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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//20 de Noviembre, 2010

José María Manuel Pablo De La Cruz Jarabo Pérez Morris

por jocharras a las 11:49, en Hombres Asesinos

JOSE MARÍA MANUEL PABLO DE LA CRUZ JARABO PÉREZ MORRIS

JOSE MARÍA MANUEL PABLO DE LA CRUZ JARABO PÉREZ MORRIS

Seguramente todos tienen razón. Jarabo es eso y mucho más. Es un señorito en tiempos de crisis, un dandy que disfruta de un tren de vida muy por encima Uno de los crímenes más atroces de la historia española fue, sin duda, el cometido por José María Jarabo.

 

Este individuo acabó con la vida de cuatro personas, una de las cuales era una mujer embarazada. Precisamente, los crímenes de Jarabo fueron los que hicieron que la tirada del periódico El Caso se acercara al medio millón de ejemplares en 1958. Era la primera vez, desde antes de la Guerra Civil, que un medio de comunicación nacional alcanzaba dicha cifra.


Los sonados crímenes de Jarabo salieron a la luz pública el 22 de julio de 1958. El día anterior habían sido descubiertos los cuerpos sin vida de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, muertos por obra de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, de 33 años.


El sábado 19 de julio de 1958 España se recupera de la resaca de patria producida por la coincidencia de los actos de conmemoración del "Glorioso Alzamiento Nacional" y la "Fiesta de Exaltación del Trabajo". Las calles están vacías. El calor es asfixiante.

 
Un joven bien plantado e impecablemente vestido aprovecha la tranquilidad de la mañana para ojear el ABC en una cafetería de Madrid. Las páginas de deportes hablan de un Bahamontes que acaba de ganar el premio de la montaña en el Tour de Francia.

Se detiene en esta información para enterarse de que Jacques Goddel, director de la carrera, piensa que "si el corredor de Toledo tuviera tanto cerebro como músculo ya hubiera ganado varias veces la vuelta francesa". También presta atención a las páginas taurinas, que resaltan la presentación en la capital de Curro Romero. Y a las necrológicas, donde destacan las honras fúnebres del ex ministro Cavestany.

El silencioso lector, que se echa al coleto una copa de coñac y pide otra, no es consciente de que está a punto de provocar la saturación de esas mismas páginas cargadas de necrológicas que ahora contempla. Aún no sabe que dentro de muy poco se convertirá en el personaje encargado de enfangar de sangre la posguerra.

Ignora que la mano que cierra con un movimiento seco el periódico es la misma que, unas horas después, empuñará la pistola y el cuchillo con que se cometerá uno de los crímenes múltiples más brutales de la historia negra española. No puede imaginar que ese cuádruple asesinato que está a punto de cometer será resuelto por la policía en una de las más rápidas investigaciones jamás realizadas, y que una vuelta de garrote pondrá fin a la amarga recta final de su existencia.

El tempranero bebedor se llama José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris. Nació en Madrid hace 35 años y lleva los últimos ocho entregado al alcohol, las drogas y las mujeres. Sus amigos dicen que sabe vivir y divertirse como nadie. Que es un tipo viril capaz de cautivar a señoras y señoritas, poco le importa la condición de las mismas, basándose en su simpatía y en su carácter cosmopolita (fue educado en buenos colegios de Estados Unidos). Aseguran que es un seductor dotado de una gran planta, una enorme labia y un descomunal miembro.

Sus enemigos dicen que sólo es un crápula, un despilfarrador, un vago y un enfermo sexual de sus posibilidades. No tiene trabajo, pero se acostumbra a vivir como un rey con el dinero que su madre le envía puntualmente desde Puerto Rico. Poco a poco van aumentando sus ya cuantiosos gastos, y con los giros mensuales de mamá apenas logra sobrevivir quince días: José María se ve obligado a hipotecar el chalé familiar de la calle madrileña de Arturo Soria y se marcha a vivir a una pensión, a un cuartucho con una cama en la que desplomarse cada mañana después de una noche de parranda. Posteriormente Jarabo reconoció que en las juergas de los últimos dos años bien podía haber dilapidado quince millones de pesetas, una cifra muy elevada si tenemos en cuenta que un flamante Seat 600 costaba en 1958 la friolera de 66.000 pesetas.

Cuando Jarabo salió del bar sintió que el peso de los bolsillos de sus pantalones estaba mal repartido. La cartera, vacía, no ofrecía ninguna consistencia. El forro del lado contrario estaba a punto de ceder ante un objeto que parecía de plomo: una pistola Browning FN del calibre 7,65 de fabricación belga. En ese instante recuerda que tiene muchos problemas.

Su romance con una mujer inglesa casada llamada Beryl Martin Jones había complicado la vida de ambos. Ella había colocado su matrimonio en el disparadero. El había gastado una fortuna en hoteles, cenas y regalos. Asfixiado por la falta de dinero, Jarabo le había pedido a ella un anillo de brillantes que inmediatamente había empeñado para cubrir alguna noche de pasión y lujo. Ahora ella, la única mujer a quien había querido, le reclamaba la joya, alegando que se trataba de un regalo de su marido.

Desde Inglaterra le envió una carta recordándole por enésima vez que debía devolverle la sortija. En esta ocasión adjuntaba una autorización suya como propietaria, que resultaba imprescindible para desempeñarla, y una comprometedora misiva de amor con diversas confesiones íntimas. Para colmo de males, los familiares de Jarabo amenazaban con regresar de Puerto Rico y levantar la tapa de la alcantarilla en que estaba sumergido.

Jarabo se había acercado con la carta en la mano a la tienda de empeños Jusfer, en la calle Alcalde Sainz de Baranda número 19. Como no tenía las cuatro mil pesetas necesarias para recuperar la joya, que en realidad valía mucho más, enseñó la carta y cometió el fallo de dejarla junto a la deseada sortija. Hoy, 19 de julio del 58, se había propuesto recuperar ambas cosas.

Son algo más de las nueve de la noche cuando se encamina con paso firme hacia el número 57 de la calle Lope de Rueda. No es la dirección de la tienda donde tiene empeñadas la sortija y la carta. Es la vivienda de uno de los dueños de ese negocio, un tal Emilio Fernández Díez. Jarabo, que cree que la sortija y la carta pueden estar en casa de éste, pulsa el timbre del cuarto exterior con la uña del dedo pulgar "para no dejar huellas de ninguna clase".

Paulina, la criada, abre la puerta a Jarabo sólo cuando este dice que es amigo del dueño de la casa. En el primer descuido la agarra por el cuello y la golpea con una plancha que encuentra en una mesa cercana. Forcejean. Jarabo agarra un cuchillo de la cocina y de un certero golpe en el pecho le parte en dos el corazón. La sangre irrumpe por primera vez en su vida, pero no parece impresionarle demasiado: arrastra el cuerpo inerte a una habitación junto a la cocina y se dispone a esperar a Emilio Fernández Díez, "el verdadero culpable" de sus males.

