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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//07 de Noviembre, 2010

CAPITULO VI De regreso

por jocharras a las 20:19, en La Marca de la Bestia
CAPITULO VI

De regreso

Volver a los 23

A la par de su vida como marido, como hijo y como padre, Marcelo Mario Sajen mantuvo otras vidas a las que podría llamarse paralelas. Sin embargo, no debe entenderse que alguna de ellas estuviera (para su entorno) en contradicción con la imagen de marido e hijo trabajador, padre cariñoso y hombre exitoso que todas las personas que lo quisieron insisten en adjudicarle.

Dentro de Marcelo Mario Sajen coexistieron también un conquistador de mujeres y un experimentado delincuente, perfiles que, si bien eran conocidos y aceptados por parte de su entorno, terminarían conjugándose para que, de la totalidad de personas que lo conocían, ninguna estuviera en condiciones de saber quién era él en realidad.

A la larga, ése sería el secreto que le permitiría concretar dos cosas que podrían considerarse imposibles para alguien normal: en primer lugar, convertirse en el delincuente sexual más importante de la historia de Córdoba -y uno de los más importantes del mundo-, sin que las fuerzas encargadas de investigarlo fueran capaces, si no de atraparlo, al menos de vincularlo a esos hechos y, en segundo lugar, hacer que todas las personas que decían conocerlo, trabajar con él, hacerle de comer y hasta dormir con él, no tuviesen la más mínima sospecha de que él era ese delincuente sexual que, por otro lado, todos ellos aborrecían.

El proceso fue lento pero sistemático y contó con la aprobación (o la aceptación silenciosa) de todas sus personas cercanas, quienes de una u otra manera fueron cómplices de la construcción de esas existencias que llamamos paralelas y que, si bien parecen haberse intensificado a partir del año 1997, definitivamente tienen sus orígenes muchos años antes.

¿Cuándo? Quizás cuando logró convencer a todos los que estaban cerca de él -incluido el Servicio Penitenciario- de que su primera víctima de violación había sido en realidad su novia; o cuando, escondiéndose de su padre, comenzó a delinquir; o cuando decidió encarar una vida que evolucionó al margen de la de su familia, llegando a tener amantes con las que mantuvo relaciones a las que casi podría llamarse "de pareja", construyendo una familia paralela y erigiéndose en dos barrios vecinos como esposo, padre, ladrón y vendedor de autos, etc.

En el nombre del padre

Hay acontecimientos que modifican nuestra vida para siempre. Circunstancias que, por más que intentemos dejar atrás, nos dejan una marca que nos impide volver a ser lo que alguna vez fuimos. La cárcel cumplió ese rol en la vida de Sajen.

Independientemente de que un análisis objetivo de la vida de este sujeto en su primera etapa carcelaria lo muestra como un beneficiado por el Servicio Penitenciario, todos los que lo conocieron aseguran que el hombre que salió de la cárcel en libertad condicional el 13 de setiembre de 1989 no era el mismo que habían visto entrar tres años y unos meses atrás.

"Se volvió más callado, dejó de hablar de sus cosas y casi diría que se hizo un poco más triste", comenta su hermano Eduardo.

"Lo que Marcelo sufrió ahí no tiene nombre", señala Cacho Cristaldo, sumándose así a las afirmaciones de quienes insisten en un detalle vinculado al estado de ánimo de su amigo: se convirtió en una persona introvertida.

La explicación de ese oscurecimiento del ánimo de Sajen quizá se deba a que -según cuenta un hombre que ya cumplió varias condenas y actualmente se encuentra preso en la Penitenciaría del barrio San Martín- "cuando se está dentro de la cárcel, nada es más importante que salir, quedar en libertad". Pero la libertad nunca llega sola y es común que, al cruzar la puerta que los retiene dentro de los muros, los presos deban enfrentar el desafío de seguir viviendo dentro de una sociedad que no se muestra preparada para ofrecerles una alternativa.

Con sólo 22 años, al quedar en libertad Sajen era ya padre de tres niños y cargaba sobre sus espaldas con un prontuario lo suficientemente complejo como para impedirle conseguir un trabajo estable. Entonces, decidió vivir del oficio que su padre le había enseñado, y lo hizo de la mano de la mujer que le había ayudado a resistir su cautiverio.

Marcelo y Zulma compraron una casa prefabricada en barrio Io de Mayo de la ciudad de Córdoba, e instalaron una verdulería. En realidad, todos los Sajen se habían mudado de Pilar a la Capital.

"Marcelo iba a las 4 de la mañana al Mercado de Abasto y volvía cerca de las 8 para descargar todo. Desayunábamos juntos y nos poníamos a trabajar", recuerda Villalón, quien evoca aquellos años con melancolía y los define como una de las etapas más felices de su vida. Incluso señala que fue entonces cuando llevó con su marido "una vida normal".

