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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//11 de Septiembre, 2010

Juana Z.

por jocharras a las 23:29, en Mujeres Asesinas

JUANA Z.


Poco después de cumplir cuarenta y cuatro años, Juana  Z. miró el calendario y advirtió que hacía dos meses que no le venía la menstruación. No quiso usar ningún test de embarazo porque creía que eran ineficaces y sórdidos. Esperó una semana más y fue a ver a su ginecólogo.

El médico la revisó y la mandó a un laboratorio para hacerse un análisis de sangre. Le advirtió, sin embargo, que no creía que hubiera ningún embarazo.

Los resultados le dieron la razón.

Con absoluta falta de sensibilidad para tratar a una mujer, le dijo, en tono jocoso, que eran cuestiones de la edad. "¡Nos pusimos viejos, nomás! ¡ Se vino la menopausia! " Volviendo al tono profesional, agregó que había muchos tipos de tratamiento para atenuar los síntomas de una menopausia que, en su caso, era bastante prematura. Le sugirió empezar con un reemplazo hormonal y le dio un nuevo turno para el mes siguiente.

Juana   no contestó. Guardó los análisis en un bolso y salió.

Cuando volvió a su casa le dijo a Raúl, su marido, que lo del embarazo había sido una falsa alarma. Evitó la mención de la menopausia, aunque no podía dejar de pensar en el tema. No estaba buscando otro hijo, pero una cosa era no tenerlo por decisión propia y otra muy distinta era haber perdido la capacidad de procrear.

Raúl adivinó el abatimiento de la mujer. "No importa -le dijo-. Con Laurita estamos muy bien."

Laurita era la hija de ambos. Había cumplido veinte años y sufría un retraso mental leve.

Juana fue a la cocina, rompió el resultado del análisis y lo tiró a la basura.

Calentó la comida para los tres y pensó que era el momento de hacer modificaciones en su vida.

El retraso mental de Laurita le permitía leer y escribir, hacer cálculos matemáticos elementales y mantener conversaciones sencillas, sin incluir pensamientos ab tractos. Físicamente era agradable: rasgos armónicos altura media, cuerpo proporcionado.

Durante años su madre había negado la discapacidad de la hija: se la habían detectado las maestras cuan do Laurita pro mediaba el primer grado, pero Juana ofendida, les había dicho que se equivocaban: probablemente su hija estaba distraída o no le interesaban la clases. Al fin tuvo que admitir que no era la niña prodigio que había esperado siempre, ni muchísimo menos. Si bien su retraso era leve, bastaba para impedirle una vida perfectamente normal.

Juana pasó de la negación más absoluta a la resignación. Una resignación que lindaba con la desidia. Había retirado a la hija del colegio cuando terminó quinto grado porque -especuló- no tenía sentido seguir inculcándole enseñanzas que no podría asimilar. También cortó sus clases de música y teatro, y la inscribió en una escuela municipal para discapacitados, donde se desentendió de su formación escolar. No esperaba que en su nueva escuela aprendiese algo, sino que estuviera acompañada por gente como ella. "Así el tiempo le va a pasar más rápido, pobrecita ", argumentó la madre.

Desde que verificaron la discapacidad de la hija, el matrimonio de Juana  estuvo signado por la desilusión. Una desilusión que, en Juana  especialmente, no se acotaba a la hija sino que impregnaba el resto de las cosas: su marido, sus amigas, su casa, su trabajo. Todo le parecía deslucido, pobre y banal.

Raúl, en cambio, había aceptado la realidad sin más trámites: Laurita tenía un diagnóstico claro y, se sabía, no iba a hacer una vida como la de ellos. No iría a la universidad ni al colegio secundario, no viajaría sola con una mochila al hombro, no podría manejar el negocio familiar y, muy probablemente, no tendría esposo ni hijos. Haciendo esa triste salvedad, Raúl continuaba con su vida sin hacerse mayores problemas: atendía la mueblería que le habían dejado sus padres, jugaba con sus amigos al fútbol todos los domingos y tenía una que otra amante ocasional.


Juana también había tenido amantes. Al principio no los tomaba en serio, pero hubo uno, el último, que fue decisivo. Se llamaba Roberto y trabajaba en una inmobiliaria. Se habían conocido cuando Juana estaba buscando una casa más cerca del trabajo del marido.


Roberto era casado, pero le proponía dejar todo para vivir con ella y su hija. En ese momento, ella tenía cuarenta años y él treinta. Juana  se preguntó si la convivencia, la diferencia de edad y la presencia de la hija subnormal terminarían por romper la relación. No hizo falta tanto cálculo. Cuando Juana  ya estaba en conversaciones con el marido para tramitar el divorcio, Robert desapareció de su vida. Poco después se enteró de que su amante no sólo seguía con su mujer, sino que además estaba esperando su segundo hijo.

 

Abatida, Juana  desactivó su divorcio. Raúl, su marido, no hizo elucubraciones al respecto: pensó, sencillamente, que Juana  estaba atravesando una crisis pasaje y siguieron adelante.

 

Para ella, sin embargo, el final de esa relación clan destina le indicó que tenía que tomar otro rumbo. Se retiró de la vida sentimental y olvidó sus viejas pretensiones con respecto al amor. A las amigas que estaban corriente de sus deslices extramatrimoniales, les confesó que tiraba la toalla. "A partir de ahora, lo único que me va a importar es la guita. "

Antes de casarse, Juana vivió varios años con su padre y con su hermano mayor. Su madre se había cansado de ellos y se había ido de la casa cuando Juana tenía diez años. Esporádicamente escuchaba alguna noticia incierta acerca de ella: que la madre estaba en la ciudad, que trabajaba en un estudio de escribanos, que se había ido al extranjero.

