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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//06 de Agosto, 2010

Emilia Basil

por jocharras a las 21:24, en Mujeres Asesinas

Emilia Basil


A Emilia Basil nunca le importó ser fea. Sus problemas familiares y económicos la llevaron a concentrarse más en la supervivencia que en la felicidad. Había nacido en el Líbano en 1911. En los años 40, y por motivos insondables, llegó a la Argentina en un carguero desvencijado y con olor a podrido. Estaba sola. Estaba aburrida de tanto viaje. Estaba desesperanzada.

Se instaló en Buenos Aires en una pensión cercana al puerto. Tenía un par de direcciones de libaneses que estaban viviendo en la ciudad, pero nunca los buscó. Tampoco los conocía. La dueña de la pensión, Dora Ramos, fue quien le enseñó las primeras palabras en español. Emilia le pagaba, pero además le ayudaba en la limpieza y, sobre todo, en la cocina. No lo hacía por afecto hacia Dora sino por puro cálculo. Sabía que era necesario caerle bien a esa mujer, de la que en parte dependía su futuro. La posadera era una mujer acostumbrada a recibir inmigrantes y tenía, además, la manía de comer siempre que aparecía un extranjero le pedía que preparase platos de su tierra. La comida libanesa resultó ser una de sus preferidas y Emilia, por ser la cocinera, logró por primera vez en su vida sentirse aceptada.

Poco tiempo después, Emilia consiguió empleo en un frigorifico. Le dijeron que era trabajo para un hombre. Pero la pondrían a prueba, como un gesto de amistad hacia la dueña de la pensión, que ya les había advertido acerca de la excepcional fortaleza física de la libanesa.

En ese frigorífico de la zona de Barracas, Emilia consiguió su primer amante local un español bajito y transpirado que hacía lo mismo que ella, cortar las reses en trozos. La relación era clandestina, el hombre era casado. Pero Dora Ramos no tardó en enterarse y en recriminarle el hecho de haber elegido un hombre con el que no tendría chances matrimoniales. Emilia no se molestó en defenderse. "Es lo que hay", dijo.

Pasaron diez años. Emilia vivía siempre en la pensión, siempre cocinaba empanadas y guisos árabes, seguía trabajando en el frigorífico y, acaso, tenía otros amantes. Pero un día, en un bar de Constitución, conoció a Felipe Coronel Rueda, un peruano trece años menor que ella. Morocho, esmirriado, insignificante, Rueda se acercó a la mesa de Emilia a quien ya conocía por haberla visto en el frigorifico. El peruano era el encargado de compras de un restaurante céntrico, y cada vez que iba a comprar la carne se asombraba de ver a esa mujer bajita y musculosa, de manos grandes y rasgos petreos, cortando reses sin levantar jamás la vista de su tabla de trabajo.

A Emilia no le gustaba el hombre. Pero menos le gustaba la idea de quedarse sola o con amantes que no le servían para formar una familia. Rueda, en cambio, se enamoró a pesar de las bromas de sus amigos, que no podían creer que el tipo se quedara con una mujer fea y trece años mayor.

Se casaron pocos meses después y se mudaron a una casa de la calle Garay al 2200, donde instalaron un restaurante llamado Yamile. Ellos vivían en los fondos, lindando con un italiano, José Petriella, soltero, amargado, adusto, arruinado. De hecho, era el anterior dueño de la propiedad pero, a causa de una mala administración de su dinero, había terminado vendiéndosela a Rueda. El peruano pagó una parte en efectivo y el resto prometió entregarlo en módicas cuotas. A cambio de haber aceptado la postergación del pago total, Petriella podría vivir a perpetuidad en el último de los cuartos, un lugar oscuro que había sido un depósito. Sin embargo, Petriella estaba a gusto en su pocilga, sentía cierta afinidad espiritual con el lugar, como si él estuviera tan arruinado como su vivienda. Pero lo que más le gustaba era la sensación de encierro absoluto, en su cuarto estaba aislado de la calle, y la calle le producía desde siempre un miedo inmanejable. Salía lo menos posible, solamente para cumplir con sus tareas de destapador de cañerías, y siempre trataba de combinar los horarios para poder volver a casa cuanto antes. A todo esto, su cuarto de la calle Garay le había empezado a interesar por otros motivos, Emilia Basil le gustaba. Era lo opuesto a lo que era él mismo, es decir, carecía de todos los defectos que a él le hacían la vida intolerable. Ella era decidida, fuerte, iba de frente, no le tenía miedo a nada y no le intimidaban la calle ni la prepotencia ajena. Era obvio que podía hacerse cargo de toda una familia. Podría, incluso, hacerse cargo de él.

Aunque algunos dudaban de la fertilidad de "la vieja" así la llamaban en la pensión y en el frigorífico, Emilia Basil de Rueda quedó embarazada enseguida. La hija se llamó Florinda Esperanza. Le siguieron Rosa Isabel y Mirta Emilia. Después del nacimiento de esta última, Emilia se negó a las súplicas de su marido, que quería seguir buscando el hijo varón. Argumentó el advenimiento de la menopausia, con lo que además justificó su carácter tremendo.

Emilia cocinaba en el Yamile, limpiaba la casa, cuidaba a sus hijas sin el menor asomo de afecto maternal, y a su marido sin ningún gesto de cariño. Pero, por sobre todas las cosas, se aburría. Cada mañana hacía las compras en el mismo almacén, caminaba por las mismas veredas y, al volver, miraba desde lejos su casa y el frente del restaurante, coronado por un cartel que ella odiaba especialmente: "Manténgase en forma! Tome aperitivo Cynar". Emilia se preguntaba cada vez para qué tendría uno que mantenerse en forma, si la vida no tenía mayor sentido ni para ella ni por lo que veía a su alrededor, para nadie.

Como se sabe, el aburrimiento puede ser causa de grandes errores. Y Emilia cometió uno, inició un amantazgo peligroso con el italiano Petriella. ¿Le gustaba Petriella? ¿La hacía sentirse bien? ¿Se entretenía, al menos, cuando estaba con él en el cuarto del fondo? Nada de eso. Jamás hubiera entablado una relación con él si no hubiese tenido el adicional del factor riesgo. Lo que la entusiasmaba era, justamente, que Petriella viviera en su casa; lo mejor era acostarse con el tipo a pocos metros de donde su marido hacía las cuentas, las interminables cuentas que daban testimonio de lo precario de la economía doméstica y de la incapacidad crónica de Rueda para los negocios.

Porque el restaurante no funcionaba como Rueda imaginó, aunque ella sí había previsto la catástrofe. Rueda, mal que mal, se había enamorado de su mujer oriental, de su familia nueva, de sus hijas y de la idea de un emprendimiento que lo haría, si no rico, por lo menos autosuficiente. Emilia, en cambio, tenía la frialdad de la mujer casada sin amor y sin esperanzas. "Acá son todos pobres, el restaurante no va a caminar ", había dicho desde el vamos.

Lo cierto es que el fracaso gastronómico impidió que Rueda pudiera pagar las cuotas que debía, y fue ese detalle, además del aburrimiento, lo que acercó a la libanesa y el italiano. Emilia le dijo a su marido, de mala manera, que ella hablaría y se disculparía con Petriella por el retraso a los pagos convenidos. Lo había visto durante años espiándola a través de la ventana de la cocina, mientras ella martillaba la carne para hacer milanesas o mientras lavaba las ollas y los platos.

Cuando se hicieron amantes, Emilia ya tenía el pelo gris y ralo, recogido en un rodete en la nuca, usaba anteojos con aumento y marcos gruesos de carey, pantuflas, vestidos tipo bata, con abotonadura delantera, y sacos tejidos en colores oscuros. Su fealdad primaria se había acentuado de forma notable: estaba arrugada, un rictus amargo le bajaba por la comisura de los labios, y sufría de várices y de una hinchazón crónica en los tobillos. A pesar de todo, el italiano veía en Emilia una mujer potable, que cocinaba bien y sabía llevar su casa; una mujerona como cualquiera de las tantas que recordaba de Italia.

La relación la empezó él, pero la estrategia la armó ella. Fue de lo más sencilla, le golpeó la puerta a las doce y media de la noche. Alarmado, Petriella abrió pensando que alguien de su familia había muerto y llegaban a darle la noticia. Pero la encontró a Emilia, vestida y con un delantal entre las manos, que le dijo si podía pasar porque no podía dormir. Le anunció, a su vez, que su marido había tenido que visitar a un hermano enfermo y que no volvería hasta el día siguiente. Petriella empezó a sacar cálculos frenéticos: ¿Estaría ella insinuándole que quería estar con él? ¿O sería que de verdad no podía dormir? ¿Podría él intentar llevarla a la cama o ella lo denunciaría ante su esposo o acaso ante la misma policía?

De un solo vistazo ella se dio cuenta de las dudas del italiano. Supo que tendría que ser más clara. Entonces dejó la silla donde se había instalado y se sentó junto a él en la cama. Con sus manos ásperas le tocó la cabeza, avergonzada de su propio gesto de ternura, recién entonces Petriella entendió.

El vínculo entre los dos quedó rápidamente estáblecido, era un vínculo sexual entre una sexagenaria libanesa y casada, y un italiano cuatro años mayor pero soltero.

