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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//20 de Noviembre, 2010

José María Manuel Pablo De La Cruz Jarabo Pérez Morris

por jocharras a las 11:49, en Hombres Asesinos

JOSE MARÍA MANUEL PABLO DE LA CRUZ JARABO PÉREZ MORRIS

JOSE MARÍA MANUEL PABLO DE LA CRUZ JARABO PÉREZ MORRIS

Seguramente todos tienen razón. Jarabo es eso y mucho más. Es un señorito en tiempos de crisis, un dandy que disfruta de un tren de vida muy por encima Uno de los crímenes más atroces de la historia española fue, sin duda, el cometido por José María Jarabo.

 

Este individuo acabó con la vida de cuatro personas, una de las cuales era una mujer embarazada. Precisamente, los crímenes de Jarabo fueron los que hicieron que la tirada del periódico El Caso se acercara al medio millón de ejemplares en 1958. Era la primera vez, desde antes de la Guerra Civil, que un medio de comunicación nacional alcanzaba dicha cifra.


Los sonados crímenes de Jarabo salieron a la luz pública el 22 de julio de 1958. El día anterior habían sido descubiertos los cuerpos sin vida de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, muertos por obra de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, de 33 años.


El sábado 19 de julio de 1958 España se recupera de la resaca de patria producida por la coincidencia de los actos de conmemoración del "Glorioso Alzamiento Nacional" y la "Fiesta de Exaltación del Trabajo". Las calles están vacías. El calor es asfixiante.

 
Un joven bien plantado e impecablemente vestido aprovecha la tranquilidad de la mañana para ojear el ABC en una cafetería de Madrid. Las páginas de deportes hablan de un Bahamontes que acaba de ganar el premio de la montaña en el Tour de Francia.

Se detiene en esta información para enterarse de que Jacques Goddel, director de la carrera, piensa que "si el corredor de Toledo tuviera tanto cerebro como músculo ya hubiera ganado varias veces la vuelta francesa". También presta atención a las páginas taurinas, que resaltan la presentación en la capital de Curro Romero. Y a las necrológicas, donde destacan las honras fúnebres del ex ministro Cavestany.

El silencioso lector, que se echa al coleto una copa de coñac y pide otra, no es consciente de que está a punto de provocar la saturación de esas mismas páginas cargadas de necrológicas que ahora contempla. Aún no sabe que dentro de muy poco se convertirá en el personaje encargado de enfangar de sangre la posguerra.

Ignora que la mano que cierra con un movimiento seco el periódico es la misma que, unas horas después, empuñará la pistola y el cuchillo con que se cometerá uno de los crímenes múltiples más brutales de la historia negra española. No puede imaginar que ese cuádruple asesinato que está a punto de cometer será resuelto por la policía en una de las más rápidas investigaciones jamás realizadas, y que una vuelta de garrote pondrá fin a la amarga recta final de su existencia.

El tempranero bebedor se llama José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris. Nació en Madrid hace 35 años y lleva los últimos ocho entregado al alcohol, las drogas y las mujeres. Sus amigos dicen que sabe vivir y divertirse como nadie. Que es un tipo viril capaz de cautivar a señoras y señoritas, poco le importa la condición de las mismas, basándose en su simpatía y en su carácter cosmopolita (fue educado en buenos colegios de Estados Unidos). Aseguran que es un seductor dotado de una gran planta, una enorme labia y un descomunal miembro.

Sus enemigos dicen que sólo es un crápula, un despilfarrador, un vago y un enfermo sexual de sus posibilidades. No tiene trabajo, pero se acostumbra a vivir como un rey con el dinero que su madre le envía puntualmente desde Puerto Rico. Poco a poco van aumentando sus ya cuantiosos gastos, y con los giros mensuales de mamá apenas logra sobrevivir quince días: José María se ve obligado a hipotecar el chalé familiar de la calle madrileña de Arturo Soria y se marcha a vivir a una pensión, a un cuartucho con una cama en la que desplomarse cada mañana después de una noche de parranda. Posteriormente Jarabo reconoció que en las juergas de los últimos dos años bien podía haber dilapidado quince millones de pesetas, una cifra muy elevada si tenemos en cuenta que un flamante Seat 600 costaba en 1958 la friolera de 66.000 pesetas.

Cuando Jarabo salió del bar sintió que el peso de los bolsillos de sus pantalones estaba mal repartido. La cartera, vacía, no ofrecía ninguna consistencia. El forro del lado contrario estaba a punto de ceder ante un objeto que parecía de plomo: una pistola Browning FN del calibre 7,65 de fabricación belga. En ese instante recuerda que tiene muchos problemas.

Su romance con una mujer inglesa casada llamada Beryl Martin Jones había complicado la vida de ambos. Ella había colocado su matrimonio en el disparadero. El había gastado una fortuna en hoteles, cenas y regalos. Asfixiado por la falta de dinero, Jarabo le había pedido a ella un anillo de brillantes que inmediatamente había empeñado para cubrir alguna noche de pasión y lujo. Ahora ella, la única mujer a quien había querido, le reclamaba la joya, alegando que se trataba de un regalo de su marido.

Desde Inglaterra le envió una carta recordándole por enésima vez que debía devolverle la sortija. En esta ocasión adjuntaba una autorización suya como propietaria, que resultaba imprescindible para desempeñarla, y una comprometedora misiva de amor con diversas confesiones íntimas. Para colmo de males, los familiares de Jarabo amenazaban con regresar de Puerto Rico y levantar la tapa de la alcantarilla en que estaba sumergido.

Jarabo se había acercado con la carta en la mano a la tienda de empeños Jusfer, en la calle Alcalde Sainz de Baranda número 19. Como no tenía las cuatro mil pesetas necesarias para recuperar la joya, que en realidad valía mucho más, enseñó la carta y cometió el fallo de dejarla junto a la deseada sortija. Hoy, 19 de julio del 58, se había propuesto recuperar ambas cosas.

Son algo más de las nueve de la noche cuando se encamina con paso firme hacia el número 57 de la calle Lope de Rueda. No es la dirección de la tienda donde tiene empeñadas la sortija y la carta. Es la vivienda de uno de los dueños de ese negocio, un tal Emilio Fernández Díez. Jarabo, que cree que la sortija y la carta pueden estar en casa de éste, pulsa el timbre del cuarto exterior con la uña del dedo pulgar "para no dejar huellas de ninguna clase".

Paulina, la criada, abre la puerta a Jarabo sólo cuando este dice que es amigo del dueño de la casa. En el primer descuido la agarra por el cuello y la golpea con una plancha que encuentra en una mesa cercana. Forcejean. Jarabo agarra un cuchillo de la cocina y de un certero golpe en el pecho le parte en dos el corazón. La sangre irrumpe por primera vez en su vida, pero no parece impresionarle demasiado: arrastra el cuerpo inerte a una habitación junto a la cocina y se dispone a esperar a Emilio Fernández Díez, "el verdadero culpable" de sus males.

Pasan unos minutos de la diez cuando el dueño de la casa abre la puerta y llama de una voz a la criada. Nadie le contesta. Una necesidad urgente le hace encaminarse hacia el cuarto de baño. Pasa por delante del escondite de Jarabo que, tal y como tiene previsto, salta sobre su espalda como un leopardo, le inmoviliza sujetándole por la chaqueta y le pone el cañón de la pistola en la nuca. Al dueño de la casa no le da tiempo a saber quién le está apuntando. Suena un disparo y el cuerpo del usurero cae al suelo como un fardo, quedando tendido entre la bañera y el bidé.

Aún no se había recuperado de sus dos primeros crímenes cuando escucha que la puerta se abre de nuevo. No ha tenido tiempo de buscar ni la sortija ni la carta. Y ya ha matado a dos personas. Está muy nervioso. Amparo Alonso, la mujer de Emilio Fernández, acaba de entrar y se dirige al salón, donde un Jarabo que no logra aparentar tranquilidad responde a su cara de sorpresa con un "Buenas noches, soy inspector de Hacienda y estoy investigando a su marido". "Él y la criada están detenidos", continúa, "y mis compañeros se los han llevado a comisaría".