El padre hacía con sus hijos lo que podía: los mantenía, los llevaba al cine algún domingo, les compraba los útiles escolares. Juana valoraba su paciencia y su dedicación, pero le reprochaba su permanente aire depresivo. "Voy a buscarme un novio que se ría, no como vos", le decía a su padre, ofendida.

Sin embargo, buscó y encontró un hombre similar. Conoció a Raúl en una fiesta y diez meses después estaban casados.

Juana había terminado hacía poco el colegio secundario y trabajaba llevando la contabilidad de una cadena de panaderías. La había contratado la madre de una compañera de colegio, a quien Juana consideraba como una especie de madre sustituta. La mujer se llamaba Rosa, y era quien la escuchaba y le daba consejos prácticos para vivir.

Juana trabajó en las panaderías hasta que se enteró de los problemas de su hija. Ahí abandonó todo. Llamó a Rosa y le presentó su renuncia. "Mi hija es retrasada. No tengo ganas de nada. "

Cuando ya no tenía que salir a trabajar, Juana se quedaba en su casa la mayor parte del día. Con tristeza, revisaba una y otra vez el material que una asistente social y dos psicólogas le habían entregado: una batería de pruebas y test que determinaban claramente la discapacidad de Laurita. Los estudios afirmaban que su coeficiente mental era de 68 ó 69. "No puede elaborar ideas abstractas ", se leía en una parte del estudio que le impresionaba especialmente. Sin embargo, las conclusiones agregaban que su deficiencia era muy leve, y que le permitiría aprender y realizar un buen número d actividades.

Para contrarrestar la enorme culpa y vergüenza que sentía por tener una hija así, salía con ella a la calle y ni bien se la presentaba a alguien, le explicaba que no era una chica como todas. Pasaba a enumerar entonces lo que le faltaba para ser normal, mientras Laurita, acostumbrada a escuchar ese discurso, afirmaba con la cabeza.

Cuando sacó a Laurita de la escuela, contra toda las recomendaciones de las maestras, se sintió libre. No podía soportar ver las limitaciones mental de su hija. En la nueva escuela, en cambio, Laurita e una de las alumnas más brillantes. Cuando iba a buscarla, por las tardes, solía quedarse unos segundos viendo a los compañeros de su hija, muchos de los cuales padecían un retraso mental profundo. Impresionada, los veía en sus sillas de ruedas, babeando, con mirada perdida. Apretaba la mano de su hija y la sacaba de allí, aliviada.

Cuando Juana decidió cambiar el rumbo de su vida lo hizo en serio. Cada mañana se obligaba a recordar brutal desengaño amoroso que había vivido con Roberto y se maldecía por haber sido tan estúpida. El golpe sentimental se unía al dolor por la condición de su hija.

En poco tiempo Juana se volvió una mujer egoísta y solitaria, que solamente pensaba en cuestiones prácticas.

Su marido había ampliado la mueblería y había abierto otras cuatro sucursales. Durante unas semanas Juana fue a trabajar con él pero enseguida se arrepintió: por unos pocos pesos podían contratar a alguien que hiciera lo que ella hacía. Además, la idea de verle la cara al marido durante todo el día le resultaba abrumadora. "Me aburro. Prefiero quedarme en casa y después buscar a Laurita a la escuela."

A esa altura, Juana veía a su hija como una nena eterna, que nunca crecería. Laurita, por su parte, la adoraba. "Quiero ser tan linda como vos ", le decía siempre, con inocencia. Por otro lado, era una hija obediente: hacía todo lo que su madre le pedía sin preguntar ni protestar. Dentro de su limitada capacidad, Laura advertía que si respondía sin chistar a los pedidos maternos, la recompensa era inevitable: su madre le decía que era una nena buena, la abrazaba y la dejaba ver televisión por tiempo indeterminado.

Raúl protestaba por esa crianza absurda. "No podés tratar a Laurita como una nena. Ya está muy crecida ", le decía, enojado. Pero sus quejas eran inútiles: Juana seguía con sus métodos, y Raúl tampoco hacía el menor esfuerzo por revertir la situación.

En esos tiempos Juana había vuelto a encontrarse con Rosa, su ex empleadora, que le ofrecía volver a trabajar con ella. "Te va a venir bien ganar tu plata. Además, tenés que asegurar algo para tu hija. Cuando vos te mueras, ¿qué va a pasar con ella?"

A Juana el tema no le preocupaba. Nunca había pasado ningún apuro económico y tenía la idea de que Raúl, su esposo, tenía todo bajo control. Se lo dijo a Rosa, que la miró con suficiencia. "¿Y si se separan? ¿Ya tenés todo arreglado?"

A Juana no se le pasaba por la cabeza una separación. Tenía una hija deficiente mental, sufría menopausia precoz y estaba tan defraudada con los hombres que ni siquiera imaginaba enamorarse de otro. Su marido, en cambio, no le resultaba tan difícil de soportar. ¿Para qué cambiar si no tenía ganas de empezar nada nuevo?

Le dio todos sus argumentos a Rosa, que la escuchó pacientemente y le dijo que lo pensara. "Por ahí te viene bien. Te distraes y ganas plata."

Al fin, Juana aceptó.

Para la misma época en que volvió a trabajar con Rosa, la relación con su marido empezó a empeorar. Raúl seguía descargando en ella todo el peso de la casa y del cuidado de Laurita. Furiosa, Juana le preguntaba a los gritos si no se daba cuenta de que ahora ella también trabajaba.

