y de otras víctimas) daba forma a "Podemos Hacer Algo".

"Contactamos a través de Victoria -amiga de una víctima- que estudiaba abogacía, a una amiga de ella que hacía poco se había recibido. La chica se llama Dolores Frías, pero como le faltaba experiencia nos contactó con Carlos Krauth, un docente universita­rio, especialista en derecho penal que a la larga se terminó convir­tiendo en el asesor legal de la organización", recuerda María.

Krauth conoció a las chicas una noche de ese mes de octubre, cuando lo convocaron a un departamento en el que, según pudo saber esta investigación, no había ninguna persona mayor.

Allí, ese abogado gordito y retacón que a la larga terminaría seduciendo con su soltura para manejarse en situaciones difíciles al mismo Gobierno de la provincia de Córdoba, supo que estas chicas estaban solas y se hizo cargo de la difícil tarea de representarlas.

(Hasta el día de hoy muchos funcionarios agradecen que haya sido Krauth el abogado querellante de las víctimas -finalmente lo sería sólo de una: Milena- porque cualquier otro, a diferencia de él que siempre mantuvo una excelente relación con los investigadores, podría haber utilizado a las chicas políticamente). En esas charlas iniciales se barajó la idea de promover una organización civil o una ONG, donde todas pudiesen aglutinarse.

Fueron días muy intensos para esas chicas de entre 20 y 23 años, que a medida que se movían despertaban el terror de los políticos y, al mismo tiempo, los obligaban a actuar. Lograron primero que por una resolución del fiscal general, la Policía Judicial se viera obligada a contratar a médicas mujeres (como no las había se fir­mó un convenio con el Ministerio de Salud de la Provincia) y sumariantes de ese sexo para que las víctimas de violaciones no tuvieran que volver a revivir el horror ante sumariantes hombres, maleducados, inexpertos y llenos de prejuicios.

En ese marco se produjo la primera marcha importante de la organización Podemos Hacer Algo en la que el ministro Alesandri mantuvo un duro enfrentamiento con las jóvenes.

El código azul del ADN

Corrían los primeros días de octubre y mientras Podemos Ha­cer Algo comenzaba a tomar forma, Córdoba era un polvorín por­que "la provincia más segura del país" estaba llena de delincuen­tes y la institución encargada de detenerlos (la Policía) estaba sos­pechada de contener en sus filas al violador serial.

Así fue que en el marco de la larga historia de cerebros puestos a favor del golpe de efecto antes que de la búsqueda de políticas a largo plazo, un funcionario del Gobierno tuvo la fantástica idea de desviar la atención de la prensa desde la causa del serial hacia otro lado.

Entonces, en una reunión realizada en la Jefatura de Policía, el ministro Alesandri anunció lo increíble. En lugar de decir que se iba a investigar a aquellos policías que pudiesen ser vinculados en base a hipótesis serias al violador o de lanzar una investigación interna al respecto, la mejor idea que tuvieron fue la de poner a todos los uniformados bajo sospecha y realizarles análisis de ADN para descartar la posibilidad de que fueran el serial.

"La Policía jamás debe estar sospechada", se aseguró en aque­lla reunión, después de poner bajo sospecha a los 7.000 policías que ahora estaban obligados a hacerse un examen de ADN para probar su inocencia.

Se trató de una puesta en escena más en la que el primer actor (sospechoso) que debió mostrar su inocencia fue el propio jefe de Policía, que convocó a todos los medios de comunicación a la Agen­cia Córdoba Ciencia (donde funciona el laboratorio del Ceprocor) para que lo vieran sacarse sangre sin desmayarse. La actitud fue explicada como "un ejemplo" hacia sus subordinados que, sin em­bargo, en los días siguientes se negarían en muchos casos a someterse a esos análisis.

El comisario mayor Pablo Nieto confiesa que paralelamente a estos anuncios la Policía sospechaba seriamente que el violador podía ser un miembro de sus filas y por ello se vio obligada a com­prar equipos de comunicación encriptados que fueron distribuidos exclusivamente entre los integrantes de la investigación. La particularidad de estos equipos es que su señal no puede ser utilizada o interferida por cualquier otro aparato.

Estas sospechas, más la existencia de la recompensa, promo­vieron la aparición de cazarrecompensas de dudosa trayectoria policial, que se involucraron en la investigación anunciando -en todos los casos sin elementos- que iban a llegar al violador, antes que la Policía.

A Tribunales II, de visita

Ey! Marcelo, ¿qué me decís del violador serial? Qué pedazo de hijo de puta, ¿no? ¿Será cana? -pregunta uno de los amigos que está parado en la esquina.

-Qué sé yo... parece raro, pero... El guaso las bolacea (les habla y las envuelve con su palabra), andá a saber. Para mí que las minas se dejan y después denuncian... Ayer la Zulma me decía que le da asco, que son criaturas... -Y vos negro, ¿qué pensás?

-Nada, qué voy a pensar. Que tiene que ser un cana, si no es imposible.

-Puede ser -dice Marcelo- podés creer que ayer mismo me pararon para controlarme el auto de nuevo. Es la tercera vez en diez días, me tienen las pelotas llenas esos cagones y además, ¿realmente se creen que soy tan boludo como para andar rega­lado para que ellos me agarren? En lugar de andar rompiéndome las bolas que lo agarren al serial.

-Para mí que el violador sos vos Marcelo, sos el que mejor se mueve en Nueva Córdoba, no te andarás entreteniendo con otras cosas antes del levante de autos, ¿no?

-Ma' sí, soy yo. El violador serial soy yo. A las pendejas me las estoy cogiendo yo... ¿y qué?

Los cuatro se miran, Marcelo sonríe y todo el grupo estalla en una carcajada justo en el momento en que pasa una camioneta del CAP y después de hacer unos 40 metros clava los frenos, da una vuelta en "u" y vuelve sobre sus pasos hacia donde está la reunión. Antes de bajar, el policía que está al lado del acompañante, toma la radio y avisa dónde está. Después abre la puerta y empieza a hablar

-Bueno... a ver vos... ¿en qué andás? -pregunta el uniformado mirando a Marcelo

-Y a vos qué carajo te importa -responde éste en actitud desafiante.

El policía, que no ha quitado la mano de su cintura donde tiene la pistola 9 milímetros, se da cuenta de que es momento de hacer valer su autoridad y vocifera:

-Bueno, bueno. Los cuatro contra la pared, rápido y callados.

Pero qué te pasa si no estamos haciendo nada!

-Contra la pared y denme los documentos que vamos a tomar nota de quiénes son.

El episodio ocurrió en barrio General Urquiza en octubre del año 2004. Los cuatro hombres eran vecinos y estaban charlando en una esquina sobre la calle Tristán Narvaja. Uno de ellos era Marcelo Sajen.

Cuando la Policía vio su documento, quiso llevárselo por una supuesta orden de detención a raíz de un robo de automotor. Sajen se resistió, diciendo que no tenían ninguna orden, pero los policías no le devolvieron el documento y le dijeron que lo fuera a buscar al precinto 10 de la calle Asturias. Parte de este episodio fue presenciado por unas de las hijas de Sajen y, cuando Zulma se enteró de esto, fue personalmente a buscar el DNI de su marido y lo recuperó.

Puede parecer perdida, pero está claro que detrás de aquella cara de confusión que sabe utilizar, hay una persona inteligente a la que nada se le escapa.

Así es Zulma, la mujer de Marcelo Sajen que en octubre de 2004, cuando se enteró por su yerno de que la Policía había intenta­do detener a su marido en la vía pública, decidió que no iba a dejar que eso siguiera ocurriendo. "A Marcelo siempre lo molestaron porque creían que sus autos eran robados, pero eso era mentira, si yo misma hacía los trámites en los registros. Por eso en octubre cuando lo intentaron detener yo me di cuenta de que ahí había algo raro", cuenta la mujer y agrega que habló con Marcelo y lo acom­pañó hasta el estudio del abogado Manuel Juncos, para asesorarse.

"La Policía siempre lo buscaba y él no era de dejarse llevar", asegura Zulma antes de afirmar que Marcelo no tuvo problemas en ir a Tribunales II (donde todo el mundo hablaba del violador se­rial) para gestionar un hábeas corpus (constancia de que no había causas en su contra) firmado por la jueza Ana María Lucero Ofredi.

Y así fue, temerariamente el miércoles 13 de octubre de 2004, Marcelo visitó Tribunales II y en el Juzgado de Control N° 1 gestio­nó el certificado. Desafiando a toda la Justicia de Córdoba, se reti­ró sin que nadie lo viera siquiera parecido a ese identikit de un boliviano que por entonces se difundía hasta el cansancio en toda la ciudad.

Los alemanes

Con la causa de nuevo en movimiento y ya instalada como una prioridad en los medios de comunicación, comenzaron a llegar a Córdoba representantes de policías de otros países. Un miembro del FBI (Oficina Federal de Investigaciones de Estados Unidos) se limitó a hacer un par de precisiones que a la larga no tenían dema­siada diferencia con lo que estaba haciendo la Policía. "Los israelíes", como llamaban los cordobeses a los integrantes de la policía de ese país que pasaron sin pena ni gloria por Córdoba, sólo tenían en su haber la detención de un atacante serial que había sido detenido en flagrancia (mientras cometía el hecho) y llegaron a insinuarle al fiscal Vidal Lascano que en nuestro país era muy difícil trabajar "con tantas garantías constitucionales".

