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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//31 de Octubre, 2010

Nélida B. " Tóxica "

por jocharras a las 19:11, en Mujeres Asesinas
Nélida B. " Tóxica "


Dos días después de haber cumplido once años, Nélida B. tomó un colectivo con rumbo a Buenos Aires. Estaba sola y llevaba una valija casi vacía y una bolsa de nylon con la comida para el viaje. Hasta ese momento jamás había salido de Mar del Plata, ni había dormido fuera de su casa, ni había pasado ningún día lejos de Clara, su madre.

Pero su padre había muerto hacía un mes sin dejar un peso ahorrado. Su madre, obligada a salir a trabajar, pensó que no tenía forma de seguir viviendo con Nélida: la casa estaba en un barrio peligroso, y no quería dejarla todo el día encerrada, sin compañía y sin nada para hacer. La mandó entonces a vivir con Ofelia, la hija mayor, de veintiséis años, una mujer severa y amargada que estaba casada con un militar.

Nélida se sentó en uno de los primeros asientos y no dejó de mirar por la ventanilla durante las seis horas de viaje. Tenía grabada la imagen de Clara, despidiéndola con los ojos mojados, mientras le explicaba que le había preparado una vianda con sándwiches de salame y Una manzana. Ella no tocó ni una cosa ni la otra por temor a no encontrar a su hermana y tener que sobrevivir en la calle sin ayuda de nadie.

Por supuesto, eso no sucedió. Cuando el colectivo llegó a Buenos Aires, Ofelia ya la estaba esperando. Con actitud incómoda y distante, la ayudó a cargar su bolso y salieron de la terminal.

Ofelia vivía con Marcos, su esposo militar, en un departamento de tres ambientes diminutos en Almagro. Instaló a la hermana en un cuarto destinado a guardar las cosas viejas y se desentendió de ella.

Su madre le hacía visitas periódicas cada dos meses, sin excepción, y se quedaba con sus hijas durante tres o cuatro días. Cuando estaban solas, Nélida se lamentaba y se compadecía de su suerte. Las quejas siempre eran las mismas: que su hermana la trataba como a una extraña, que le ofrecía una comida diferente y peor que la que comían ellos, y que su cuñado ni siquiera la saludaba. "Ellos comen pollo y a mí me dan polenta y fideos porque dicen que estoy flaca. Además, el marido de Ofelia le dice que yo doy muchos gastos". Las quejas de Nélida terminaban con un pedido desesperado para que la llevara de vuelta a vivir a Mar del Plata.

Clara era inflexible: estaba convencida de que, aun con la discriminación alimentaria, la hija iba a estar mejor en Buenos Aires. "Allá ni siquiera tenés una escuela cerca. La casa está lejos de todo". La madre, además, había crecido con la idea de que el sufrimiento era algo fundamental en la instrucción de los chicos. Sus propios padres se lo repetían hasta el cansancio y ella avalaba la teoría. "Sufrir te hace fuerte", solía explicarle a Nélida en cada visita, como para calmarla.

Cuando estaba terminando el colegio secundario, a los diecisiete años, Nélida conoció a Walter, un vecino del barrio cuyo padre era amigo de su cuñado. Nélida estaba harta de vivir de prestado y pensó que un casamiento apurado podía ser la solución. Walter le llevaba dos años y trabajaba en la pequeña empresa de construcción de su padre.

Nélida, no del todo convencida de su propia idea, consultó la posibilidad con su madre. Clara no tuvo la mínima duda. "Casate ya", fue el consejo. "Después verás cómo hacés para llevarte bien con tu marido".

Walter y Nélida comenzaron un noviazgo anodino que un año más tarde desembocó en boda. Fueron a vivir a Ezeiza, a una casa que les prestó la familia de Walter.

La relación resultó lamentable. Eran dos desconocidos obligados a estar juntos y ser fieles el uno con el otro, cuando en realidad tenían ganas de salir a conocer la vida y a estrenar la independencia recién adquirida. Es verdad que al principio se gustaban pero, básicamente, se habían unido por motivos ajenos al amor conyugal: ella porque quería tener su casa propia y zafar así de una vida de prestado con su hermana y su cuñado, y él porque creía que, estando casado, deberían darle un puesto de mayor responsabilidad —y respeto— en la empresita de su padre. Lograron los objetivos pero nunca, en ningún momento, dejaron de tener presente que el costo de ese matrimonio les estaba resultando muy alto.