Laurita, en tanto, estaba extremadamente sensible: lloraba con amargura cada vez que veía una discusión entre sus padres y en los días siguientes se negaba a ir a la escuela. Raúl abrazaba a su hija un par de veces y enseguida salía disparado para su trabajo. Juana se veía : obligada a componer la situación, calmando a su hija y convenciéndola de ir a la escuela. Cuando llegaba a su trabajo estaba exhausta y desesperada. Por si eso fuera poco, Raúl había empezado a volver tarde a la casa, dando absurdas explicaciones laborales. Juana, que tenía experiencia en amantes, advirtió enseguida que su marido la estaba engañando. Preguntó, indagó, investigó, revisó agendas, hizo algunas llamadas, y al poco tiempo dedujo que Raúl estaba viéndose con una empleada de la mueblería llamada Nancy. Con asombro advirtió que esa infidelidad la perturbaba más de lo que ella misma hubiera esperado.

Aunque Raúl ya había estado con otras mujeres a lo largo de su matrimonio, era la primera vez que ella lo descubría. Juana decidió no decir nada y esperar.

La infidelidad del marido le hizo recordar la conversación que había tenido con Rosa. La pregunta de la amiga le resonaba en la mente: ¿había hecho ella previsiones para el caso de una eventual separación? En ese momento supo lo que tenía que hacer.

Esa misma noche, cuando Raúl volvió a la casa, Juana le propuso sacar un seguro de vida. "Hay muchos secuestros, mucha violencia. y tenemos que pensar en Laurita, pobre", le explicó.

Ella ya había averiguado todo: cuál era la compañía aseguradora más confiable, cuánto habría que pagar, cuanto recibirían en caso de muerte o de enfermedad. Le dijo que, para ahorrar unos pesos, lo mejor sería con solamente la cobertura para él: "Después de todo - agregó con rencor- si yo me muero no pasa nada. La mayoría de las cosas que tenemos están a tu nombre".

Como la hija era deficiente mental, la beneficiaria del seguro sería ella, en carácter de tutora de Laurita.

Una semana después, ya habían firmado los papeles. Juana, entonces, se dispuso a esperar.

Con el seguro contratado, Juana se sintió más tranquila y esperanzada. El cambio de vida que tanto estaba esperando iba a llegar en cualquier momento.

Mientras tanto, empezó a entusiasmar a Laurita con unas sencillas clases de cocina. Cada día, a la vuelta de la escuela, Juana le ponía un delantal y le iba enseñando la manera de hacer un puré, una ensalada, una tarta. Laurita estaba feliz: le gustaba que su madre se ocupase de ella con tanta dedicación, y tenía, además, una especial predilección por la cocina.

Poco a poco, Juana iba avanzando con sus clases, que empezaron a incluir postres y galletas.


Raúl las veía juntas en la cocina y las alentaba: probaba cada cosa que hacía su hija y, en una actuación graciosa y convincente, fingía enloquecer de admiración cada vez que terminaba un bocado.


Juana, por su parte, le comentaba a todo el mundo que su hija se había vuelto una cocinera experta. Exageraba a conciencia, y convencía a los demás de que Laurita inventaba recetas nuevas y de que se había convertido, desde hacía un buen tiempo, en la encargada de la comida hogareña. "Yo ni siquiera hago una ensalada", mentía la madre, con orgullo.


Casi un año después, Juana consideró que había pasado el tiempo suficiente como para poner en marcha su plan.

Una tarde, a la vuelta de la escuela, Juana le pidió a la hija que hiciera un postre de chocolate. Como ella tenía que salir, le dejaba todos los ingredientes en la mesada, en recipientes individuales.

Laurita protestó: no quería quedarse sola, y pensaba que sin la supervisión de la madre no iba a poder hacer nada.


Juana fue inflexible: "Vas a poder. Vas a hacer un rico postre de chocolate ya tu papá le va a encantar".

 

Delante de Laurita, Juana llamó por teléfono a Raúl para decirle que volviera a la casa pronto. Ella tenía que terminar unas cuentas en lo de Rosa y volvería más tarde.

 

Antes de salir, Juana le dio las últimas instrucciones a Laurita: "Vos no pruebes nada. Si probas los ingredientes, te sale todo mal". Laurita asintió. Ya había escuchado la misma recomendación muchísimas veces. "Y el postre es para papá, no para nosotras. " Laura, muy seria, le dijo que no, que jamás iba a comer algo dulce. Juana ya la había aleccionado. "Si comemos postre, engordamos y nadie nos va a querer. "

 

Juana se puso un abrigo y miró la mesada de la cocina. En uno de los recipientes estaba el polvo de chocolate mezclado con veneno para ratas. Con cierta inquietud miró a su hija, que estaba poniéndose un delantal, muy seria y compenetrada. "Ojo con probar nada de esto. ¡Ojo! ", volvió a recomendar. Y salió a la calle.

El plan de Juana era simple: envenenar a su marido para cobrar la póliza de seguros. De paso, no tendría que lidiar más con un hombre que no sólo no la hacía feliz y era amargo como su propio padre, sino que además, la traicionaba.

Si todo salía como ella pensaba, nadie se daría cuenta del envenenamiento: tomarían la muerte de Raúl como una muerte súbita común y corriente.

Pero en el caso hipotético y poco probable de que alguien advirtiera que Raúl había sido envenenado, todo estaba arreglado. Se comprobaría que Laurita había preparado el postre y que, sin querer, había mezclado veneno con los demás ingredientes. Todos sabían que Laurita adoraba cocinar y todos sabían que sufría un retraso mental.


Esa misma noche Raúl fue internado de urgencia en el hospital. Murió pocas horas después.


Juana estaba ahí mismo, conteniendo en llanto de Laurita, que no entendía lo que estaba pasando. A los médicos les dijo que durante los últimos tiempos su marido había estado muy nervioso y estresado, y que se quejaba permanentemente de un dolor agudo en el abdomen. "El siempre decía que tenía miedo de morirse de un cáncer de estómago, como el padre", les explicaba.