Finalmente, quienes también vinieron fueron dos representan­tes de la BKA (la Bundeskriminalamt), que no es otra cosa que la Policía Federal Alemana. Vick Jens y Michael Schu llegaron a Córdoba luego de que un director de la institución para la que traba­jan se contactó -a través de la embajada- con un miembro del Tri­bunal Superior de Justicia de la Provincia.

El trabajo de estos profesionales -ambos participaron en la identificación de la denominada "Pista Hamburgo" que permitió las primeras detenciones posteriores al atentado de Al Qaeda que derribó el 11 de Setiembre de 2001 las Torres Gemelas en Nueva York- fue el que más aportó a la causa, pese a que lamentablemen­te se realizó tarde y a que por celos de las otras instituciones, no fue debidamente aprovechado.

La experiencia de los alemanes tenía un objetivo principal: la puesta en práctica de una teoría cuya traducción al castellano se­ría "Comportamiento geográfico de los ofensores desconocidos en delitos de violencia sexual" y que consiste en evaluar el comportamiento geográfico (los lugares de ataque) de los delincuentes sexua­les y en la elaboración de un perfil del depravado mediante un análisis operativo de los casos.

La teoría original, a la que esta investigación tuvo acceso vía Internet, fue aplicada casi exactamente en la provincia de Córdoba por dos razones diferentes: primero, la intención de los extran­jeros de colaborar con la investigación que se llevaba adelante en Córdoba y segundo, el deseo de los alemanes de saber si la teoría europea era aplicable en un país de Latinoamérica.

Sin pisar barrio Colón ni General Urquiza y apenas oliendo el aroma del smog del centro de la ciudad, Jens y Schu se encerraron (tal como el método lo requiere) en un departamento durante una semana con cinco representantes de la Policía Judicial (César Fortete, Javier Chilo, Raquel Ibarra, Julio Crembil y María Daniela Buteler), todos juntos, y mediante un método de trabajo en equipo analizaron caso por caso los ataques del violador serial y llegaron a una serie de conclusiones que permitieron hacer un patrón de la conducta geográfica del autor, de su conducta verbal y una peque­ña descripción del atacante.

En "la carpeta de los alemanes", como se la llamó en Córdoba a partir de que comenzaron a conocerse sus resultados, también se aportaban especulaciones sobre la capacidad planificadora del violador serial, sus posibles antecedentes penales, su movilidad y sus costumbres.

Finalmente, otorgaba dos conclusiones que podrían entenderse como sugerencias para los actores de la investigación. Primero, la disolución del triunvirato de fiscales, por considerar que la exis­tencia de muchos líderes podía entorpecer la investigación. Des­pués, la promoción de una campaña de prensa que informara a la población sobre el caso y que al mismo tiempo permitiese contar con el apoyo de la comunidad para atrapar al delincuente.

El trabajo, que aportó una sistematización de los hechos ocurridos entre los años 2002 y 2004, inexistente hasta el momento, tenía, además, otro aporte interesante: la determinación de un sec­tor -que los alemanes denominan "Zona Anclaje"- dentro del cual el delincuente sexual tenía su base de operaciones. Ese sector fue determinado como un cuadrado cuyos límites estaban señalados al norte por la calle Entre Ríos, al sur por la calle San Lorenzo, al oeste por la calle Buenos Aires y al este por la calle Balcarce de Nueva Córdoba.

El punto de anclaje podía ser, según las conclusiones, el domi­cilio del autor de los hechos, o donde viviesen parientes cercanos o su lugar de trabajo. Según la teoría, el delincuente capturaba a sus víctimas allí donde se sentía más seguro, las violaba fuera del lu­gar para no poner en riesgo esa protección y volvía a esa zona, una vez que ya había perpetrado el hecho.

Celos inútiles

El destino de la carpeta de los alemanes estaba condenado desde su inicio por una simple razón: al fiscal general Gustavo Vidal Lascano no le importó nunca su existencia. "La carpetita" le llamó en una entrevista que mantuvo con los autores de este libro, antes de asegurar que no aportó nada a la causa. En realidad, si él hubiese hecho suyo el trabajo (como realmente era, ya que había sido realizado por sus subordinados de la Policía Judicial) podría haber mostrado como propia la primera y única sistematización de información existente sobre los ataques efectuados por el violador serial.

Por el contrario, el trabajo nunca fue distribuido oficialmente y llegó a manos de los investigadores de la causa (también a noso­tros) prácticamente de contrabando y siempre con la misma adver­tencia: "No vayas a decir que tenés esto". Vidal Lascano había priorizado su interna con el director de la Policía Judicial, Gabriel Pérez Barberá, antes que aportar un nuevo elemento a la investiga­ción. A esa altura la interna ya tenía otra arista, porque ante la desprotección de sus superiores que sufría Barberá, el jefe de la Judicial se acercó al principal opositor de Vidal Lascano en el go­bierno provincial, el ministro Carlos Alesandri.

Con grandes falencias, como la determinación de que el ata­cante era morocho cuando en realidad tenía tez blanca, o como la sugerencia de que no tenía antecedentes de violencia sexual, el trabajo sí hubiese ayudado a aportar una sistematización que, por falta de método, la Policía tenía en su cabeza y no aplicada en el papel.

Aún así, el trabajo sí sería fundamental en un aspecto, porque aquella sugerencia de que la conducción de la investigación no podía tener tres cabezas le fue dictada al oído al gobernador que rápidamente instruyó a Vidal Lascano para que eligiera un líder entre los fiscales que formaban el triunvirato.

Según las consultas realizadas, todo indicaba que el hombre elegido debía ser Pedro Caballero, no sólo por mérito propio, sino tam­bién porque las otras dos opciones tenían demasiados puntos en con­tra. Hairabedian (con fama de resolutivo) no se sentía del todo có­modo trabajando en equipo y parecía cada vez más apático. Y Ugarte, que se mostraba más dispuesto, tenía en su haber dos episodios (uno con el gobernador y otro con las víctimas, que será comentado más adelante) que lo ponían en inferioridad de condiciones.

La interna volvería a meter su cola. Caballero tenía una exce­lente relación con la Policía Judicial y eso fue suficiente para que pasara al último lugar en la consideración de Vidal Lascano, quien recurrió entonces a Ugarte, el mismo que había increpado al go­bernador.

Corrían los primeros días del mes de noviembre de 2004 y De la Sota avisaba que el violador serial iba a caer detenido antes de fin de año. El día 3 de ese mes se cumplieron dos años del primer ataque de Marcelo Sajen después de quedar en libertad.

"El Zurdito" derecho

Nunca tiene tiempo, pero puede hablar durante 40 minutos de la batalla de Pavón (ocurrida en el año 1861, cuando la alianza porteña liderada por Bartolomé Mitre venció al ejército federal que respondía a Justo José de Urquiza, después de que éste último retirara sus tropas casi sin participar de la contienda) sólo para explicar que se siente el continuador de una línea histórica que entiende al país de una manera y lo defenderá hasta el final.

Prolijo para hablar, meticuloso para decir qué piensa, cuida­doso para que nunca nadie lo ponga en evidencia, este hombre de 48 años, que tiene una marcada tendencia a explicar la civilización (y lo que está bien y está mal de ella siempre según su punto de vista), supo desde que la causa del serial llegó a sus manos que, lejos de ser un problema, se trataba de una oportunidad.

Como lo apodarían después sus subordinados en la causa, parodiando esa marcada tendencia a terminar siempre hablando de sí mismo, "Yo-Yo" (el fiscal Ugarte) estaba en su pequeña y austera oficina del primer piso de Tribunales II cuando recibió el llamado telefónico del fiscal general Vidal Lascano anunciándole que des­de ese momento (11 de noviembre de 2004) la causa quedaba en sus manos y tenía orden de dedicarse exclusivamente a ese caso.

Después de colgar respiró hondo, dejó salir esa sonrisa que mantenía reprimida y observó con detenimiento cada uno de los rincones de esa oficina pintada de blanco donde pasó gran parte de los últimos años.

Primero sus ojos se detuvieron en el diploma que le entregaron el día en que fue nombrado fiscal de instrucción, el 2 de abril de 1998. Después, su mirada paseó por el ventanal que da al patio interior del edificio de Tribunales II y volvió a detenerse en la réplica del cuadro "Nave, nave Goe" de Paul Gauguin, que reposa en la pared, ubicada a espaldas de su asiento. Finalmente, se con­centró en un pequeño recuadro apoyado en el escritorio, donde una foto lo muestra orgulloso (con el fiscal Carlos Ferrer) junto al juez de la audiencia española Baltazar Garzón.

Sintiendo a la vez una mezcla de excitación y nerviosismo, lla­mó a su secretario José Lavaselli y le dijo que había llegado la hora de trabajar. No dejarían de hacerlo hasta dos meses después.

Los interrogatorios

A esta altura las chicas de Podemos Hacer Algo demostraron que no eran nenas y exigieron hasta el punto de que las autorida­des se vieron obligadas a informarles sobre la marcha de la inves­tigación. También fueron contactadas por el fiscal Ugarte, quien les solicitó su presencia y la de todas las víctimas que estuviesen dispuestas, para volver a tomarles una declaración. Algo llamó la atención de las convocadas: tenían que ir calzadas con los mismos zapatos que usaron el día en que las atacaron.