"Todo estaba bien porque el negocio funcionaba, pero le teníamos miedo a los asaltos, así que el barrio nos fue desencantando. En esa época empezamos el ritual de ir al parque Sarmiento los domingos con los chicos y vivimos una etapa muy linda", dice Zulma, quien recuerda que las cosas se complicaron porque en dos ocasiones intentaron robar la verdulería en momentos en que Marcelo no estaba y eso los obligó a mudarse.

Zulma y Marcelo se instalaron en barrio Acosta, en una casa que pertenecía a los abuelos de la madre de él y que estaba ubicada sobre la calle Estados Unidos esquina Callao. Luego volvieron a mudarse, a finales de 1990, a una casa -habitada en la actualidad por la hija mayor de Sajen- en la calle Ambrosio Olmos al 2700, de barrio General Urquiza.

"Por esa época habíamos comprado una chata -recuerda Zulma- y decidimos 'encargar' a nuestro cuarto bebé.

En el nombre del hijo

La historia del serial está íntimamente ligada a la de su padre. Mientras los hermanos Leonardo, Eduardo, Luis y Luca fueron siempre los hijos preferidos de su madre, Marcelo, Daniel y Stella Maris eran los más protegidos por su papá. Como todo matrimonio, los padres de estos chicos soñaban con cosas grandes para ellos.

Que Leonardo fuera futbolista, que Marcelo siguiera con el trabajo de su padre, que Eduardo -desde los 15 años empleado en una fábrica de baterías- formara familia, que Stella se casara con un hombre honesto y que Daniel se convirtiera en abogado.

Sin embargo, las cosas no salieron como se esperaba y eso produjo una gran decepción en don Leonardo y en Rosa, quienes además debieron presenciar cómo varios sus hijos se "descarrilaban".

Del mismo relato de los hijos se desprende que la familia tenía una cierta dependencia hacia su padre, que era quien aportaba soluciones y trabajo para todos. En ese sentido los hijos del Zurdo Sajen dicen haberse acostumbrado a eso hasta el punto que -como cuenta Eduardo- cuando su padre sufrió un problema que le impidió trabajar con normalidad, los hermanos "no supieron cómo vivir".

Para recordar aquel episodio es necesario remontarse a tiempos anteriores a la etapa en prisión de Marcelo. Un día, don Leonardo decidió reparar una camioneta que estaba "parada" desde hacía tiempo. Con la ayuda de sus hijos, intentó remolcarla con otro vehículo y para eso ató una soga a la vieja chata. La idea era arrastrarla unos metros para ver si arrancaba.

Marcelo manejaba la pick up que iba adelante y Leonardo conducía la de atrás. El padre de ambos quedó parado en el guardabarros trasero del primer vehículo. En un momento, le gritó a Leonardo que frenara, pero quien obedeció la orden fue Marcelo. La camioneta que iba atrás siguió andando y le aplastó un pie, destruyéndoselo. Don Leonardo tuvo que dejar de trabajar por varios meses y entró en un período de depresión.

Daniel lo explica de esta manera: "Cuando mi papá enfermó nos fuimos cayendo todos. Nos quedamos sin la guía que nos ayudaba a vivir. Él solía decir: 'Yo pude mantener a siete y siete no me pueden mantener a mí'. Como no teníamos qué hacer en Pilar y la verdulería no funcionaba, nos volvimos todos a Córdoba".

"En la Capital nos descarrilamos todos. Empezamos a 'moquear' y no hubo marcha atrás. Si algo lamento es que mi papá no haya podido ver nuestra última época con Leonardo y yo dejando atrás ese mundo que a él tanto le molestaba", asegura el Nene.

Entre tantos golpes, el dolor más grande que tuvo que soportar don Leonardo fue la acusación por violación contra Marcelo. "Mi papá primero dijo que él no nos había criado para eso", asegura Daniel, que también aporta un dato importante a la hora de entender cómo asumió la familia aquella condena. "De esa violación nunca se habló en mi familia. Nunca lo discutimos, nunca lo evaluamos. Pasa exactamente lo mismo que con esta acusación de que Marcelo es el violador serial... de eso no se habla".

En el nombre del hermano

La cara de Eduardo Sajen se ilumina y por un momento parece olvidar que la aseguradora de riesgos de trabajo se niega a pagarle la indemnización que reclama después de que los médicos le anunciaran que, tras 24 años de trabajar con baterías, su sangre se ha contaminado en un 80 por ciento con plomo.

Pero su rostro no se ilumina porque esté a punto de reírse, sino porque a través de la ventana de su humilde vivienda se alcanza a ver un carro con caballos que se abre paso frente a la plaza, igual al que manejaba su padre cuando vendía verduras.