A Emilia la relación le significó varios logros, el primero, posponer su aburrimiento. También era importante que el italiano no insistiera en cobrar su deuda e incluso, le prestara más dinero. Y, por último, pero no por eso menos importante, el italiano le hacía ver que su edad y su fealdad no eran obstáculos para conseguir un amante. Ella también, por qué no, tenía su costado vanidoso.

Pero si algo no tenía Emilia era paciencia. Menos para sostener situaciones que no le interesaban. Con el correr de los días, y hasta se diría que con el correr de los minutos, el hombre que vivía en el cuarto trasero de su casa pasó de ser un amante a convertirse en un estorbo. Al principio estaba muy claro que se verían siempre que ella fuese de noche a golpearle la puerta, con dos golpecitos débiles, una vez que su marido estuviese dormido. Esto pasaba una vez por semana. Pero al mes, Petriella empezó a reclamar. Dijo que quería verla con más frecuencia porque se estaba enamorando. Ella se negó. Pero él, de todas formas, empezó a acosarla. Iba a un patio interno de la casa, que tenía una ventana que daba a la cocina del restaurante, y golpeaba. Cuando ella lo miraba, él hacía gestos frenéticos para dar a entender que quería verla. Si ella no levantaba la vista de lo que estaba haciendo, él golpeaba más fuerte. En esos momentos, Emilia lo odiaba. Le parecía aún peor que su propio marido. Y eso era demasiado.

La relación, sin embargo, duró unos cuantos meses más. Emilia ,no por compasión, sino para darse un margen para pedirle dinero extra, seguía visitando a Petriella y había incrementado la frecuencia de una a dos veces a la semana. Si podía, incluía una tercera visita adicional, sobre todo cuando su marido se volvía especialmente obsesivo en el recuento del dinero o cuando exageraba su papel de extranjero sufrido y victimizado por las circunstancias.

De hecho, a Emilia no dejaba de sorprenderle que ni su marido ni sus hijas tuvieran sospechas acerca de la relación que mantenía con el inquilino. Se dio cuenta de que ella misma se había convertido en un engranaje más de su familia, pero no le molestó, su familia había dejado de importarle, lo mismo que su amante. Pero, entre las dos opciones, prefería a la familia. Había invertido mucho más ahí que en cualquier otro lado.

Una tarde, Petriella advirtió en Emilia todos los síntomas que él ya conocía por sus experiencias pasadas, escasas pero lúgubres, como otras mujeres, ella lo iba a abandonar. La libanesa lo miraba torcido y le explicaba que en ese momento no se podía quedar a hacerle compañía, y que al día siguiente tendría mucho trabajo, y al otro iría de compras, y que por la noche su marido tenía insomnio, y que, en fin, las posibilidades de un próximo encuentro eran mínimas.

Petriella resistió unos pocos días. Pero a la semana no aguantó más: un mediodía fue tan insistente en el golpeteo a los vidrios de la cocina, tan elocuente era la cara que asomó por la ventana, que logró que ella fuera en el acto al cuartito del fondo. Y ahí, por primera vez, dejó de lado la depresiva timidez de su conducta, la conminó a seguir adelante con la relación bajo amenaza de pedirle al marido el dinero que le adeudaba y, además, detallarle la índole de la relación que mantenían. De modo que ahí estaba Emilia, con su rodete gris y sus pantuflas, asediada por un hombre que parecía morir por ella.

Emilia no se impresionó. Le dijo que estaba ocupada pero que a la madrugada pasaría a verlo. La libanesa volvió a la cocina de inmediato. Preparó un enorme guiso de lentejas con albóndigas, matambre al horno con papas y milanesas. Mientras picaba, condimentaba y rellenaba, pensaba en las alternativas que tenía por delante. Era claro que no tenía ninguna intención de perder a la familia que había logrado armar, y tampoco iba a dejarse extorsionar por el italiano, la decisión de terminar con él era irrevocable.

Esa noche Emilia decidió dormir. No iría ala cita deleznable, y arreglaría las cosas al día siguiente. Pero no contó con que el hombre, angustiado por la espera, fuera a golpearle la ventana de su cuarto en plena madrugada. Ella escuchó enseguida el llamado, dos golpecitos tenues, miró a su marido, acostado a su izquierda, ocupando un sector mínimo de la cama. Seguía durmiendo, no había escuchado nada.

Emilia se levantó de un salto, se calzó las pantuflas cuadrillé, se puso los anteojos y buscó una cuerda de nylon que guardaba en un placard. A todo lo que da, fue a la pieza del italiano. Sabía que si no iba, éste despertaría al marido y le contaría todo. Pero también sabía que si cedía terreno, Petriella impondría condiciones y ella tendría que obedecerle o soportar las consecuencias. Se dio cuenta de que estaba en sus manos, pero no podía tolerar estar en las manos de nadie.

Nunca se sabrá si ella decidió ahorcar a Petriella la noche misma en que él le golpeó su ventana por última vez, o si lo había decidido la tarde anterior, cuando él amenazó con contarle la historia a su marido. Lo que sí es seguro es que cuando buscó y encontró la soga, ya había decidido el destino de Petriella.

Así que fue al cuarto del fondo y entró por la puerta semiabierta. Se acercó a Petriella, que acaso por un instante tuvo la ilusión de que su amada le tendía los brazos al cuello para abrazarlo. Pero lo que Emilia hizo fue estrangularlo con la cuerda de nylon. El italiano ofreció alguna resistencia, pero no fue suficiente: el factor sorpresa había sido decisivo. Emilia, con la mirada tan fija en el cuello de su amante como en su momento la tuviera sobre las reses que cortaba en el frigorífico, lo mató enseguida. Cuando estuvo segura del crimen, acomodó el cuerpo bajo la cama y volvió a su cuarto. Hacía calor, era el 24 de marzo de 1973 Emilia Basil se quitó las pantuflas y se metió en la cama, con su legítimo esposo. Es más, lo miró y hasta sintió cierta ternura por ese hombre que se había casado con ella a pesar de su edad y de su aspecto, y que vivía su vida sin enterarse de nada.

Con su lógica desapasionada, Emilia amaneció haciendo cálculos. Un problema estaba resuelto, Petriella jamás le contaría nada a su marido. La otra cuestión era más complicada de resolver, había que deshacerse del cadáver ¿ Qué se podía hacer con un muerto, dónde esconderlo, dónde tirarlo ?

Estaba claro que no podría arrastrarlo y sacarlo de la casa. Seguramente alguien la vería. El italiano, entonces, tendría que seguir ahí. Pero no podía enterrarlo, no tenían jardín. y si lo dejaba en el fondo, el olor sería insoportable y alertaría a sus hijas y a su marido.

Apeló entonces a su experiencia. y su experiencia la remontaba a dos lugares, el frigorífico y la cocina. Las reses pesaban mucho, pero no tanto si se trozaban, y la carne se conservaba mejor si estaba cocinada y, además, desaparecía al ser ingerida. Estaba todo resuelto, entonces. A Petriella había que cortarlo en pedazos y después cocinarlo. Se cuidaría, eso sí, de probarlo ella misma, o de ofrecérselo a su familia. Para algo tenía a los clientes de su restaurante.

Ese mismo día no haría nada. Pero al día siguiente, su marido estaría en La Plata, adonde tenía que ir para hacer unos trámites, y las hijas jamás estaban durante el día, se iban a trabajar a la mañana temprano y no volvian hasta la noche. Por la tarde, la libanesa se molestó por una visita que no esperaba, el hermano de Petriella, a quien atajó en la puerta del restaurante. "Hace dos días que no lo veo", le dijo.

A las diez de la mañana del 25 de marzo, Emilia fue al cuarto de Petriella, llevaba dos cuchillos de cocina que acababa de afilar con una piedra, tal como le habían enseñado en el frigorífico. En cuanto vio el cadáver, se alegró de encontrarlo tan distinto de lo que recordaba de su amante en vida. La muerte lo había vuelto rígido, le había marcadouna expresión desconocida en el rostro, le había cambiado el color. Era, casi, como una res. Le sacó la camisa, los pantalones, los calzoncillos y las medias. Cuando estuvo desnudo, lo cortó en pedazos. Buscó las articulaciones y separó brazos, piernas y cabeza. No le dio asco. Se concentró en hacer las cosas bien, como si estuviera trabajando. y una vez que hubo terminado, fué, a su vez, cortando brazos y piernas en más pedazos, aplicaba, a conciencia, una mirada de cocinera. Eran las partes más aptas para el consumo. El tronco y la cabeza, desde ya, no podrían ser usados. No se adaptaban a las recetas que ella conocía desde siempre.

Así, fue llevando en una palangana a quien fuera su amante, trozo a trozo, hasta la cocina. Buscó las ollas más grandes y puso a hervir algunos "cortes"; en unas fuentes para horno puso a asar otros. No se olvidó de condimentar todo. era probable que la carne humana tuviera un gusto diferente, y había que evitar que alguien sospechara.