Así cuenta su experiencia Milena:

Con las chicas que formábamos Podemos Hacer Algo manifes­tamos a la fiscalía a cargo de la investigación nuestra voluntad de ayudar. Hablé con el fiscal Manuel Ugarte-y me dijo que me iba a citar a declarar y para aportar al identikit. En ese momento fue muy amable conmigo, pero cuando acudí en persona pasé una ex­periencia horrible. Llegué a la fiscalía con mi abogado (Carlos Krauth) y las personas que nos recibieron decían: "Viene por el caso ese", nadie quería nombrarlo. También repetían el "pobrecita" y esa clase de cosas.

Tuve que entrar sin mi abogado. "No te preocupes, no te vamos a secuestrar", me dijeron cuando notaron mi reticencia a entrar sola. En la oficina me recibieron cuatro hombres. Además de Ugarte, su subsecretario (José Lavaselli), y dos policías de investigación (Cesar Bergese y Rafael Sáenz de Tejada). Fue como un interroga­torio de culpable, porque me hicieron preguntas y preguntas por más de dos horas, cosas que yo no entendía qué tenían que ver con el caso, y a cada rato me advertían: "Mirá que estás bajo juramen­to, tenés que decir lo que pasó".

Me presionaban para responder, inducían las respuestas.

"¿Hiciste algo para que él se excitara ?". "¿Te agarró, 'así o así?", decían mientras uno de ellos me tomaba de la misma forma que el tipo.

-¿ Tenía un revólver o una pistola ?

-No sé, no sé, que sé yo de eso -contestaba yo.

-Pero lo tenés que diferenciar -repetían.

Me trataron con tanta frialdad, sobre todo el fiscal; sin consideración, me humillaron.

-¿Era muy peludo? -preguntaban.

-No sé, no estoy segura -dije.

-¿Así de peludo? -repreguntó el fiscal mientras le hacía levan­tar la camisa a uno de los policías, un hombre bastante gordo que me mostró el pecho peludo.

-¿Frecuentas el circuito gay de Córdoba?

Yo los miraba y no sabía qué responder. A lo largo de las dos horas de interrogatorio sin pausa me fui sintiendo mal, aturdida y cansada. Comencé a marearme, me sudaban las manos, se me bajó la presión y supongo que se dieron cuenta. Entonces uno dijo: "Que conste en acta que la interrogada se sintió cómoda durante la de­claración".

Cuando me dejaron salir tenía tanto miedo de haberme confun­dido y respondido algo mal "bajo juramento", que lo primero que hice fue contarle a mi abogado y preguntarle qué podía pasarme. Estaba muy asustada.

El episodio relatado por Milena fue confirmado a esta investigación por tres fuentes diferentes que participaron de una reunión realizada en el tercer piso de la Jefatura de Policía, el día poste­rior a la segunda marcha de Podemos Hacer Algo, el 18 de noviem­bre, y mientras otra marcha de similares características se realiza­ba en Río Cuarto.

Allí, en una reunión en la que se intentaba explicar a las integrantes del grupo el avance de la causa, una de las representantes de las víctimas contó el mal momento que pasó Milena.

Mientras la chica relataba lo ocurrido, el estupor fue ganando a los presentes, entre los que se encontraban el jefe de Policía,

Jorge Rodríguez; el subjefe, Iban Altamirano; el comisario Oscar Vargas, el ministro Carlos Alesandri; el fiscal general, Gustavo Vidal Lascano; el director de la Policía Judicial, Gabriel Pérez Barberá; el abogado de las víctimas, Carlos Krauth; su asistente, Dolores Frías; y tres amigas de las víctimas. Así lo relata uno de los presen­tes: "Nos quedamos todos con un gusto a asco en la garganta y con la sensación de que eso era increíble. Sólo la rapidez de Vidal Lascano para pedir disculpas y mirar hacia adelante permitió que dejáramos de mirarnos unos a otros pensando que Ugarte era un desubicado. Además la chica que comentó el hecho terminó su re­lato diciendo que cuando la joven del interrogatorio fue abusada, su atacante había tenido el torso desnudo".

Cuando se le consultó al respecto al fiscal Ugarte, insistió en que las víctimas se sintieron "cómodas" en los interrogatorios y recalcó el caso de algunas (sobre todo de bastantes años atrás), que aseguraron sentirse a gusto durante los interrogatorios. Otras personas cercanas a Ugarte aseguraron que esas entrevistas fueron las únicas "completas" que se hicieron a lo largo de la causa y criticaron duramente los testimonios recopilados por los sumariantes y los realizados por psicólogos de la Judicial.

Lo cierto es que en el diálogo que tuvimos con Ana, la chica, que reconoce al fiscal del caso como un actor importante en el final de esta historia, nos dijo que la experiencia de Milena la con­venció de no prestarse "a los malos tratos de Ugarte".

El episodio, sumado a la actitud que había tenido Ugarte en aquella reunión con De la Sota, prácticamente le quitaba la con­fianza de todas las personas importantes en la investigación. Cuan­do esto ocurrió, la sensación general era que Vidal Lascano podía haber cometido un error al designar a Ugarte al frente del caso.

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//01 de Noviembre, 2010

Ana L. " Sadomasoquista "

por jocharras a las 13:27, en Mujeres Asesinas
Ana L. " Sadomasoquista "


Después de seis años de noviazgo formal y anodino, Ana L. consiguió casarse como siempre había querido: con vestido blanco, ramo, fiesta y cintitas en la torta. Jorge, el novio, vivía su casamiento con menos entusiasmo: todo le parecía caro e innecesario.

El dinero no les alcanzó para irse de luna de miel. Se conformaron con pasar la noche de bodas en un hotel tres estrellas. Ana entró al cuarto con la fascinación de una nena. Revisó la cama, las almohadas, el colchón, las luces, el control remoto del televisor. Fue al baño y se quedó un rato viendo frasquitos de shampoo y —lo mejor de todo— una bañera con hidromasaje.

Salió del baño y fue a contarle de su descubrimiento a Jorge, que ya estaba en calzoncillos, no les dio la menor importancia a los artefactos del baño y la llamó, cariñoso. La sentó en la cama, le desabrochó el vestido y le sonrió: "Es nuestra noche de bodas, tenemos que probar algo nuevo". Ana terminó de sacarse el vestido y le dio un beso cariñoso en la mejilla. Le sugirió que lo mejor sería darse un baño y dormir doce horas seguidas. Pero Jorge va había sacado de su bolso de mano un maletín de cuero negro. Lo abrió y lo dejó en la mesa de luz. En la mano tenía una tira de seda negra y unas esposas de metal "Vení, recién casada, que te tapo los ojos". Ana aceptó riéndose a carcajadas. Jorge le cubrió los ojos y le colocó las esposas, sujetándola a la cabecera de la cama.

Jorge empezó a besarla y a tocarla muy lentamente, mientras le decía que se quedara tranquila. Poco después vino el primer golpe, un cachetazo que la tomó de sorpresa y la llenó de indignación. "¡Hijo de puta! ¡Me golpeaste! ¡Me arruinaste el casamiento!" Ana empezó a llorar, sorprendida por lo que acababa de pasar. Estaba esposada y se sentía indefensa y humillada.

Esa noche conoció por primera vez la faceta sadomasoquista de su marido flamante.

El lunes siguiente al casamiento, Ana y Jorge retomaron sus respectivos trabajos. Ella como maestra de escuela primaria y él, haciéndose cargo de su kiosco.

Ana no le contó a nadie aquel episodio de las esposas, y creyó que se trataba de una excentricidad atribuible a los nervios de la fiesta. Pero menos de un mes después, Jorge volvió a insistir con el asunto. Ana se negó durante un buen rato pero al fin accedió: creía que si se negaba, él dejaría de quererla o se buscaría una nueva compañera de aventuras sexuales. Y como ella esperaba por sobre todas las cosas que Jorge la quisiera, lo dejó hacer. Una vez más irrumpieron las esposas de metal, las vendas negras y el cachetazo, que en esa ocasión se repitió varias veces.

A partir de esa aceptación, la vida sexual de Ana y de Jorge no volvió a ser lo que había sido. Jorge ya no quería volver atrás, y condujo a Ana por el mundo sadomasoquista sin mayores contemplaciones.

Ana protestaba pero, a fuerza de repetir las mismas escenas, terminó aceptándolas como algo natural. El sexo para ella no era ropa interior con encaje, velitas aromáticas y luz difusa, sino cuero negro, látigo y cuerdas para atar. Y así como la rutina de las posiciones repetidas y el sexo desapasionado se instalaba poco a poco en la mayoría de las parejas, a ellos se les instaló el hábito de los golpes, los machucones y las lastimaduras.

Un año después de la boda, Ana quedó embarazada. Jorge interrumpió de inmediato toda práctica sexual con su esposa y estrechó su relación con una uruguaya apodada "la Turca". Los dos se conocían desde antes del casamiento de Jorge y, en rigor, había sido ella quien lo había iniciado en el sadomasoquismo básico.