Pasan unos minutos de la diez cuando el dueño de la casa abre la puerta y llama de una voz a la criada. Nadie le contesta. Una necesidad urgente le hace encaminarse hacia el cuarto de baño. Pasa por delante del escondite de Jarabo que, tal y como tiene previsto, salta sobre su espalda como un leopardo, le inmoviliza sujetándole por la chaqueta y le pone el cañón de la pistola en la nuca. Al dueño de la casa no le da tiempo a saber quién le está apuntando. Suena un disparo y el cuerpo del usurero cae al suelo como un fardo, quedando tendido entre la bañera y el bidé.

Aún no se había recuperado de sus dos primeros crímenes cuando escucha que la puerta se abre de nuevo. No ha tenido tiempo de buscar ni la sortija ni la carta. Y ya ha matado a dos personas. Está muy nervioso. Amparo Alonso, la mujer de Emilio Fernández, acaba de entrar y se dirige al salón, donde un Jarabo que no logra aparentar tranquilidad responde a su cara de sorpresa con un "Buenas noches, soy inspector de Hacienda y estoy investigando a su marido". "Él y la criada están detenidos", continúa, "y mis compañeros se los han llevado a comisaría".

La mujer desconfía, trata de huir y chilla con fuerza. Ésa es su sentencia de muerte. El grito se clava en la espina dorsal de Jarabo, que la golpea y arrastra hasta una habitación. Sólo cuando la doblega hasta tumbarla sobre una cama saca la pistola, la encañona en la nuca y aprieta el gatillo. Amparo estaba embarazada. "La suerte estaba echada", confesó tiempo después Jarabo a la Policía.

Cuando logra relajarse se sienta en un sillón y bebe anís de una botella que encuentra en una mesa. Para confundir a la policía saca varias copas de un armario y mancha algunas con carmín. Tira por el retrete los casquillos. Limpia las posibles huellas. Bebe más anís. Sólo cuando considera que el trabajo está totalmente acabado se tumba en la cama de la única habitación que no está cubierta de sangre. Finalmente se relaja y pasa una noche entre los muertos, durmiendo un sueño incomprensiblemente plácido y profundo.

A las nueve de la mañana Jarabo abandona el improvisado panteón sin haber encontrado ni la sortija ni la carta. Para solucionar ese problema se encamina a una nueva cita, en este caso con Félix López Robledo, copropietario de la casa de empeños Jusfer. Pero antes desayuna, se toma unos coñacs, ve un par de películas en el cine Carretas, come en un restaurante chino y se echa una siesta en una pensión de la calle Escosura. Rendido por el esfuerzo de matar se toma el domingo libre y alarga el reparador sueño hasta las seis de la mañana. Dos horas después ya está en marcha. Ha desayunado su copa de brandy y comprobado que la Browning del 7,65 está cargada y en su bolsillo. Todo está en orden. Es la mañana del lunes 21 de julio.

Félix López Robledo siente cómo alguien que le estaba esperando en el portal de su tienda le sujeta por la espalda con una torpe llave de lucha. Es lo último que siente. Jarabo dispara dos tiros en la nuca del prestamista. Después registra sus bolsillos y el local y sale a la calle con las manos vacías y ensangrentadas. Se siente acabado. Ha matado a cuatro personas para nada. Más coñac y algunas drogas: cocaína, morfina... Y demasiados errores.

Aturdido por la matanza, Jarabo deja el traje, empapado en sangre, en una tintorería situada en el número 49 de la calle Orense. Luego se va de copas. Gasta dinero como si el mundo se fuera a terminar esa misma noche y despierta las sospechas de toda la gente que le conoce.

A las doce del mediodía del día siguiente, martes 22 de julio, Jarabo se acerca a la tintorería donde dejó el traje para recogerlo. Cuando llega le está esperando un dispositivo de vigilancia policial especial: el país entero está conmocionado por la noticia y el dueño de la tintorería avisó inmediatamente a la policía nada más ver la ropa. Jarabo se resiste en principio a ser detenido. Lleva un DNI falso, una pulsera y un reloj Omega de oro, juegos de llaves de las casas donde cometió los asesinatos y una pistola FN del 7,65 caliente que aún huele a pólvora.

Ya en el despacho del jefe de la Brigada de Investigación Criminal de la Dirección General de Seguridad el sospechoso, muy entero en todo momento, niega los hechos y asegura que hace semanas que no ve a las víctimas. El inspector jefe Sebastián Fernández Rivas y los policías Ramón Monedero Navalón y Pedro Herranz Rosado se encargan de interrogarle. Después de un par de preguntas de trámite le enseñan unas fotos de los cadáveres, y el sospechoso se tambalea y cae desmayado al suelo. Se derrumba. Y confiesa que ha matado por amor, por recuperar una joya y una carta de "la única mujer a la que he logrado querer". Ingresa por segunda vez en prisión: cuentan que ocupó durante algún tiempo la celda de una cárcel de Estados Unidos acusado de dirigir una casa de citas en Puerto Rico.

España entera se estremece con la orgía de sangre. Y con los detalles que rodean al criminal y a las víctimas. Los periódicos publican coleccionables con la historia del crimen, y le dedican portadas y titulares gloriosos. Los psiquiatras dicen que es "un psicópata desalmado". La gente se apelotonaba en las largas colas que se formaban en la calle para poder asistir al histórico juicio de "el último carnicero español".

Un año después, el 5 julio de 1959, todos los periódicos publicaban una lacónica noticia en portada: "En las primeras horas de la mañana de ayer, en el patio principal de la Prisión Provincial de Madrid, ha sido ejecutada, con las formalidades exigidas por la ley en estos casos, la sentencia de pena de muerte dictada contra José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris".

Condenado a cuatro penas de muerte, Jarabo murió con las vértebras del cuello descoyuntadas por la quinta vuelta de tuerca del último garrote vil que se utilizó en España. Está enterrado en el madrileño cementerio de la Almudena.

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//11 de Agosto, 2010

Ana María Soba

por jocharras a las 16:57, en Mujeres Asesinas
ANA MARIA SOBA


Sus amigas siempre lo supieron: Ana María Soba tenía una especial predilección por las viejas  abandonadas. En su peluquería de barrio, las viejas le contaban sus dramas privados, su soledad, el abandono mil veces repetido, inevitable.

A pesar del aparente altruismo de Soba, las vecinas que iban a su local a ponerse ruleros y tinturas, a lavarse el pelo y modelarlo, invariablemente volvían a sus casas con la sensación de que esa española autoritaria, quejosa y molesta, guardaba alguna carta bajo la manga. A ninguna le parecía normal que Ana María se encariñase siempre con mujeres decrépitas, sin familia, sin amigos, y que además se hiciera cargo de ellas. Mil veces la peluquería estaba cerrada porque Soba se pasaba horas haciendotrámites ajenos para facilitarle la vida a alguna desconocida. Sin embargo, a la mayoría las ignoraba. No tenía la menor intención de intimar con sus clientas jóvenes, con madres de familia, con esposas mejor o peor casadas. Buscaba otra cosa.