La mujer desconfía, trata de huir y chilla con fuerza. Ésa es su sentencia de muerte. El grito se clava en la espina dorsal de Jarabo, que la golpea y arrastra hasta una habitación. Sólo cuando la doblega hasta tumbarla sobre una cama saca la pistola, la encañona en la nuca y aprieta el gatillo. Amparo estaba embarazada. "La suerte estaba echada", confesó tiempo después Jarabo a la Policía.

Cuando logra relajarse se sienta en un sillón y bebe anís de una botella que encuentra en una mesa. Para confundir a la policía saca varias copas de un armario y mancha algunas con carmín. Tira por el retrete los casquillos. Limpia las posibles huellas. Bebe más anís. Sólo cuando considera que el trabajo está totalmente acabado se tumba en la cama de la única habitación que no está cubierta de sangre. Finalmente se relaja y pasa una noche entre los muertos, durmiendo un sueño incomprensiblemente plácido y profundo.

A las nueve de la mañana Jarabo abandona el improvisado panteón sin haber encontrado ni la sortija ni la carta. Para solucionar ese problema se encamina a una nueva cita, en este caso con Félix López Robledo, copropietario de la casa de empeños Jusfer. Pero antes desayuna, se toma unos coñacs, ve un par de películas en el cine Carretas, come en un restaurante chino y se echa una siesta en una pensión de la calle Escosura. Rendido por el esfuerzo de matar se toma el domingo libre y alarga el reparador sueño hasta las seis de la mañana. Dos horas después ya está en marcha. Ha desayunado su copa de brandy y comprobado que la Browning del 7,65 está cargada y en su bolsillo. Todo está en orden. Es la mañana del lunes 21 de julio.

Félix López Robledo siente cómo alguien que le estaba esperando en el portal de su tienda le sujeta por la espalda con una torpe llave de lucha. Es lo último que siente. Jarabo dispara dos tiros en la nuca del prestamista. Después registra sus bolsillos y el local y sale a la calle con las manos vacías y ensangrentadas. Se siente acabado. Ha matado a cuatro personas para nada. Más coñac y algunas drogas: cocaína, morfina... Y demasiados errores.

Aturdido por la matanza, Jarabo deja el traje, empapado en sangre, en una tintorería situada en el número 49 de la calle Orense. Luego se va de copas. Gasta dinero como si el mundo se fuera a terminar esa misma noche y despierta las sospechas de toda la gente que le conoce.

A las doce del mediodía del día siguiente, martes 22 de julio, Jarabo se acerca a la tintorería donde dejó el traje para recogerlo. Cuando llega le está esperando un dispositivo de vigilancia policial especial: el país entero está conmocionado por la noticia y el dueño de la tintorería avisó inmediatamente a la policía nada más ver la ropa. Jarabo se resiste en principio a ser detenido. Lleva un DNI falso, una pulsera y un reloj Omega de oro, juegos de llaves de las casas donde cometió los asesinatos y una pistola FN del 7,65 caliente que aún huele a pólvora.

Ya en el despacho del jefe de la Brigada de Investigación Criminal de la Dirección General de Seguridad el sospechoso, muy entero en todo momento, niega los hechos y asegura que hace semanas que no ve a las víctimas. El inspector jefe Sebastián Fernández Rivas y los policías Ramón Monedero Navalón y Pedro Herranz Rosado se encargan de interrogarle. Después de un par de preguntas de trámite le enseñan unas fotos de los cadáveres, y el sospechoso se tambalea y cae desmayado al suelo. Se derrumba. Y confiesa que ha matado por amor, por recuperar una joya y una carta de "la única mujer a la que he logrado querer". Ingresa por segunda vez en prisión: cuentan que ocupó durante algún tiempo la celda de una cárcel de Estados Unidos acusado de dirigir una casa de citas en Puerto Rico.

España entera se estremece con la orgía de sangre. Y con los detalles que rodean al criminal y a las víctimas. Los periódicos publican coleccionables con la historia del crimen, y le dedican portadas y titulares gloriosos. Los psiquiatras dicen que es "un psicópata desalmado". La gente se apelotonaba en las largas colas que se formaban en la calle para poder asistir al histórico juicio de "el último carnicero español".

Un año después, el 5 julio de 1959, todos los periódicos publicaban una lacónica noticia en portada: "En las primeras horas de la mañana de ayer, en el patio principal de la Prisión Provincial de Madrid, ha sido ejecutada, con las formalidades exigidas por la ley en estos casos, la sentencia de pena de muerte dictada contra José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris".

Condenado a cuatro penas de muerte, Jarabo murió con las vértebras del cuello descoyuntadas por la quinta vuelta de tuerca del último garrote vil que se utilizó en España. Está enterrado en el madrileño cementerio de la Almudena.

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//12 de Noviembre, 2010

CAPÍTULO XXII La muerte

por jocharras a las 17:47, en La Marca de la Bestia
CAPÍTULO XXII

La muerte

Jugado

-Estoy jugado, estoy jugado, estoy jugado...

Repite mientras lleva su clásico paso de gorila que hace tambalear su cuerpo de un lado para el otro. Lleva la cabeza hacia abajo escondiendo el rostro. Tiene puestas zapatillas negras, un pantalón jean azul y un buzo rojo con rayas grises en las mangas. Lentes oscuros y la gorra de lona azul que su primo le regaló en la mañana mientras probaban la moto.

Camina rápido, respira hondo y transpira. Sin embargo, siente frío. En el bolsillo trasero derecho del pantalón lleva la estampita de Jesucristo que lo acompaña día a día desde que estuvo en la cárcel, el sudor ha hecho que se pegotee con el certificado de hábeas corpus. En los bolsillos delanteros tiene el blíster vacío de un ansiolítico, una pastilla de Viagra y todo el dinero que le queda: un peso con 30 centavos. La vida de Marcelo Sajen es muchas vidas, incluso cuando su final se dibuja claramente en el horizonte.

Al notar la presencia policial mira hacia atrás y ve la camione­ta con la baliza encendida. Ha sabido escabullirse de situaciones mucho peores, pero esta vez tiene la sensación de que a la vuelta de la esquina le espera otra encrucijada. Piensa en escapar, pero en un escape diferente. Piensa en su hermano Bichi. De alguna forma, resulta un alivio que lo hayan encontrado.

Acelera el paso. Vuelve a darse vuelta y ve que el CAP ya está a pocos metros. A bordo del vehículo, el oficial Bolloli habla sin pausa por el handy y alerta a la base que han tomado contacto con el prófugo.

Sajen mete la mano derecha debajo de la chomba y saca la 11.25. La siente pesada. En un abrir y cerrar de ojos, la pasa a su otra mano.

Imaginaba un final diferente. Quizá, hasta imaginaba tener más valor a la hora de enfrentar a la Policía. Después de todo, qué saben estos tipos de que él es un hombre respetado. Qué saben de que sus mujeres desesperan cuando se va, de que sus hijos lo aman y lo seguirán amando.

-Estoy jugado -repite antes de empezar a correr.

Está armado! ¡Sajen está armado! -gritan los policías entre sí. cuando lo ven sacar el arma. Piensan que va a darse vuelta para disparar pero, asombrados, lo ven alejarse a toda veloci­dad.

El delincuente avanza unos metros por calle Tío Pujio y, antes de llegar a la esquina, cruza de calzada para meterse en el jardín de una pequeña vivienda.

La casa, ubicada al 1871, es la más humilde de la cuadra. Está pintada de blanco en el frente y tiene una puerta amarilla al medio. Las ventanas, a ambos lados de la puerta de chapa, son del mismo color y del mismo material.

El jardín de adelante tiene una extraña forma triangular. Hay césped y un sendero de cemento que une el ingreso a la vivienda con la vereda. El matrimonio de ancianos que allí vive no se encuentra en casa.