Jorge volvió, entonces, con su amante. Pasaba horas frente al espejo preparándose para salir. Estaba obsesionado con la pulcritud de su cuerpo y la prolijidad de su aspecto en general: instaló en el baño varias lámparas potentes para detectar posibles imperfecciones. Se peinaba con gomina, se sacaba con una pinza de depilar los pelos del entrecejo, se afeitaba dos veces al día, se lavaba los dientes con bicarbonato para blanquearlos y les daba a las uñas unas pinceladas de barniz transparente.

Su mujer, aturdida por un embarazo difícil, lo miraba hacer con cierta inquietud. Él le explicaba que se arreglaba para salir con amigos, aunque era evidente que había algo más.

A Ana le preocupaba que él pusiera tanto cuidado en su arreglo personal: además de parecerle poco masculino, la alertaba sobre una posible infidelidad. Pero no atinaba a reaccionar por el mismo motivo por el que tampoco había reaccionado, en su momento, cuando él la ataba y la golpeaba: por temor a perderlo.

En la mitad del embarazo, Ana renunció a su trabajo de maestra y se quedó en su casa. Pasaba sola la mayor parte del tiempo: de día Jorge estaba en el kiosco, y de noche salía al menos tres veces por semana a encontrarse con la Turca. De esas salidas nocturnas, a veces volvía con heridas de guerra, por lo general cortes superficiales en la espalda y los muslos.

Ana, que ya había sufrido cortes similares, los reconoció enseguida en su marido. No había sido ella la que le había pasado una navaja afilada por la piel. Las heridas eran, entonces, una comprobación indiscutible de que Jorge la engañaba.

Al principio lo enfrentó a los gritos, pero Jorge negaba todo, abrazándola y explicándole que, en su estado, no podía ponerse nerviosa. Después, cuando Ana volvió a verle nuevos cortes en la piel, ya no le decía nada.

Jorge estuvo presente en el parto y lloró cuando vio que su hija, Camila, había nacido. Feliz, dejó de ir al kiosco durante varios días para acompañar y ayudar a su mujer. Ana vivía maravillada por su bebé y por la actitud paternal de Jorge: bañaba a la hija, la cambiaba, la miraba dormir durante horas.

Pocos meses después, la pareja ya había recuperado su vida sexual. Ana creyó que volverían a hacer las cosas como cuando estaban de novios y la cama no incluía golpes ni cuerdas para atar. Se equivocaba.

En un primer momento a ella le costó admitir que el hombre que la lastimaba en la cama era el mismo que la ayudaba a calentar mamaderas y a cambiar pañales. Pero pronto aprendió, ella también, a disociar.

Cuando Camila cumplió tres años y empezó a ir al jardín de infantes, Ana decidió volver a su trabajo de maestra. Consiguió un puesto en una escuela privada y reorganizó su vida.

No habían pasado ni dos meses cuando, en una noche especialmente intensa, Jorge le dejó un ojo morado y dos cortes paralelos en el cuello. Un mes más tarde, tenía un golpe en la mandíbula con un moretón oscuro e hinchado. Después, un corte superficial pero visible desde la pera hasta la clavícula. Ana estaba furiosa. Antes, Jorge se preocupaba por no dejar huellas de lo que hacían a la noche, pero con el tiempo ese cuidado fue desapareciendo, como si Jorge estuviera orgulloso y quisiera dejar evidencias visibles de sus costumbres sexuales.

Camila empezó a preguntar, y los alumnos de la escuela también. Con ellos era fácil mentir y dejarlos conformes con cualquier explicación bAnal. Pero un día le tocó el timbre Elvira, su madre. Entró a la casa, preparó café y le preguntó directamente si su marido le estaba pegando. Ana negó todo y le contó historias enrevesadas sobre caídas, tropezones y rasguños con ramas. Pero Elvira no le creyó. "Si tu marido te pega, te pido que vengas con Camila a vivir a casa". Ana juró que no era nada. Cuando al fin logró sacarse de encima a su madre, fue a su cuarto y se tiró en la cama. Se sentía culpable y sucia: admitir esos golpes era admitir que ella también participaba de todo. Ella se dejaba atar, se dejaba golpear, permitía que su marido la cortara con navajas y la quemara con encendedores. Era cierto que ella no había sido la que había empezado, y era cierto también que siempre ofrecía alguna resistencia antes de ser atada y lastimada: pero la resistencia, en el fondo, formaba parte de un juego compartido que a ella le gustaba jugar.

Una noche, mientras Ana estaba atada, Jorge le dijo que corrían el riesgo de empantanarse y aburrirse: había que abrir más el juego incorporando a una tercera persona. Ana protestó y pidió ser desatada, lo que dio lugar a más golpes y más violencia. El estuvo especialmente agresivo: "¡Decime que te gusta! ¡Puta! ¡Decime que estás caliente! ¡Decime que querés a otra mina con nosotros!" Mientras gritaba iba golpeando a Ana de manera rítmica y sostenida. Al fin le hizo gritar también, palabra por palabra, lo que él quería. Estaba allanado el camino para que apareciera la Turca.

Fue la época más turbia en el matrimonio de Ana. Dejaban a Camila en la casa de los abuelos y aparecía la ex amante de Jorge, que siempre llegaba vestida de cabaretera y traía su maletín con objetos propios de la más bizarra estética sadomasoquista.

Las visitas de la Turca se repitieron varias veces. Ana nunca pudo adaptarse a la presencia de otra mujer y odiaba profundamente esos encuentros donde pasaba buena parte del tiempo viendo lo que la Turca y su marido se hacían mutuamente. Ella también intervenía, claro, pero los otros dos le dejaban en claro que su rol estaba vinculado al sometimiento y la obediencia.

Para Ana, su trabajo como maestra se convirtió pronto en un fastidio. Ya no tenía paciencia para lidiar con los alumnos. Renunció y estuvo un tiempo dedicada a su casa y a su hija. Pero cuando Camila cumplió catorce años, se animó a buscar alguna otra cosa. Consiguió un empleo como vendedora en una casa de artículos deportivos. No le importaba mucho el tipo de trabajo que tendría que hacer sino que esperaba, al menos, poder distraerse del ambiente asfixiante de su casa.

El matrimonio seguía su curso, lánguidamente. En la cama continuaban los golpes, y en la vida cotidiana, eran una pareja como cualquier otra. Jorge era un marido dedicado, que hacía las compras en el supermercado, paseaba al perro, cambiaba las lámparas quemadas, y era un padre cariñoso y divertido.

Para Ana, salir a trabajar fue un alivio. La gente que iba al negocio a comprar le permitía recrear charlas amables y civilizadas, sin necesidad de tomar el mínimo compromiso afectivo. Adoraba esas conversaciones formales con los clientes: les preguntaba por los hijos, el trabajo, la salud, y al fin los despedía hasta la próxima, alertándoles que en pocos días más llegaría un nuevo modelo de zapatillas o de remera. Esa ficción comunicacional la aliviaba. Sentía que de alguna manera se relacionaba con los demás, pero evitaba tener que rendir cuentas y dar explicaciones.

La única excepción a ese mundo de vínculos superficiales era Julián, su compañero de trabajo. A pesar de ser varios años más joven que Ana, tenía más experiencia en el negocio y la ayudaba en todo lo que podía. En los momentos en que no había clientes, los dos se quedaban acodados en el mostrador hablando de la vida y estudiándose mutuamente. Se enamoraron enseguida.

Mientras tanto, Camila crecía. Ya era más alta que la madre y tenía un cuerpo voluptuoso que no coincidía con su edad. Una noche, mientras comían en familia, Ana vio que su hija, como tantas otras veces, terminaba su plato y se sentaba en las rodillas del padre para contarle lo que había hecho en el colegio. Pero esa vez hubo algo que la inquietó. Camila tenía una pollera corta y su padre le acariciaba una pierna mientras la escuchaba. Se dio cuenta de que, de no haber sido por lo atípico de su sexualidad, jamás le hubiera llamado la atención lo que veía.

A partir de ese día no dejó de vigilar la conducta de Jorge en relación con la hija. Todo le parecía sospechoso.

Intentar que Camila no se acercara tanto a Jorge era inútil y contraproducente: ella adoraba a su padre y se burlaba ante cada advertencia de Ana, que le explicaba que ya no era una nena para comportarse de esa manera. "¡Estás celosa de papá, estás celosa de papá!", canturreaba Camila, a la vez que corría a colgarse de la espalda del padre.

Lo único que podía hacer Ana era mandar a la hija a visitar a sus abuelos. Cada vez con más frecuencia les pedía a sus padres que buscaran a la nieta y la convencieran de quedarse a dormir en la casa de ellos.

Julián, el compañero de trabajo de Ana, ya estaba preparando la boda con su novia cuando apareció Ana en su vida.

Al principio, Julián le explicaba el lugar donde se guardaban las cosas y la mecánica simple de los pedidos a los proveedores. Se hicieron amigos, aunque los dos advertían que había una atracción que sobrepasaba el afecto tibio de dos compañeros de trabajo.