"Lo que Anita quería era quedarse con la plata de las pobres viejas que confiaban en ella ", contó una vecina que, además, fue a hablar por su propia voluntad con un comisario. "La conozco como que la hubiera parido. Lo único que le interesa es tener dinero, y para eso se hace amigas de las viejas, para que le dejen todo a ella, para que la pongan en la herencia. Ya lo hizo por lo menos dos veces y ligó unos terrenos cerca de la costa que ahora los tiene el hijo. Es así, yo lo sé. Es como que la hubiera parido".

Ana María Soba nació el1S de abril de 1941 en Torrecillas, provincia de La Rioja, España. A los quince años se mudó a la Argentina con toda su familia. Y cuando llegó a Buenos Aires no tuvo dudas de que la esperaba un futuro insuperable. Se imaginaba a sí misma en una casona gigante, con un living lleno de espejos y arañas de cristal colgando de techos altísimos. Tendría muchos hijos que serían criados por niñeras alemanas, y nunca pero nunca haría nada en su casa, que para eso estaban las mucamas.

El plan era perfecto, excepto que a Ana María nunca se le ocurrió la manera de llevarlo a cabo. En sus fantasías, el dinero necesario para su proyecto era producto del destino, caía del cielo sin que ella necesitase mover un dedo. Cuando cumplió veinte años empezó a advertir que su vida sería mucho más parecida a la de su madre que a las de las mujeres que salían en las revistas. Por supuesto, lo primero que hizo fue odiar a su madre. La observaba día y noche con un resentimiento visceral, miserable.No había una sola cosa que hiciera que a ella no le provocara. rencor. La veía lavar platos, cocinar milanesas, sopas y pucheros, lavar pisos y baños y baldear la vereda para, al fin del día, tumbarse en el comedor a escuchar la radio y cebarle mate a su padre, un empleado público acobardado por la intensidad banal de la vida cotidiana.

Y poco después, tal como ella misma sospechara a los veinte años, Ana María hizo su debut en el mundo de las amas de casa. Como su madre, se casó con un empleado público, y de un plumazo se tuvo que olvidar de las arañas de cristal, los espejos y las niñeras alemanas. Había pensado en no casarse con él y esperar para ver si aparecía un hombre que al menos pudiera acercarla a su ideal de vida. Pero estaba demasiado apurada para conseguir marido: en su cabeza no dejaba de resonar la voz monótona de su madre repitiéndole que si no se casaba pronto iba a terminar "vistiendo santos", tras lo cual seguía una larguísima enumeración de mujeres que, por esperar al hombre ideal, quedaron solas, lo cual, para su madre, era lo mismo que decir que quedaron desahuciadas.

Ninguna historia memorable surgió de esa unión desapasionada. Tuvieron dos hijos que a su vez se casaron compulsivamente, ahorraron un poco de dinero cuando pudieron, hicieron reuniones familiares los domingos y las Navidades, tuvieron algún veraneo en Mar del Plata, compraron en cuotas artefactos electrodomésticos, discutieron por asuntos intrascendentes, enterraron familiares, plantaron malvones y criaron un par de perros feos.

Ana María se quejaba con amargura de su trabajo  de peluquera " Tengo que tocar cada cabeza asquerosa", y su marido repetía el lamento inmemorial del empleado público maltratado por sus jefes.

Para Inés Quintans la vida, al igual que su muerte, no fue nada fácil. Como Ana María Soba y como otros millones de mortales, Inés imaginó un futuro idílico. Pero nada de lo que le pidió al destino, ni una sola cosa, se le hizo realidad. La diferencia abismal entre sus expectativas y los hechos le moldeó un carácter agrio y depresivo. Nunca se casó ni se le conoció ningún hombre, aunque sus vecinas sospecharon siempre que vivía un romance a escondidas con un hombre casado que no estaba enamorado de su esposa ni de su amante sino de otra mujer que lo ignoraba. 

Inés vivió con sus padres hasta que los dos murieron con muy pocos años de diferencia, y cuando al final se quedó sola no pasaba un solo día sin visitar a su hermana Rosa. Tras la muerte del marido de Rosa, las hermanas vivieron juntas durante un tiempo, pero una tarde, al volver del mercado, Inés entró a su casa y descubrió el cuerpo de su hermana tirado en la cocina. Llamó a una ambulancia, pero era tarde: Rosa había muerto de un derrame cerebral.

Ana María Soba conocía a las Quintans desde que tenía 25 años, porque eran del mismo barrio. Pero, según contó en la declaración ante el juez, el vínculo más fuerte se formó entre ella e Inés, después de la muerte de Rosa. "Inés me pidió que le hiciera todos los papeles que hacían falta para el entierro de su hermana y esas cosas. Yo hice todos los trámites. Ella me tomaba como una madre", evaluó Ana María, a pesar de que Inés le llevaba veintinueve años.

A las tres de la madrugada del 8 de enero de 1998, un día después del crimen de Inés Quintans, el Subcomisario Roberto Carlos Kidd recibió una llamada anónima en su oficina de la seccional 12. Una mujer, que se identificó como vecina del barrio, dijo estar enterada de la detención de Ana María Soba. "Estoy segura de que ella mató a la vieja. Tiene una peluquería y atiende a viejitas a las que les cobra poco y nada, se hace amiga de ellas y al final consigue que hagan un testamento a su favor. Ya hizo lo mismo cuatro veces, y con esa plata hasta le compró la casa al marido de la hija, un tal Demarco".

De hecho, a Ana María el tema de las herencias le resultaba fascinante. En sus días de intimidad con la asesinada Inés, Ana María había realizado una ardua tarea de seducción indirecta. Al darse cuenta de la soledad de Inés, se había ubicado en un papel protagónico: la llevaba al médico, le recordaba que tenía que tomar los remedios, le hacía los trámites bancarios, le llevaba ollas con comida sana y la llamaba por teléfono varias veces por día. Tomando mates con facturas, le contó a su amiga desvalida que tenía una hermana que había perdido su casa y su poco dinero en la época de la hiperinflación del gobierno de Raúl Alfonsín. Y que, como buena persona que era, le iba a dejar todo el dinero de la venta de la casa de los padres. Es decir, le cedería su mitad porque quería sentirse útil con la gente necesitada.

Ana María ya estaba al tanto, por supuesto, de que la casa donde vivía Inés, en Cachimayo 1195, de capital Federal, estaba a nombre de las hermanas Quintans, y de que, al haber muerto Rosa, Inés -soltera y sin hijos- no tenía herederos directos.

La conversación acerca de la hermana pobre de Ana María prendió en el pobre cerebro de Inés, una luz iluminó su conciencia; ella también podría hacer algo por alguien, ella también podría ser buena. En el acto dijo que quería dejarle la casa a ella, a Ana María, su amiga de siempre, la que se hacía cargo de todo en su vida.