No intenta entrar a la vivienda, sabe que está rodeado. Se mete a ese pequeño patio delantero y se para observando la calle con la mirada fija en el móvil del CAP que acaba de frenar frente a la casa. En su mano izquierda tiene la pistola.

Los dos policías de la patrulla observan los movimientos del delincuente mientras se bajan con cuidado para ponerse los chale­cos antibalas. El tiroteo parece inminente. Justo en ese momento llega el Renault 18 con los policías del CIE. Estacionan delante del patrullero y se bajan con sus pistolas 9 milímetros en la mano. Des­de la calle alcanzan a ver con cierta dificultad a Sajen.

-Calmate loco, bajá el arma. Calmate. No hagas locuras...-gri­ta uno de los policías que puede divisarlo.

-Yo estoy jugado. ¡Lo único que pido es que larguen a mi herma­no! ¡Él no tiene nada que ver!

Bajá el fierro Sajen! ¡No tiene sentido! -grita otra vez el uni­formado.

El cielo está todo encapotado y tiene esa extraña tonalidad naranja que sólo tienen los preludios de las tormentas de verano.

Sajen está perdido. Flexiona levemente sus piernas como para ponerse en cuclillas y se lleva el frío caño de la 11.25 en la sien. Faltan unos pocos segundos para las 8.15 de la noche. Por un instan­te todo parece paralizarse mientras las palabras de los policías se oyen cada vez más lejanas. Incluso su propia respiración empieza a sonar distante, mientras el mundo se presenta como una película proyectada en cámara lenta.

Cierra los ojos con el deseo de que algún recuerdo se instale en su memoria, pero es imposible. Ni Pilar, ni los primeros tiempos con Zulma o el nacimiento de sus hijos alcanzan a tomar la forma de un pensamiento. Tampoco aquel primer encuentro con la Negra Chuntero lo ayuda a escapar de ese instante atroz en el que es el principal testigo de su propio final. El recorrido del proyectil des­troza su cabeza.

Sin nada que lo ayudara a escapar, el disparo le quitó todo pensamiento. Sólo el estallido y el dolor provocado por la bala, lo acompañó como un constante e ininterrumpido aturdimiento durante los dos días que permaneció en coma, hasta que el 30 de di­ciembre a las 8.07, en la sala de terapia intensiva del Hospital de Urgencias, Marcelo Mario Sajen dejó de respirar. Entró a la muer­te con los ojos cerrados.

Fin.


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//12 de Noviembre, 2010

CAPÍTULO XX La cacería

por jocharras a las 16:08, en La Marca de la Bestia
CAPÍTULO XX

La cacería

Cerca de Sajen

Fue en medio de toda esta batahola cuando un día en horas de la siesta los oficiales de la Policía Judicial (Luna y García) llega­ron al despacho de Ugarte con doce carpetas.

Después de semanas clasificando y cruzando información den­tro de la Penitenciaría, tenían los nombres de los sospechosos que, según los archivos, reunían cuatro requisitos esenciales: no tenían menos de 35 años ni más de 45, habían estado presos (por delitos contra la propiedad como robos o asaltos) entre 1999 y fines del año 2002, tenían antecedentes por delitos sexuales y sus rasgos físicos generales se adecuaban al patrón indicado por las víctimas.

El fiscal se sentó y comenzó a ojear los prontuarios lentamente hasta que se encontró, en la séptima carpeta, con una sorpresa: el nombre de Marcelo Mario Sajen, una persona de 39 años que entre el 8 de febrero de 1999 y el 8 de octubre de 2002 había estado preso por robo calificado. La misma persona que el propio Ugarte había ayudado a detener 19 años atrás cuando comenzaba su carrera en la Justicia.

El fiscal siguió viendo los otros nombres, pero lo hizo con menos ansiedad. Cuando terminó, volvió al prontuario 15.364 de Sajen y se puso a verlo con detenimiento: No tardó en encontrar otro dato que le llamó poderosamente la atención, porque se vinculaba con su habitual método de trabajo, que se centra en el cruce de infor­mación y en la teoría de que un hecho de índole penal siempre puede tener relación con otro hecho de características diferentes, si ambos se producen dentro de un lapso relativamente corto. Sajen había caído preso justamente el día de la violación que abría el período ventana.

"A éste lo conozco, yo lo investigué hace como 20 años. Recuer­do que mi instrucción fue tan buena que terminó siendo utilizada por los jueces en la condena", les dijo Ugarte a los que estaban en su oficina. Después de meditar unos instantes, llamó al comisario Pablo Nieto, que dormía la siesta en su casa.

"Me dijo que tenía en su mesa la carpeta con los doce sospechosos y que había un nombre que le gustaba más que otros. Me comentó que justamente ese hombre había sido detenido el mismo día de la última violación", recuerda Nieto.

A esa altura, la lista de personas sospechadas que habían formado parte de la causa estaba cerca de las 90 y pronto llegaría a 100. Entre las cosas positivas que se habían logrado estaba el he­cho de que por orden del gobernador ya no había que esperar un mes (como en el caso Camargo) para conocer el resultado de un ADN, sino que la investigación tenía "prioridad uno" y ello obliga­ba al Ceprocor a realizar los análisis en un tiempo prácticamente récord si se lo compara con lo que se tardaba apenas unos meses atrás.

Una de las grandes artífices de ese avance era la doctora Nidia Modesti, quien a esta altura y gracias a su conocimiento del ADN del violador, podía informar (a mitad del camino del análisis) si se estaba o no hablando de un sospechoso con posibilidades de ser el serial.

En este punto Modesti aportó una información muy significati­va a los investigadores: el estudio de mitocondria del violador no se correspondía con el perfil "amerindio", como se denomina al que se da con frecuencia en el norte de Argentina o en los países limítrofes, por lo que estaba directamente descartado que el serial fuese un hombre norteño similar al de los identikits.

Según cuentan a esta investigación el fiscal general Gustavo Vidal Lascano y su colaborador Gustavo Lombardi, todo indicaba que el perfil genético del serial se correspondía con el de los des­cendientes de griegos o turcos.

El regreso del buchón

Después de recibir aquella llamada del fiscal, Nieto se fue a la Jefatura de Policía y llamó a Vargas y a Sosa para transmitirles el dato. En realidad estaba obedeciendo una orden de Ugarte, que de esa manera les retribuía a los dos policías el fruto de aquella semi­lla que habían plantado cuando le fueron a señalar la existencia del período ventana.

Al salir de la oficina de Nieto, aquel 20 de diciembre de 2004, los dos investigadores se fueron caminando hasta la de Vargas, don­de estaban sus subordinados.

-Che, me suena Sajen... ¿de dónde puede ser?

-La Mara. La que le dio el arma a su marido para que mate al pendejo -dijo Vargas. (Mara Sajen es hija de un hermanastro de Marcelo y está acusada, según el fiscal de Distrito 3 Turno 2 - todavía no fue sometida a juicio- de haber alcanzado el 28 de marzo de 2004 un arma a su marido, Daniel Carranza, que éste luego utilizó presuntamente para matar a su vecino Daniel Torres, según la causa).

-Sí, sí... pero esos están todos presos... me suena de otro lado.

-¿No es el marido de Zulma? -preguntó el oficial Calderón.

-¿Qué Zulma? -retrucó Sosa.

La Zulma del empleado de Epec! ¿Te acordás en el 2001? Ése que había cobrado el retiro y fue a ver una minita que sospe­chábamos en su momento que lo había entregado. El tipo ter­minó con un balazo en el cuello.

Tenés razón! La Zulma Sajen, la mina del caco ese que lo en­tregó desde la cárcel al matador. Si yo hablé personalmente con el tipo y lo mandó al frente al loquito ese. Hasta la hija del Sajen testificó contra el acusado.

-Sí, es ése, acordate que tiene otro hermano (Leonardo) preso por un homicidio y que se supo tirotear con la Policía. Hay que andar con cuidado.

A esa altura el nombre de Sajen era uno más, pero los policías ya intuían que podía destacarse entre los otros. Si no, no se explica por qué Sosa se encargó personalmente de seguir los pasos de ese apellido. Esa tarde, los de Homicidios salieron a hablar con sus buchones.