Los médicos se apiadaron de la desgracia familiar de Raúl. Creían que el hombre se había muerto acosado por la angustia de tener una hija discapacitada. Firmaron el certificado de defunción sin hacer preguntas.

En la compañía de seguros empezaron a sospechar. Juana había ido a reclamar su dinero dos días después del entierro del marido.

Nancy, la amante de Raúl, también pensaba que algo raro había pasado: Raúl se había hecho todo tipo de exámenes médicos apenas un mes antes de su muerte, y le había comentado que todo había salido perfecto. Es más: se había olvidado los exámenes en su casa. Angustiada, recordó que su amante le había contado que tenía un seguro de vida. Ella misma le había dicho que no se asegurara porque le traería mala suerte. Hizo memoria: Raúl, divertido, le contó en ese momento que su esposa había hecho todos los trámites para proteger el futuro de la hija discapacitada. "Está muy interesada en que firme. Me debe querer matar", le había dicho a Nancy, entre carcajadas.

Nancy contrató un abogado que se conectó con 1os responsables de la empresa aseguradora. Un mes después, exhumaban el cadáver de Raúl.

Cuando la policía  fue a buscar a Juana se desentendió. Dijo que si había veneno en las vísceras de su marido, ella no tenía por qué ser la responsable. "Mi marido también comía en otros lados. " Cuando le preguntaron qué le había dado de comer en los días previos a la muerte, Juana esbozó una sonrisa sobradora. "Yo no cocino. Cocina mi hija, que es retrasada pero aprendió a hacer muchas cosas. "

Una psiquiatra forense fue la encargada de hablar con Laurita. Después de la charla, la policía fue a la casa de Juana. Se llevaron para analizar varias ollas y recipientes. En uno de ellos encontraron restos de veneno.

Cuando se vio acorralada, Juana optó por dar su versión de los hechos, fingiendo culpa y preocupación. "Yo no tendría que haber dejado a Laurita sola en casa, cocinando. Ella no entiende las cosas. Se debe haber confundido y por ahí pensó que el veneno de ratas que yo tenía en la cocina era el azúcar, o el polvo leudante. Vaya a saber. Pregúntele, hable con ella. Le va a decir que yo no estaba en la cocina, que ella hizo todo sola. Porque ella no miente, gracias a Dios."

La hija, sin embargo, había sido clara en un punto: que su madre le había dejado los ingredientes preparados y listos para usar, y que ella no había agregado ni quitado nada, "porque si no, se me arruina el postrecito".

Juana tuvo que volver a declarar. Después de cuatro horas de preguntas, se quebró y contó todo desde el principio: el seguro de vida, las clases de cocina, el veneno en el chocolate. "La verdad es que no sé por qué lo maté. Ahora que lo pienso, me daba lo mismo si él vivía o si no vivía. Pero pensé y pensé. ..Y cuando a uno le dan mucho tiempo para pensar, le sale lo peor, ¿no? Lo que me da pena ahora es dejar a Laurita, porque es sensible y va a sufrir. Lo que me pase a mí no me importa. ¿O usted cree que después de la vida que llevé me va a asustar estar en una cárcel, con otras infelices como yo?"

Juana fue condenada a nueve años de prisión. En la cárcel se dedicó a la costura y al estudio de la Biblia. No recibía visitas y protagonizaba permanentes peleas con su compañeras.

Recupero la libertad en 1989 y se instalo en el sur de Chile, donde se caso con el encargado de un campo.

Su hija permanece internada en un taller para discapacitados.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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//03 de Septiembre, 2010

Juana, Nina y Yolanda

por jocharras a las 16:14, en Mujeres Asesinas

Juana , Nina y Yolanda

Por diferentes motivos, las tres creían en la brujería. Y las tres, después de largos peregrinajes esotéricos, se rindieron ante Arturo Miguel Ángel Rodríguez, alias el Hermano Miguel, alias Mónica, un curandero de 31 años que había sido sastre, cura y sanador. El apodo Mónica lo ganó cuando dejó los hábitos para poder dar rienda suelta a su homosexualidad y a su tendencia a adoptar posturas y gestos típicamente femeninos.

Las tres mujeres se conocieron en el “consultorio” del Hermano Miguel, en Iriarte 4880, de la Capital Federal. Las tres buscaban lo mismo: aniquilar a sus maridos mediante rezos, pócimas, talismanes o lo que fuera. Juana Pugnetti de Houyou, Nina Pon orilox de Owiluk y Yolanda Margarita Tiadini de Vázquez estaban hartas de sus respectivos esposos y se sentían incapaces de escapar de la esfera del matrimonio sin ayuda. Las tres se acercaron al Hermano luego de haber escuchado referencias de alguna vecina y las tres se sintieron igualmente decepcionadas cuando el curandero en cuestión les ofreció alternativas livianas. Al principio ninguna se animó a poner sobre la mesa sus verdaderas intenciones. Como siguiendo un acuerdo no escrito, el Hermano acataba las imprecisas órdenes primeras, los ruegos lavados acerca de hacer algo para vivir en paz, sin el estorbo de sus hombres. Pero en cuanto la relación entre el Hermano y cada una de sus dientas principales se hizo más intensa, el brujo les hizo admitir que las auténticas soluciones siempre tenían que ser drásticas. Les hizo ver que tenían que enviudar, de lo contrario sus vidas estarían condenadas al más patético destino. Las tres estuvieron de acuerdo con los dichos del Hermano que, de alguna manera, coincidían con sus deseos más profundos. Y decidieron que las velas y los sapos disecados eran herramientas cobardes, ineficaces, banales. Y pasaron al arsénico.