Con la carne hervida hizo un guiso y empanadas árabes. Con la carne asada, un salpicón que llenó de mayonesa y huevo duro picado. Cuando todo eso estuvo listo, volvió al cuarto del italiano y encajó el torso en un cajón de manzanas, que sacó a la calle con cierta dificultad. Arriba del torso había puesto cáscaras de fruta y diarios viejos.

En cuanto a la cabeza, la dejarla en hervor hasta que decidiera qué hacer con ella. Por alguna razón, no quería sacarla como si fuera basura, tal como hizo con el tronco. Pensó que la cabeza sería fácilmente reconocible, que la cabeza tenía rostro, que la cabeza tenía ojos.

Esa noche, acaso por un gesto indirecto de cariño tardío, Emilia preparó pasta, lo cual sorprendió a la familia, acostumbrada a comer carne en cada comida. "Si no les gusta, cocinen ustedes! Esto es lo que hay", les gritó Emilia, haciendo alarde de un ánimo sombrío.

Tres días más tarde, una vecina entabló una charla de barrio con Rosa Isabel, la hija del medio del matrimonio Rueda. Le hizo advertir que había un cajón de manzanas con basura que despedía un alarmante olor a podrido. y le sugirió llamar a la policía. "Ché, ¿no habrá algo raro ahí adentro?" Rosa Isabel, con la excitación de sus 17 años, llamó.

Cuando llegó la policía, encontró el torso de Petriella. Emilia no había tenido en cuenta un detalle muy porteño, los basureros jamás levantan un bulto que pese demasiado.

Los policías se fueron con el torso, pero una vez en la comisaría, un agente recordó una denuncia de un hombre cuyo hermano había desaparecido sin dejar rastros. Fue a buscar los papeles. El hombre en cuestión, el que se había esfumado de su domicilio, vivía en la misma cuadra donde habían encontrado el torso.

Fueron hacia allá, registraron primero la casa vecina a la de los Rueda. No encontraron nada. Después,fueron a lo de Emilia. Buscaron en los cuartos, en los baños, en el living. Hasta que entraron a la cocina. Lo primero que vieron fue un bulto redondo, como de una pelota, envuelto con papel madera. Uno de los policías lo abrió, y lo tiró enseguida sobre la mesada, haciendo un gesto de asco. Era la cabeza. Ya estaba hervida. En cuanto a las empanadas y el salpicón, casi no quedaba nada. Los clientes del Yamile habían comido buena parte.

Lo primero que hizo Emilia Basil en la comisaría fue negar todo. Pero cuando las evidencias la apabullaron, contó cada movimiento, con todo detalle. No lloró. No dijo que estaba arrepentida. No se quebró. Su abogado le dijo que alegara defensa propia. Ella obedeció. En una nueva versión de los hechos explicó que fue su amante quien quiso estrangularla con una cuerda de nylon, y que ella logró arrancársela de las manos y ahorcarlo a su vez.

La fiscalía pidió dieciséis años para la acusada y el juez de sentencia, Salvador María Lavergne, aceptó. Sin embargo, entró en escena un nuevo abogado de Basil, Pedro Bianchi, quien pidió la nulidad del fallo y la logró. El proceso pasó al juzgado de Jorge Sandro. Al fin, la condenaron a diez años de prisión por homicidio simple.

En noviembre de 1979, seis años después del crimen, habiendo cumplido los dos tercios de su condena, Emilia Basil fue puesta en libertad condicional. Una de las policías que la acompañó a la salida del penal le preguntó ¿si tenía algún lugar adonde ir?. Ella usó su crudeza habitual para contestar " A usted no le importa. Y a mí tampoco".


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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//06 de Agosto, 2010

Ana María Gómez Tejerina

por jocharras a las 20:49, en Mujeres Asesinas
Ana María Gómez Tejerina le perdió el respeto a los hombres inmediatamente después de que su padre se suicidara. Con sus amigas era terminante: "Yo lo vi a mi viejo recién muerto cuando se mató. Yo tenía diez años, y se mató porque se le ocurrió arruinarnos la vida a mi vieja, a mi hermana ya mí. Se mató delante de todas nosotras, el hijo de puta. y todos los hombres son iguales de jodidos".

También les contaba a sus amigas que muchas veces, después de acostarse con un
hombre, sentía un asco visceral que la obligaba a ir al baño a escupir y lavarse. y que, salvo rarísimas excepciones, después de iniciada una relación pedía a cambio regalos o dinero. Pero lo que a las chicas de su grupo más les gustaba escuchar era cuando Ana María les ofrecía, con toda teatralidad, su teoría acerca de la inutilidad absoluta de los hombres, su egoísmo y su estupidez. La teoría incluía un capítulo sexual, en donde Ana María se declaraba jefa indiscutida. "Yo siento que a los tipos los manejo, que cuando estamos en la cama la que mando soy yo".

La madre de Ana María vivió ocho años más qué su marido suicida. Durante ese tiempo se dedicó a lavar y planchar para poder mantener a sus hijas y pagarles el colegio de monjas. Ana María vivía la esclavitud laboral de su madre como una afrenta de su padre y del género masculino en general. "Si papá no se hubiera matado, vos no tendrías que estar trabajando como bestia", le decía.

En un tiempo vivían cerca de Constitución pero después se mudaron a la zona de Plaza San Martín, en Maipú 987, séptimo piso, departamento 28. Ana María había terminado la secundaria y empezado la carrera de Sociología. En la facultad conoció al hombre que ella imaginó a salvo de los defectos masculinos. Se llamaba Enrique Pacheco Errea, un morocho de bigotes fuertes y piel pálida que la deslumbró desde un principio. Ella dejó de lado sus prejuicios y se enamoró -según le contó a una compañera de facultad- para siempre.

Pero Tejerina había sido muy pobre y era consciente de que el matrimonio con Errea la habría empujado a una remake romántica de las carencias materiales que la torturaron desde chica. Él no solamente estaba de acuerdo con ese razonamiento sino que, además, proponía soluciones particulares. "Tenés que casarte con un tipo de guita, después vemos cómo se la sacamos y nos juntamos nosotros".

Una noche de enero de 1974, Ana María -que entonces había cumplido 23 años- fue a la Costanera a caminar con dos amigas. Ellas ya habían arreglado un programa para más tarde con dos amigos, y en ese caso Ana María tendría que irse a dormir. Pero a una se le ocurrió llamar por teléfono para ver si era posible incluir un nuevo candidato que hiciese pareja con Ana María, aunque sólo fuera por esa noche, y en las averiguaciones apareció la solución perfecta: invitar a Carlos José Peretti, de 36 años, director de la firma licorera Peretti S.A, recién separado de su mujer. Lo llamaron, Peretti aceptó y todos fueron a parar a su departamento de Malabia 3341, cuarto piso.

Cuando Ana María vio el lugar en el que vivía Peretti, se dispuso a engancharlo. Se le acercó, fue lo más seductora y simpática que pudo y logró que él la invitara para salir al día siguiente. Después de aquel encuentro corrió a contarle a Pacheco Errea la novedad: si las cosas pasaban como ella creía que pasarían, muy pronto iban a poder vivir mejor, con dinero, como ellos se merecían.

Ana María Gómez Tejerina se casó con José Peretti en marzo de 1975, después de un año de romance intenso. Los papeles se hicieron vía Bolivia: en esa época no existía el divorcio. Sin embargo él organizó una fiesta en el Palacio Sans-Souci.

El tema de la fiesta había sido un motivo de discusión permanente: José argumentaba que él ya había hecho una gran fiesta de bodas y que le resultaba incómodo volver a invitar a sus amigos y clientes tan poco tiempo después del primer casamiento, que apenas había durado nueve meses. Ana María, como toda mujer, quería su fiesta de bodas, su anillo, el vestido blanco, la torta y las cintitas. "No podés ser tan egoísta. Siempre tuve la ilusión del vestido de novia", le decía. Al fin Peretti cedió, aunque se tomó el trabajo de explicar a todo el mundo que si fuera por él, la fiesta no se hacía: "Lo hago por ella. Es su primer casamiento. Pero como yo ya me casé, va a ser todo simbólico, un cura amigo va a decir unas palabras y nos va a dar los anillos".

 A todo esto, Tejerina ya había llevado a su casa a Pacheco Errea, para presentárselo a Peretti como un compañero de estudios y amigo de la infancia. "Es como un hernano", mintió. Peretti no tuvo ninguna sospecha.

Cometió el clásico error de los hombres arrogantes: se veía a sí mismo como un candidato muy superior a Errea y dio por sentado que Tejerina compartiría su opinión. Por lo tanto, teniéndolo a él -candidato superior- Ana María jamás se fijarla en su compañero de estudios -candidato inferior.

El día anterior a la boda, Tejerina y Errea fueron la demostración tangible del gran error de Peretti: no Solamente se quedaron en un hotel casi toda la tarde sino que se hicieron un juramento fornal. En el momento en que Peretti le entregara el anillo a Ana María, ella juraría, internamente, amor incondicional a Errea, que estaría en primera fila mirándola. Ella daría vuelta la cabeza, como sacudiéndose una mosca, para poder mirar a su amante a los ojos durante una mínima porción- segundos. La fiesta fue un éxito en ese punto y en todo los demás.