Al día siguiente, el martes 21, la Policía ya sabía que Marcelo Mario Sajen se movilizaba en un Fiat Uno, color gris y de vidrios polarizados. Él sabía que ellos lo sabían.

El 22 de diciembre comienza a desencadenarse el final de esta historia, desde el momento en que el comisario Nieto se reúne con los tres fiscales y recibe la orden de conseguir una imagen del sos­pechoso llamado Marcelo Sajen.

La tarea recae en manos de Sosa, que con tres de sus hombres de confianza (Calderón, Osorio y Maldonado) sube a un utilitario Renault Express, de color blanco, rumbo a barrio General Urquiza En el auto y por radio le avisan al auto (Renault Twingo negro), que está haciendo controles en la zona, que siga a Sajen a cielo y som­bra.

Un pelado (22 de diciembre)

Desde hace dos días que viene volteando policías por el barrio. Uno ha estado parado en calle Juan Rodríguez y Miguel del Mármol, otro en Tristán Narvaja y Miguel del Sesse. También un auto anda dando vueltas y parece ser de Sustracción de Automotores. Marcelo sabe que lo buscan, pero no termina de imaginar por qué, íntimamente teme que sea por los ataques, pero ruega que sea por los autos.

Esa mañana sale de la casa de la Negra Chuntero en José Ignacio Díaz 1a Sección y va directo a buscar a su hijo más grande. Juntos parten para el taller de su hermano Eduardo, ubicado en la calle Chirino de Posadas 3964, a mitad de camino entre la casa de Zulma y la de la Negra. Al cruzar las vías, ven el auto de la Policía, pero no le prestan demasiada atención. "Me está caminando Dro­gas o Automotores", le había dicho Marcelo el día anterior a una persona cercana.

Después de unos minutos de charla con el Jubilado, que está arreglando una batería, padre e hijo vuelven a subir al auto y par­ten rumbo a casa de Zulma, desandando el camino que hicieron minutos antes. Se acerca el mediodía y Marcelo quiere ver a los chicos antes de que salgan para el colegio.

Hacen una cuadra por Chirino de Posadas y doblan hacia la de­recha, hasta llegar a las vías. De allí recorren tres cuadras hasta la calle Alejandro Danel y, después de cruzar el paso a nivel, toman en dirección hacia el puente que desemboca a pocos metros de la casa de Zulma en la esquina de Tristán Narvaja y Montes de Oca.

Antes de llegar, la Express blanca se cruza en su camino y los detiene. Bajan tres policías de civil y ellos paran el auto. Además de la camioneta blanca, la Policía viaja en el Twingo negro. Son las 12 en punto.

-Vení para acá – le dice el policía al hijo de Sajen, Que se baja del asiento del conductor y se dirige hacia el capó del auto.

-¿ Cómo se llama tu mamá? -pregunta el oficial

-Zulma Andrea -responde el menor mientras su padre, que queda parado en la calle con las manos apoyadas en la puerta del acompañante, se muestra incómodo y mira hacia todos lados.

Los policías fingen un control de rutina tan inverosímil que hasta Sajen lo podría haber actuado mejor. Rápidamente el violador se da cuenta de que todo es muy raro y de que lo están filmando. El hijo de Sajen afirma:

-Ese Twingo es de Homicidios. Si son de ahí, ¿qué hacen haciendo un control en la calle?

Además de actuar, los policías tenían que pararse junto a Sajen para calcular bien su altura y observar todo detalle que pudiese ser útil para el caso.

Termina la pantomima y los de Homicidios vuelven hacia la Jefatura. Sosa toma el informe que tiene escrito desde la mañana y le anexa una nota al pie. Así queda registrado en la causa.

"El nombre real es Marcelo Mario Sajen de 39 años. Registra antecedentes penales y contravencionales e inclusive dos condenas (a seis años y a cinco años y seis meses respectivamente) entre los antecedentes existe uno por violación. Actualmente registra domicilio en calle Montes de Oca, entre Tristán Narvaja y Ambrosio Funes de barrio Colón y se dedica a la compra y venta de automóviles usados.

 En el programa de capturas está identificado como Sajen Marcelo Mario D.N.I. 17.851.312, domiciliado en calle Juan Rodríguez 2483 de barrio Colón. El tal Marcelo Sajen tiene dos hermanos, Daniel Alejandro Sajen, alias Nene D.N.I. 20.871.253, domiciliado en calle siete esquina pública de barrio El Quebracho, y Leonardo Sajen, alias Turco, D.N.I. 14.892.672 domiciliado en calle Estados Unidos 5082 de barrio Acosta.

 Mantiene dos familias paralelas, una formada con Zulma Andrea Villalón, D.N.I. 18.177.465, de 37 años, oriunda de la localidad de Pilar, departamento Río Segundo (ca­lle Tucumán sin número, Pilar), con la cual tiene seis hijos, con esta familia vive en calle Montes de Oca al 2800.

 En calle Alonso de Reinoso al 3400, entre Pedernera y Obispo Castellanos, de barrio José Ignacio Díaz 1a Sección tiene otra mujer de apellido Castro Adriana del Valle, D.N.I. 20.453.907, conocida en el barrio como la Negra Chuntero, con la cual tiene dos hijos. Su descripción física es: bien morrudo, no más de un metro setenta, con cejas anchas y casi juntas en el me­dio, le faltan dos dientes, pelo castaño, corto semilacio con entradas en la frente, nariz ancha y chata, manos gordas y velludas.

 De las averiguaciones practicadas en el sector donde habita el tal Sajen, se conoció que es bastante violento, (tiene a los golpes a Zulma) su hablar, sobre cómo roba y trata a sus víctimas hace ver a un sujeto bastante "sa­cado" y especulador. Se comenta que conoció a Zulma cuando ésta tenía doce años, oportunidad en que vivía con sus padres en Pilar y en esa fecha Sajen sometió sexualmente a Zulma y más tarde (a los catorce años), la niña decidió convivir con Marcelo Sajen. Según los registros informáticos, el tal Leonardo Sajen cuenta con un automóvil a su nombre, de marca Fiat 128 modelo 75 dominio VYI 756. El día 22 a las 01.30 horas, el sujeto buscado llegó a su domicilio en un vehículo Fiat Uno dominio TKR 998.

Nota: en el día de la fecha, en horas de la mañana y mientras se practicaban averiguaciones en torno al sos­pechoso, se observa que el Fiat Uno dominio TKR 998 circulaba por la avenida 11 de Setiembre en sentido sur-norte y tras cruzar las vías férreas al llegar a la in­tersección con las calles Alejandro Daniel y avenida

Los Sauces de barrio José Ignacio Díaz, se procedió al control del automóvil, identificando al señor Marcelo Mario Sajen, de 39 años, D.N.I. 17.851.312, con domici­lio en calle Juan Rodríguez 2483 de barrio Colón, quien manifestó domiciliarse en calle Ambrosio Funes 2491 de barrio Colón, y que hasta la fecha no efectuó el cam­bio de domicilio. En cuanto a la documentación del automotor, Sajen exhibió la tarjeta verde la cual está a nombre de XX ZZ, con domicilio en la ciudad de Río Cuarto, a la vez que manifestó haber comprado el roda­do hace una semana aproximadamente y aún no efec­tuó la correspondiente transferencia. Sajen, al momen­to del control, se mostró muy nervioso y colaborador ante la requisitoria de la documentación. Con respecto a sus características físicas, el mismo tiene una estatu­ra de aproximadamente 1,68 m., contextura física ro­busto con el abdomen visiblemente abultado, de tez tri­gueña, cabellos ralos, cortos y notable calvicie en la zona de la coronilla, se destaca la vellosidad de sus bra­zos y los dedos de las manos y pies gruesos, que al mo­mento del control vestía una bermuda color beige, re­mera color blanco y ojotas color azul".

El jefe de Homicidios termina de escribir, imprime y llama a su jefe, el comisario Nieto.