La primera en llegar al consultorio del Hermano fue Juana Pugnetti de Houyou, a principios de 1966. Tenía 34 años y una hija de 17. Odiaba a su marido, Rogelio Enrique Houyou, de 39, por motivos más bien imprecisos. Lo qué sí sabía es que quería deshacerse de él para poder vivir su vida en libertad. El Hermano vio en ella una veta económica inesperada, la posibilidad de incrementar en mucho el precio de la consulta. Poco a poco fue convenciendo a Juana acerca de sus poderes y experiencia. Le explicó que su relación con los espíritus circundantes era espléndida, y que ellos le obedecían. Le dijo que había aprendido las artes del oficio de brujo en alguna aldea brasileña perdida, y que se había especializado en pócimas matadoras que solamente ocasiones especiales. Él —decía el Hermano— era incapaz de hacer un “trabajo” para matar a alguien bueno, pero a veces estaba obligado a eliminar a personalidades demoníacas.

Juana estaba alelada. Había ido al consultorio esperando la clásica tirada de cartas y las promesas —tan conocidas por una visitadora de brujos como ella— de rezos y plegarias. No esperaba encontrarse con un profesional de esas características. Pensó —mientras el Hermano le desplegaba sus habilidades— que tendría que agradecerle a la almacenera de su barrio por haberle pasado el dato de ese brujo. ¿Sería capaz ese hombre afeminado y gordito de lograr que a la brevedad su marido muriese de muerte natural?

El Hermano la volvió a la realidad. Le dijo que no estaba todavía seguro de que su marido mereciera la muerte. Habría que conformarse, en principio, con otro plan. Había que empezar con las velas negras. Juana protestó. “Yo ya prendí velas negras. No hacen nada”. El Hermano apeló a un recurso que siempre lo había salvado: la repentización. Se dio cuenta de que su clienta podría esfumársele si él no le ofrecía en ese mismo momento la fórmula de la muerte. Pero también era consciente de que para conseguir más dinero, tenía que aplazar el uso del veneno para más adelante. En tanto, ella seguiría pagando. “No puedo usar a los espíritus ahora, no me van a ayudar. Ellos quieren una segunda oportunidad para su marido. Antes de hacer cualquier cosa, vuelva a prender las velas negras, pero además consiga un sapo, ábrale la panza mientras esté vivono se olvide de que tiene que estar vivoy póngale adentro un papel con el nombre de su esposo. Después entierre al sapo. Y encima de la tierra ponga un hilito rojo. Cuídese de que nadie vea el hilito porque todo se echaría a perder”. La mujer dudó: “Qué consigo con eso?”. El Hermano se peinó las cejas gruesas con los dedos y contestó: “Que él se quede tranquilo, que no la moleste, que usted pueda hacer lo que quiera y él no se entere”. Por supuesto, ella ya le había contado al brujo que engañaba a su marido con otros hombres y que estaba cansada de tener que mentir y pasarse la vida inventando excusas para poder encontrarse con sus tres amantes.

La clienta siguió dudando, aunque más complacida. El Hermano advirtió que la fe de esa mujer era endeble, y que habría que reafirmarla si quería volverla a ver y a cobrar sus consultas. Le pidió que se quedara unos instantes más, para poder rezarle. Era un recurso que siempre le daba buenos resultados: tomar la cabeza de sus clientas entre sus manos y hacer una presión firme y sostenida. Las mujeres sentían, siempre, que estaban apoyadas por algo superior; que esa vez, después de tantas decepciones, podrían creer.

Juana prendió las velas, rellenó el sapo, lo enterró, colocó el hilo rojo. En su marido no se registraba cambio alguno. Esperó un par de semanas, maldiciendo el dinero gastado. Pero una tarde especialmente desdichada, sintió que no tenía nada para perder y volvió con el Hermano.

Tuvo que esperarlo una hora: una asistente le dijo que estaba haciendo un trabajó espiritual y que no podía ser interrumpido. En realidad, el hombre estaba tirado en su cama tomando mate y leyendo revistas Para Ti viejísimas, recortando recetas de cocina y consejos de maquillaje y belleza. Pero sabía que ese truco siempre era efectivo: si su clienta venía decepcionada por algún tratamiento fallido, la espera la calmaría en forma por lo menos provisoria.

Al final fue a recibir a la mujer, que ya no estaba tan enojada sino más bien ansiosa por saber si habría alguna posibilidad de intentar eliminar al marido. El Hermano dijo que había estado consultando con los espíritus y que lo habían autorizado para proporcionarle el “licor de los dioses” con el que matarían al esposo.

Juana estaba excitadísima. “Licor de los dioses? ¿Qué es eso?”. El Hermano adoptó un aire misterioso y triunfal. “Es lo que vos me pediste. Es el líquido que tiene que tomar tu marido. Con eso, va a dejar la tierra, se va a morir. Y nadie se va a dar cuenta. Pero sale caro, y vos tenés que ayudar a conseguir algunas cosas”.

El precio era cien mil pesos de la época y la “ayuda” una excusa para dar credibilidad al asunto. El Hermano citó a Juana a las 11 de la noche, frente al cementerio de Flores. Él llegó media hora más tarde junto a su amigo y “asistenteCarlos Figueroa, alias “Marta”, un mucamo de hotel que vivía en el tercer piso de Rodríguez Peña 178. De lejos, los dos eran tan parecidos que se los podía confundir: excedidos de peso, con el pelo corto y crespo, boca carnosa, nariz ancha, aspecto afeminado. En cuanto llegaron, el curandero le dijo a Juana que tendría que esperar a que su amigo y él volvieran de una incursión secreta dentro del cementerio. Tenían que buscar los ingredientes de la pócima. Tardaron casi una hora en volver. El “asistente” le tendió un paquete envuelto con papel de almacén, y el Hermano le dijo: “Ya está hecho el licor. Lo hicimos con jugo del ojo de un muerto y hueso molido de un brazo de otro. Espere dos días y después écheselo a su marido en el café, la sopa, el té, cualquier líquido que le dé para tomar”.