Juntas fueron a ver al escribano Juan Manuel Miró para hacer el testamento. Las tasas judiciales fueron pagadas por Soba, quien además, como gesto de buena voluntad, decidió aportarle a su benefactora cien pesos por mes como ayuda para completar una exigua jubilación. A su vez Soba quiso pagar los honorarios del escribano (unos mil doscientos pesos), pero Inés se negó y dijo que eso lo pagaría con una parte de sus ahorros.

Esos mil doscientos pesos fueron el inicio de los conflictos entre las dos. Menos de una semana después, Inés comenzó con sus reproches; según ella, Ana María tenía que haberse hecho cargo de ese dinero, tenía que haber insistido con toda firmeza para pagarle al escribano puesto que al final la propiedad de la calle Cachimayo sería para ella. Ana María dejó entrever, por primera vez, su opinión acerca de su amiga, a la que calificó de loca y de insoportable. "No te aguanto Yo, ni nadie te va a aguantar nunca", le gritó.

Después de esa primera discusión, Ana María aflojó la vigilancia amistosa con que había rodeado a Inés; poco a poco fue llamándola menos por teléfono, la visitaba muy de vez en cuando y cambió en forma radical su discurso afectuoso. Ya no decía admirarla, ni extrañarla, ni sentirse feliz en su presencia. Por el contrario sacó a relucir cada defecto de Inés, cada detalle de miserabilidad, cada síntoma de egoísmo.

Inés reaccionó como ante un espejo: si antes mostraba lo mejor de sí frente a esa amiga que se desvivía por ella, después, ante la mujer que la despreciaba, empezó a presentar su costado más oscuro. La relación se enturbió más y más hasta hacerse hostil, insostenible.

El día anterior a su muerte, Inés Quintans llamó por teléfono a la escribanía del doctor Miró. Como Miró estaba ocupado, le dejó un mensaje a su secretaria, Paola Vanesa Giuliano. Le explicó que quería dejar sin efecto su testamento ya que desde el día en que le dejó la casa como herencia, su amiga Ana María Soba había dejado de llamarla, demostrando así que toda su amistad previa había sido obra del puro interés.

Pero ese no fue su único llamado. Una vez que cortó la comunicación, no pudo esperar un solo minuto para contarle a la propia Ana María la consecuencia directa de su desatención. Cuando Soba atendió, Inés le comunicó que la dejaría fuera de su herencia. Después de un teatral intercambio de insultos, quedaron en hablar el  tema personalmente.

El 7 de enero por la mañana, Ana María Soba fue a la casa de Inés Quintans. Había decidido cambiar de estrategia y volver a ser la amiga imprescindible de siempre, la que había sido hasta la redacción del testamento.

Al llegar encontró a Inés en la cama, en camisón, deprimida y llorosa. Con un hilo de voz pidió que le encendiera el televisor en el canal dos. y mientras miraba fijo la pantalla le dijo que era una mujer interesada, deshonesta, prácticamente una ladrona, que en cuanto tuvo asegurada la casa como herencia dejó de tratarla como una amiga, y que eso era imperdonable. En contra de lo que había planeado, Ana María se dejó llevar por el odio y retrucó las acusaciones de Inés. Le dijo que en realidad había dejado de verla porque era una persona insoportable, y que la prueba de eso era que ninguna amiga le duraba, salvo una tal Patricia, que apenas aparecía, y una tal Nélida, que además la volvía más loca de lo que ya era.

En este punto, según lo declarado por Soba, Inés sacó un revólver con la intención aparente de suicidarse. Se inició un forcejeo y Soba logró apoderarse del arma, no sin antes recibir varios arañazos y tirones de pelo. "Después la vi muy mal, como que le faltaba el aire, y le puse un poco de alcohol en la nariz. Es decir, puse alcohol en un pañuelito y le froté la nariz para que estuviera mejor. Después escondí el revólver en un cantero del jardín y me fui apagarle una cuenta a Inés, que al final no la pagué porque me olvidé el recibo en su casa. y me fui, entonces, mientras ella todavía me insultaba. Me quedé como una hora dando vueltas por el Caballito Shopping para comprarle unos regalos de Reyes que les estaba debiendo a mis nietos. y después volví a buscar el papel para pagar el impuesto ese, pero Inés no estaba. Mientras estaba .tocando timbre apareció la otra amiga, Nélida, y nos quedamos charlando afuera. Después la amiga se despidió de mí y yo fui a buscar a Inés al parque Chacabuco, pero tampoco estaba. Cuando volví golpeé la puerta y escuché la voz de Inés, desde adentro, que decía que le estaban dando una paliza o algo parecido".

A las seis de la tarde del mismo 7 de enero, el inspector Alejandro Mario Prieto, de la seccional 12, fue notificado por radio de un incidente en una casa de Cachimayo 1195. Fue al lugar acompañado por un cabo de apellido Juárez y un agente de apellido Flores. Al llegar vieron la puerta abierta, entraron, pasaron por el pasillo y vieron que en unos escalones que comunicaban la cocina con el comedor había una mujer que tenía en las manos una botella de alcohol y un trapo con el que le limpiaba la cara a otra mujer que estaba tirada en el piso, con la cabeza aplastada y ensangrentada. La ambulancia del SAME llegó enseguida y el médico Martín Galmarini constató que la mujer que estaba tirada ya había muerto. Mientras tanto, la otra, Ana María Soba, lloraba a mares, llamaba por su nombre a su amiga Inés, y luchaba para que la dejaran seguir impiándole la cara con el trapo con alcohol.

En toda la cocina había sangre, y también en las ropas de Soba. Una vecina que estaba en la puerta de la casa, Elda María Beatini, le preguntó a Soba qué había pasado. Soba, que entraba y salía, lloraba y se retorcía las manos, le dijo que estaba tratando de reanimar a su amiga porque no podía creer que estuviera muerta.

"Después de escuchar a Inés que me decía, desde dentro de la casa, que le estaban pegando, probé de abrir la puerta y estaba abierta. Entré -continúa Soba en su declaración-. Mi amiga estaba tirada en el piso de la cochera y tenía como un hilo atado al cuello. ESo hacía que le costara hablar, estaba ronca, y yo me arrodillé y con una tijera corté ese hilo. En ese momento alguien me agarró del pelo. Alguien que vino por detrás  y me vendaron los ojos con una tela negra. Yo insulté al que me agarró, y lo arañé, pero me dejaron a un costado. Yo tenía mucho miedo y me quedé quieta, y escuché unos golpes, como si estuvieran abriendo un zapallo, y después escuché un chorro de agua que me llamó la atención. Yo tenía tanto miedo que me sentía como en otro mundo, no tenía fuerzas para caminar ni para levantarme. Un tipo me apretó el hombro tan fuerte que me dejó un moretón y me dijo 'doblá la cabeza, lesbiana puta'. Al rato abrió la puerta una persona, una mujer, que llamaba a Inés. Le dije que pasara, por lavoz era Nélida, y además la pude ver porque me saqué la venda y también vi a la pobre Inés. Pensé que Nélida se iba a impresionar, entonces le dije que no mirara, que llamara a la policía. Mientras tanto volví a mirar a Inés y estaba en tal estado que pensé que a lo mejor no era ella, por eso le quise limpiar la cara. Yo estaba Como loCa, la quería desinfectar,  y me agarró un ataque de locura y salí a la calle a pedir que llamen a la policía, porque no llegaban nunca".