Nélida había empezado a trabajar en una tienda como supervisora de empleadas, y pasaba el día fuera de su casa. Walter también salía a la mañana temprano y no volvía hasta muy tarde. Cuando llegaba, su esposa estaba esperándolo con la comida lista. Cenaban en silencio, rápido, esperando el momento de ir a dormir. Mientras comían, Nélida miraba a su esposo con resentimiento: había empezado a recibir un buen sueldo y sentía que la decisión de casarse había sido un absurdo irreparable. Sin la existencia de Walter y con su nuevo sueldo, ella podría vivir y mantenerse sola sin mayores problemas.

Cuando veía a su madre le recriminaba que no la hubiera puesto sobre aviso. En la lógica de la hija, su madre, al ser más experimentada por una cuestión cronológica, debería haberle advertido que algo así podía pasar. "¿No pensaste que yo era muy joven para casarme? ¿No se te ocurrió decirme que esperara un tiempo?" Los reproches caían en saco roto: para Clara, la actitud de revisar el pasado no tenía ningún sentido práctico. El casamiento ya estaba consumado, la libreta firmada y la cama compartida. Ahora había que mirar para adelante y buscar una solución que incluyera el error ya cometido. "Fijate qué podés hacer, estando casada...", le sugería, enigmática.

En la tienda donde trabajaba Nélida habían contratado a Miguel, un gerente de ventas joven, simpático, soltero y atractivo. Cuando lo vio por primera vez, Nélida supo que era el hombre destinado para ella. Se maldijo mil veces por estar casada y haber arruinado de forma tan estúpida y precoz su vida entera. Estaba segura de que, de ser soltera, él la elegiría como esposa. "Ahora ya es tarde", se le quejaba a Clara. "Él se va a casar con otra y yo me voy a quedar en casa aburriéndome y peleando con Walter".

En el trabajo, Nélida y Miguel pasaban mucho tiempo juntos. En parte porque tenían que reunirse por cuestiones de la empresa y en parte porque les gustaba la compañía del otro.

Cada mañana Nélida pasaba una hora entera vistiéndose y arreglándose para su compañero, y cada noche pasaba otra hora llorando frente al espejo, antes de irse a dormir. Se veía linda, y le parecía una injusticia tener que estar casada con su marido. Su lugar, era obvio, estaba en otro lado. Mientras se metía en la cama con Walter, se imaginaba caminando con Miguel en una playa, o entrando con él de la mano al trabajo, o planeando hijos y mudanzas.

Walter, por su parte, advertía que su mujer no era la misma. Sentía también, de manera muy Clara, su rechazo. Y como el rechazo genera rechazo, él respondía al maltrato cotidiano de manera hostil y violenta.

Nélida se reponía de la tirantez matrimonial tomando cafés con Miguel y llorando en su hombro. Miguel la acompañaba todo lo que podía, pero no se animaba a acercarse demasiado. "No sé si no le gusto o si es tímido", le decía ella a su madre, a quien le contaba cada detalle de su vida.

Clara seguía manteniendo la regularidad de sus visitas bimestrales, y aconsejaba a su hija con espíritu salvaje. Pretendía que Nélida hiciera todo lo que ella no había podido hacer, y sentía un placer enfermizo al conocer los deslices sentimentales de su hija quien, sin embargo, no había hecho más que cultivar un amor platónico con su compañero. Poco tiempo después, el amor platónico llegó a su fin. Nélida y Miguel decidieron cambiar el lugar de cita para la hora del almuerzo: pasaron de la ensalada en el bar de la esquina a los sándwiches de miga en un albergue transitorio.