Un día, Ana llegó con un golpe en la cara. Él le preguntó de mil maneras y ella dio una versión poco creíble de una caída en un shopping. Al segundo golpe él ya no dudó. Insistió hasta que Ana admitió que su marido la golpeaba. Sin embargo, no dio detalles. Esa misma tarde fueron a tomar un café a la salida del trabajo. Estuvieron hablando durante dos horas y después cada uno se fue a su casa. Pero la tensión sentimental aumentaba. Después de varias salidas a tomar café y a comer comida vegetariana, terminaron en un hotel. Ana volvió entonces al sexo tradicional y le pareció que todo lo otro, los látigos y los golpes, era una pesadilla y una trampa. Esa misma noche Julián le dijo que si ella se decidía, él cancelaba el matrimonio. Pero Ana no se animó: todavía no le había contado el capítulo negro de su sexualidad, que ella veía como algo imperdonable.

Unos meses antes de su cumpleaños de quince, Camila empezó a organizar la fiesta. Una noche, mientras estaba con su madre acomodando el ropero, vio el vestido que Ana había usado para su boda. Sin dudar un segundo, se sacó la ropa y se lo probó. Salvo por un pequeño defecto en los breteles, le quedaba perfecto. Entusiasmada, se lo pidió para usarlo en su fiesta de quince. Ana miró el vestido y recordó, al instante, la noche de bodas en el hotel y a su marido con el nefasto maletín de cuero, de donde sacó por primera vez la venda negra y todo lo demás. Le pareció que usar ese mismo vestido sería un mal augurio para su hija e intentó disuadirla de mil maneras. Le dijo que le compraría otro, que ese modelo era antiguo, que una diseñadora podría hacerle uno mejor. No hubo caso. Estaban discutiendo cuando entró Jorge. Camila corrió hacia él, con el vestido puesto, pisando los pliegues de la pollera y tropezando. "¡Papá! ¡Mirá lo que me voy a poner para mis quince! ¿Lo conocés?", preguntó Camila, riéndose. Jorge miró a su hija, miró el vestido y miró a Ana, que estudiaba la reacción de su marido. "Parecés una diosa", le dijo a Camila, abrazándola.

Ana siguió encontrándose con Julián. Cada vez que iban a un hotel, ella se acurrucaba contra él y comparaba el día en que Julián le dijo que había fijado la fecha de la boda, Ana decidió romper con todo. No vería más a su amante y le diría a su marido que nunca más le permitiría que la lastimara.

A esa altura de las cosas, la sexualidad entre Ana y Jorge era escasa pero había crecido en violencia. Hacía va varios años que Ana, después de ser golpeada, golpeaba a su vez a Jorge. No había sido idea de ella sino un pedido expreso de él, que decía excitarse con los castigos físicos. "Me calientan las dos cosas", le decía. "Me calienta lastimarte y me calienta que me lastimes". Ana prefería mil veces ser golpeada que golpear, pero obedecía porque la autoridad de Jorge en materia sexual no estaba en discusión. La rutina estaba más o menos establecida: Jorge ataba a Ana, a veces la colgaba de unas cuerdas que se sujetaban a la puerta, le pegaba con un látigo de cuero o con el puño, le hacía algunos cortes superficiales con navajas afiladas o con vasos rotos y la quemaba con encendedores o velas. Mientras tanto la tocaba y la besaba, y él, a su vez, se masturbaba. Después le pedía a Ana que le hiciera lo que él le había hecho antes, aunque por lo general no soportaba estar atado.

Esa noche, después de enterarse del casamiento de su amante, volvió a su casa. Su hija se había quedado a dormir con los abuelos. Al llegar, Ana encontró a su marido en el living y no se animó a pedirle el divorcio en ese momento: estaba deprimida y agotada. Un rato después Jorge fue a buscarla a la cama y le preguntó por Camila.

Cuando supo que estarían solos, Jorge la miró, con intensidad, y le mostró unas cuerdas de atar. Era, en su código personal, una invitación a tener sexo. Ana se levantó de la cama de un salto y le dijo que no, que nunca más volvería a dejarse lastimar. Sin embargo, el problema estaba en que la negativa inicial de ella se había convertido en una parte del juego sexual. Ana intentó aclarar las cosas diciéndole algo por primera vez: que no quería estar con él nunca más en la vida. Lo dijo tan fuerte y con tanta convicción que Jorge empezó a creerlo.

Furioso y excitado, se tiró encima de ella pero Ana ya se estaba vistiendo y, a los gritos, le decía que se iba a dormir a la casa de su madre. Jorge se dio cuenta de que su mujer hablaba en serio y la amenazó de la peor manera. "Si vos no querés, a lo mejor voy a tener que pedirle ayuda a Camilita. Me parece que ella quiere ser mi novia, ¡si hasta se pone tu vestido!".

Ana se quedó quieta, tratando de evaluar lo que le decía el marido. Jorge, mientras tanto, se le acercó y empezó a sacarle la ropa, desvistiéndose a la vez. Ella lo dejó hacer.

El ritual sadomasoquista se completó con la violencia de siempre. Atada a una silla, Ana se retorcía y gemía, ante el entusiasmo de Jorge, que le decía que era la más puta entre las putas. Cuando él se acercó a la mesa de luz para elegir una navaja afilada, ella le dijo que se apurara. El volvió, le mordió la boca y ella, mordiéndolo a su vez, le ofreció el cuello como para que cortara, en clarísima señal de sumisión. Él le hizo un corte leve en el costado del cuello y en el abdomen. Enseguida la soltó y le dijo que era momento de cambiar los roles. Ana siguió besándolo y buscó las esposas para colocárselas. Jorge se negó pero ella parecía más compenetrada que nunca en el juego. Empezó a besarlo y morderlo de pies a cabeza hasta que se las puso. Agarró entonces la navaja y se la pasó, muy lentamente, por los muslos, desde las rodillas hacia arriba, y luego por el abdomen. Entonces inspiró, guardó una bocanada de aire en los pulmones y le rebanó el cuello de un solo tajo.

Ana se entregó a la policía esa misma noche. Declaró que mató a su esposo por miedo a que atacara sexualmente a su hija adolescente. Cuando le preguntaron si había algún indicio concreto que le indicara que había peligro, ella se limitó a contestar que no se podía arriesgar. Y repreguntó: "¿Usted se hubiera arriesgado con su hija?".

Según el informe del psiquiatra forense, Ana "había generado una relación de dependencia con su marido y gozaba al sentirse sometida y maltratada. La situación de maltrato le resultaba cómoda y familiar ya que en su propia infancia había vivido constantes escenas de violencia por parte de sus propios padres, que si bien no la sometían sexualmente, la castigaban en forma reiterada. Sin capacidad de reacción ante la agresión, la paciente desarrolló una actitud pasiva y vulnerable".

Ana L. fue condenada a ocho años de prisión por homicidio agravado por el vínculo.

La defensa de Ana no pudo demostrar que el crimen hubiera sido cometido en defensa de su hija.

Ana salió en libertad cuando estaba por cumplir seis años de prisión.

Los padres de Ana obtuvieron la custodia de Camila.

Camila nunca más quiso ver a su madre.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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//03 de Septiembre, 2010

Ana D. - Mujer corrosiva

por jocharras a las 11:32, en Mujeres Asesinas

Ana D.

Cuando salió del quirófano, Martín L. fue a reunirse con otros cirujanos. Todavía sentía en el cuerpo ese estado de euforia mística que lo invadía cada vez que terminaba bien una operación. Esta vez el caso no había sido espectacular, pero podían haber existido complicaciones. Un brazo deformado después de un accidente de tránsito. Estaba seguro de que no habría problemas motrices posteriores, y la cuestión estética estaba completamente a salvo. Además, la chica le gustaba. Ya en las citas previas en el consultorio le había parecido que alguna historia podrían tener. Ella, Ana D., le hacía acordar a su primera novia, y no ofrecía ninguna resistencia a su asedio sexual evidente.

Martín le sonrió a la enfermera de turno, le dio las instrucciones y se fue. Su carrera en cirugía plástica reparadora ya le había hecho ganar dos diplomas de honor, un departamento de cuatro ambientes en Retiro y tres mujeres, sin contar a la probable Ana.

Al día siguiente, la vio en la clínica. Estaba sola en su cuarto, con el brazo vendado y la cara abotagada y descompuesta típica de los que estuvieron muchas horas bajo el efecto de la anestesia.

El romance empezó una semana después. Enseguida fue evidente la desigualdad de condiciones en la relación: ella era —siempre— la que pedía, la que esperaba, la que rogaba. Era, en suma, la menos querida. Él, el cirujano, asumía el papel dadivoso del que hace el favor de estar con alguien que poco lo merece. Una vez establecidos los parámetros de ese amor desigual, el noviazgo se afianzó, lo mismo que sus miserias y sus trabas.

Ana era estudiante de medicina. En la facultad formaba parte del grupo de “las potras”, unas seis chicas que estaban siempre juntas, tenían promedios altos y llamaban la atención por sus físicos exuberantes. La relación con el cirujano plástico apartó a Ana de sus estudios y de sus amigas. No es que él se lo hubiera pedido: ella misma se recluía para esperarlo, o para esperar un llamado telefónico que siempre se postergaba. “No me ahogues, déjame vivir”, le repetía Martín por lo menos un par de veces al día.

Ana, desesperada y por consejo de una amiga, decidió empezar terapia. No le dio resultado. Su psicóloga incurría en lo que ella consideraba un error fundamental: creer que Martín no la amaba. “Nadie me entiende. Martín me ama, pero no se anima a nada serio”, le explicó una vez a una compañera de estudios.