Una semana después, Juana se dio cuenta de que una vez más el Hermano le había fallado. Furiosa, fue a su consultorio. Le dijo .que su marido no había reaccionado frente al “licor de los dioses” y que seguía tan vivo y sano como siempre. Le confesó que su hija de 17 años conocía el plan, y también estaba decidida a matar a su padre. La chica estaba tan harta como ella de dar explicaciones acerca de sus salidas, encuentros y relaciones. El Hermano sonrió. Iba a poder cobrar otros cien mil pesos, y además haría matar a un hombre. Era fantástico “Veo que lo que querés es matar a tu marido. Vas a tener que poner otros cíen mil y yo hago que se muera, pero esta vez vamos a ayudar a los espíritus, que están un poco débiles. Le vamos a poner al tipo un poco de arsénico en la comida. Eso no falla, ¿sabés?”.

Una semana más tarde, Juana estaba otra vez en el cementerio de Flores. Pero esa vez era de día, y había ido hasta allí para enterrar a su marido.

Poco después, apareció en el “consultorio” la segunda mujer que tenía problemas con su esposo. Era Nina Ponorilox, una rusa de 37 años que se había instalado en la Argentina hacía 29. A los 14 sus padres habían decidido casarla con Esteban Cwiluk. Nunca fueron felices. Y la más perjudicada era la propia Nina, que pasó todo su matrimonio enamorándose a la distancia de distintos hombres y soñando con volver a casarse, mientras que su marido no le daba la menor importancia al tema amoroso. En algún momento de su matrimonio, Nina se animó a aceptar las propuestas sentimentales de uno de sus amigos. Así fue que tuvo su primer amante, quien la dejó poco después, como harían tantos otros. Estaba destinada a que la abandonasen. Había algo en ella que impulsaba a los hombres a alejarse: su entrega era tan absoluta que nadie estaba dispuesto a seguir adelante con una mujer que más tarde podría exigir alguna reciprocidad.

Lo cierto es Esteban Cwiluk se enteró de que su mujer le era infiel y resolvió las cosas a los golpes. Fue justamente su condición de mujer golpeada lo que llevó a Nina a acercarse al Hermano. También a ella le habían hablado del brujo en términos más que elogiosos.

En cuanto el Hermano la vio supo que podría repetir la secuencia que había inaugurado con Juana. Incluso podría sacarle más dinero: Nina era aún más inocente y crédula que la otra. Así, mientras Nina lloriqueaba contando detalles de las palizas que le daba su marido y pidiendo algún método adecuado para que él se mantuviese tranquilo, el Hermano le habló de las velas negras. “Poné siete durante siete días. Y después irá por el inodoro la cera que queda abajo, así s va al río. Con eso va a estar muy tranquilo, vas a ver”.

A los quince días, Nina volvió al “consultorio”. “Hace semana terminé con lo de las velas y mi marido sie igual. Es más, anoche me dio dos cachetadas y me tiró sobre la mesa. Está igual de bestia que siempre”. El Hermano no se inmutó. “Sí, ya sabía que iba a pasar eso. Me lo mostraron unos espíritus que vinieron a visitarme... En fin, vamos a tener que reforzar el trabajo”. Y le habló del sapo, el papel con el nombre del marido y la tinta roja. Diez días después, Nina apareció para su tercera consulta, donde le fue recetado el “licor de los dioses”, con la misma cita frente al cementerio de Flores. Y más tarde vino la cuarta cita, la del arsénico, mientras el Hermano seguía facturando las consultas y los “trabajos”.

Nina le dio el arsénico a su esposo en una taza de café con leche. Él soportó el veneno bastante bien, pero al rato sintió unas puntadas en el estómago. Nina se ofreció a hacerle un té con limón para aliviarlo. En ese té echó lo que le quedaba del arsénico. Esta vez, el hombre se sintió morir. Le pidió a su mujer que llamara con urgencia a un médico. El Hermano ya le había dicho que nadie podría descubrir el arsénico. De modo que ella llamó al médico del barrio que dispuso la internación inmediata de Cwiluk en el hospital Rawson. Pocas horas después, el paciente murió.

Después del entierro, el Hermano le recordó a Nina que le estaba debiendo dinero. El tratamiento en su conjunto —sin contar las consultas— tenía un precio de doscientos cincuenta mil pesos, y ella le debía unos cien mil. Para reforzar la necesidad del cobro, amenazó con enviarle las peores desgracias a través de sus espíritus amigos, y por las dudas condimentó su amenaza con un factor más terrenal: difundir en el barrio las sospechas de que ella había matado a su marido. Sabía que a Nina no se le ocurriría retrucar con una amenaza parecida: ella no sabía que el Hermano podría también caer en la volteada por haberle proporcionado el veneno. Para su forma de pensar y de ver las cosas, la responsabilidad sólo recaía en el autor material, es decir ella misma. De modo que, amedrentada, empeñó algunas joyas que su madre le había dejado. A eso le sumó un dinero que tenía ahorrado su marido, parte de sus ropas y un colchón. El Hermano, como salvándole la vida, dio por saldada la deuda.