-¿Jefe?

-

-Ya está el tema de la filmación, ¿cuándo quiere que se lo lleve por ahí?

-Ya mismo.

-¡¿Ya?!

Sí, quieren verlo ahora!

Las imágenes llegaron a Tribunales II a las 12.40 de aquel miércoles, cuando en el despacho del fiscal no entraba un alfiler. Además de Ugarte, estaban su secretario Lavaselli, los fiscales Caballero y Hairabedian, el director de Operaciones de la Policía, Miguel Martínez, el comisario Nieto, Oscar Vargas, Rafael Sosa, Bebucho Rodríguez, Gustavo Lombardi y Federico Storni, de la Policía Judicial. La tensión estaba mezclada con la expectativa. Sosa ya estaba seguro de que Sajen era el violador serial, lo mismo pensaba Vargas, pero no iba a ser tan fácil convencer a Ugarte.

Pero qué me traen! Éste tipo es pelado, si lo detengo se me va a cagar de risa todo el país -exclamó Ugarte. -¡Es él, doctor, mírelo bien! Tiene todas las características - retruca Sosa ansioso porque cree que de allí se va a ir con una orden de detención.

-Sí, ya sé que se parece, pero... es un pelado. Le faltan dientes. Ninguna víctima dijo que no tenía dientes. -Parece armenio más que turco, bromea en voz baja el secreta­rio Lombardi, que no se da cuenta que tiene a su lado a Hairabedian, un descendiente armenio.

-Obsérvelo bien, fiscal -se mete el representante de la Policía Judicial- Es físicamente muy parecido, su rostro no es el del identikit, pero... es muy parecido, para mí que...Pero Federico!, le brilla la pelada... -interrumpe Ugarte- De noche, esa pelada brilla. -Pero es muy parecido

Cállese la boca, Storni! Lo que yo necesito acá es seguridad.

Pero si es él, fiscal! -insiste Sosa que está ahí de regalo por­que no tiene el rango suficiente para compartir ese momento y por ello recibe una mirada de Vargas, su superior, para que baje el tono de voz.

-Se viene la Navidad, si yo lo detengo ahora y no es, se me acaba la carrera. ¡La prensa me fusila!

La discusión es interrumpida por el mismo Ugarte, que se comunica al Ceprocor, con la doctora Modesti.

-Si le llevo un ADN ahora, ¿para cuándo tendrían los resulta­dos?

-Para el día 27, doctor.

-No, los necesito antes.

-Si me los trae antes de las 10 de la noche se lo tengo listo para el 24 a la tarde.

El fiscal corta la comunicación y vuelve a plantear sus dudas al grupo. Finalmente decide no detenerlo y le ordena a Sosa que mantenga a Sajen vigilado. En ese momento, al comisario Pablo Nieto se le ocurre una idea que posteriormente sería muy criticada: ¿Y si lo detenemos por una contravención?".

La reunión se descomprime, Sosa se aleja del lugar ofuscado, igual que todos. Ugarte necesita pensar, sabe que no puede come­ter ningún error y en el fondo no termina de confiar en la Policía. Para protegerse, Ugarte busca refugio en el jefe de los fiscales, un eterno preocupado por lo que diga la prensa. Así lo cuenta Vidal Lascano: "Me llama Ugarte y me dice 'lo tenemos' pero me aclara que el problema es que es pelado y no concuerda en absoluto con el identikit. Quería saber qué le recomendaba yo y entonces le plan­teé mi preocupación por lo que podía decir la prensa si nos equivocábamos".

Si ese día el fiscal hubiese considerado, como lo consideraron casi todos los involucrados, que había suficientes razones para vin­cular a Sajen a los hechos de violación, el delincuente hubiera sido atrapado con vida. Pero Ugarte le tuvo demasiado miedo al error y cuando reaccionó, ya era tarde. "El fiscal en ese momento no se jugó", confiesa Pablo Nieto en la actualidad.

A esa altura Sosa ya estaba en la calle y tenía la orden de detener a Sajen por alguna contravención. Pronto tomaría por su cuenta la decisión de no hacerlo.

Mientras, en Tribunales la filmación de Sajen despertaba discusiones, Marcelo estaba en casa de Zulma, donde junto a su hijo mayor le comentaban que acababan de detenerlos para un control y que, aunque se presentaron como de la División Sustracción de Automotores, los policías eran caras conocidas de Homicidios. También le dicen que los filmaron. Después de comer, ambos salen nue­vamente rumbo al taller de la Chirino de Posadas.

A las 15.30 de ese día, Zulma ve que una camioneta de la Poli­cía pasa frente a su casa. En ese momento, los policías, que tenían como misión controlar a Sajen, lo esperaban en las afueras del taller.

Tenían la orden de Sosa de que ahora se buscaba detener a Sajen por una contravención y sólo restaba que el sospechoso cometiera alguna.

Después de ver el móvil policial, Zulma decide ir caminando hasta el taller y decirle a Marcelo que el Twingo negro y una camioneta del CAP (una Toyota Hilux) siguen pasando por el frente de su casa sospechosamente. Apenas llega, deciden subirse al Fiat Uno y volver a su casa en la casa Montes de Oca.

Saben que van a seguirlos y por eso se mueven rápidamente pero procurando no pasar el límite de velocidad. El Twingo negro los acompaña desde atrás y, cuando está a punto de detener el auto, el oficial Osorio que iba al volante se comunica con Sosa, que aca­ba de recibir la información de que Sajen ya tiene en su poder la pistola 11.25 con la que días después se quitará la vida.

-Portugal 1 a Portugal 2, ¿Osorio? -pregunta Sosa desde la Jefatura de Policía.

-Acá Portugal 2, base. Esperamos indicaciones, el sospechosose dirige hacia su QTH (domicilio).

-Abortá Diego, no lo detengas.

-Portugal 2 a base, ¿perdón jefe, me repite la orden?

-Cortá Osorio, está armado, es peligroso, no lo detengan.

"La decisión fue mía en ese momento y me hago cargo. Mandar a mi gente sin apoyo, a detener a un tipo armado por una contravención era mandarlos a la muerte y yo tengo la responsabilidad de protegerlos. Además, ni siquiera teníamos orden de detención. Nada me aseguraba a mí que un tipo desesperado no terminase matando a mis hombres", aseguró Sosa, que no quiso decir lo que se desprende de sus palabras. El fiscal que no se animaba a emitir una orden de detención pretendía que los policías tomaran los ries­gos que él no quería tomar.

"Imagínate que no era. Que el tipo sacaba el arma y se tirotea­ba con los míos. Nos habían dicho que, además de ser un delincuen­te con antecedentes, ya se había tiroteado con la Policía y no nos daban instrumentos legales para protegernos. Teníamos que ir con cara de tontos a detener al delincuente más peligroso de Córdoba en ese momento pero por una contravención. ¿Y si se resistía y defendiéndonos, lo matábamos? ¿Y si después el resultado de ADN daba negativo? Resulta que íbamos a ser los culpables por la muer­te de un tipo que no era el serial", especula Sosa.

Cuando el auto se detiene, cerca de las 17, Marcelo se baja e ingresa a la casa. Zulma, en cambio, se dirige hasta el Twingo y, ante la sorpresa de los policías, pregunta: "¿Está Sosa por allí? Quiero saber por qué están vigilando a mi marido".

Después de lo ocurrido, Sosa le transmite a Nieto lo que luego conto para este libro y éste entiende que los dichos de su subordinado  tienen lógica. Entonces se produce otra discusión que ahora Es protagonizada por Nieto y Ugarte. El resultado final es que el comisario le pide a Ugarte que emita una orden de allanamiento de la casa y una orden de detención contra Sajen. El fiscal accede a lo primero y promete para la tarde la orden de detención.

"Asegúrense de tenerlo controlado", le dice el fiscal a Nieto antes de cortar. De todos modos, el ánimo de Ugarte estaba decaí­do nuevamente y a partir de ese momento las acciones del día recaen en manos de Maximiliano Hairabedian.