La pareja fue de luna de miel a Europa durante mes y medio. En Italia, Peretti le mostraba los lugares donde había vivido con su familia y comenzó un extenso racconto de sus negocios y empresas. Una mañana, Ana María se levantó muy temprano y fue a buscar un teléfono. Llamó a Errea para decirle que se moría de ganas de matar a su marido, heredar la fortuna y casarse con él. Angustiada, lloró en el tubo telefónico y le dijo que la vida, sin él, no tenía ningún sentido. "Quiero que pienses algo para cuando nosotros volvamos. No aguanto un minuto más estar con él".

A la vuelta, Errea ya tenía un plan: contratar a Héctor Julio Spina, un marginal especialista en explosivos. Pocos días antes lo había contactado y habían llegado a un acuerdo económico para que Spina pusiera una bomba en el auto de Peretti, que estallaría apenas éste hiciera arrancar el auto. Pero los preparativos se suspendieron por unos ocho meses, el tiempo que le llevó a Tejerina convencer a Peretti para que cambiara su testamento y le legara sus bienes.

El empresario siempre había tenido muy en cuenta el tema de la herencia. Cuando se separó en 1972 de Elsa Barreneche, su primera mujer, hizo un testamento a favor de entidades de beneficencia. Pero unos años más tarde anuló ese testamento y volvió a dejar su dinero en manos de Barreneche. En esa situación estaban las cosas cuando se casó con Ana María. Desde el principio ella tuvo muy en claro que tendría que dedicar toda su paciencia y poder de seducción para consegitir que su marido testase a su favor.

La táctica de Tejerina era convencional: demostrar su ineptitud para las cosas elementales de la vida, su incapacidad crónica para trabajar y generar dinero. Paralelamente, se mostraba como la mujer más solícita y cariñosa del mundo.

José Piacentino, amigo de la infancia de Peretti y director de su empresa, fue el testigo inicial de los cambios de Peretti. "En enero de 1976 me vino a ver a la oficina y me dijo que era hora de que Ana María tuviera acceso a la llave de seguridad de la caja fuerte. Nunca antes le había dado el código a nadie. Ya los pocos días hizo un testamento para dejarle todo a ella".

Tejerina estaba exultante. Pasaba varias horas por día en las oficinas de su esposo dando órdenes absurdas que se eludían con diplomacia, hasta que llegó el momento que tanto esperaban, el día en que Perettti volaría en pedazos. Errea estaba orgulloso del plan, en plena dictadura militar, una bomba estallando en el auto de un empresario no sería visto como otra cosa que un ataque terrorista más. Spina fue al garaje de Peretti, colocó el explosivo y se fue sin ser visto,Pero a la mañana siguiente, cuando Peretti encendió el auto, la bomba produjo un estallido mínimo, insignificante, Rompió el motor y tiró al suelo a Peretti, que salió del garaje caminando, aturdido, con algunos vidrios incrustados en los brazos pero nada más.
Había sobrevivido al primero de los atentados que su querida esposa había planeado juntocon su amante.

Tejerina se puso frenética por el fracaso de la bomba casera y martirizó a Errea durante semanas, atribuyéndole oscuras intenciones detrás del intento fallido. Creía que la bomba no había matado a su marido porque Errea había instruido al colocador para que el artefacto no estallase como tenía que estallar. Según su forma de ver las cosas, Errea quería que Peretti viviera porque no quería casarse con ella. Llegó a pensar que también había una confabulación muy bien montada entre su marido y su amante para quitarla del medio. Su estado nervioso era tal que tenía que hacer enormes esfuerzos para tratar a su marido con la simulación amorosa de
siempre.

Por su parte, Peretti empezó a sufrir pesadillas y terrores permanentes. Por mucho tiempo no quiso salir de su casa. La policía -tal como había imaginado Errea- atribuyó la bomba aun atentado terrorista. Peretti no estaba seguro de quién había querido matarlo, pero en cambio tenía la certeza absoluta de que volverían a intentarlo.

Y en eso estaba Tejerina, desesperada, acosando en todo momento a Errea para hacer un nuevo y definitivo intento de asesinato.

Errea urdió el plan dos. Hizo varias averiguaciones entre sus conocidos hasta dar con el matador ideal, un hombre llamado Dardo Aldívar González, que se haría cargo de la muerte de "un empresario de mucha guita". Le dio ocho millones de pesos de aquella época y se dispuso a esperar. González, por su parte, no perdió un minuto. Como otras veces, fue a buscar a su hombre de confianza, "el Tucu". Él se ocuparía del trámite.

La idea era simular un asalto en la calle y matar a Peretti. El problema era que Peretti había entrado en pánico y se negaba a salir.

Cuando después de una semana Tejerina advirtió que su esposo estaba trabajando desde su casa, recibiendo allí a sus clientes y proveedores y arreglando sus cosas por teléfono, lloró en brazos de Errea. Le pidió, le suplicó, le rogó, que modificaran el plan, podían matarlo igualmente dentro de la casa que afuera. Errea fue inflexible, si el crimen se comertería dentro de la casa, la policía tendría más chances de descubrir a los autores. Si Peretti era muerto en la calle, las evidencias serían mínimas.

Resignada, Ana María siguió esperando. Sabía que en algún momento su esposo bajaría las defensas y saldría -tenía que salir- fuera de casa. Pocos días después el mismo Peretti, conmovido por la evidente preocupación de su esposa, le propuso salir. Fueron a comer al restaurante preferido de Peretti, hablaron acerca del futuro, de proyectos en común, viajes e hijos. Tejerina sabía que al volver al departamento de Malabia estarían esperándolos los futuros asesinos de su marido. El pensamiento la calmó. Se sirvió un poco de vino y sonrió, "Brindemos por nosotros, mi amor", le dijo, entrecerrando los ojos negros.

Cuando llegaron al departamento, Peretti acercó el auto al garaje y vio a dos hombres que se acercaron a él, armados. Le pidieron la billetera y la hicieron bajar del auto. y mientras él buscaba en sus bolsillos, recibió el primer disparo. Le siguieron otros siete. Su esposa nunca salió del auto, nunca miró para otro lado. Cuando llegaron la ambulancia y la policía, ella seguía en el auto. Según uno de los camilleros, Tejerina estaba bastante tranquila, aunque lloraba en silencio.

Peretti tampoco murió esa vez. Estuvo casi un mes en terapia intensiva y otros tres inmovilizado en su casa. Su esposa la cuidaba día y noche, ayudada por dos enfermeras. Era el castigo que se había impuesto a sí misma. Por casi un mes dejó de hablarle a Errea. No podía creer que una vez más las cosas hubieran salido tan mal. Porque además de estar vivo, su marido estaba casi inválido. No podía  haber sido peor.

De modo que Ana María pasaba sus días sentada al lado de la cama de su esposo, viendo televisión y dándole cucharaditas de té, mientras sentía que el destino seguía en su contra. Pero no solamente cuidaba a Peretti para castigarse, sino porque estaba reafirmando la voluntad de su esposo de legarle todo su dinero, y había una tercera intención, que Errea muriera de celos.

Peretti se recuperó totalmente de los balazos. Pero estaba obsesionado con la idea de la muerte. Cuando hablaba con sus amigos se ponía tan sensible que lloriqueaba como un chico. "No sé qué haría sin Ana María.Me cuidó tanto, es tan buena y tengo miedo de que no sepa qué hacer si yo no estoy", les decía, antes de pedirles que si a él le pasaba algo, que por favor la cuidaran.

Las dudas de Peretti acerca de su propio futuro y sus miedos de un tercer atentado enfurecían íntimamente a Ana María. La mujer no podía entender cómo un hombre al que ella consideraba inteligente no se daba cuenta de que los que planeaban matarlo eran ella misma y Errea, y que no pararían hasta lograr que él estuviera bien muerto. Pensaba que en el lugar de su esposo, ella ya hubiera advertido todo. Su antiguo desprecio hacia el género masculino le brotaba como un manantial.

Asombradísima, escuchaba a Peretti especular acerca de supuestos terroristas y de sus propios planes de seguridad. Él le explicaba que tendrían que cambiar los hábitos, horarios, todo, para despistar al enemigo. Ana María asentía y se decía que se había casado con un chico, con un pobre infeliz. Y eso la ponía todavía más furiosa. No aguantaba que fuera incapaz de ver lo obvio.

Tejerina redobló la apuesta matadora. Habló con Errea y le dijo que, a su manera de ver, necesitarían contratar a alguien más eficaz en su trabajo, aunque saliera más caro. Era evidente que los anteriores criminales trabajaban sin ninguna rofesionalidad. Errea estuvo de acuerdo aunque se negó a dejar fuera del plan a Dardo González. Decidió que González multiplicaría su eficacia si en vez de pagarle, como la otra vez, ocho millones, le subían el salario a ochenta. El dinero, por supuesto,fue aportado por Tejerina de la cuenta bancaria del futuro muerto.

González, una vez solo, guardó setenta millones para sí y dejó los otros diez para repartir entre los nuevos subcontratados, Custodio Zapata, pintor de obras, y Elvio Domingo Hernández Calistro, uruguayo desocupado.