Entretanto, una tercera mujer se había presentado en el “consultorio” del Hermano, atormentada por su marido. En principio, las consultas no tenían otro objeto que preguntar acerca de su futuro y el de su pareja. Pero el Hermano vio la posibilidad de repetir el negocio del arsénico, que le daba no solo dinero sino una cuota fantástica de diversión. El ex cura disfrutaba enormemente con la idea de manejar a esas mujeres e inducirlas a matar a sus maridos. Odiaba a gran parte de los hombres: sentía que lo discriminaban por su condición homosexual, y que si alguno de ellos iniciaba con él una historia romántica, la mantenía oculta como si se tratase del peor de los delitos. Y él no tenía ganas de perdonar una afrenta semejante.

Así fue que cuando apareció Yolanda Margarita Tiadini de Vázquez, el Hermano se sintió en la gloria. La mujer, de 46 años, no paraba de despotricar contra su esposo José Vázquez. Los dos vivían en Avellaneda, en la calle Capdevilla 471. Según la mujer, en su matrimonio había dos grandes conflictos: el menos grave era el mal humor sostenido de su marido, a quien todo le caía mal y que vivía quejándose de cada episodio de su vida cotidiana.

Yolanda no podía entender cómo un hombre, en apariencia simpático, pudo transformarse en una persona intratable y despectiva. “Cuando nos casamos él era amable, bueno. Pero después cambió. Se puso malísimo. Y ahora todo lo que hago, para él está mal”, repetía Yolanda con una amargura de décadas. El segundo conflicto era el fundamental. No tenían hijos. Yolanda y José habían pasado por varios médicos para ver cuál era el problema. Y el problema lo tenía él.

Unos meses antes, cuando comprobó que le estaba llegando la menopausia, se sintió morir. Lloraba a mares ante el Hermano: “Por culpa de mi marido no tuve hijos. Lo odio, lo odio”. El Hermano movía la cabeza con compasión, intentando que el odio de la mujer se instalara y creciera. “Es terrible. Es terrible que él haya sido tan egoísta. Te quitó la posibilidad maravillosa de ser madre. Yo te entiendo, porque me hubiera encantado tener hijos y tampoco tuve”, le decía él mientras le tiraba las cartas. “Ves? Esta carta de acá, la del hombre con el caballo, es clarísima: vos tenías que haber tenido tres hijos divinos. Y este hijo de puta te cortó los caminos... Qué feo, Dios mío, qué feo... Pobre Yolandita

Yolanda visitaba el “consultorio” al menos una vez a la semana. Se había vuelto adicta a ese hombre que parecía adivinarle los pensamientos y coincidir siempre con sus opiniones. Sin embargo, a ella no se la veía dispuesta a hacer ningún “trabajo” para eliminar al esposo. Al final, después de muchas consultas, el Hermano empezó a acicatearla. “Me parece que a vos te gusta sufrir, que no querés arreglar tu vida porque te gusta ser la víctima”. El discurso prendió enseguida en Yolanda, aunque de labios para afuera negaba esa teoría. “Entonces —retrucó el Hermano— por lo menos prendé unas velas negras, haceme el favor. Son siete por día, durante una semana. Yo acá también las voy a prender. Las prendemos a la misma hora así el pedido tiene más fuerza. ¿Qué podemos pedir? Ya sé, que él sufra por haberte hecho sufrir. Y que te deje tranquila, que no te moleste, que no te joda. Lo vamos a congelar”.

A la semana siguiente Yolanda volvió totalmente fascinada. Contó que las velas habían dado resultado, que su marido estaba respetuoso y manso y que se había vuelto de alguna manera cariñoso. El Hermano dijo que ya lo sabía, que los espíritus se habían comunicado con él para darle la noticia. “Y además los espíritus me dijeron que tenés que reforzar el pedido. Tenés que hacer el trabajo del sapo”, dijo, y se lo explicó. Yolanda, no muy convencida, lo hizo. Vomitó cuando le abrió la panza al animal, y tuvo pesadillas por varias noches. Mientras tanto, su marido había abandonado los buenos modales y estaba peor que nunca. Yolanda decidió que no podía afrontar tantas desilusiones, que no podía luchar contra una vida tan dura. Se resignó a su destino nefasto y no volvió al “consultorio” del Hermano. Pero el Hermano no estaba dispuesto a perder así como así a una dienta como Yolanda. Y fue a su casa a buscarla.

 

Yolanda recibió al Hermano con cierta frialdad. Se había alegrado de verlo, pero no tenía ganas de seguir en la yeta de los brujos. Había tenido una larguísima charla con una amiga, quien le dijo que si seguía visitando adivinadores podría terminar loca. Pero la desconfianza cedió ante la amabilidad del Hermano, que hizo lo posible por mostrarse como la única persona capaz de comprenderla y apoyarla. Al rato ya estaba contándole que su marido la seguía maltratando y que su depresión iba en aumento. El Hermano fue apocalíptico. “Eso es muy grave. Te vas a enfermar. En realidad vine porque vi que te estaba pasando algo. Estás en peligro, y yo te voy a ayudar”. Así reanudaron la relación, y al tercer encuentro, él trató de convencerla para matar al marido. Yolanda no supo qué hacer. De hecho ella hacía mucho tiempo que fantaseaba con la muerte de su esposo, pero no estaba dispuesta a matarlo: la detenía el miedo a la cárcel. Se lo contó al Hermano, quien sintió que estaba ganando la batalla. “No tengas miedo. Yo te puedo dar algo para que le pongas en la comida y él se muere solo, sin que nadie sospeche nada. Te doy el agua de los dioses y ningún médico ni ningún policía se va a dar cuenta”. Y para darle efecto a su discurso, propuso una cita con las otras dos mujeres que habían enviudado gracias a sus pócimas milagrosas.