Nélida vivía su romance como lo que era: su primer amor romántico. Pese a la oposición tenaz de su madre, intentó romper su matrimonio y formalizar con Miguel, quien a esa altura estaba de acuerdo con blanquear la relación. Clara se puso furiosa. "Vas a arruinarte la vida. Te vas a quedar sin el pan y sin la torta". El razonamiento de la madre era rebuscado: Miguel podía aceptarla pero nunca iba a olvidar que ella había abandonado a su marido. "Se va a asustar. No se va a casar con vos porque va a pensar que si dejaste al otro, también lo podés dejar a él". Le aconsejaba, entonces, que lo mantuviera como amante para poder sobrellevar mejor su matrimonio.

Pese a los argumentos maternos y a sus propios miedos, un domingo Nélida se animó a encarar a Walter. Le dijo, temblando por los nervios, que a los veinte años esperaba llevar una vida mejor, y que ese matrimonio no tenía ningún futuro feliz. Walter se dio cuenta al instante de que había otro hombre en el tablero, y le sacó de mentira a verdad. "Estás con otro. Ya me contaron", mintió. Nélida cayó en la trampa del marido y se puso a llorar como una loca. Confesó todo. Nadie sabe cómo la convenció Walter, pero ese día Nélida dejó de lado los planes de separación.

Poco después, renunciaba a su trabajo y anunciaba que ella y su esposo esperaban el primer hijo.

Walter había decidido continuar con su matrimonio, pero de ninguna manera perdonar. Cada vez que podía le recordaba a la mujer su infidelidad, la humillaba, la trataba de puta y no le dejaba dinero ni para viajar en colectivo. "Si te doy, te vas a ir a coger por ahí", le decía.

Poco después del nacimiento de Facundo, ella quedó embarazada otra vez. En ese tiempo, Nélida se había transformado en una mujer triste y resentida. Las tareas del hogar, el sexo con el marido y hasta el cuidado de los hijos se habían convertido para ella en una carga siniestra que tenía que cumplir a cambio de nada. O, mejor dicho, a cambio de su propia manutención. "Mi vida es como un trabajo de sol a sol", le decía a la madre. Y así como antes había vivido de prestado en la casa de su hermana, en ese momento vivía de prestado con su marido y sus hijos. Nada de lo que tenía la hacía feliz. "Siento que tengo que estar con él y los chicos, y hacer las cosas de la casa, nada más que para que me den techo y comida. Soy una esclava".

Varias veces Nélida había intentado volver a trabajar, pero su marido se negaba. "Si querés trabajar para levantarte a otro tipo, olvídate. De acá no salís".

Una tarde, se encontró con una amiga del secundario en el mercado. Fueron juntas a tomar algo y ahí se quedaron un par de horas. A la vuelta, la esperaba Walter, desencajado. Le hizo un escándalo delante de los hijos, recriminándole una vez más la anterior infidelidad. Esa noche, cuando fue al cuarto de los chicos a dejarles ropa recién planchada, Facundo, el mayor, le preguntó si era cierto que ella había querido abandonarlos para irse con otro hombre. Nélida, odiando al marido con todo su corazón, le dijo la verdad: que esa historia había pasado antes de que ellos hubieran nacido. Después fue a dormir, dándose cuenta de que jamás iba a poder perdonar a Walter por ponerla en evidencia frente a los hijos.

Nélida había leído hacía muchos años que una mujer, en Córdoba, había matado a su marido con veneno para ratas. La diferencia con otros casos similares había sido que, esta vez, la mujer había tardado mucho tiempo en concretar el crimen: para evitar ser descubierta por la Policía, le daba el veneno en dosis mínimas. Cada dos o tres días ponía un poco en la comida, para que la muerte fuera gradual: el marido no iba a morir de golpe, despertando las sospechas de todo el mundo, sino que moriría de a poco, como si estuviera sufriendo una enfermedad mortal. Al final la habían descubierto porque le había contado todo a una amiga quien, a su vez, la denunció. Ella, por supuesto, sería incapaz de cometer un error tan absurdo.

Nélida volvió a repasar mentalmente el asunto y resolvió que haría lo mismo que la cordobesa. Su marido merecía morir, y ella merecía rehacer su vida y no terminar podrida en una cárcel.

Al día siguiente fue a comprar veneno para ratas.

La primera dosis de veneno que colocó en la comida de su marido fue insignificante. En el envase había varios carteles indicando la peligrosidad del producto, cuyo componente básico era el talio. Asustada, no tocó el contenido de la caja sino que sacó un poco con un escarba dientes que después tiró a la basura.