"Así -señala melancólico-, así como andan esos chicos en ese carro, andábamos nosotros", comenta el hombre antes de entristecer de repente, al darse cuenta de lo lejanos que quedaron aquellos tiempos.

Evidentemente triste pero al mismo tiempo seguro, este hombre nos abrió la puerta de su casa una mañana soleada de invierno para hablar sobre su "querido" Marcelo y así sacarse esa bronca contenida por no poder gritar a los cuatro vientos que su hermano "es inocente".

"Nunca tendríamos que haber vuelto de Pilar -dice en una de sus constantes afirmaciones alternadas por miradas profundas que se pierden en el vacío- Nunca tendríamos que haber vuelto a Córdoba. En el campo éramos felices, trabajábamos, nos reíamos y al final, cuando fuimos creciendo, nos casamos todos... no tendríamos que haber vuelto".

A Eduardo le dicen el Jubilado desde que tiene algo más de 20 años. En el barrio se comenta que es el "único" de los hermanos Sajen que nunca cruzó la línea del delito. La falta de antecedentes policiales así lo confirma. Sin embargo, ahora el sistema y su enfermedad en la sangre parecen estar a punto de quitarle el mérito de ser el único Sajen con jubilación.

Así y todo Eduardo tuvo tiempo de hablar durante unas horas y pintar una imagen mucho más íntima y cariñosa de su familia.

"No es cierto que hayamos ido a Pilar porque mi hermano Leonardo estaba mandándose mocos. Nos fuimos porque a mi vieja le gustaba el campo, y fue lo mejor que podríamos haber hecho. Como les digo, el error fue volver", dice el Jubilado. A su lado, su esposa Aurora lo contempla en silencio.

"¿Una anécdota? A mi viejo le gustaban mucho las carreras y en Pilar se puso a criar caballos. Los tenía como príncipes y, como en todo lo que hacía, era muy meticuloso, si querías ayudarlo tenías que hacer todo lo que él te dijera para evitar que se pusiera loco. Un día nos queríamos ir de joda y el Marcelo no tuvo mejor idea que chorearle el carro. Como encima estábamos apurados, le robamos el caballo de carrera y nos fuimos a un bosque a cazar palomas. Hicimos como 20 kilómetros. Cuando volvimos, estaba mi viejo esperándonos. ¡¿Para qué?! Nos dio la paliza de nuestras vidas y el que peor la pasó fue Marcelo, porque así como él era el preferido de mi viejo, yo era el preferido de mi vieja y ella no dejó que papá me cascara", cuenta Eduardo, y su rostro se enciende.

"Marcelo era así, reidor, moquero. Le gustaban mucho las minas y la verdad es que le daban mucha pero mucha pelota". Eduardo recuerda que tanto Marcelo como su hermano Leonardo llegaron a practicar boxeo en algún momento de sus vidas, lo que los convirtió en muy buenos "pegadores". Ambos siempre fueron quienes protegieron a Eduardo y a Daniel de los demás. Esas peleas a las trompadas son motivo de leyenda en barrio General Urquiza.

Una de estas historias cuenta que Marcelo llegó a golpear violentamente a un socio suyo simplemente por faltarle el respeto a uno de sus hermanos. Leonardo es recordado por un episodio mucho más violento. Según señalan algunos vecinos que pidieron reserva, años atrás una pandilla que quiso vengarse de él atacó a Eduardo cortándole la garganta y éste "por poco no termina degollado". Cuenta la leyenda que Leonardo buscó a esos hombres e hizo lo suficiente como para que los atacantes de Eduardo se arrepintieran.

"Mientras Marcelo estuvo preso, siempre se portó bien. Por eso siempre salió antes de cumplir las condenas. Su primer período en la cárcel lo hizo más callado, más serio, más seguro de sí mismo y más valiente. Cuando salió, no le tenía miedo a nada. Decía que no quería volver nunca, pero básicamente yo lo veía más grande, más preparado".

Los ojos de Eduardo vuelven a detenerse mirando a la distancia. Instantáneamente, hace un silencio típico de todos los Sajen, un gesto que parece sacado de las viejas películas de Rodolfo Bebán, hasta que unos segundos después rompe la nada en la que parece estar inmerso para compartir otro recuerdo: "De Pilar nos volvimos a Córdoba, porque mi viejo tuvo el accidente en el pie y no pudo seguir viajando todos los días... -un nuevo silencio, otra mirada profunda y un disparo verbal- Te repito que nunca nos tendríamos que haber vuelto, pero sin embargo agarramos las dos camionetas y nos vinimos a Córdoba. Después pasó lo de Marcelo y nos terminamos de arruinar todos. No sé cómo pasó, nunca lo entendí; de un día para el otro todos estábamos perdidos".