La declaración de Ana María Soba no convenció a nadie. Fue procesada por homicidio simple. En prisión, las mujeres que la custodiaban hacían esfuerzos permanentes para no acercársele: "Esta Soba, la mina que le reventó la cabeza con una piedra a una vieja, es lo más jodido que tenemos acá. Por primera vez una presa me da miedo, yeso que como policía vi muchas más cosas de las que ve cualquiera. No puedo mirarla a los ojos, no puedo, pero todas nosotras, que trabajamos acá hace años, sabemos que esa mina es loca, tiene que ser loca, seguro. Seguro".

Ante los psicólogos forenses, Soba es hermética. Se queda sentada frente a ellos, mirando al piso, sin abrir la boca. Si insisten, ella espera un poco. Y al final levanta la vista, muy despacio, desde el suelo hacia la cara de sus interlocútores. Sonríe apenas, sin abri la boca, y se despide en toda amabilidad. "Hasta luego". Nada más que eso.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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//09 de Agosto, 2010

María Ofelia Lombardo

por jocharras a las 22:33, en Mujeres Asesinas
María Ofelia Lombardo

En la cocina de su casa, María Ofelia Lombardo echó un vistazo molesto a sus armarios. No tenían nada. Advirtió, sí, el deterioro constante de la madera, la pintura celeste saltada, un polvillo rojizo, raro, que no sabía si atribuir a hormigas o a cucarachas.

En los estantes que colgaban al lado de la heladera había un frasco con pimienta, una botella pegajosa de aceite de maíz, una latita de salsa de tomates. Miró el paquete de carne que habíadejado sobre la mesada. Un paquete chico; envuelto en papel de diario. Lo había comprado al volver del hospital Emilio Ferreyra, donde había ido para sacar a su marido enfermo y llevárselo a su casa.

No estaba acostumbrada a visitar hospitales, no estaba acostumbrada a la enfermedad. No estaba acostumbrada a vivir en Necochea. Se sentó a la mesa, donde todavía quedaban unas tazas con mate cocido del día anterior, y se puso a jugar con una cucharita de plata que había heredado de su madre. Pensó en sí misma, en que ya había cumplido 74 años. Cada vez que recordaba su edad sonreía y le venía el mismo pensamiento: "Tengo catorce años más que mi marido. Qué cosa increíble". En ese momento, lo escuchó toser en el dormitorio. "Por suerte, pudo volver a casa", pensó.

María Ofelia Lombardo nació en Lomas del Mirador, en el aula de una escuela primaria donde su padre era director y su madre maestra. Una partera enflaquecida ayudó a su madre, que no tenía ni la más mínima noción de las técnicas del parto. Sí sabía cómo quería criar a su hija: dentro de las más estrictas normas de la obediencia y la religiosidad. "Hay que tenerle miedo a Dios", solía decirle un par de veces por día. Ofelia, sin embargo,jamás creyó en esas historias y en su adolescencia las calificaría de supersúciones.

Mientras tanto fue recibiendo una educación más esmerada que la del resto de los chicos de su época. A los seis años le nació su primer hermano y más tarde la segunda. Le compraban disfraces nuevos en cada carnaval, le preparaban postres
los viernes y sábados, le enseñaban canto y francés. Pero ella sabía que su madre no la quería ni la había querido nunca.

La falta de afecto era recíproca: Ofelia no sentía el mínimo cariño por esa mujer severa que se dedicaba a sus hermanos pero no a ella. y su padre, que parecía preferirla por sobre todas las cosas, había adquirido la manía de pegarle. "Entre los 8 y los 11 años, yo recibía una paliza todos los días, sin excepción.Era inexplicable. Pero dentro de ese desastre, fui una chica mimada, más o menos feliz".

Ofelia terminó la secundaria con un promedio destacado y decidió que iría a la universidad. A los 24 años se recibió de abogada. No era una chica atractiva pero el ambiente de la facultad le había provisto uno que otro candidato más o menos potable; podía pensar en casarse. Al final, se decidió por un hombre lleno de conflictos que, a la hora de la hora, se fue a vivir a Chile. Ofelia les aseguró a sus amigas y familiares que él le había mandado un pasaje para que se encontraran allá, pero nadie dio mucho crédito a esa versión triste y poética del final.

Cuando ya había cumplido 34 años, Ofelia empezó a sentirse sola ya demostrar preocupación por el futuro de solterona que se le venía encima. Una tarde de octubre de 1957 decidió ir a la casa de sus primos, en Santos Lugares. Ese día se habían reunido varios amigos y parientes. Las mujeres, después de tomar el té, salieron a conversar al sol. Ofelia las miraba con curiosidad: todas habían armado sus vidas con una soltura y despreocupación envidiables.

Ninguna se preguntaba por la felicidad, nadie parecía enfrentarse a temores existenciales. Los temas eran otros: recetas de cocina, técnicas de tejido, la crianza de los hijos, los cólicos de los bebés. Cuando todavía era estudiante, escuchaba esos diálogos con desprecio y hasta con cierto espanto. Pero esa tarde sentía que esas mujeres, al domesticarse a sí mismas, habían conseguido una tranquilidad que ella desconocía. y tenían hijos, y tenían maridos, y tenían casas con paños y tenían un resguardo para afrontar la angustia de la vida. De alguna manera, las empezó a envidiar.

Ese mismo día, antes de la cena, se quedó pensando, como ida, frente a la ventana. Enseguida vio llegar a su primo acompañado por un hombre que no había visto nunca. Los dos iban a caballo y parecían exhaustos. El desconocido era casi un chico. A ella le llamó la atención. Más tarde, mientras comían puchero de gallina, se enteró de que se llamaba Ricardo Domínguez y que apenas había cumplido veinte años. Nadie sabe bien qué pasó esa misma noche, pero dos meses después estaban parados frente al altar de la iglesia de San Antonio de Padua.

Escandalizados por la diferencia de edad, los padres de ella no fueron a la ceremonia. Ricardo Domínguez venía de una familia de españoles que, con esfuerzo, había instalado un bazar-ferretería en Constitución. A diferencia de la familia de Ofelia, los padres de él aceptaron a la nuera sin rencores. De hecho, la madre de Ricardo fue el sostén económico de la pareja durante más de treinta años.

Ofelia dejó poco a poco su trabajo de abogada para dedicarse a la docencia: enseñaba historia, filosofía e instrucción cívica. También dictaba clases de religión, siempre un poco apesadumbrada porque contaba con los conocimientos teóricos del catolicismo pero carecía del soporte básico de la fe. No tenía convicción,alguna acerca de la existencia de lo que no podía ser comprobado.