Sirvió en el plato habitual varios cucharones rebosantes de sopa de fideos y le agregó esa pizca del polvo azul para matar ratas que había quedado en la punta del escarbadientes. Después, se dedicó a observar.

Lo primero que pasó, a los pocos minutos de haber tomado la sopa con talio, fue que su marido se quejó de tener frío. Nélida lo miró, con curiosidad. Era verdad que hacía algo de frío, pero su marido jamás se quejaba por eso. Enseguida agregó que tenía sueño y que iría a dormir. Ella se asustó: ¿y si iba a dormir y terminaba muerto? Iría presa de inmediato.

Nada de eso sucedió. Nélida se quedó despierta mirando dormir a su marido, controlando su respiración, vigilando sus movimientos. Al día siguiente, Walter se despertó a la hora de siempre, tomó su desayuno con la voracidad habitual y se fue.

Evidentemente, la dosis administrada era insuficiente. Pero si era así como había leído, si el talio era un veneno que se iba acumulando en el cuerpo, entonces su primer intento no había estado tan mal. Podría poner dos pizcas en vez de una y ver cómo reaccionaba su esposo. Era cuestión de experimentar.

Tres días después, Nélida duplicaba la ínfima dosis y la agregaba a un plato de guiso de pollo. Tampoco pasó nada, pero no se inquietó. Tenía que armarse de paciencia porque el plan llevaba su tiempo.

Para cuando puso el talio por tercera vez, Nélida estaba tranquila, alerta y optimista. Dosificaba el veneno con espíritu científico y estaba dispuesta a esperar todo el tiempo que fuera necesario.

Mientras tanto había aparecido otro hombre en su vida. Era el socio de su suegro, es decir, un compañero de trabajo de Walter. Lo había conocido cuando pasaba a ver a su marido por la empresa constructora. Resulta que cuando ella llegaba, Walter, por lo general, no estaba disponible. Casi siempre tenía una reunión con proveedores, o con clientes, o con pintores, o con algún arquitecto. Ella siempre tenía que esperar, a veces durante horas, y es ahí cuando aparecía Luis. Le servía café, le preguntaba por su vida y le contaba historias grandiosas sobre sus excursiones de caza. Hábil con las mujeres, Luis se dio cuenta muy pronto de que la esposa de Walter tenía interés en él. Una tarde la citó en una oficina ubicada a pocas cuadras de ahí. Para Nélida era la situación ideal. La oficina estaba cerca de su propia casa, y ella podría reunirse con él mientras los hijos estaban en el colegio y el marido en el trabajo. Se hicieron amantes.

Nélida y Luis se veían los martes y los jueves, entre las tres y las cinco de la tarde. Una vez más, el vínculo no tenía nada que ver con el amor. Nélida buscaba revancha para su matrimonio desdichado, y una salida para su aburrimiento insoportable. Luis estaba encantado de llevar a su cama a la mujer de uno de los socios, un socio especialmente intratable y soberbio. Y además, Nélida le gustaba. Tenían en común una mirada cínica de la vida y la costumbre innoble de burlarse de la gente a sus espaldas.

Las escapadas periódicas con Luis no le impidieron a Nélida continuar con su plan envenenador. Por el contrario. Estaba más entusiasmada y contenta, por lo cual agregaba el veneno con más optimismo e interés. Ahora sí existía una razón válida para deshacerse de su marido, una razón capaz de justificarlo todo.

Clara, la madre, estaba al tanto de los encuentros de su hija con Luis. Fascinada, escuchaba los relatos de Nélida y hacía sus aportes a la novela romántica: le daba consejos sobre técnicas de seducción y estrategias para evitar el deterioro de la pasión. "Hacete valer, que te espere, que se muera de ganas, que se caliente y te busque él a vos y no vos a él". La hija estaba asombrada por la sabiduría de su madre en esas cuestiones y por eso, poco a poco, la fue tomando como una especie de gurú romántica.

Sin embargo, Clara seguía inflexible en su idea de la separación con Walter. Su opinión en ese aspecto no había cambiado: para ella, el alejamiento de Walter equivaldría a tirar por la borda la relación con Luis. "A los hombres les gustan las mujeres de los otros. Cuando las tienen para ellos solos, dejan de interesarles".