Sin embargo, unos meses más tarde sobrevino la calma. Una rutina más o menos apacible se estaba instalando entre ellos. Se veían tres veces por semana, salían a comer, dormían juntos en la casa de él, y a la mañana los dos se iban a la misma hora, él a su trabajo, ella a la casa de su padre.

Una mañana, Ana dijo que se sentía mal. Tan mal como para no poder salir. Él, apurado, no advirtió la maniobra: de ahí a instalarse en su casa, faltaban pocos pasos. De hecho, el episodio dio pie a que ella le pidiese una copia de las llaves. Martín, creyendo que a esa altura era un hecho inevitable, se las dio.

Poco a poco, Ana fue tomando posesión del departamento. En menos de un mes vivía ahí la mitad de la semana, y no tardó mucho más en mudarse definitivamente.

La nueva situación la puso radiante: Ana, que de por sí era alta, rubia, de rasgos fuertes pero armónicos, estaba más espectacular que nunca. Era por eso que Martín no se quejaba. Veía a sus amigos cirujanos tan impresionados por su novia, que decidió sostener una convivencia que le resultaba tediosa. La vanidad siempre lo había llevado por mal camino.

Pocas operaciones después de la de Ana, Martín había conocido a quien enseguida se convirtió en su amante. Nunca había podido hacer pública su nueva unión porque era evidente que los problemas que acarrearía tal decisión eran muy superiores a las hipotéticas ventajas. Así que Martín se veía con las dos de manera estable y salpicaba su rutina con amigas ocasionales.

Pero —era inevitableAna se enteró. Supo de su directa por el descuido de la secretaria de Martín, que por teléfono la confundió con la otra. El escándalo fue tremendo. Ana lloró, gritó, amenazó con suicidarse, con matar a su rival, con desbaratarle la clientela, y terminó aferrada a una botella de whisky, tomando del pico, en un gesto de la más total y absoluta autocompasión.

La teatralidad de la escena fue decisiva para Martín. Comparó a la mujer que le gritaba, ya casi borracha, con la otra, a quien recordó con unos shorts de jeans y una musculosa, tirada en un sofá, apacible, siempre esperándolo.

“Andate ya”, le dijo.

Ana no estaba en condiciones de salir sola a la calle, Martín lo entendió. Pero al día siguiente, cuando ella, arrepentida, quiso hacer el amor con él, la rechazó. Con la frialdad de lo que en realidad era, un cirujano, explicó que sí, que tenía otra, y que prefería a la otra. Ana, una vez más al borde de la histeria, le recordó que vivían juntos, y que habían planeado ser socios para abrir una clínica de cirugía estética. “Ni socios ni novios ni amigos ni nada. No te quiero ver más”, fue la respuesta. Ella lo miró de arriba abajo y le dijo lo que en ese momento pareció una frase sacada de una telenovela. “Te vas a arrepentir de esto. No sabes cómo te vas a arrepentir”. Y se fue, sin devolverle las llaves. Él no tenía idea de que ella le estaba diciendo la verdad.

Ana volvió a su casa en estado de enajenación. No podía entender cómo, de golpe, la vida podía transformarse en algo espantoso. Hizo memoria de los últimos acontecimientos. Todo era un resumen de la desdicha. Nunca antes había sentido un rechazo tan directo como el de Martín. “No me lo merezco”, le dijo a una de las pocas amigas a las que se animó a confesarle que la habían abandonado.

Ni por un momento Ana evaluó la posibilidad de tachar de su agenda el nombre del cirujano y dedicarse a otra cosa. Quería venganza. Lo primero que pensó fue en llamar al íntimo amigo de Martín para invitarlo a salir, seducirlo y acaso quedar embarazada de él. Pero no era suficiente. Ya se había dado cuenta de que Martín no era un hombre de sufrimiento fácil. Él mismo le había dicho que jamás había llorado por una mujer, e incluso ilustró su frialdad confesándole que ni siquiera había llorado cuando su amigo de la infancia se reventó la cabeza en un accidente de moto.

Estaba claro que no había que buscar venganza tejiendo tramas con gente que lo rodeaba. Lo que ella tendría que hacer era planear algo que lo afectase directamente, algo que pudiera arruinarlo a él y a nadie más que a él.

Durante varias noches Ana hizo y rehízo el racconto de sus noviazgos y sus novios. A pesar de que en casi todos creyó ver, en los comienzos, al amor de su vida, la ilusión se iba disolviendo con el tiempo. Después, uno u otro tomaban la decisión de terminar el asunto. Porque no es que nunca la hubieran dejado, sino que, en los pocos casos en que la abandonaron, ese abandono era can cómodo y previsible que no daba ni para sorprenderse ni para angustiarse. Era el paso lógico de la relación. Pero con Martín era otra cosa. Ella había advertido en él, desde el vamos, la intención de maltratarla, de humillarla. Sabía que si no pasaba a la acción, si se quedaba con la angustia de la última escena, con la memoria de las palabras de Martín, estaría arruinada para siempre. Ya había visto a otras mujeres arruinadas por lo mismo.

Esa tarde, la tarde fatal, Ana compró el ácido sulfúrico en una ferretería.

Una semana antes había conseguido un revólver y una moto sierra. Fue al departamento de Martín y entró con las llaves que no había devuelto. Sabía que él llegaría más tarde, al terminar de trabajar. Se sentó en la cama, prendió el televisor y vio unos dibujos animados de Tom y Jerry.

Pensó en la fecha. Varios años atrás —no recordaba bien cuántos— su madre se había suicidado. En esa misma fecha. Nunca tuvo claro por qué se mató, pero sospechaba que tenía un amante, y que el amante cortó la relación. Estaba casi segura: de un día para el otro su madre había dejado de arreglarse, de salir, de hablar a escondidas por teléfono. Conocía a su madre: no estaba hecha para soportar derrotas de esa naturaleza. Sonrió y tuvo una vaga sensación de venganza con la vida.

Todavía tenía tiempo, eran las cuatro y media. Pero en cuanto se levantó para buscar un vaso con jugo, escuchó el ruido de la puerta que se abría. Desesperada, juntó sus cosas y con ellas se escondió debajo de la cama. Escuchó la voz de Martín y la de una mujer. Por lo que se decían, se dio cuenta de que ella era una de sus asistentes, y que lo había acompañado a la casa porque él estaba con fiebre, probablemente a causa de unas anginas que no se había curado. Solidaria, la asistente le hizo un té, le dio remedios, y se quedó con él, durante un tiempo interminable. Estaban en el living. Martín, seguramente, estaba en el sofá de tres cuerpos, tirado. Al fin, la asistente le dijo que se fuera a la cama y que durmiera. Ella se iría a buscar a sus hijos a sus clases de inglés. Ana se puso tensa: quería escuchar la despedida, quería saber si con esa mujer pasaba algo, si había más mujeres en la vida de Martín, además de la que ella había descubierto. No pasó nada que pudiese dar a entender que eran amantes. Tranquila a medias, Ana escuchó que se despedían, y el ruido de la puerta. Después escuchó los pasos de Martín, que iba al dormitorio. La luz se prendió. Desde su lugar vio las piernas, que se acercaban a la cama. Él se sacó los zapatos y las medias, buscó un piyama que siempre había debajo de las almohadas y se acostó. Antes, había apagado la luz principal y había prendido la que había en la cabecera de su cama. Ana escuchó el ruido de las páginas de un libro. Supo que él leería hasta estar rendido por el sueño. Cuando ya habían pasado más de cinco horas, él apagó la luz. En todo ese tiempo Ana no había hecho un solo ruido, ni se había movido, ni había dejado de estar atenta a los movimientos de Martín. En un solo momento se imaginó a sí misma como protagonista de una película de terror. “Ahora debería darme sueño”, se dijo. Pero no.

Desde su lugar, Ana primero no vio nada, y enseguida empezó a distinguir los haces de luz artificial que se filtraban por las rendijas de la persiana. Miró hacia su techo, el colchón. Lo tocó con la punta de los dedos, imaginando el cuerpo de Martín del otro lado. Pensó en cuánto le gustaba, y en lo horrible que sería todo más tarde. Pero ella ya había tomado la decisión. Unos minutos más tarde, escuchó que la respiración de él se hacía rítmica y pesada. Esperó un poco más, calculó con cierto orgullo que ya había resistido seis horas esperando debajo de la cama, y salió, sin hacer ningún ruido. Lo único que se llevó fue el frasco de ácido, un tarro de vidrio verde, como de vieja botella de leche. El resto de las cosas quedó donde había estado ella.

Cuando se paró, notó que no estaba acalambrada. Pensó que eso era una señal del destino, que aprobaba lo que estaba por hacer. Miró a Martín, dormido con la boca abierta. Destapó la botella y roció con el ácido a su ex, empezando por la cara.

Martín sintió la quemadura. El dolor era inhumano. Atinó a prender la luz y escuchó a Ana: “Te lo merecés, hijo de puta! ¡Te lo merecés! ¡Por basura te lo merecés!”.