Mientras tanto, Sajen, el escurridizo Marcelo Sajen, se aprove­cha del desconcierto de la Policía para escapársele de las manos al mismo comisario Sosa, que así explicó personalmente cómo el violador se burló de él: "Lo pasa a buscar un remis por la casa y vemos que sale rumbo a José Ignacio Díaz. Nosotros lo seguíamos atrás tranquilos, porque lo veíamos ahí sentado, hasta que agarra la avenida Los Sauces y dobla por Enfermera Luque para detenerse en una casa ubicada justo frente a lo que se conoce como la villa Los Eucaliptos. Lo perdemos un segundo cuando dobla y en ese instante, con el remís en movimiento, él se tira y se mete en una casa que tenía al frente estacionado un R12 con un tarrito en el techo. Al doblar, notamos que ya no estaba en el remís y rápida­mente detenemos al chofer que nos dice que se metió en esa casa del R12. Como sabíamos que la Negra Chuntero vivía frente a Los Eucaliptos, nos imaginamos que ésa era su casa, así que dejamos una guardia para allanarla".

En realidad, esa vivienda pertenecía a dos ancianos que no conocían a Sajen pero que, cuando él les golpeó la puerta lo deja­ron entrar porque les dijo que quería comprarles el automóvil. Mientras los policías detenían al remís, Sajen salió al patio inter­no de la casa de los ancianos y se escapó por los techos. De allí caminó dos cuadras más por la avenida Los Sauces y llegó a la casa de Adriana, que lo esperaba con la comida caliente.

Vos sabés negra que me paró la cana y me dieron vuelta el auto! Que los papeles, que el chasis, que la tarjeta verde, todo se pusieron a controlar los de la yuta. ¿Viste que te dije que me estaban caminando?

-Sí, pero, ¿por qué será? -preguntó Adriana.

-No sé, lo que me llamó la atención fue que me filmaron desde adentro de la camioneta.

-Pero cómo que te filmaban, ¿por qué?

-No sé, alguna cachada me van a hacer. La Policía trabaja así, me van a meter algo.

-¿Pero tenés idea de qué será?

-Yo pensaba que eran de Drogas o de Automotores, pero como a mí no me pueden mostrar nada, algo van a inventar... Presiento algo feo.

El diálogo que nos relató Adriana ocurrió en momentos en que toda la Policía de Córdoba buscaba a Sajen, apenas horas antes de que se realizaran allanamientos masivos para encontrarlo.

Nieto se comunica con el comisario Alejo Paredes, el jefe del cuerpo Eter y de la Brigada Antisecuestros, y le pide cuatro grupos para realizar allanamientos simultáneos en viviendas de la zona sur de la ciudad. A esa hora, Paredes estaba con sus hombres en Casa de Gobierno, custodiando el brindis que se hacía por las Fies­tas de fin de año.

Mientras tanto, en la Justicia se aceleraban los trámites y, a las 20, el fiscal Hairabedian se comunica con Gabriel Pérez Barberá para avisarle que se iban a hacer allanamientos.

-Gabriel, está todo preparado para allanar la casa del principal sospechoso. Si tenemos suerte vamos a tener material para ana­lizar, así que necesito que me dejes una guardia de tu gente para recoger las muestras.

-Quedate tranquilo Maxi. Acá va a estar todo el plantel científi­co y me voy a quedar yo también a la espera. ¿A qué hora está pensado?

-Estamos en eso todavía, yo te llamo.

Niños peligrosos

El efectivo miembro del Eter cierra el puño y, en silencio, hace un movimiento similar a un corte de manga. Detrás del pasamontañas del casco negro, se alcanzan a ver los ojos enrojecidos del oficial los nervios típicos previos a todo operativo. Detrás suyo, 10 hombres vestidos igual están en fila india y lo miran atentamente.

Están ahí porque el comisario Sosa está convencido de que en ese lugar está el violador serial y Sosa no es de equivocarse.

De repente, el de casco comienza a mover su brazo hacia arri­ba y hacia abajo, al tiempo que clava la vista en todos sus compa­ñeros y se lleva los dedos índice y anular de la mano derecha a los ojos. Después, une esos dos dedos y los extiende señalando la puer­ta de entrada de la casa. En segundos, los hombres de negro se desplazan e irrumpen violentamente en la vivienda, pateando mue­bles, puertas y todo lo que se cruce en el camino. En la casa, una señora mayor y sus siete nietos empiezan a gritar y llorar desconso­lados. Horas después, Sosa, víctima del engaño de Sajen, tiene que ir personalmente a pedirles disculpas a los ancianos por la puerta y los muebles rotos por las patadas de los del Eter.

Simultáneamente, otro grupo de elite ingresa a la casa de Zulma, un tercero en el taller del hermano de Sajen, en la calle Chirino de Posada, y un cuarto en la casa de la hija más grande del matrimonio Sajen, en la calle Ambrosio Funes. Sajen no estaba en ningún lado. Se presume que a esa altura dormía en casa del her­mano de Adriana del Valle Castro, el Negro Chuntero.

Era un mal día para Sosa, que, después de que los efectivos del Eter ingresaron a la casa de Zulma, pasó uno de los momentos más incómodos de su carrera policial cuando ingresó junto a otros cincuenta policías y escuchó entre sollozos el grito de Zulma que, ante el asombro de todos, clamaba: "¡Sosita! ¡Sositaaa... abrazame Sosita! ¿Por qué me hacen esto?", mientras se tiraba en sus brazos. El jefe de Homicidios no pudo evitar ponerse colorado. La mujer, lo recor­daba -al igual que él- desde hacía tres años cuando los Sajen ayu­daron a atrapar al supuesto autor de la muerte del empleado retirado de Epec, Hugo Murúa.

El allanamiento de esa noche no permitió encontrar al violador serial, pero sí otorgó un elemento importante a la causa. En el living, los policías encontraron un televisor Hitachi Serie Dorada de las mismas características del que el violador serial robó de la pensión de calle Balcarce, en diciembre de 2002. Esa noche no hubo secuestros de elementos. Zulma también reconoció entre los efectivos a Oscar Vargas y le preguntó por qué allanaban. Allí le mostraron la orden de allanamiento que decía que el operativo era ordenado a raíz de un hecho de abuso sexual. En ese momento la mujer demostró que tenía otros contactos dentro de la Policía: "¡Yo no tengo nada contra la Policía. Acá viene un chico del Eter, que es amigo de mi hija. Él conoce al comisario Paredes!", gritó Zulma.

Esta vez fue Paredes quien se puso colorado y se atragantó. Al ser consultado en el marco de esta investigación, el jefe del Eter se limitó a decir que "se trataba de un joven aspirante al grupo y que al final no pudo entrar".

Cerca de las 2 de la mañana el teléfono de la oficina de Pérez Barberá en Policía Judicial sonó, y cuando el funcionario atendió reconoció del otro lado de la línea, la voz del fiscal Hairabedian.

-Se nos piró, Gaby.

-¿Cómo?

-Sí. Sajen se escapó. Andá a dormir nomás. Vamos a ver quépasa mañana.

Mi hijo (Jueves 23)

Al día siguiente del allanamiento, con Sajen prófugo, Zulma se presentó en Tribunales II, en la oficina de Ugarte para hablar con él. Como el fiscal no estaba, dejó su número de celular y se fue.

Según cuenta la mujer, durante todo el día se dedicó a buscar a su marido porque, cansada de tantos problemas, se había propues­to llevar a Marcelo personalmente ante la Justicia para "aclarar todo". Nunca lo encontró.

Pasadas las 15, los policías liderados por Diego Osorio detie­nen en la calle a Zulma que viajaba a bordo del Fiat Uno gris en el que habían filmado a Marcelo dos días atrás.

Allí se produce un diálogo entre la mujer y Osorio que deriva en el traslado de ella, por sus propios medios, hasta la Jefatura de Policía. A diferencia de lo que trascendió inicialmente, Zulma sólo quería hablar con las personas que conocía y por ello se reunió en una oficina con Vargas y Sosa.