Cuando Nélida escuchaba esos argumentos, se preguntaba si estaría haciendo bien en envenenar al marido. Pero estaba tan harta de él y tan ansiosa por estar con Luis, que seguía adelante con el veneno. Cada tres días  -tal como había leído en ese diario viejo— ella aderezaba la comida de Walter con un par de pizcas de talio. A los tres meses, ya se podían advertir los efectos tóxicos: Walter tenía calambres y hormigueos en las piernas y en la región lumbar, alteraciones en la vista, una sed permanente que lo desesperaba, taquicardia y escalofríos.

A medida que Walter iba sintiéndose más y más enfermo, la relación con Nélida empeoraba. El malestar físico había convertido a Walter en una persona absolutamente insoportable. Maltrataba a los dos hijos, insultaba a la mujer y peleaba con los vecinos y con los empleados.

Una tarde, poco después de volver de su cita con Luis, la vecina de enfrente golpeó la puerta de la casa. Cuando Nélida la recibió, la vecina, indignada, le dijo que venía de denunciar a Walter en la policía. Nélida creyó que se trataba de uno más de los habituales encontronazos que protagonizaba su marido con todo el mundo. Un poco avergonzada le preguntó por qué había hecho la denuncia. "Por envenenamiento", fue la respuesta. Ella se quedó muda, aterrada, hasta que la vecina se explayó. "Me mató al gato. El pobre apareció muerto en el jardín de adelante de casa. ¡Diez años llevaba con nosotros! Diez años hasta que vino su marido y lo mató. El veterinario me dijo que está seguro de que le dieron veneno". Nélida entendió todo. Walter llevaba varios meses peleando con esa vecina porque su gato —el gato que ahora estaba muerto— le rompía las bolsas de la basura. "Me había amenazado a mí y ahora mató al animal. Y vine a avisarle nomás, porque la denuncia ya la hice".

Cuando se fue la vecina, Nélida corrió a la cocina, donde estaban los elementos de limpieza. Ahí, en el fondo de un armario, ella guardaba el frasco con el veneno para ratas. Buscó y lo encontró tal como lo había dejado. El alivio fue parcial: de todas formas sintió que estaba frente a una señal nada alentadora.

Apenas llegó Walter, Nélida le contó el episodio de la vecina. El escuchó y armó una de sus habituales escenas de descontrol. A los gritos insultó a su vecina y a toda su familia y admitió la muerte del gato con un odio desmedido. "¡Gato de mierda! Le di vidrio molido en un trozo de carne, ¿y qué? Todos me tienen podrido".

Nélida, que tenía un cariño natural por los gatos, se indignó. Olvidándose de los malos presagios que la habían inquietado un rato antes, decidió seguir con el plan exterminador. Esa noche, a pesar de que el día anterior ya le había puesto veneno en el café con leche, sacó el frasco de talio y redobló la dosis. El efecto fue devastador. Media hora después, Walter estaba vomitando, se retorcía de dolor y no podía caminar: tenía las piernas totalmente paralizadas. Los músculos de la cara se le habían puesto rígidos. "Papá parece una momia", se asustó Marcelo, el hijo menor, que ya tenía quince años.

Nélida llamó a la madre a Mar del Plata, diciéndole que su marido estaba muy enfermo y que no sabía qué hacer. La madre, sin sospechar nada, le recomendó que llamara a un médico y, si era posible, a la madre de Walter. Ella llegaría al día siguiente.

El médico estaba desconcertado. Supuso que Walter estaba intoxicado y que, en su desesperación, había desencadenado un problema cardíaco. Le dio una inyección para controlar los vómitos y otra para normalizar las pulsaciones, y le indicó una serie de análisis. Antes de irse recomendó que si el cuadro clínico no mejoraba, iba a ser necesaria una internación.

Erna, la madre de Walter, no se alarmó demasiado. Era una mujer habituada a las malas noticias y los golpes de la vida. Les pidió al hijo que se calmara y a la nuera que tuviera paciencia. Con resignación, dejó un sobre con dinero en la mesa de luz, para eventuales gastos médicos, y volvió a su casa.