Él trató de ver, pero era imposible. El líquido también le había entrado en los ojos, y en la boca, y en las manos, y en casi todo el cuerpo. Supo que era ácido: cuando estudiaba, había encontrado casos así en los libros. Y le había tocado atender uno, en una de sus prácticas. Sabía, entonces, que el ácido es corrosivo, y que la corrosión se va incrementando segundo a segundo. A los gritos, llorando, temblando, le pidió a Ana que llamara a Segundo, un amigo también cirujano. Ella empezó a dudar. No podía dejar de mirar a Martín, con unas heridas y llagas indescriptibles, y sintió arcadas. No puedo dejar que llame, pensó Ana. Pero entró en crisis y se quedó temblando al costado de la cama.

Como pudo, Martín fue hasta el teléfono y llamó a su amigo. Milagrosamente atendió él. “Ana me tiró ácido, me estoy muriendo, flaco, ¿qué hago?”, pudo decir, con una modulación casi imposible de entender ya que el ácido le estaba actuando también sobre la lengua. Antes de salir disparado hasta la casa de Martín, Sebastián le dijo que fuera a la ducha y que dejara que le corriese mucha agua por el cuerpo, incluidos los ojos.

A tientas, gritando, Martín llegó al baño y se metió bajo la ducha. Ana, con los ojos desorbitados, lo siguió. No atinaba a decir nada, ni a hacer nada. Solamente lo miraba, y se tapaba la boca con la mano izquierda, como para no descomponerse, o como para no gritar.

Mientras Martín seguía bajo la ducha, llorando, tendido en el piso de la bañera, llegó Sebastián. Fue directo a lo del portero, le explicó todo y le pidió las llaves. Había una ambulancia esperando abajo. Llegó casi al mismo tiempo que el patrullero policial.

Martín L. nunca más pudo trabajar como cirujano plástico ni como nada. Quedó ciego, deforme, perdió buena parte de las manos, la lengua, el pelo, las orejas y los órganos sexuales.

Los abogados de Martín afirmaron que era muy clara la tentativa de homicidio, teniendo en cuenta que debajo de la cama fueron encontrados un revólver y una moto sierra.

Ana fue declarada culpable por lesiones graves. En su defensa argumentó que llevó apenas un frasquito de ácido con el que iba a amenazarlo, pero que se lo tiró cuando él se disponía a atacarla.

Después de seis años, ella recuperó su libertad, retomó su carrera de medicina y se recibió. Hoy atiende su consultorio. Es Pediatra.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

 

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//11 de Agosto, 2010

Ana María Soba

por jocharras a las 16:57, en Mujeres Asesinas
ANA MARIA SOBA


Sus amigas siempre lo supieron: Ana María Soba tenía una especial predilección por las viejas  abandonadas. En su peluquería de barrio, las viejas le contaban sus dramas privados, su soledad, el abandono mil veces repetido, inevitable.

A pesar del aparente altruismo de Soba, las vecinas que iban a su local a ponerse ruleros y tinturas, a lavarse el pelo y modelarlo, invariablemente volvían a sus casas con la sensación de que esa española autoritaria, quejosa y molesta, guardaba alguna carta bajo la manga. A ninguna le parecía normal que Ana María se encariñase siempre con mujeres decrépitas, sin familia, sin amigos, y que además se hiciera cargo de ellas. Mil veces la peluquería estaba cerrada porque Soba se pasaba horas haciendotrámites ajenos para facilitarle la vida a alguna desconocida. Sin embargo, a la mayoría las ignoraba. No tenía la menor intención de intimar con sus clientas jóvenes, con madres de familia, con esposas mejor o peor casadas. Buscaba otra cosa.

"Lo que Anita quería era quedarse con la plata de las pobres viejas que confiaban en ella ", contó una vecina que, además, fue a hablar por su propia voluntad con un comisario. "La conozco como que la hubiera parido. Lo único que le interesa es tener dinero, y para eso se hace amigas de las viejas, para que le dejen todo a ella, para que la pongan en la herencia. Ya lo hizo por lo menos dos veces y ligó unos terrenos cerca de la costa que ahora los tiene el hijo. Es así, yo lo sé. Es como que la hubiera parido".

Ana María Soba nació el1S de abril de 1941 en Torrecillas, provincia de La Rioja, España. A los quince años se mudó a la Argentina con toda su familia. Y cuando llegó a Buenos Aires no tuvo dudas de que la esperaba un futuro insuperable. Se imaginaba a sí misma en una casona gigante, con un living lleno de espejos y arañas de cristal colgando de techos altísimos. Tendría muchos hijos que serían criados por niñeras alemanas, y nunca pero nunca haría nada en su casa, que para eso estaban las mucamas.

El plan era perfecto, excepto que a Ana María nunca se le ocurrió la manera de llevarlo a cabo. En sus fantasías, el dinero necesario para su proyecto era producto del destino, caía del cielo sin que ella necesitase mover un dedo. Cuando cumplió veinte años empezó a advertir que su vida sería mucho más parecida a la de su madre que a las de las mujeres que salían en las revistas. Por supuesto, lo primero que hizo fue odiar a su madre. La observaba día y noche con un resentimiento visceral, miserable.No había una sola cosa que hiciera que a ella no le provocara. rencor. La veía lavar platos, cocinar milanesas, sopas y pucheros, lavar pisos y baños y baldear la vereda para, al fin del día, tumbarse en el comedor a escuchar la radio y cebarle mate a su padre, un empleado público acobardado por la intensidad banal de la vida cotidiana.

Y poco después, tal como ella misma sospechara a los veinte años, Ana María hizo su debut en el mundo de las amas de casa. Como su madre, se casó con un empleado público, y de un plumazo se tuvo que olvidar de las arañas de cristal, los espejos y las niñeras alemanas. Había pensado en no casarse con él y esperar para ver si aparecía un hombre que al menos pudiera acercarla a su ideal de vida. Pero estaba demasiado apurada para conseguir marido: en su cabeza no dejaba de resonar la voz monótona de su madre repitiéndole que si no se casaba pronto iba a terminar "vistiendo santos", tras lo cual seguía una larguísima enumeración de mujeres que, por esperar al hombre ideal, quedaron solas, lo cual, para su madre, era lo mismo que decir que quedaron desahuciadas.

Ninguna historia memorable surgió de esa unión desapasionada. Tuvieron dos hijos que a su vez se casaron compulsivamente, ahorraron un poco de dinero cuando pudieron, hicieron reuniones familiares los domingos y las Navidades, tuvieron algún veraneo en Mar del Plata, compraron en cuotas artefactos electrodomésticos, discutieron por asuntos intrascendentes, enterraron familiares, plantaron malvones y criaron un par de perros feos.

Ana María se quejaba con amargura de su trabajo  de peluquera " Tengo que tocar cada cabeza asquerosa", y su marido repetía el lamento inmemorial del empleado público maltratado por sus jefes.

Para Inés Quintans la vida, al igual que su muerte, no fue nada fácil. Como Ana María Soba y como otros millones de mortales, Inés imaginó un futuro idílico. Pero nada de lo que le pidió al destino, ni una sola cosa, se le hizo realidad. La diferencia abismal entre sus expectativas y los hechos le moldeó un carácter agrio y depresivo. Nunca se casó ni se le conoció ningún hombre, aunque sus vecinas sospecharon siempre que vivía un romance a escondidas con un hombre casado que no estaba enamorado de su esposa ni de su amante sino de otra mujer que lo ignoraba. 

Inés vivió con sus padres hasta que los dos murieron con muy pocos años de diferencia, y cuando al final se quedó sola no pasaba un solo día sin visitar a su hermana Rosa. Tras la muerte del marido de Rosa, las hermanas vivieron juntas durante un tiempo, pero una tarde, al volver del mercado, Inés entró a su casa y descubrió el cuerpo de su hermana tirado en la cocina. Llamó a una ambulancia, pero era tarde: Rosa había muerto de un derrame cerebral.

Ana María Soba conocía a las Quintans desde que tenía 25 años, porque eran del mismo barrio. Pero, según contó en la declaración ante el juez, el vínculo más fuerte se formó entre ella e Inés, después de la muerte de Rosa. "Inés me pidió que le hiciera todos los papeles que hacían falta para el entierro de su hermana y esas cosas. Yo hice todos los trámites. Ella me tomaba como una madre", evaluó Ana María, a pesar de que Inés le llevaba veintinueve años.

A las tres de la madrugada del 8 de enero de 1998, un día después del crimen de Inés Quintans, el Subcomisario Roberto Carlos Kidd recibió una llamada anónima en su oficina de la seccional 12. Una mujer, que se identificó como vecina del barrio, dijo estar enterada de la detención de Ana María Soba. "Estoy segura de que ella mató a la vieja. Tiene una peluquería y atiende a viejitas a las que les cobra poco y nada, se hace amiga de ellas y al final consigue que hagan un testamento a su favor. Ya hizo lo mismo cuatro veces, y con esa plata hasta le compró la casa al marido de la hija, un tal Demarco".

De hecho, a Ana María el tema de las herencias le resultaba fascinante. En sus días de intimidad con la asesinada Inés, Ana María había realizado una ardua tarea de seducción indirecta. Al darse cuenta de la soledad de Inés, se había ubicado en un papel protagónico: la llevaba al médico, le recordaba que tenía que tomar los remedios, le hacía los trámites bancarios, le llevaba ollas con comida sana y la llamaba por teléfono varias veces por día. Tomando mates con facturas, le contó a su amiga desvalida que tenía una hermana que había perdido su casa y su poco dinero en la época de la hiperinflación del gobierno de Raúl Alfonsín. Y que, como buena persona que era, le iba a dejar todo el dinero de la venta de la casa de los padres. Es decir, le cedería su mitad porque quería sentirse útil con la gente necesitada.