-¿Por qué lo buscan a mi marido, Sosa? ¿Qué quiere decir esode abuso sexual?

-¿Conocés el caso del violador serial, Zulma? -preguntó Vargas.

-.

-Bueno, por eso lo buscamos. Creemos que tu marido es el violador serial -le dijo el comisario, provocando un profundo estu­por en la mujer, que necesitó de unos instantes para reponerse.

No puede ser! ¡Él no es! Ustedes están equivocados, ¡mí marido no es ese hombre!

-Zulma. ¿Vos estás segura?

El silencio que hizo la mujer en ese momento todavía hoy es recordado por los policías con algo de impresión. Dicen que movió la cabeza de un lado para el otro y respondió:

-Para mí no es... pero no puedo asegurarlo. ¿Qué puedo hacer para saberlo? Afuera está mi hijo, ¿sirve que le hagan un estu­dio a él?

- -se regodearon los policías- sirve pero lo tenés que autori­zar vos, porque él es menor de edad.

-Está bien. Yo lo autorizo pero con una condición. Sino es eso que dicen, dejen de molestarnos. Y si llega a ser, hagan lo que quieran con él, pero no se metan con mis hijos.

Ugarte nunca supo cómo Sosa y Vargas habían convencido a Zulma. Cuando recibió la noticia, se limitó a decir: "Está bien, si ellos están dispuestos, hagan la extracción". Ese día el hijo me­nor de Marcelo se prestó por orden de su mamá a una extracción de sangre. Lo mismo hizo Zulma. Todo ello fue filmado con la misma cámara que días antes había tomado la imagen de Sajen para que lo pudiera ver el fiscal. Simultáneamente, según una fuente del Servicio Penitenciario, tres guardias ingresaban al pa­bellón donde Leonardo Sajen pagaba parte de su condena por homicidio en la Penitenciaría de barrio San Martín. Sin muchas palabras le explicaron que los tenía que acompañar para hacer un análisis de ADN. El pluma amagó a negarse, pero se dio cuenta de que no tenía sentido, así que los acompañó hasta la enfermería a sacarse sangre.

Alrededor de las 22, Zulma volvió a su casa con los mismos policías que la habían acompañado a Jefatura. Ellos realizaron otro allanamiento en la vivienda. En el nuevo operativo hubo secuestros: además del televisor Hitachi Serie Dorada, se llevaron sábanas, una almohada y un cepillo de dientes perteneciente a Sajen.

Los análisis de ADN de todos esos elementos, más la sangre de Zulma, de su hijo y de Leonardo iban a ayudar a cercar a Sajen que ya se había convertido en el único sospechoso, desde la llegada de Ugarte, que se negaba a hacerse el examen del código genético.

Lo único que sabemos de Marcelo ese día es que en algún momento pasó por la casa del Jubilado (su hermano Eduardo) en barrio Vipro y le comentó que lo estaban siguiendo. De allí volvió a su refugio en Ituzaingó Anexo.

Noche mala (Viernes 24)

Mientras la sangre de su entorno comenzaba a ser analizada en el Ceprocor, Sajen eligió seguir escondido donde pasó la noche del 22: supuestamente en la casa del hermano de su amante, el Negro Chuntero, un hombre que no fue contactado por esta investigación pero que habita en barrio Ituzaingó Anexo.

Quienes lo vieron en esos días aseguran que el serial se mos­traba ansioso y por momentos desesperado.

Un vecino del barrio afirma haberlo visto en la puerta de la casa en cuestión, tomándose la cabeza lleno de preocupación. Se­gún pudimos saber, aquellas horas estaban llenas de ansiedad para Sajen que pasó esos días la mayor parte del tiempo despierto y ayudado con pastillas y ansiolíticos. Si, como dice el comisario Raúl Ferreyra, Marcelo era, además, un frecuente consumidor de cocaí­na, es de imaginar que también haya estado consumiendo en esos momentos en que su vida se iba despedazando y ya podía vislum­brar que le quedaban pocas salidas.

Es de imaginar que aquellas fiestas, conociendo su anuncio tan­tas veces reiterado de que no pensaba volver a la cárcel, lo hicie­ron recordar tristes navidades encerrado en un calabozo y lejos de sus hijos.

Ese día el diario La Mañana de Córdoba había publicado la siguiente afirmación en sus páginas: "En las últimas horas circuló fuerte en la Central de Policía una versión de que un sospechoso de ser el violador serial estaría cercado y que su domicilio habría sido allanado el miércoles a la medianoche. Sin embargo, al cierre de esta edición los investigadores negaron la versión”

A la distancia es necesario reconocer que aquella nota que por entonces parecía tener poca consistencia era, en realidad, una pri­micia que bien hubiera valido un titular de tapa. El dato exclusivo pertenecía al periodista Gustavo el Pájaro Molina.

Cuando llegó la noche del 24, mientras Zulma y sus hijos su­frían en su casa de barrio General Urquiza, Marcelo sufría en ba­rrio Ituzaingó por no poder estar con ellos. Zulma se fue a dormir antes de la medianoche. Desde entonces, hasta el día de hoy, la mujer prefiere dormir junto a alguno de sus hijos, antes que volver a la cama que compartió con Marcelo.

El clima de tristeza tampoco permitió hacer una fiesta en ba­rrio Ituzaingó Anexo pero, de todos modos, Adriana fue a casa de su hermano para pasar unas horas con Marcelo.

Así lo cuenta ella: "Nos juntamos en casa de mi hermano. Fue todo muy triste porque Marcelo estaba muy angustiado. A medianoche brindamos y él se encerró en el baño a llorar. Estaba mal por­que no podía estar con sus otros hijos y después de varios minutos salió con los ojos colorados. Ese día habíamos estado con su hijo más grande que le dijo: 'Papá, mandate a mudar que te busca toda la Policía de Córdoba'".

En la cena, Marcelo no tomó un trago de alcohol, ni comió nada. Apenas dijo unas palabras y todo indica que comenzaba a imaginar que sólo le quedaba escapar. Se abrazó a Adriana, le tomó la cara con sus dos manos peludas y pesadas, y le preguntó:

-Negra, ¿qué vas a hacer?

-Marcelo, yo hasta el último momento voy a estar al lado tuyo.

Navidad de color (Sábado 25)

El 25 de diciembre Sajen tuvo, al igual que el día 24, una falsa sensación de tranquilidad, que se debe haber parecido a esa calma gris que precede a las grandes tormentas.

En rigor de verdad si hubiese tenido la intención de hacerlo es indudable que ése era el momento de escapar del país o, al menos, fugarse de Córdoba. La investigación posterior realizada por los comisionados a la causa de Juan Manuel Ugarte determinó que en ese momento Sajen comenzó a planear esa fuga con la ayuda de un mecánico amigo que iba a gestionarle la salida del país en los días siguientes.

Nuestra especulación es que esa era una idea que circulaba más fuertemente en el entorno de Marcelo que en él mismo, quien a esa altura ya tenía en claro cómo iba a ser su final y sólo espera­ba saber dónde se produciría.

La prueba está en que el hombre prefirió quedarse (refugiarse) donde siempre: en el sur de la ciudad, cerca de las vías donde cre­ció, de sus hijos y sus mujeres. En ese laberinto conformado por los barrios donde vendió verduras para supuestamente escapar de las palizas de su padre, violó a decenas de víctimas, presuntamente vendió drogas y robó autos, y cometió vaya a saber cuántos delitos que nunca llegaron a figurar en su prontuario.

-Presiento algo malo. De ésta no zafo.

-Pero Marcelo, ¿por qué no te entregas? -se animó a preguntar Adriana.

-Volverte más fría, negra. Si me agarran yo voy a hacer lo mismo que el Bichi. No sabés la vida que me espera y que me van a dar en la cárcel. No sabés lo que sufrí ahí la última vez que estuve preso.

-Pero Marcelo...

-Escúchame, quizá la última vez que me veas va a ser en un cajón, porque a mí no me van a poner las esposas.