Al día siguiente llegó Clara. Estaba feliz de poder intervenir una vez más en la vida familiar de su hija. Puso orden en la casa y observó con detenimiento a Walter que, acostado boca arriba, semiparalizado, dormía. Enseguida advirtió que pasaba algo raro: no es que tuviera conocimientos extraordinarios de medicina sino que había pescado una mirada culpable y asustada en su propia hija. La llevó a la cocina y la sometió a un largo interrogatorio. Lo que Clara sospechaba era que su yerno estaba gravemente enfermo y su esposa no le estaba dando los remedios. Las preguntas iban todas en esa dirección pero Nélida resistió. Confiaba en su madre pero le daba vergüenza admitir el crimen en cuentagotas.

Walter tardó diez días en restablecerse. Durante todo ese tiempo Nélida dejó de darle veneno. Como su marido no podía ir a trabajar ni salir a ninguna parte, sus citas con Luis se habían interrumpido. Estaba, entonces, más ansiosa e insegura que nunca. Creía que, durante su ausencia, Luis podría conocer a otra mujer. En ese caso, probablemente no querría verla nunca más. Para marcar el terreno y demostrar su interés y su amor, decidió mandarle una carta.

Escribió un texto lleno de citas eróticas ordinarias y de alusiones burlonas a la extraña enfermedad del marido, prometiéndole que en cuanto pudiera salir, iría a verlo. Una vez que terminó de escribir se encontró con un problema: si mandaba la carta por correo, la secretaria podría abrirla. Entonces usó como mandadero a su hijo mayor y le explicó que tenía que entregársela a Luis en persona.

Cuando Walter se repuso, recrudecieron las peleas. Estaba violento y tenía evidentes desórdenes mentales. Se olvidaba de las cosas y volcaba su furia y su impotencia en Nélida. Un día, mientras comían la pasta del domingo preparada por Clara, Walter empezó a hostigar a su esposa recordándole su antigua infidelidad. Nélida, harta, se levantó de la mesa pero Walter quiso obligarla a quedarse sentada. Nélida terminó con un diente roto y una costilla Asurada.

Mientras se enjuagaba la sangre de la boca decidió que ese mismo día volvería a colocar el veneno en la comida del marido despreciable.

Nélida siguió con la rutina del talio cada tres días. El veneno era interrumpido cada vez que su marido sufría algún ataque complicado. Después del cuarto ataque, decidieron internarlo. Los médicos, sin embargo, no acertaban con el diagnóstico aunque sí con el tratamiento. Cada vez que lo internaban, Walter empezaba a mejorar visiblemente su estado general. No es que los medicamentos fueran milagrosos. Lo que pasaba era que, estando internado, el veneno se interrumpía.

La enfermedad de Walter había empezado a preocupar y a movilizar a toda su familia. Sus padres y sus cuatro hermanos hicieron consultas a médicos de diferentes especialidades. Varias veces decidieron internarlo para obtener un diagnóstico. En esos casos consultaban a Nélida, quien siempre estaba de acuerdo con su familia política. Entonces, como las internaciones eran programadas, ella dejaba de usar el veneno varios días antes para evitar que el cuadro de intoxicación fuese evidente.

Los médicos, en su mayoría, coincidían en diagnosticar una rara enfermedad neurológica. Y a medida que iban ampliando la red de consultas, todos los nuevos especialistas recibían una extensa historia clínica equivocada que servía para seguir confundiendo las cosas. La cuestión del veneno ni se les cruzaba por la mente.

En agosto de 1972, cuando Walter cumplió cuarenta años, ella organizó una fiesta familiar. Hacía casi tres años que le ponía veneno para ratas en la comida. El deterioro en su salud había sido tan lento y sostenido que todos se habían acostumbrado a su nueva condición. Walter ya no era el hombre enérgico y robusto que los demás habían conocido. Ahora era un pelado débil y malhumorado, con ojos desorbitados y boca rígida, que caminaba con dificultad, veía mal, tenía graves problemas motrices y claros síntomas de locura. De hecho, hasta pocos meses atrás seguía matando gatos y sembrando la indignación de los vecinos.