Juana y Nina recibieron a Yolanda con alegría, como a una nueva socia de un club selecto. Le dijeron que habían enviudado sin problemas y que a partir de ese episodio venido del cielo sus vidas habían mejorado, habían dado un vuelco maravilloso, inesperado. Alabaron las pócimas del Hermano y le dijeron que ella no podía perderse esa oportunidad. Las dos estaban encantadas de poder arrastrar a otra mujer al mismo terreno pantanoso en el que estaban sumergidas. Charlaron durante casi cuatro horas. Las dos viudas contaron al detalle el procedimiento, las bondades del veneno, los síntomas de malestar iniciales que se producían en las víctimas, el final. En un discurso confuso, mezclaban los términos: de pronto hablaban del “licor de los dioses”, de pronto mencionaban el arsénico. Pasaban del favor de los espíritus, que querían deshacerse de la gente mala como sus maridos, al odio personal y puro de ellas mismas. Yolanda se sentía aceptada, querida, integrada a un grupo de mujeres que sabían lo que era sufrir en esta vida. La convencieron.

Dos días después, Yolanda puso arsénico en la sopa que le ofreció al marido. Él la tomó durante su almuerzo, se sintió mal, se quedó en cama toda la tarde. Al anochecer tuvo una leve mejoría. Aceptó entonces un tazón de la sopa que había quedado del mediodía. Los dolores arreciaron y Yolanda dijo que iría corriendo a buscar al médico. No fue al médico. Fue al “consultorio” del Hermano quien se puso un guardapolvo blanco y acompañó a Yolanda a su casa, esta vez en calidad de doctor. Con ellos iba Carlos Figueroa, su “asistente” y habitué del cementerio de Flores. El Hermano estaba asustado. Temía que esta vez lo descubrieran, desconfiaba de la cantidad de arsénico que Yolanda le había puesto al marido en la comida. El Hermano era tremendamente histérico en situaciones de riesgo, y esta vez se veía envuelto en una catástrofe. Temblaba sin parar mientras su amigo le hablaba al oído. Fue el otro quien le sugirió inyectarle parte del veneno que quedaba para acelerar los tiempos. Entre los dos sujetaron a José Vázquez, que no quería ser atendido por esos hombres sino por su médico, y le dieron una inyección “para calmarte los dolores , Josecito”.

El hombre vivió dos días más. Al final pudo levantarse de la cama y arrastrarse al patio de la casa, acaso intentando escapar por una puerta trasera. Pero el Hermano, que se había instalado en la casa para seguir los acontecimientos, lo interceptó. José murió a los pocos minutos.

Diez meses después de la muerte de Rogelio Enrique Houyou, el primero de los tres maridos envenenados, una mujer denunció la desaparición de su hija de 16 años. La encontraron en una casa donde vivía, precisamente, la viuda de Houyou. La casa se había convertido en una especie de prostíbulo encubierto en donde trabajan la viuda, su hija y unas diez mujeres más. La viuda había dejado de ser una simple ama de casa para dedicarse a un rubro más lucrativo. La policía empezó a investigar el caso y a sospechar de la muerte de Houyou. Exhumaron el cadáver y encontraron el veneno. Juana negó los hechos hasta que uno de los policías le dijo que de nada valía mentir: su hija había contado todo. Enseguida cayó el Hermano, y más tarde las otras dos envenenadoras. A todos les correspondieron quince años de prisión.

En sus respectivas cárceles, las tres mostraron un ánimo envidiable. Ninguna estaba arrepentida. Ninguna parecía triste ante la perspectiva del encierro. La más mortificada, a su estilo, fue Yolanda Tiadini de Vázquez, que a los pocos días de estar en prisión dijo que fue “una tonta por haber confesado”: “Lo hice de puro confiada que soy. Si hubiese sabido que me dejaban presa no hablaba. Pero bueno, ya estoy acá. No se lo pasa tan mal.”. También dijo que mató a su marido “porque había vivido lo suficiente”, y que usó luto porque le sentaba bien a causa de unos kilos de más. Y que lo que más la alegraba era haber dejado de llorar. “No sabe cuánto lloraba cuando mi marido vivía. Ahora ya no lloro. Nunca lloro”.

Después de confesar el crimen, Nina Ponorilox dijo que ella no era una mentirosa. Y que lo demostraría diciendo siempre la verdad. De modo que ante la pregunta acerca de si estaba arrepentida por haber envenenado a su marido, se corrió el flequillo a un costado y sonrió. “No. Lo volvería a hacer. A pesar de que, creo, yo lo amaba”. También solía contar en sus primeros meses de encierro que le dio una pena inmensa ver sufrir a su marido a causa del veneno. “Para que no sufriera tanto redoblé la dosis. Pero creo que dentro de poco voy a salir en libertad. Hay gente que hace cosas peores que lo que hice yo”. Ante la hipótesis de su libertad, Nina se anima a pensar en un próximo casamiento, esta vez elegido por ella misma y no por sus padres. “Los periodistas me preguntan si volvería a matar a otro hombre si vuelve a maltratarme. Y yo ¿qué puedo contestar? Uno nunca sabe lo que le va a deparar el destino

Juana Pugnetti de Houyou cultivó en la cárcel el odio al esposo muerto. “Era peor que todos los hombre que conocí, y eso que conocí hombres a montones. Era el peor, y me alegro de imaginármelo pudriéndose en el cajón”.

El Hermano, por su parte, les dijo a sus compañeros de celda que lo único por lo que rezaba era por la muerte de sus tres “pacientes”. “Y que sea ahora, lo antes posible. Y que sufran mucho más de lo que me están haciendo sufrir a mí, que solamente traté de ayudarlas. Pero Dios sabrá por qué hace las cosas en esta forma”.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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