Ana María ya estaba al tanto, por supuesto, de que la casa donde vivía Inés, en Cachimayo 1195, de capital Federal, estaba a nombre de las hermanas Quintans, y de que, al haber muerto Rosa, Inés -soltera y sin hijos- no tenía herederos directos.

La conversación acerca de la hermana pobre de Ana María prendió en el pobre cerebro de Inés, una luz iluminó su conciencia; ella también podría hacer algo por alguien, ella también podría ser buena. En el acto dijo que quería dejarle la casa a ella, a Ana María, su amiga de siempre, la que se hacía cargo de todo en su vida.

Juntas fueron a ver al escribano Juan Manuel Miró para hacer el testamento. Las tasas judiciales fueron pagadas por Soba, quien además, como gesto de buena voluntad, decidió aportarle a su benefactora cien pesos por mes como ayuda para completar una exigua jubilación. A su vez Soba quiso pagar los honorarios del escribano (unos mil doscientos pesos), pero Inés se negó y dijo que eso lo pagaría con una parte de sus ahorros.

Esos mil doscientos pesos fueron el inicio de los conflictos entre las dos. Menos de una semana después, Inés comenzó con sus reproches; según ella, Ana María tenía que haberse hecho cargo de ese dinero, tenía que haber insistido con toda firmeza para pagarle al escribano puesto que al final la propiedad de la calle Cachimayo sería para ella. Ana María dejó entrever, por primera vez, su opinión acerca de su amiga, a la que calificó de loca y de insoportable. "No te aguanto Yo, ni nadie te va a aguantar nunca", le gritó.

Después de esa primera discusión, Ana María aflojó la vigilancia amistosa con que había rodeado a Inés; poco a poco fue llamándola menos por teléfono, la visitaba muy de vez en cuando y cambió en forma radical su discurso afectuoso. Ya no decía admirarla, ni extrañarla, ni sentirse feliz en su presencia. Por el contrario sacó a relucir cada defecto de Inés, cada detalle de miserabilidad, cada síntoma de egoísmo.

Inés reaccionó como ante un espejo: si antes mostraba lo mejor de sí frente a esa amiga que se desvivía por ella, después, ante la mujer que la despreciaba, empezó a presentar su costado más oscuro. La relación se enturbió más y más hasta hacerse hostil, insostenible.

El día anterior a su muerte, Inés Quintans llamó por teléfono a la escribanía del doctor Miró. Como Miró estaba ocupado, le dejó un mensaje a su secretaria, Paola Vanesa Giuliano. Le explicó que quería dejar sin efecto su testamento ya que desde el día en que le dejó la casa como herencia, su amiga Ana María Soba había dejado de llamarla, demostrando así que toda su amistad previa había sido obra del puro interés.

Pero ese no fue su único llamado. Una vez que cortó la comunicación, no pudo esperar un solo minuto para contarle a la propia Ana María la consecuencia directa de su desatención. Cuando Soba atendió, Inés le comunicó que la dejaría fuera de su herencia. Después de un teatral intercambio de insultos, quedaron en hablar el  tema personalmente.

El 7 de enero por la mañana, Ana María Soba fue a la casa de Inés Quintans. Había decidido cambiar de estrategia y volver a ser la amiga imprescindible de siempre, la que había sido hasta la redacción del testamento.

Al llegar encontró a Inés en la cama, en camisón, deprimida y llorosa. Con un hilo de voz pidió que le encendiera el televisor en el canal dos. y mientras miraba fijo la pantalla le dijo que era una mujer interesada, deshonesta, prácticamente una ladrona, que en cuanto tuvo asegurada la casa como herencia dejó de tratarla como una amiga, y que eso era imperdonable. En contra de lo que había planeado, Ana María se dejó llevar por el odio y retrucó las acusaciones de Inés. Le dijo que en realidad había dejado de verla porque era una persona insoportable, y que la prueba de eso era que ninguna amiga le duraba, salvo una tal Patricia, que apenas aparecía, y una tal Nélida, que además la volvía más loca de lo que ya era.

En este punto, según lo declarado por Soba, Inés sacó un revólver con la intención aparente de suicidarse. Se inició un forcejeo y Soba logró apoderarse del arma, no sin antes recibir varios arañazos y tirones de pelo. "Después la vi muy mal, como que le faltaba el aire, y le puse un poco de alcohol en la nariz. Es decir, puse alcohol en un pañuelito y le froté la nariz para que estuviera mejor. Después escondí el revólver en un cantero del jardín y me fui apagarle una cuenta a Inés, que al final no la pagué porque me olvidé el recibo en su casa. y me fui, entonces, mientras ella todavía me insultaba. Me quedé como una hora dando vueltas por el Caballito Shopping para comprarle unos regalos de Reyes que les estaba debiendo a mis nietos. y después volví a buscar el papel para pagar el impuesto ese, pero Inés no estaba. Mientras estaba .tocando timbre apareció la otra amiga, Nélida, y nos quedamos charlando afuera. Después la amiga se despidió de mí y yo fui a buscar a Inés al parque Chacabuco, pero tampoco estaba. Cuando volví golpeé la puerta y escuché la voz de Inés, desde adentro, que decía que le estaban dando una paliza o algo parecido".

A las seis de la tarde del mismo 7 de enero, el inspector Alejandro Mario Prieto, de la seccional 12, fue notificado por radio de un incidente en una casa de Cachimayo 1195. Fue al lugar acompañado por un cabo de apellido Juárez y un agente de apellido Flores. Al llegar vieron la puerta abierta, entraron, pasaron por el pasillo y vieron que en unos escalones que comunicaban la cocina con el comedor había una mujer que tenía en las manos una botella de alcohol y un trapo con el que le limpiaba la cara a otra mujer que estaba tirada en el piso, con la cabeza aplastada y ensangrentada. La ambulancia del SAME llegó enseguida y el médico Martín Galmarini constató que la mujer que estaba tirada ya había muerto. Mientras tanto, la otra, Ana María Soba, lloraba a mares, llamaba por su nombre a su amiga Inés, y luchaba para que la dejaran seguir impiándole la cara con el trapo con alcohol.

En toda la cocina había sangre, y también en las ropas de Soba. Una vecina que estaba en la puerta de la casa, Elda María Beatini, le preguntó a Soba qué había pasado. Soba, que entraba y salía, lloraba y se retorcía las manos, le dijo que estaba tratando de reanimar a su amiga porque no podía creer que estuviera muerta.

"Después de escuchar a Inés que me decía, desde dentro de la casa, que le estaban pegando, probé de abrir la puerta y estaba abierta. Entré -continúa Soba en su declaración-. Mi amiga estaba tirada en el piso de la cochera y tenía como un hilo atado al cuello. ESo hacía que le costara hablar, estaba ronca, y yo me arrodillé y con una tijera corté ese hilo. En ese momento alguien me agarró del pelo. Alguien que vino por detrás  y me vendaron los ojos con una tela negra. Yo insulté al que me agarró, y lo arañé, pero me dejaron a un costado. Yo tenía mucho miedo y me quedé quieta, y escuché unos golpes, como si estuvieran abriendo un zapallo, y después escuché un chorro de agua que me llamó la atención. Yo tenía tanto miedo que me sentía como en otro mundo, no tenía fuerzas para caminar ni para levantarme. Un tipo me apretó el hombro tan fuerte que me dejó un moretón y me dijo 'doblá la cabeza, lesbiana puta'. Al rato abrió la puerta una persona, una mujer, que llamaba a Inés. Le dije que pasara, por lavoz era Nélida, y además la pude ver porque me saqué la venda y también vi a la pobre Inés. Pensé que Nélida se iba a impresionar, entonces le dije que no mirara, que llamara a la policía. Mientras tanto volví a mirar a Inés y estaba en tal estado que pensé que a lo mejor no era ella, por eso le quise limpiar la cara. Yo estaba Como loCa, la quería desinfectar,  y me agarró un ataque de locura y salí a la calle a pedir que llamen a la policía, porque no llegaban nunca".

La declaración de Ana María Soba no convenció a nadie. Fue procesada por homicidio simple. En prisión, las mujeres que la custodiaban hacían esfuerzos permanentes para no acercársele: "Esta Soba, la mina que le reventó la cabeza con una piedra a una vieja, es lo más jodido que tenemos acá. Por primera vez una presa me da miedo, yeso que como policía vi muchas más cosas de las que ve cualquiera. No puedo mirarla a los ojos, no puedo, pero todas nosotras, que trabajamos acá hace años, sabemos que esa mina es loca, tiene que ser loca, seguro. Seguro".

Ante los psicólogos forenses, Soba es hermética. Se queda sentada frente a ellos, mirando al piso, sin abrir la boca. Si insisten, ella espera un poco. Y al final levanta la vista, muy despacio, desde el suelo hacia la cara de sus interlocútores. Sonríe apenas, sin abri la boca, y se despide en toda amabilidad. "Hasta luego". Nada más que eso.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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