Decidieron que la fecha del crimen sería el 14 de julio de 1976. Ese 14 de julio Peretti salió de su casa más tarde de lo habitual. Cerca de las seis de la tarde se reunió por negocios con Francisco Caruso y Serviliano Héctor Bullón. Estaban en la oficina del empresario, en Avenida de Mayo 1402. Los empleados ya se habían ido, y los dos matadores llegaron al lugar en el auto de Tejerina, con las llaves que ella misma les había dado. Entraron tranquilamente y le dijeron a Peretti y sus dos acompañantes que se pusieran de cara a la pared. Enseguida le dieron a Peretti un balazo en la espalda. Cayó al suelo. Zapata y Hemández Calistro sabían que no tenían que fallar. Le dispararon tres veces más, en la cara, y salieron.

La muerte de Peretti revivió la pasión de Tejerina y Errea. Con toda estupidez se dejaron ver juntos pocos días después del velorio. Si por ella hubiera sido, se hubieran casado al día siguiente. Pero Errea advirtió que los amigos de Peretti estaban alertas con respecto a la relación entre ellos. Una tarde estaban tomando un café en La Biela cuando entró uno de los mejores amigos del muerto. Los miró, los saludó de lejos y salió, Errea se intranquilizó. "Tenés que salir de Buenos Aires, andá a Punta del Este por un tiempo", le pidió a Tejerina. Ella se negó. "Me voy si venís conmigo". Fueron.

A principios de 1977, la policía mató al "Tucu", el mismo que había fallado en el segundo atentado contra Peretti, En el mismo enfrentamiento, cayeron presos dos compañeros de "Tucu", quienes confesaron que el muerto había participado, unos meses antes, en un intento de crimen a un empresario, en el que ellos no habían intervenido. El14 de marzo detuvieron a Pacheco Errea, Dardo González, Custodio Zapata y Elvio Domingo Hernández Calistro. De inmediato fueron a Uruguay a buscar a la viuda, que estaba averiguando cómo hacer para vender el departamento y las tierras que ahí tenía Peretti. La mujer no tardó en confesar, aunque después cambió su declaración y dijo que ella no sabía que su amante quería matar a su marido. Pero la policía ya había averiguado que en pocos días antes del segundo y el tercer atentado contra Peretti, ella había sacado dinero del banco, la misma suma que los asesinos habían cobrado por su trabajo.

El Juez de Instrucción Abel Bonorino Peró, condenó a la pareja de amantes, a González, Zapata y Calistro a reclusion perpetua. En 1984 todos salieron en libertad.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)













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//06 de Agosto, 2010

Clara - La Pelada

por jocharras a las 12:49, en Mujeres Asesinas

A los cincuenta años, se quedó pelada. Estaba casada con un hombre al que amaba y que se le había transformado en obsesión. "Es imposible que quiera a una mina como yo, menopáusica y sin pelo", le repetía a las pocas amigas que le iban quedando. Es que Clara, en crisis, era una persona fastidiosa, obsesiva. Su marido soportaba ese matrimonio con una resignación que tenía más que ver con la abulia que con el amor.


Cuando se casaron, Clara era distinta. Creía de verdad que Eduardo, ese hombre que la había elegido, era el mejor hombre del mundo. y creía también en lo que le había dicho su madre: que si un hombre bueno la amaba, su vida, mágicamente, transcurriría sin problemas. Que la felicidad no podía resistirse a un compromiso marital serio y a conciencia.


Su madre, es evidente, no le había advertido que a veces las cosas se complican, incluso en las parejas que, a priori, parecían ideales. Clara, entonces, no supo como reaccionar cuando sintió que su marido, ese señor brillante, dueño de una empresa medianita pero propia, mantenía relaciones sexuales con otras mujeres. " ¿Por qué mamá no me avisó? ¿Por qué me prometió que al casarme todo iría bien, que yo estaría protegida para siempre? Es una hija de puta!". Con ligeras variaciones, ese era el discurso que Clara repetía entre sus amigas. Estaba aniquilada. y lo peor de todo, es que tales engaños no existían sino que Clara los iba imaginando.


La idea de Clara era que su marido la narcotizaba por las noches para ir a encontrarse con sus amantes. Como réplica, ella adoptó un método insólito: anudó hilos de nylon que se entrelazaban y comunicaban, a todos los picaportes de su casa. De los hilos pendían campanitas y objetos de cristal que, ante el menor movimiento de una puerta, armaban un bullicio imposible de ser ignorado. Esta estrategia le sirvió para despertarse si su esposo iba al baño, o entraba a la biblioteca ( desde donde, acaso, podría llamar por teléfono a otra mujer) o si se animaba a salir a la calle.


Lo más misterioso de todo fue que su marido no hizo nada para persuadirla de su locura, ni atinó siquiera a cortar los hilos. No. El fastidiado marido aguantó y siguió durniendo con su esposa cada noche. Eso sí, una tarde la llevó aun psiquiatra para que la tratara. Clara fue, imaginando que era un ardid más de su marido para que ella siguiera viviendo en la ignorancia de sus cuernos.


El psiquiatra no le gustó de entrada. A sus ojos, era un gordo que no tenía ni idea de las cosas de la vida, y que atendía en un lugar por donde corrían las cucarachas entre las cajas de muestras médicas. Sin embargo, se sintió más segura, por un momento había tenido miedo de que el médico la internara, o le diera una inyección que la dejara tarada, o peor todavía, de que usara un narcótico para doparla y aplicarle, luego, electroshocks.


El profesional, sin embargo, no se tomó las molestias que ella había imaginado, le diagnosticó un delirio celotípico y le recitó unos medicamentos que ella tendría que tomar - por propia voluntad- en su casa. Más tarde, cuando Eduardo lo llamó para hablar a solas, el psiquiatra le explicó los términos. "Es un caso de celos extremos mezclados con rasgos de delirio. Mire, si usted la ignora, su mujer va a pensar que es porque está con otra. y si aparece con un ramo de flores, va a pensar que se las compró para que ella no se dé cuenta de que usted tiene una amante. Es bastante común, no se crea. Trate de que tome los remedios, ya va a pasar".


Mientras tanto, para sentir que su vida merecía la pena, Clara se inscribió en la Facultad de Medicina. Entró en 1986, un año en el que los exámenes de ingreso eran arduos. Ella obtuvo el séptimo mejor promedio. Pero su brillantez no fue suficiente. Muy pronto abandonó sus estudios porque estaba demasiado ocupada en perseguir a su marido y a sus supuestas amantes. La medicina, al lado de tanta emoción fuerte, era un pasatiempo ridículo.


Con el correr de los meses, Clara adoptó la costumbre de llevarse por pálpitos. Veía a alguna mujer en calle que le parecía acorde a las exigencias estéticas de su esposo, y la perseguía durante cuadras, llegando inclusive a agredir o insultar a varias.


En cuanto a los medicamentos, los desmenuzaba, los mezclaba con basura, y los tiraba. Seguía visitando al psiquiatra, a quien cada vez le contaba menos detalles de su delirio, advertía que si hablaba lo mínimo indispensable y, además, ocultaba las traiciones de su marido, el médico se quedaba contento.


Fueron épocas de horror. Las amantes se multiplicaban y no le dejaban tiempo para hacer una vida normal. En tanto, el marido, con paciencia de santo, aguantaba. Pero un día decidió que tenían que mudarse. Pensó, tal vez con cierta inocencia, que cambiar de barrio calmaría a su mujer, que a esa altura del partido a veces salía a la calle sin pañuelo y sin peluca, luciendo su calvicie, para no perder la pisada de alguna amante sospechosa.


Se mudaron a Flores, aun edificio alto, ruidoso y de construcción mediocre. Clara estaba alerta. Salía a caminar por el barrio, inspeccionando a cada vendedora, a cada mujer que paseaba por las plazas, a cada eventual competidora.


Una tarde, al volver a su edificio, se topó en el hall de entrada con una mujer que salía y que la miró con cierta fijeza. Tenía 42 años, era rubia, atractiva, con una melenita lacia que le llegaba a los hombros. Estaba vestida con un traje sastre gris claro de falda ajustada y algo corta.


Clara, que en esa época había recuperado unos tres pelos escasos, estaba sin peluca, pálida, enfundada en un triste jogging rosa pálido que le colgaba sin gracia. Ella misma fue consciente de la distancia abismal que existía entre su aspecto lamentable y la belleza de la otra. No es que la rubia fuera divina, pero era, sin dudas, una mujer a la que cualquier hombre miraría en la calle. Al igual que Clara, se había mudado hacía muy poco tiempo a ese edificio. Su marido había muerto, sus hijos estaban casados y vivían aparte ( ella se había casado muy joven, con un hombre mayor), y ella compartía el departamento con su suegra, una mujer que estaba por cumplir noventa años. Cuando vio en su edificio a esa mujer pelada y de aspecto huraño, no pudo dejar de mirarla, lo cual para Clara fue una señal inequívoca: la rubia tenía algo que ver con su maldito marido.


¿Qué me mirás, vos?! La rubia, que en su vida había recibido el grito de nadie, no atinó a contestar. En un primer instante se quedó paralizada, como fascinada por el horror que la pelada le provocaba. Enseguida amagó con irse, pero Clara volvió a la carga y le cerró el paso -Yo sé por que me mirás. Porque sos Zulema, seguro que sos Zulema. Si sos, ya descubrí a la amante de mi marido.