Ese sábado, con un decolorante, Sajen se tiñó el pelo de rubio. Como su cabello era negro oscuro, adquirió una tonalidad que se parecía al colorado, cuando era iluminada por el sol. Se tiñó la cabeza, las cejas, los vellos de sus brazos y se depiló las manos. Su idea, más que la de escapar, parecía ser perderse.

Pese a que era intensamente buscado, las personas que compartieron esos momentos con él afirman que no estaba inmóvil y escondido en una pieza, sino que iba y venía todo el tiempo en auto, moto o bicicleta. Tan cómodo estaba, que tendría tiempo de atacar nuevamente.

Última violación (26 de diciembre)

En aquel momento quizá era necesaria mucha frialdad para poder dimensionarlo, pero ahora y a la distancia todo indica que Marcelo Sajen fue atrapado justo en una etapa de su carrera delictiva en la que necesitaba desafiar cada vez con más temeri­dad a la Justicia y, en particular, al sistema que sin saber verlo, le había permitido convertirse en lo que se convirtió.

Así fue que el día 26 de diciembre, dos días antes del final, volvió a atacar y lo hizo justamente en la zona donde se encontraba refugiado. Ocurrió en barrio Ituzaingó Anexo, en la intersección de las calles Westinghouse y Vucetich, donde mediante la violencia tomó a una chica de 16 años que había venido a pasar las fiestas a Córdoba a la casa de unos familiares, llevándola hasta un descam­pado ubicado a cuatro cuadras, donde la violó.

En este hecho Sajen muestra claramente a la víctima la pistola 11.25 que después utilizaría para quitarse la vida.

El abuso fue cometido cerca de las 21.30 de aquel domingo, minutos antes de que Sajen abandonara su refugio de los últimos días en Ituzaingó Anexo para partir rumbo a la casa de su tío, Andrés Caporusso, en barrio Santa Isabel 3a Sección.

La decisión (27 de diciembre)

Hay cosas que no se hacen: no se insulta a la madre, no se tira la comida, no se traiciona a un hermano. Del mismo modo, hay cosas que no se preguntan y una de esas es qué hacía uno de los hermanos Sajen llegando de sorpresa a casa del tío Caporusso en horas de la noche.

Algo así pasó el domingo 26 de diciembre, cuando de improviso Marcelo se presentó (con el pelo teñido) en la casa de su tío y le pidió que lo "aguantara" ahí unos días, porque se había mandado "un moco" y la Policía lo buscaba.

-Le volví a pegar a la Zulma y esta vez se me fue la mano, así que me busca la cana -explicó Marcelo sin que nadie se lo pre­guntara.

-Está bien. Quedate -le respondió Caporusso, que declaró en la causa que siempre estuvo al tanto de "las golpizas" que su so­brino "solía propinarle a Zulma". Similares a las que, según asegura, sufría su hermana antes de la muerte de don Leonardo.

En esas horas en Santa Isabel 3a Sección, Marcelo casi no ha­bló con su tío. Sólo en la noche del domingo le sugirió a su primo, un chico de 12 años, que la Policía lo buscaba y que él que no pen­saba entregarse.

En la mañana del 27, Marcelo acompañó a su tío hasta el Mer­cado de Abasto, donde lo ayudó a cargar la verdura en la camione­ta. Algunas personas lo vieron trabajando como un changarín más, como lo hizo durante tanto tiempo para su padre. Después volvió y se fue de la casa de su tío Andrés, a bordo de una motocicleta rum­bo a barrio General Urquiza.

Sajen estuvo paseando por sus zonas preferidas prácticamente en las narices de la Policía. Es de imaginar que en cierto modo esto le generaba cierta incertidumbre, ya que era evidente que, aunque la Policía lo buscaba, todavía no lo hacía con la intensidad con la que se imaginaba iba a hacerlo una vez que confirmaran que él era el serial.

Los investigadores sospechan que especulaba que los resulta­dos de los estudios de ADN a los elementos secuestrados en su casa, tardarían mucho tiempo antes de conocerse. Sabía lo que le había pasado a Camargo y pensaba aprovecharse de esas demoras.

Marcelo se movilizó con cierta tranquilidad en la zona de la casa de Adriana Castro, presumiblemente gestionando su posible fuga y buscando generar el dinero para financiarla. En este punto la investigación que lleva adelante el fiscal especula que Sajen pensaba fugarse en la noche del día 28 de diciembre, para lo que tendría que pagar un monto cercano a los 1.500 pesos. Nosotros seguimos pensando que Marcelo ya tenía en claro que iba a suicidarse.

En la tarde de ese día, Sajen es visto por dos chicas en una heladería ubicada en la avenida Sabattini y la calle Tristán Narvaja, a pocas cuadras de su casa y de la zona donde era más buscado. Cuando las jóvenes entran al comercio, el delincuente estaba to­mando un helado y ellas se sintieron muy incómodas por la manera en que éste las observaba.

Al irse, esas jóvenes que al día siguiente mirando la televisión iban a descubrir que habían estado a metros del violador serial, comentan entre ellas lo mal que las había hecho sentir ese sujeto.

Según los investigadores, Sajen estaba en el barrio coordinan­do con algunos conocidos la venta de uno de sus autos para finan­ciar aquella supuesta fuga que nunca se concretaría.

Muchos vecinos lo vieron por esas horas e inclusive Marta López, la vecina de la casa de la Juan Rodríguez en la que creció Sajen, aseguró haberle vendido una pizza a Marcelo. Algunas versiones lo ubican incluso en Pilar, vendiendo un auto, pero eso no pudo ser verificado.

Última víctima

Para los autores de este libro hablar con la última víctima de Marcelo Sajen fue tan importante como hablar con la primera, porque permitió cerrar ese horrendo círculo que el delincuente comenzó a transitar en 1985 al atacar a Susana. Independientemente de que ambas personas vivieron situaciones totalmente diferentes, ya que la última joven logró escapar de las garras de Sajen sin que él abusara de ella, ambos casos tienen el valor simbólico de su orden en la serie.

El ataque sufrido por Paula, una joven rubia, alta, estudiante de abogacía y vecina de barrio Santa Isabel 3a Sección, ocurrió en la tarde del día 27, cuando volvía en bicicleta de un gimnasio. En el living de su casa, la joven relata lo sucedido.

"Yo volvía a casa en la bicicleta y deben haber sido poco más de las 6 de la tarde cuando veo a un tipo en moto hablando por celular. Estaba parado en la puerta del Cottolengo Don Orione. La verdad es que ni me di cuenta de que era la misma persona que ese mismo día a la mañana me había mirado feo en el barrio y me había dicho una grosería". El dato del teléfono llama la atención porque la Policía nunca pudo encontrar prue­bas de que Sajen hubiera usado un celular por esos días, por más que sea de imaginar que de alguna manera necesitaba comunicarse con sus contactos.

La joven, que tenía puestas una calzas negras y encima un buzo color rojo, continuó transitando la calle de tierra que corre paralela a la Avenida Armada Argentina y, de pronto, sintió que la moto se le acercaba y Sajen la abordaba.

"Vino de frente impidiéndome el paso y me agarró el brazo fuerte. Con la otra mano, me tocó la cola por dentro del pantalón. Fue muy feo porque se lo veía como sacado. Después me agarró la cara y acercó la suya para besarme (es la segunda víctima de Sajen que recibió un beso del violador serial después de una chica ataca­da el 16 de marzo de 2003). Él me gritaba que me callara y yo me resistí haciendo todo lo que podía. Al final le arañé el brazo y justo tuve la suerte de que pasara un auto y él desapareciera". Fue la primera vez que Sajen atacó de frente mostrando su cara a la vícti­ma. Era también la última.

Aquella tarde, mientras Paula denunciaba lo ocurrido en la Unidad Judicial del precinto 9 y se enteraba por el sumariante de que en la zona se pensaba que podía estar escondido el violador serial, Marcelo se preparaba para despedirse del mundo.

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