En la fiesta, los hermanos de Walter plantearon la necesidad de llevarlo a vivir a la casa de la madre: creían que, separándolo de Nélida, él tal vez podría estar más tranquilo. Veían con preocupación que la esposa era la depositaria de la violencia incomprensible de Walter. "Te ve y se altera. Y con los chicos también", explicó el padre, para afirmar la idea de llevarlo a su casa.

Walter escuchaba sin opinar, mientras Nélida lo ayudaba a sostener la cuchara con la que comía su torta de cumpleaños: hacía tiempo que no podía comer solo, ni vestirse ni bañarse sin ayuda.

Nélida se negó todo lo que pudo a aceptar la oferta familiar. Dijo que ella era la esposa y, como tal, tenía que cuidarlo y acompañarlo. Los hermanos terciaron: "Podés venir a casa todo lo que quieras, pero es mejor que esté una temporadita con nosotros". Nélida no podía creer lo que estaba pasando. Veía que su esposo estaba cerca de la muerte y aparecía esta tremenda contrariedad, que podía, incluso, echar por tierra todo su plan. Apelando a una ocurrencia providencial, se sobrepuso y aceptó la propuesta. "Está bien, llévenlo a su casa. Yo voy a pasar todos los días a darle de comer".

La debacle física de Walter había sido gradual. Durante el primer año había tenido vómitos, calambres, dolores de estómago y pérdida de pelo. Había sufrido algunos ataques e internaciones, pero se reponía y seguía con su rutina habitual. El segundo año, si bien iba a trabajar y conseguía hacer las mismas cosas que siempre, ya se hacía evidente que algo no funcionaba en su organismo. Sus pérdidas de memoria se habían agudizado, su motricidad fallaba, y las internaciones se habían hecho más cíclicas y reiteradas. Ya durante el tercer año, las consecuencias del veneno eran irreversibles: Walter era un inválido que no podía movilizarse sin ayuda. Tampoco estaba en condiciones físicas ni psíquicas de trabajar ni de hacer nada.

Durante todo ese tiempo, la relación entre Nélida y Luis se había afianzado. Se seguían viendo los mismos días de siempre, y cuando a ella se le presentaba algún imprevisto, el hijo mayor iba a llevarle una carta con los motivos de la postergación y la nueva fecha.

El primer año de envenenamiento, y buena parte del segundo, fue el período más difícil para Nélida. Aunque el deterioro se consolidaba, Walter todavía era capaz de dar órdenes, imponer su criterio, amenazar, gritar y matar gatos. Lo peor de sí mismo se había potenciado a extremos asombrosos. Si antes pedía con un gruñido que le sirvieran un café, dando por sentado que su mujer tenía que estar a su servicio, un año después lo reclamaba a gritos, y era capaz de estrellar la taza contra el piso si no tenía la temperatura adecuada. Nélida soportaba los desplantes y escándalos porque sabía que su venganza se estaba consumando lenta pero fatalmente.

Ya hacia el final del segundo año, y durante el tercero, todo fue más fácil. Walter ya no estaba en condiciones de pelear, ni de maltratar a nadie, ni de recordar infidelidades pasadas. Su malhumor y sus nervios seguían siendo irritantes, pero él ya no podía hacerle daño: estaba absolutamente neutralizado.

Cuando los padres de Walter lo llevaron a vivir con él, Nélidatal como había anunciado— empezó a ir a darle el almuerzo todas las mañanas.

La familia de Walter lo había trasladado allí para evitar los evidentes nervios que le producía el contacto con la mujer y los hijos, pero nadie podía evitar que Nélida, la legítima esposa, se presentara para ayudar. Los padres, inclusive, la compadecían. Pero Oscar, el hermano mayor, la odiaba de toda la vida. Y como la odiaba, tenía la secreto esperanza de que estuviera haciendo algo perverso, para poder justificar su odio y, además, desterrarla de la familia.

El rencor de Oscar venía de cuando ella y su hermano se habían puesto de novios. El siempre tuvo la sensación de que a Nélida le venía bien cualquiera de los hermanos, con tal de casarse e integrarse a la familia. De hecho, en su momento, a él le gustaba Nélida y había pensado en invitarla a salir. Era obvio que ella aceptaría: cada vez que se cruzaban en el barrio, lo miraba con clara intención de seducir. Sin embargo, mientras él pensaba cuándo sería el momento oportuno para invitarla, Walter le había ganado de mano y un año después los dos estaban casados.