La rubia negó con una mínima sacudida de cabeza. -Para que yo te deje de joder, mostrame tus documentos. La otra se indignó. Jamás le mostraría los documentos a la primera loca que la encaraba en su propio edificio. Algo asustada, miró para abajo, y salió.


Al día siguiente, un sábado, empezó la persecución. En la cola de la panadería, mientras la rubia pensaba cuántas medialunas llevaría, escuchó la voz a sus espaldas: "Mirá, todo esto se arregla mostrando el documento". Con espanto, se dio vuelta y vio a la pelada, con el mismo jogging rosa, mirándola con expresión rarísima. Ella no contestó, y se dedicó a mirar las tortas. Pero sentía que el corazón se le disparaba. Se había puesto histérica. Miró de reojo y vio que la loca se iba.


Temblando, hizo su pedido, pagó y volvió a su casa. Pero a la tarde, volvió a salir. Fue al lavadero automático de la esquina. Mientras estaba poniendo la ropa en una canasta, escuchó la voz: "Quiero ver los documentos. Nada más que eso".


Esta vez, el esfuerzo de la rubia para ignorar a su perseguidora fue fenomenal. Pero esa tarde, en su casa, había decidido dos cosas: jamás le mostraría los documentos a la imbécil de su vecina y, además, hablaría con el marido, a quien ya había identificado gracias al portero, un hombre común al que ella reconocería por el único detalle de que al caminar mantenía los puños apretados.


El domingo transcurrió sin novedad. El lunes ella siguió su rutina: se despertó a las seis, se bañó, se secó el pelo con su secador profesional, preparó el desayuno para sí misma y para su suegra, y salió a trabajar. Era ejecutiva de cuentas de una empresa de Pilar. Tomaba un taxi o un colectivo hasta un lugar donde pasaba a recogerla una combi. A las nueve, ya estaba instalada en su oficina del primer piso. Su escritorio daba aun gran ventanal, desde donde podía ver un jardín lleno de flores, y dos cipreces.


Esa mañana, una vez que se instaló en su sillón, se le ocurrió mirar hacia fuera. Vio a una mujer que estaba enfrente, mirando hacia su ventana. Era la pelada, por supuesto. Esta vez cubría su cabeza con un pañuelo.


La ejecutiva corrió las cortinas de un tirón y se obligó a no mirar más, por lo menos hasta el mediodía. Se imaginó las peores cosas: la pelada entrando a su departamento, mientras ella no estaba, para estrangular a su pobre suegra; la pelada pegándole un tiro por la espalda; la pelada interceptándola en el garaje del edificio y rompiéndole la cabeza con un fierro. Le dio taquicardia y tuvo que dejar la computadora para respirar profundo y calmarse.A la una, cuando se decidió a bajar al comedor, se asomó por la ventana. La mujer había desaparecido.

Esa misma tarde, cuando volvió a su casa, le pidió al portero que le armara una cita con el marido de Clara. Una hora más tarde, justo antes de cenar, recibió el llamado del portero. "Venga acá a casa, en la planta baja. Lo tengo al esposo de la señora Clara".


En cuanto lo tuvo delante, le contó todo y le pidió que la ayude. "Controle a su mujer, me da mucho miedo. Me puede hacer algo a mí o a mi suegra, que vive conmigo y es muy mayor". El marido contestó con evasivas. Le dijo que la mandaba a un psiquiatra, y que a ese psiquiatra no le parecía necesario internarla. Que ella tomaba los remedios que le recetaban y que, sin dudas, en poco tiempo estaría mejor y dejaría de molestarla. Ella miró de frente al hombre y le dieron ganas de llorar. Revalorizó a su marido muerto, que jamás dejaba las cosas a medio hacer, ni se conformaba con soluciones a mitad de camino. y hasta sintió una pizca de piedad por la pelada. "Se debe haber vuelto loca por tener a este marido que hace de cuenta que todo está bien", pensó. y hasta tuvo un mínimo de humor para recordar la palabra que hubiera usado su marido para describir a ese hombre, pusilánime. La rubia, por las dudas, le dijo al portero que estuviera alerta porque tenía un presentimiento terrible en relación con la mujer que la espiaba.

Al otro día, también al volver del trabajo, la rubia fue al mercado. Se puso a elegir tomates cuando vio que la pelada la estaba mirando desde la vidriera y se disponía a entrar, rápido, fue a la caja, como para tener testigos de un eventual ataque. La pelada se le acercó, la miró con odio, y le dijo lo de siempre.


Documentos. Mostrame los documentos y acabemos con esta historia. La rubia miró hacia la cajera, que no entendía la escena. La pelada no dijo nada más, esperó unos segundos y se fue, moviendo la cabeza a un lado y al otro, como sin poder creer en el caradurismo de la otra, que le negaba el elemental derecho de saber si era o no la amante de su marido.


Con los días, todo se agravó. La pelada perseguía sin descanso a la rubia: se le paraba frente al trabajo cada mañana, y le pedía los documentos en el mercado, la panadería, la farmacia y el local en donde compraba sus medias de nylon negras.


Un viernes por la noche, aunque cansada del trabajo, la mujer decidió dejar sola a su suegra e ir al cumpleaños de su prima preferida. Era una de sus primeras salidas después de la muerte de su marido. Se puso un vestido celeste algo ajustado, un tapado negro, y se fue a la fiesta, en Quintana y Callao. En el taxi iba mirando el barrio donde vivía esta prima. Siempre le había gustado esa zona de Buenos Aires y, por unos momentos, se olvidó de la loca, que a esa altura ya se había convertido en una pesadilla.


Se quedó en la fiesta hasta las tres de la mañana. A esa hora decidió irse, antes que nadie, porque no quería dejar tanto tiempo sola a su suegra. Bajó, se acercó a la calle para ver si aparecía algún taxi, y escuchó la voz: "Dame de una vez los documentos, basura, mostrámelos".


La rubia se abalanzó sobre un taxi, subió, cerró la puerta con desesperación temiendo que se colara la loca- y le dijo al taxista que arrancara rápido. Pero la otra ni siquiera intentó subir. Se quedó parada en la vereda, siguiendo al taxi con la mirada.


Al otro día, fue a la comisaría a hacer la denuncia. Contó que había una mujer, loca y pelada, que la seguía a sol ya sombra, que le pedía los documentos y que la creía la amante de su esposo. Pidió protección. La miraron con gran escepticismo y le contestaron que a lo mejor era ella misma la que estaba nerviosa, la que imaginaba cosas. Le dijeron que era lógico que si vivían en el mismo barrio, se encontraran en los mismos lugares. En fin, le explicaron que no tenía por qué preocuparse, y le rogaron que no volviese a aparecer por ahí, sugiriéndole una vez más que la que estaba loca era ella.


Al salir de la comisaría, como para calmarse, la mujer entró en un bar y pidió un té con tostadas. En cuanto el mozo le trajo su pedido y ella mordió la primera tostada, escuchó lo que, en realidad, estaba esperando escuchar casi con ansiedad. "Documentos. Mostrame los documentos de una vez".


En tanto, el matrimonio de la pelada no había registrado mayores cambios. Sí, acaso, las cosas se habían calmado. La mujer estaba totalmente concentrada en vigilar los movimientos de su vecina, con lo cual tenía menos tiempo y menos energía para cargosear a su marido. y él, aunque estaba al tanto de la actitud de su esposa, no pensaba más que en sí mismo, por fin ella estaba entretenida en algo y lo dejaba en paz. Era cierto que a veces Clara lo insultaba y le decía que no faltaba mucho para desenmascarar a la vecina, pero esas escenas no eran muy frecuentes. La frenaba la posibilidad de que su marido hablara con el psiquiatra y la internaran. Ni por un momento al hombre se le ocurrió pensar en la angustia de la vecina, o en el peligro potencial. Prefería pensar en otra cosa, en lo que a él de verdad le interesaba, ver partidos de fútbol, hacer bien su trabajo, tomar café con sus amigos. Tener a la loca en su casa cada noche era un hecho inevitable que le había venido de arriba y tenía que soportarlo. Nada más.


Una semana más tarde, sin que la persecución hubiera cedido un ápice, la rubia cumplió con sus rituales matutinos. ducha, arreglo del pelo, desayuno para ella y para su suegra. Cuando terminó, salió al pasillo, llamó el ascensor, y esperó. En cuanto llegó, abrió la puerta y, sin mirar, se metió. Adentro estaba la pelada, con un cuchillo de cocina en la mano. Las puñaladas fueron mas de sesenta. La rubia no pudo impedir ni una, la pelada tenía una fuerza extraordinaria.


Mucha gente del edificio escuchó los gritos y aullidos de la víctima. Una vecina de la rubia se acercó a la puerta de su propio departamento y por la mirilla vio el ascensor abierto. Abrió un poco la puerta ,sin soltar la cadena de seguridad, y vio a la rubia tirada, y a una mujer calva que la acuchillaba sin piedad. Llamó enseguida a la policía.