Su matrimonio, a pesar de todos los presagios, funcionó, y funcionó porque Ofelia tenía una teoría: estaba segura de que la mujer, si no quiere ser desdichada, moldea su ideal de hombre hasta que se parece al esposo que pudo conseguir. Eso hizo. "Además, yo estaba orgullosa de cómo él me quería. y al final, todo eso se convirtió en un gran amor".

Al principio, los dos vivieron con los padres de él y más tarde iniciaron una peregrinación por distintas casas prestadas o alquiladas hasta que pudieron comprar - siempre con la ayuda de la madre de Ricardo- una casa en Merlo. Ya habían
tenido cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Ofelia hubiera querido seguir con la rutina de los embarazos y los bebés, pero no lo consiguió. Ricardo había instalado una verdulería que le dio de comer a su familia, con ciertos altibajos, durante más de veinte años.

A principios de los años 90, un mecánico amigo lo llevó a Quequén a mostrarle su nueva casa de fin de semana. Los viajes se hicieron periódicos, aunque Ofelia nunca lo acompañaba. En el '93, Ricardo se animó a pedirle a su mujer que se mudaran a Necochea. Había visto una casa cerca del mar, en una zona modesta pero. por eso mismo, accesible para ellos.Vamos a vivir en la costa y voy a poder nadar, ¿te das cuenta? A mí me encanta nadar. Además, la casa tiene un local al frente, podemos tener un negocio". Ella no lo pensó mucho.

La mudanza tendría sus ventajas, una de ellas fundamental para Ofelia: vivirían lejos de sus hijos, que ya estaban hartándola con sus peleas, divorcios y exigencias. Le dijo que sí. Al mes siguiente ya estaban instalados en la calle 71, en la casa 277, a dos cuadras del hogar de ancianos Alejandro Rairnondi.

La casa era chica, sencilla, con dos dormitorios, cocina comedor, un cuartito minúsculo en el que abandonaban las cosas viejas y un baño. Al frente estaba el
local, donde pusieron una verdulería, el único ramo del comercio en el que Ricardo se sentía seguro, y en el que nunca prosperó. La decadencia económica del matrimonio era irreversible. Poco a poco el local fue vaciándose. No tenían dinero suficiente para comprar mercadería, salvo papas, cebollas y alguna que otra verdura barata que dejaba un miserable margen de ganancias. La gente miraba el negocio y solía irse sin siquiera entrar, ante la visión de esa verdulería desolada y cubierta de polvo. Ricardo vivía la debacle con un abatimiento que lo tenía rendido.
 
Su mujer, en cambio,no parecía advertir la gravedad de la situación. "Ricardo, acá nadie se muere de hambre, quedate tranquilo. Ya nos va a ir mejor". Ricardo sabía que Ofelia vivía en un mundo irreal, que no entendía de verdad dónde estaba parada. Sin embargo, como siempre, evitó apartarla de su fantasía privada. Era la mujer más importante de su vida, la única ala que había querido. Ya desde el primer momento había valorado en ella su capacidad para abstraerse de lo cotidiano y sobrevolar sus propios problemas, como si no le pertenecieran. Era exactamente lo contrario de lo que le habían enseñado sus padres y abuelos españoles, tan apegados al día a día. No iba a ser él quien a esa altura se dedicaría a cambiar la mentalidad de Ofelia.

A fines de 1997, Ricardo empezó a sentirse débil. Le dolía el cuerpo y tenía violentos accesos de tos. Pero seguía atendiendo la verdulería y ayudando a su mujer en la limpieza de la casa. Una tarde, Ofelia llamó a su médico, no por Ricardo, que negaba la posibilidad de cualquier enfermedad, sino por ella misma. Le dolía la cabeza y estaba mareada. El médico le advirtió sobre su hipertensión crónica y le aplicó una inyección. "Usted está como siempre y se tiene que cuidar. Pero me preocupa la tos de su marido. Dígale que me venga a ver". Ofelia intentó arrastrarlo a una consulta durante un par de días, y al final dejó de insistir. Su marido no estaba dispuesto a ver a ningún médico. Pasaron unas Navidades tristes. Frente a un par de vasos de sidra brindaron por, sus cuarenta y un años de casados.

Ricardo empeoraba día día. Ofelia estaba atónita ante los manejos inexplicables del destino. Ella, que tenía catorce años mas que su esposo, siempre se había imaginado un futuro distinto. En el mejor de los casos, una muerte tranquila y súbita, previa a la del esposo. En el peor, una larga enfermedad, o la simple postración de la vejez, ayudada por su hombre a soportar los últimos tramos de la vida. Y ahora, ella, la vieja, con sus 74 años, tenía que sostener a Ricardo, de 60, para que pudiera darse una ducha. Ese mismo día, el día en que él no pudo mantenerse parado sin ayuda, aceptó que su mujer lo llevara al hospital. Lo dejaron internado para hacerle una serie de estudios, que empezaron con unas radiografías nefastas. Los médicos vieron, en el acto, que el hombre tenía un tumor en el pulmón derecho. Se lo dijeron a la mujer ese mismo día. No tenían más detalles necesitaban de otros estudios para determinar la gravedad del cuadro.

El médico le dijo a Ofelia que era mejor hablar con su marido. Fueron juntos al cuarto que él compartía con otro paciente. El médico, con cierta incomodidad le dijo que tenía cáncer, pero que nada estaba decidido. Había tratamientos, existía la posibilidad de una operación, había miles de casos como ese con final feliz. Ricardo tomó la noticia casi con indiferencia. En el fondo estaba avergonzado de su enfermedad, de su debilidad, de fallarle a su mujer, a quien le había prometído cuidarla hasta el final.

Ofelia volvió a su casa de noche. Era la primera vez que dormiría sola en esa casa que nunca le había gustado demasiado. Estaba asustada, acaso más asustada que el propio enfermo. Tenía miedo por él pero su propio futuro le resultaba aterrador. Los estudios siguieron. Mientras tanto, habían decidido que se trasladarían a Buenos Aires para hacer un tratamiento. El problema era el dinero. Ofelia fue pragmática. "Vendemos la camioneta y listo". Pero Ricardo, a pesar de todo, conservaba su optimismo: le decía a su mujer que no, que la camioneta era indispensable para ir a buscar la verdura y mantener provisto el negocio.

Tres días después, en una tarde caliente de febrero, uno de los médicos la llamó para darle el diagnóstico. Le dijo que el tumor del pulmón tenía metástasis en el hígado. Las perspectívas eran pésimas, pero todavía faltaban otros nuevos estudios. El médico se ofreció para hablar otra vez con su paciente. Ofelia fue terminante. Nadie hablaría con él. Él no tenía por qué enterarse de nada. Ofelia deambuló un rato por los pasillos del hospital hasta que se decidió a entrar en la habitación donde estaba su marido. Lo miró. Estaba consumido, con el clásico color arcilla del cáncer. Ricardo la miró de reojo y volvió la vista en dirección a la ventana. Ella forzó el tono para decirle que venía de hablar con el médico. Su marido no le hizo ninguna pregunta; le pidió que le pasara un vaso con agua. Ella decidió protegerlo. "La semana que viene nos vamos a Buenos Aires. Me llegó un dinero de mi hermana, así que no hay problema. Te vamos a tratar allá", dijo, sorprendida por la naturalidad de su voz. Ricardo sonrió, por primera vez un poco animado. Ella estaba en estado de pánico.