Al fin, llegó la última dosis de veneno. Walter apenas podía comer, no reconocía a nadie y estaba desfigurado: la expresión de su cara era aterradora. No pestañeaba, tenía los ojos desmesuradamente saltones y la boca abierta en forma permanente, lo cual facilitaba las cosas a la hora de alimentarlo y de envenenarlo.

Dos días atrás Nélida había aumentado la cantidad: ya era una experta en dosificar el talio, y conocía muy bien el modo en que el cuerpo de su marido reaccionaría. Ella venía envenenando cada tres días pero no esperó el día que faltaba: tenía que acelerar el proceso porque la espera se hacía interminable. No es que le diera lástima el tremendo  sufrimiento del marido: ella estaba convencida de que se lo merecía. Lo que quería Nélida era dar por terminada su vida de esposa desdichada y empezar a ser feliz con su amante y con su libertad económica. Además, le parecía que Oscar estaba vigilándola de cerca.

No se equivocaba.

La dosis final fue más fuerte que las anteriores. Tres horas después, Walter estaba agonizando en el hospital. Oscar, asombrado, intentaba razonar. El ataque de su hermano había aparecido de golpe. Durante la mañana, Walter estaba mal pero estable. De pronto habían venido los vómitos feroces y los estertores. Recordó todas las últimas internaciones. Walter siempre llegaba en un estado desesperante, y después de varios días en el hospital mejoraba notablemente. La idea empezó a cobrar forma: la enfermedad de su hermano recrudecía cuando Nélida estaba cerca, alimentándolo y suministrándole los remedios. Por consiguiente, su hermano debía estar siendo envenenado.

Walter murió esa misma noche, a los cuarenta años, después de un progresivo envenenamiento que duró más de tres años. Su hermano Oscar radicó una denuncia en la policía.

La autopsia fue contundente: Walter murió intoxicado por talio.

Tras varias horas de interrogatorio, Nélida admitió que ella había sido la responsable. Los policías nunca habían visto un caso igual. Uno de ellos la encaró. "¿Tres años de veneno? Si va a matar, mate de una vez, no sea tan turra".

Luis, el amante de Nélida, declaró en su contra. "Ella estaba ansiosa esperando que el marido se muriera. Yo no sabía por qué, pero ahora entiendo todo", contó ante el juez.

Clara, la madre de Nélida, dio una versión piadosa para su hija. "Él le pegaba todo el tiempo y la amenazaba. Cuando ella se quiso separar, antes de que nacieran los chicos, él le dijo que si se iba de la casa, nos mandaría a matar a mí y a la hermana mayor. Por eso ella siguió con él. La tenía aterrorizada, pobrecita, le hacía la vida un infierno. ¿Sabe cómo le decía? Puta barata. Puta barata y asquerosa, eso le decía. Y lo del envenenamiento... nadie sabe si es verdad. Me dicen que ella confesó a la policía, Pero en una de ésas la obligaron. Yo creo eso. Yo sabía que Nélida tenía un amigo, y la pobre lo necesitaba. Era como un apoyo moral porque estaba sola, sin nadie que la entendiera ni fuera bueno con ella. Y mi hija es sensible, por eso estoy segura de que no lo envenenó. La comida se hacía igual para toda la familia, yo lo sé porque muchas veces estuve viviendo con ellos. Si Walter se envenenó fue con los remedios que tomaba, porque siempre estaba enfermo. Y ahora resulta que mi pobre hija, que se deslomó para cuidarlo, termina presa".

Nélida fue condenada a doce años de prisión por homicidio premeditado, agravado por el vínculo.

Cinco años después de estar detenida, intentó suicidarse cortándose las venas pero fue auxiliada a tiempo. Llegó a la enfermería casi desangrada. Un año después quiso ahorcarse. Tampoco tuvo éxito.

No quiso volver a ver a sus hijos y recibía, solamente, la visita de su madre.

Murió de cáncer mientras todavía estaba presa.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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