En tanto, una vez que la pelada calmó su furia asesina, bajó en el mismo ascensor en que estaba tirado el cadáver de la mujer, y fue a su propio piso. Se sacó la ropa ensangrentada y la dejó en el lavadero, para lavarla más tarde. Enjuagó el cuchillo tramontina y lo dejó en su lugar. Fue a su cama, donde su marido todavía dormía, y se acostó con él. El esfuerzo del crimen la había agotado, y no tardó nada en dormirse. Una hora más tarde, el matrimonio se despertó por los golpes a la puerta. Era la policía. La mujer negó los hechos respaldada por el marido, que juraba que su esposa estaba durmiendo con él y que no se había levantado en toda la noche. Pero uno de los oficiales ya había encontrado la ropa ensangrentada.


Después de un juicio rápido, la mujer fue declarada inimputable y terminó en el Moyano. Cuando una psicóloga forense se acercó a verla, la mujer se mostró desalentada. "Mire qué cosa. Yo estoy presa porque la otra hija de puta no quería mostrarne los documentos. ¿A usted le parece justo?".


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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//02 de Agosto, 2010

Miyuki Ishikawa

por jocharras a las 16:32, en Mujeres Asesinas

Miyuki Ishikawara era un matrona que dejó morir aproximadamente entre 85 y 169 recién nacidos. Convirtiéndose en la mayor asesina en serie de toda la historia de Japón.
Miyuki Ishikawa - La Matrona Asesina

En la década de los 40, Miyuki Ishikawa trabajaba como directora de la Maternidad del hospital Kotobuki en Tokyo, Japón. El número de bebés aumentaba en el hospital, y la ausencia de servicios sociales y la escasez de ingresos de los padres de los bebes, forzó a la partera a hacer lo inimaginable. La demencial presión que Miyuki sentía la llevó a dejar morir centenares de infantes recién nacidos, creyendo que así les evitaría una vida de angustia.

Nace una asesina

Miyuki nació en 1897, en el pueblo de Kunitmi, dentro del distrito de Miyazaki. Realizó sus estudios superiores en la Universidad de Tokyo y tras graduarse entabló una relación con Takeshi Ishikawa, posteriormente contrajeron nupcias, pero su matrimonio no produjo hijos.

Para ayudar en su hogar, Miyuki consiguió un empleo como directora en el ala de maternidad del hospital Kotobuki, lugar donde trabajaba asistiendo partos. En aquel tiempo Japón no reconocía licenciatura sobre esta práctica.

Durante su trabajo Miyuki también revisaba los reportes hechos sobre los padres y sus antecedentes, así descubrió que muchos de ellos eran pobres y no tenían los ingresos suficientes para mantener una familia sin sufrir necesidades económicas. Ante esta situación la partera Ishikawa, buscó la ayuda de organizaciones de caridad y servicios sociales, pero al no recibir respuesta positiva, se encontraba en un serio dilema moral, su desesperación aumentaba en la medida que la lista de futuras madres crecía. Frente a este percance la comadrona Miyuki Ishikawa halló una solución escalofriante, y pronto los bebés comenzaron a nacer muertos.

La Matrona infanticida

El número exacto de víctimas es desconocido, pero los casos confirmados indican que Miyuki asesinó por lo menos 103 recién nacidos. Su modus operandi era negar el cuidado a los recién nacidos hasta que estos morían de hambre y sed o agotados por los continuos llantos que les debilitaban y acababan muriendo sofocados.

Esta repugnante práctica hizo que todas las matronas de la maternidad del hospital Kotobuki presentaran su renuncia de inmediato. Mientras Ishikawa comenzó con su ola de infanticidios; una vez que el bebé nacía ella los abandonaba y por ende perecían ante la falta de cuidados.

Sin embargo Miyuki no se detuvo y pronto comenzó un negocio de muerte con su esposo Takeshi, convenciendo a los padres de pagar alrededor de 4000 yenes, cantidad que no se comparaba a los gastos que representaría mantener a estos niños “no deseados”. A cambio ella les libraría de la carga de forma permanente.

Para el correcto funcionamiento de su macabro plan tenían de cómplice al doctor Shiro Nakayama, cuya labor era falsificar los certificados de defunción con ayuda de su asistente Kishi Masako de 25 años. Para cubrir sus acciones los criminales dieron sobornos en las oficinas del barrio de Shinjuku.

Otros casos de Infanticidas

Casos similares a este azotaron la región de Japón desde 1930, cuando se acusó a los pobladores de Itabashi por asesinar a 41 niños. Mientras que en 1933 Hatsutaro Kawamata fue arrestado bajo cargos de homicidio de 25 niños.

El gobierno japonés tenía conocimiento de esta crisis, pero no hacía nada al respecto debido a que los recién nacidos no tenían derechos. Es así que los casos de infanticidio sólo eran vistos como una situación donde el bebé recibió una herida que lo mataba, esto es de acuerdo al código criminal de Japón desde 1907.

Detención y encarcelamiento

La carrera criminal de la matrona asesina terminó el 12 de enero de 1948, cuando 2 oficiales del departamento de policía de Waseda investigaron la casa de Nagasaki Ryutaro, persona que trabajaba para una funeraria. Cerca de la vivienda de Ryutaro se encontraron 5 sospechosas cajas de madera, tras interrogar al hombre de 54 años sobre las cajas, este reveló que provenían de la maternidad del hospital Kotobuki y su trabajo era llevarlas al crematorio. Los oficiales arrestaron Ryutaro, una vez en la estación de policía el hombre confesó que había hecho lo mismo con 30 cajas y por cada bebé recibía la suma de 500 yenes.

Tras realizar las autopsias en los infantes descubrieron que no habían fallecido por causas naturales. Los bebés no tenían comida en sus estómagos, también sus pulmones mostraban síntomas de neumonía y sus cuerpos estaban desnutridos. Los investigadores concluyeron que la muerte de los infantes había sido intencional.


La imposibilidad de abortar hicieron aflorar casos similares en Japón durante los años 40.

Los oficiales arrestaron a la pareja el 15 de enero de 1948. Durante el interrogatorio se descubrió que Miyuki no les daba de beber leche, lo cual irritaba a los infantes y por su llanto constante morían sofocados o por hambruna.

En el juicio Miyuki defendió sus acciones diciendo que los culpables eran los padres por irresponsables. Sorprendentemente la opinión pública estaba de acuerdo con la declaración de la matrona asesina, aunque fue criticada duramente por la novelista Yuriko Miyamoto, quien sostenía que tales actos son un tipo de discriminación.


Yuriko Miyamoto fue una de las novelistas que más duramente criticaron los asesinatos de Miyuki. Por desgracia el vacío legal que existía en Japón no permitió que la asesina fuera enjuiciada por asesinato. Por la omisión de ayuda se la sentenció a tan sólo 8 años, de los cuales cumplió 4.

Cuna de muertos

Después de que Miyuki y sus cómplices fueron ajusticiados, la policía continuó investigando y pronto descubrieron 40 cuerpos esparcidos en el barrio de Shinjuku. También encontraron 30 cuerpos más en un templo, el estado de descomposición y la cantidad de restos que había, dificultaron la determinación del total de víctimas. Hasta el día de hoy se desconoce el número de muertos a manos de la partera infanticida. Las autoridades clasificaron sus actos como crímenes de omisión, ley que justificaba las acciones de Miyuki.

Por esta razón ella fue sentenciada a sólo 8 años de prisión, mientras que Takeshi, el doctor Nakayama y su asistente Kishi Masako recibieron 4 años de encarcelamiento por ayudar en los asesinatos. En 1952 la pareja apeló a sus sentencias y la corte superior de Tokyo revocó su tiempo en prisión por la mitad de la sentencia oficial.

Este incidente permitió que el gobierno japonés considere legalizar el aborto, debido al número de infantes no deseados que nacían en Japón. El 13 de julio de 1948 se creó la “Ley de protección contra del cuerpo de la madre”, norma que estableció en primera instancia el “Sistema Nacional de exámenes para matronas”.

Un año más tarde, el 24 de junio de 1949, la ley de abortos por razones económicas fue legalizada bajo la supervisión de la “Ley de protección contra el cuerpo de la madre”. Queda claro que las atrocidades cometidas por la matrona asesina trajeron un balance en el sistema de leyes y regulaciones japonesas.

La sentencia de ocho años de cárcel reducida a cuatro fue ridícula, se estima que Miyuki dejó morir a entre 85 y 169 recién nacidos, aunque la cifra oficial es de 103, esto la convierte en la asesina en serie con mayor número de víctimas de Japón. Miyuki prácticamente quedó sin castigo gracias al vacío legal que existía en Japón, que no consideraba el abandono de un recien nacido como asesinato, únicamente la muerte directa estaba penada.


Autor: Arturo Varas
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//02 de Agosto, 2010

Erzsebet Bathory

por jocharras a las 16:18, en Mujeres Asesinas
Erzsebet Bathory alias "La Condesa Sangrienta"




Nació en 1560 en Hungría. Su familia célebre y distinguida pertenecía a la aristocracia, su primo era Primer Ministro, y su tío Rey de Polonia, entre varios otros príncipes de Transilvania.