Una única frase le ocupaba la cabeza. "Se muere y no sabe que se muere. Se muere y no sabe que se muere". No tuvo más dudas: iba a protegerlo. Le pareció que no podía haber algo más brutal que decirle al hombre que había estado con ella toda su vida que se estaba muriendo.

Una hora más tarde se despidió de él. Cuando estaba saliendo del cuarto, advirtió que la familia del que compartía la habitación con su marido, la miraba con compasión. Fue esa mirada la que le quitó toda esperanza. Ahí, en ese momento, supo que todo estaba perdido.

Esa noche llegó a su casa, tomó el viejo revólver calibre 22 que tenían desde hacía años para defenderse, y fue con él a la casa de una vecina. Se llamaba Sandra Garby y era policía. "Sandrita, ¿me ayudás a cargar el revólver? Ricardo está internado y tengo miedo de quedarme sola de noche". La mujer policía cargó el arma y le recomendó que si escuchaba algún ruido tirara hacia el piso. Ofelia envolvió el revólver cargado en un pañuelito a cuadros de su marido y fue a la casa de sus otros vecinos, un matrimonio al que veía con cierta frecuencia. Tenía una buena relación con la mujer, basada en un tema que les interesaba a las dos: el análisis de la Biblia.

Entró a la casa, les contó la situación ("mi marido está perdido") y se fue. El 14 de febrero Ofelia y sus vecinos fueron a buscar a Ricardo al hospital. Lo llevaban a su casa. Él estaba convencido de que a los dos días irían a Buenos Aires para hacer un tratamiento de quimioterapia. De hecho, los médicos le habían explicado a Ofelia que era lo único que quedaba por hacer: el método quirúrgico estaba descartado.

Ricardo seguía débil pero no tenía ningún dolor. Entró al auto de los vecinos, se sentó adelante con el hombre, y Ofelia y la otra mujer fueron atrás. En el camino Ofelia se dio cuenta de que no tenía nada para el almuerzo. "Lorenzo, ¿no pararía un minuto en la carnicería así compro algo para comer? Creo que voy a llevarme unos bifes". Ofelia bajó, hizo su compra y volvió al auto. Enseguida llegaron a la casa. El vecino ayudó a Ricardo a caminar hasta su cuarto, y se despidió.

Ofelia le pidió a la vecina un par de cebollas y unos tomates. Se había olvidado de comprarlos en el camino, y en la verdulería propia apenas quedaban unas papas
mohosas y llenas de raíces. Ya sola, en la cocina, Ofelia se entretuvo con el paquetito con la carne. Estaba sola con su marido, y su marido se moría. Lo escuchó toser. Fue al cuarto. Lo vio en la cama y recordó que, en algún momento, hacía ya más de veinte años, le había encontrado un cierto parecido con Alain Delon. "Qué increíble, y ahora se está consumiendo como una velita", se dijo a sí misma. Lo tapó con la sábana y le dijo que se durmiera, que no se inquietara. "Es que estoy ansioso por el viaje a Buenos Aires", explicó él. Ofelia buscó un Alplax y un vaso de agua. "Tomate esto así te calmás, mientras tanto yo preparo el almuerzo, que casi es mediodía".

Fue a la cocina y volvió a mirar el paquete con la carne. Ya ni se acordaba qué había comprado. Tiró el papel de diario que oficiaba de envoltorio, rompió la bolsita de plástico y sacó de adentro dos trozos rojos y sangrantes, dos bifes de tamaño considerable. "Ya sé. Iba a preparar bifecitos a la criolla, eso es lo que iba a preparar". Sacó las cebollas que le había traído su vecina y se puso a picarlas. Encontró dentro del horno una sartén mal lavada, le puso aceite y la llevó al fuego. Tiró adentro la cebolla y revolvió todo de una vez con su cuchillo tramontina. Cortó los tomates en rodajas y los puso con la cebolla. Cuando buscaba la sal, se acordó de que no podía usarla. Los médicos le habían dicho que le preparara a su esposo comidas que no tuvieran nada de sal. "Casi me olvido", se recriminó. Para compensar, agregó pimienta y orégano a la sartén, y después colocó encima los dos bifes. Movió la sartén con desgano, como para acomodar el contenido, y se quedó mirando la preparación. La carne empezaba a cambiar de color, se volvía gris, amarronada. Bajó el fuego, fue al dormitorio y sacó el revólver de un cajón. Se acercó a la cama y vio que su marido estaba quedándose dormido. Le apuntó a la cabeza y tiró tres tiros. Estaba demasiado cerca como para fallar. La sangre la paralizó. Siempre le había espantado la sangre humana. Pero, a la vez, no podía dejar de mirar.Se sacó su vestido, lo dobló y lo puso sobre la cabeza destrozada del marido. Fue al ropero y buscó otro para ponerse. Salió y fue directo a lo de sus vecinos. Les dijo, sin más explicaciones, que se quería dar un baño.

Cuando salió de la ducha les explicó que acababa de matar al marido. Era el14 de febrero de 1998, Día de los enamorados. María Ofelia Lombardo fue condenada a doce años de prisión. Los jueces la encontraron "plenamente responsable" de la muerte de su marido. Estuvo un año y medio detenida en la comisaría de Necochea.

El 28 de agosto de 1999 la trasladaron a la cárcel de Los Hornos, de donde salió el 9 de abril de 2000. Su abogado logró que, por haber superado los 70 años, la beneficiaran con el arresto domiciliario, que cumple en Merlo,en la casa de uno de sus hijos. "Acá estoy mucho mejor, la vida en la cárcel es una vida miserable. Es raro eso de matar, ¿no? uno no es normal cuando mata a una persona. Pero yo lo quería proteger a mi marido, por eso lo maté. Después de haberlo matado pensé que yo también me iba a morir. No quería vivir más. Pero en el hombre hay una inexplicable inercia de supervivencia. Yo me di cuenta que iba a superar todo esto cuando empecé a tomar los remedios, porque los remedios marcan una rutina, un horario. y cuando uno sigue una rutina puede sobrevivir. Al principio tenía a los psicólogos encima de mí todo el día, sobre todo cuando estaba en la comisaría. Ahí no lo pasé mal, dentro de todo, había una comisaria mujer, encantadora. Tenía tiempo para leer, para escribir, esas cosas.

Me acuerdo que una de las psicólogas me dijo que yo no tenía ni angustia ni arrepentimiento. Y es así, qué quiere que le diga. Mi marido se estaba apagando como una velita, era terrible. En realidad él no sufría, porque todavía no había llegado a ese estado de la enfermedad en donde se empieza a sentir dolor. Pero yo sabía que lo que venía después iba a ser espantoso. Y no sé, yo debo haber pensado que le tenía que evitar eso, que era mi deber evitarle eso. Mi abogado me hizo decir que él ya sufría y que me pidió que lo matara. Pero la verdad es que no fue así. Él no sabía que iba a morirse. Él sabía que tenía cáncer de pulmón pero no sabía que ya tenía metástasis. Él creía que íbamos avenir a Buenos Aires a hacerle un tratamiento. Pero no había posibilidades, estaba todo muy tomado, tenía el hígado destruido por el cáncer. Mi marido se murió sin saber que se moría.

También me vinieron a ver otros psicólogos... me dijeron cosas increíbles. Según los informes yo soy sadomasoquista, no tengo piedad, armo relaciones enfermizas y simbióticas, soy neurótica, posesiva, narcisista. La verdad es que yo llevé una infancia normal, dentro de todo, tuve un matrimonio feliz. ..menos mal que no me enteré antes de todo eso que soy, porque me hubiera vuelto loca.

Otra de las cosas que me acuerdo es que algunos periodistas decían que cómo yo no había errado ningún tiro si nunca antes había agarrado un arma. Hay que ser tarados...¿Cómo iba a errar si le tiré a quemarropa, yo estaba casi encima de él? No había forma de errar. También decían que le podía haber pegado un tiro y no tres. Pero me acuerdo que mi padre siempre me decía que alguna gente que se quería suicidar se pegaba un tiro en la cabeza, y que si no fallaba y quedaba vivo, podía quedar ciego. Me decía papá que lo más seguro era un tiro en el corazón, como Favaloro. Pero yo no sabía bien donde estaba el corazón, y yo no quería que él quedara vivo,por eso tiré tres tiros, para estar segura. Los psicólogos también dijeron que haberlo cubierto con mi vestido después de muerto tenía una connotación sexual. ..Yo lo cubrí porque me impresiona la sangre, nada más. No quería ver sangre. y no lloré, después de matarlo no lloré. Yo nunca lloro, no lloré ni siquiera cuando murió papá.

En la cárcel tampoco. Aunque tengo que decir que la cárcel de Los Hornos es muy linda, no vaya a creer. Yo estaba en una celda individual con ventiluz, una repisa y una mesa, adheridos al piso para que uno no se los tire en la cabeza a nadie, un inodoro muy bonito en acero inoxidable y otra mesada con lavatorio donde usted aprieta la canilla y el chorro de agua sale y después se corta solo. Tecnología de punta. A mí me gustaba estar sola. Yo estaba todo el tiempo en la biblioteca, y comía ahí, también sola. Pero a la noche comía en los pabellones comunes. Comía mucho, engordé treinta kilos en la cárcel. Mi hijo también me llevaba comida, una exageración de comida, que yo después le daba en parte a otras, son como códigos de la cárcel, el que tiene cosas, tiene más poder, es así. Pero a mí me trataban bien, todas. Me respetaban por la edad, me imagino, y había mujeres encantadoras. Ahí dentro una no pregunta por qué están las otras, ellas cuentan si quieren, y si no, te enterás por otro lado. Una vez una presa me dijo: 'Yo me pasé toda la vida fileteando pescado en Mar del Plata y un día lo fileteé a mi marido'. Pero era muy simpática, simpatiquísima. Había otras más dificiles... Una, por ejemplo, quería mandar a las otras, se arman esas cosas en las cárceles. Esa mujer había atado a un árbol a los tres hijitos del marido y les prendió fuego. Uno de ellos se pudo escapar, el mayor, y loS ootros se murieron carbonizados. Paula, se llama la mujer. Debe tener para un rato largo ahí adentro. Yo no andaba muy bien con ella  así que pedí que me cambiaran, y me pasaron al pabellón de las evangelistas, unas locas muy simpáticas. Yo rezaba con ellas pero no entendía nada.

Tenían una Biblia espantosa, mal traducida. Mi Biblia, tiene belleza,conserva poesía.
A la de ellas le falta la parte más linda, la que parece una novela. ..Todo lo que pasaba en la cárcel me hacía pensar en los límites, en hasta dónde uno puede llegar. Papá siempre me decía que en las guerras, por ejemplo, se llegaba a cualquier Cosa, que por ahí se podían comer unos a otros. ¿Se acuerda de lo que había pasado cuando cayó ese avión en la cordillera, y se comieron entre ellos? Yo a eso no llegaría, canibalismo no, yo tengo mis límites. Pero siempre, siempre, en la cárcel y ahora mismo, yo a mi marido lo extraño. No me arrepiento de"lo que hice pero sufro porque no está. Un psiquiatra me preguntó por qué lo maté, si igual se iba a morir. Pero yo no soportaba ese deterioro constante. Él me dijo que yo lo maté por mí, para no sufrir yo, y no para ahorrarle sufrimientos a él. A lo mejor tiene razón".

En la casa de su hijo, María Ofelia Lombardo pasa sus días leyendo, estudiando, soportando la mirada acusadora de su nuera, aunque parece no registrarla. El lugar
es modesto, con un almacén chico en el frente, pero Ofelia se desplaza con actitudes de reina, como si la cocina comedor a medio terminar fuera el salón de su propio palacio. De vez en cuando intenta algún acercamiento con la nuera, que no disimula en absoluto su incomodidad. "Ella tiene dos hijos preciosos, divinos", dice Ofelia en tono conciliador, señalando el rincón donde la mujer lava ropa. El efecto es el contrario. "Tengo tres hijos. Tres. Dos tuve con su hijo, pero yo tenía otro". Impasible, Ofelia retruca: "Pero los que tuviste con mi hijo son los más lindos". y sigue su relato, recordando al marido muerto que se parecía a Alain Delon. " ¿Quiere saber si el crimen fue premeditado? En el juicio se habló mucho de eso. Sandra, la cabo de policía que me cargó el revólver, declaró en contra de mí. Dijo que yo le llevé el revólver para que lo cargara y que además le dije que una de esas tardes, si la tenía libre, viniera a casa porque la iba a necesitar. Por favor, yo jamás te dije eso. ¿Mire si yo iba a necesitarla para matar a mi marido? Pero si fue premeditado o no... Yo estaba muy alterada cuando lo maté, tenía una especie de desvarío. ..No me quedó claro si fue premeditado o no. Y tampoco voy a estar preguntándomelo todo el tiempo, Virgen Santa!".

Mientras habla, mira la Biblia, y la frota con las manos. " Si yo creyera...si  tuviera fe...No soy religiosa, pero me gusta el ecumenismo. Yo conservo las oraciones, me serenan. Todas las noches antes de dormir invoco a mi padre. O rezo, directamente. Pero mientras rezo me digo, ¿ a quien le estoy hablando? Y nunca, nunca, me lo puedo contestar ".


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)



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