Más conocida como "La Condesa Sangrienta", debido a los macabros y sádicos crímenes que cometió, Erzsebet Bathory fue una aristócrata húngara perteneciente a una de las más ilustres familias de Europa. De hecho, de esta misma familia también fueron Esteban y Sigmund Bathory que ocuparon los tronos de Polonia y Transilvania, respectivamente, además de varios dignatarios de la Iglesia y ministros de Hungría.

Los Báthory descendían de un poderoso clan de los hunos y comenzaron a ganar relevancia a partir de mediados del siglo XIII. Abandonando sus costumbres tribales, la familia adoptó el nombre de sus estados como apellido (Bátor significa, de hecho, «valiente»). Su poder e influencia iría desvaneciéndose paulatinamente, hasta desaparecer completamente hacia la segunda mitad del siglo XVII.

Como en otras tantas familias de la nobleza europea de la época, los Báthory contrajeron ;matrimonio entre ellos en numerosas ocasiones, y esta conducta endogámica trajo consecuencias fatales como la aparición de diversos grados de enfermedades mentales y psicosis de diferente índole, de entre las que sin duda se destaca la de Erszebet Báthory.

A muchos de los familiares de la condesa les gustaban el esoterismo y la magia negra, la alquimia, y la propia condesa desde niña recibió influencias de su nodriza, quien le enseñaba prácticas de brujería y otras habilidades relacionadas con estas artes prohibidas.

Dueña de una excepcional belleza, cuando Erzsebet tenía 15 años, el conde Ferencz Nádasy, conocido como "El Héroe Negro" por sus cuantiosas victorias en los habituales campos de batalla de la Europa del este de ese tiempo, se convierte en su esposo y el matrimonio se muda al recóndito Csejthe, a uno de los 17 castillos que poseían en los Cárpatos.

Obviamente, el lugar estaba alejado de cualquier centro urbano de importancia, reduciendo de manera drástica el abanico de diversiones al que podía acceder una joven aristócrata de la época.



La «Doncella de Hierro», un sofisticado aparato de tortura de la condesa Báthory.

Esta joven era, como dijimos, una mujer muy hermosa pero aburrida, debido a las largas ausencias de su esposo que participaba en cuanta batalla se produjera en los alrededores, que era sin duda una de las zonas de mayor conflicto del momento ya que en esas tierras se encontraban los limites entre los Reinos Cristianos y el Imperio Otomano.

Así, la condesa utilizaba su tiempo ocioso dedicándose cada vez con más entusiasmo al esoterismo, y se rodeó de brujos, hechiceros y alquimistas, amén de todo tipo de charlatanes y paralelamente comienza a manifestarse su perversidad; ella sostenía que sus dolores de cabeza desaparecían al morder a sus doncellas, por lo tanto, cada vez que sufría una de esas jaquecas las pobres muchachas eran mordisqueadas por la condesa.

También ocupaba su tiempo libre con pasatiempos igualmente deleznables, que consistían en pinchar a sus jóvenes costureras con agujas y mirar como fluía la sangre; además le gustaba untar el cuerpo de alguna sirvienta con miel y observar cómo las hormigas la torturaban.

La condesa tuvo tiempo para criar y educar a cuatro hijos, pero los sucesivos embarazos la hacían verse vieja y fea, condíción que ella rechazaba en forma enfermiza, deseaba no perder nunca la belleza y la juventud que la caracterizaban.

Estas preocupaciones se las manifestó a su nodriza que aún la acompañaba esta le dijo que los poderes de la sangre los sacrificios humanos daban muy bueno resultados, aconsejándole que se bañara con sangre de doncella para conservar eternamente la juventud.

Esta solución mágica pronto se puso de manifiesto. Cierto día en que una de sus doncellas la acicalaba le tiró el pelo y la condesa la abofeteó con tanta fuerza que hizo sangrar su rostro la sangre salpicó la mano de Erzsebet y ella, al observarse, creyó que la piel interesada estaba más blanca y tersa que el resto de su cuerpo, confirmando los dichos de su nodriza.

La Virgen de Hierro, una muñeca de tamaño natural que Erzsebet utilizaba en sus ritos de sangre.

Convencida de que la única forma para anular el envejecimiento era bañarse o beber sangre de doncellas jóvenes, desparramó toda la maldad de la que ella era capaz en pos de obtenerla y disfrutarla.

Manipulada por su dueña, la Virgen de Hierro era un objeto de tortura. Era de metal, con cabellera rubia, joyas, maquillaje y siempre se presentaba desnuda. Con falsa y perversa amabilidad, la autómata recibía y luego abrazaba a las jóvenes víctimas de la condesa. Cuando las tenía entre sus brazos, sus falsos senos se abrían y apuñalaban a la presa. Estando las víctimas malheridas, eran degolladas y su sangre era bebida por Erzsebet. Y, si la cantidad era suficiente, hacía llenar una gran bañera con la sangre de las doncellas y se sumergía en ella, buscando desesperadamente la fuente de la juventud.

Teniendo certeza de que la sangre rejuvenecía los tejidos, inmediatamente mando a que cortaran las venas de la desafortunada sirvienta se vertieran la sangre en la bañera para que pudiera sumergirse en ella. Luego de este momento los baños de sangre serian su obsesión, así como los placeres lésbicos ya que su esposo fallece en 1604 dejandola libre y haciéndola dueña de todos sus bienes.

Sus sádicos gustos eran consentidos por el enano bufón, Ficzk, y un grupo de brujas que la acompañaban para reclutar jóvenes guapas y de buena salud que eran llevadas al castillo y, una vez allí, eran sometidas a todo tipo de suplíos y tormentos: eran azotadas hasta que morían, quemadas en los pechos, los pies y los genitales con hierros candentes, etc.

El carruaje negro con el emblema de la Condesa Báthory recorría los Cárpatos en busca de nuevas victimas, que eran engañadas con la promesa de trabajo en el castillo y, si se resistían, eran drogadas y llevadas a la fuerza.

En los aposentos de la condesa cortaban las venas y las arterias de las desafortunadas, que tenían las bocas cosidas para que no molestaran con sus gritos.

La sangre llenaba lentamente la bañera para que ella tomara sus baños rejuvenecedores. A veces hacía derramar la sangre directamente sobre su cuerpo y, para evitar el roce de las toallas sobre su piel, ordenaba a sus sirvientas que la lamieran suavemente, En muchas ocasiones, las jóvenes raptadas debían esperar su turno en las cárceles de la fortaleza, donde vivían en condiciones infrahumanas pasando frío y hambre o comiendo la carne chamuscada de sus compañeras.

La jóvenes que parecían más saludables eran encerradas en el sótano, y su sangre era drenada periódicamente para que Erzsebet la bebiera.

Le gustaba jugar con las desdichadas. si era invierno, las empapaba con agua y dejaba que murieran afuera, aprisionadas por el hielo, pero el más famoso entretenimiento fue «La Doncella de hierro>, una estatua huera provista en su interior con afilados cuchillos que permitían desangrar lentamente a las muchachas.

Durante once años la condesa disfrutó de esta vida, sepultando los cuerpos en las afueras del castillo y guardando los huesos para que sus hechiceros los utilizaran es sus experimentos alquímicos.

Tan largo tiempo de desapariciones sin explicación hicieron caer todas las sospechas sobre su castillo. Los campesinos estaban aterrados y no dejaban salir a sus hijas, otros eran involuntarios testigos de los desgarradores gritos que provenían de las torres del macabro lugar.

Pero ella era una mujer de la nobleza y por lo tanto intocable, sólo a partir de que unos lobos desenterraron los cuerpos de cuatro jóvenes, en las cercanías del castillo, la justicia comenzó a actuar. El Rey Matías en persona se ocupó del caso y visitó imprevistamente, junto con su corte, el castillo de Csejthe, en 1610.

Al entrar encontraron el cuerpo pálido y desangrado de una mujer; otra, aún con vida; y una más muerta debido a las torturas, azotes y pinchaduras. En las habitaciones había gran cantidad de elementos de tortura y una libreta en la cual la condesa había anotado prolijamente el nombre de 610 victimas.

En los calabozos, algunas de las jóvenes aún permanecían con vida pero totalmente débiles, debido al permanente sangrado de que eran objeto; en otra ala del castillo la condesa y su séquito de brujos fueron sorprendidos realizando un sangriento ritual. Inmediatamente fueron detenidos y llevados a juicio.

Frente a las evidencias no pudieron defenderse, sus cómplices fueron quemados y su bufón decapitado. El Tribunal Supremo, considerando la alcurnia de la condesa, le perdonó la vida pero fue emparedada en una habitación del castillo con sólo una ranura por donde pasaba el alimento y el agua. Finalmente y después de soportar, asombrosamente, cuatro años esta sepultura en vida, Erzsebet Báthory muere a la edad de 54 años.

La crónica oficial de su muerte deci «Erzsebet Bcithory, esposa del influyente sen Ferencz Nádasdy, magistrado del rey y gran maestre de los caballos, viuda e infame y homicida, ha muerto en prisión en Csejthe. Muerta repentinamente sin luz y de 1614».

Gran parte de los investigadores achacan los malvados instintos de Erzsebet a la degeneración genética a la que habían llegado los miembros de esta familia debido a la endogamia, pues la única manera de mantener las posesiones era el matrimonio entre familias nobles húngaras.
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