El año de la muerte

El año 1991 marcaría a fuego la vida de los Sajen y particularmente la de Marcelo, quien en febrero de ese año y todavía bajo libertad condicional por no haber completado su condena por violación, fue arrestado por una infracción al Código de Faltas. Era la segunda vez desde que estaba libre que se lo acusaba de cometer una contravención. Sin embargo, ese hecho no complicó su situación legal.

Dos meses después, en abril, Zulma le comunicó la noticia de que estaba embarazada nuevamente y Marcelo se dio cuenta de que esta vez iba a poder ser testigo de todo el proceso de gestación de su nuevo bebé.

Junio sería el mes de la tragedia e inauguraría una serie de hechos dolorosos para la familia Sajen. El día 30 ocurrió el suicidio de Luis Gabriel” Bichi” Sajen, hecho que se relató al comienzo de este libro.

"Bichi siempre había sido medio loco y la verdad es que lo que pasó, aunque afectó muchísimo a mis padres, a nosotros no nos sorprendió demasiado. Él tuvo meningitis de chico y eso lo dejó rengo y un poco loquito. Era común que se mandara mocos y eso a mi viejo lo sacaba. Una vez se subió al techo de la casa, acabábamos de ver la película Superman y dijo que iba a salir volando. Y se tiró nomás", comenta, entre sonrisas, Eduardo. "Terminó estrellado sobre una camioneta que teníamos estacionada y se quebró un brazo".

La supuesta locura de Bichi es relativizada por Andrés Caporusso. Al respecto, comenta que esa inestabilidad emocional podría tener relación con "los malos tratos que Bichi -según dice Caporusso- sufría de parte de su papá". Para darle más valor a su afirmación, el hombre cuenta que Luis Gabriel Sajen habló con él -igual que Marcelo trece años después- antes de matarse y le dijo que iba a quitarse la vida porque Sara, su mujer, lo había abandonado.

La muerte de Bichi

El 28 de junio de 1991, al anochecer, un joven entró apurado a una farmacia ubicada en la calle Boedo 2279 del barrio Io de Mayo de la Capital. Llevaba sus manos en los bolsillos. Cuando el encargado, Agustín Cruz, se acercó para atenderlo, el recién llegado sacó un revólver calibre 32 y lo puso sobre el mostrador. Después de un silencio que alcanzó para que las miradas de ambos se cruzaran, el delincuente habló:

-Esto es un asalto. Dame toda la plata.

Cruz miró de reojo a Alberto Arce, un vecino que casualmente se encontraba presente en el local, y se quedó paralizado. El ladrón supo entonces que era hora de actuar. Con un movimiento frenético tomó el arma y, sin retirar sus ojos de los ojos del hombre que tenía en frente, le apuntó el 32 directamente a la cabeza. Pasó del otro lado del mostrador e hizo que el cliente hiciera exactamente lo mismo.

En pocos segundos redujo a los dos, los llevó hacia el fondo de la farmacia y los obligó a acostarse detrás de unas estanterías repletas de medicamentos. Ató sus manos con unos cordones y manoteó una caja de tranquilizantes cuya marca conocía perfectamente por haberlos consumido.

Traguen esto! -les gritó.

Los rehenes sólo obedecieron y apenas un par de minutos después quedaron sumidos en un profundo sueño. Bichi se sintió a sus anchas. Él, que había pasado gran parte de la vida medicado, estaba prácticamente en el paraíso, tenía toda la farmacia a su disposición.

Fue hasta donde estaba la caja registradora, la abrió y se apoderó de aproximadamente 50 millones de australes. Guardó los billetes dentro de la campera, cargó algunas prendas que encontró, escondió un par de ansiolíticos y tranquilizantes, y tomó las llaves del Ford Taunus del farmacéutico.

En un abrir y cerrar de ojos, Sajen subió al vehículo estacionado en la calle y desapareció.

"Si habrá sido tumbado mi hermano Luis que fue a una farmacia, puso el arma sobre el mostrador y se cruzó de brazos, mientras le decía al dueño que le diera toda la plata", recuerda Eduardo Sajen, asegurando que el comerciante asaltado conocía perfectamente a Bichi y le obedeció sólo porque sabía de sus "problemas mentales".

Dos días después del asalto, una comisión de policías de la comisaría de barrio Empalme llegó a la casa de la familia Sajen. En aquel entonces, don Leonardo vivía con sus hijos y su mujer en una casa ubicada en el número 290 de la calle 5, de barrio Altamira. Frente a la vivienda estaba estacionado el Ford Taunus del farmacéutico.

Ni bien vio los patrulleros en la puerta, Luis Gabriel Sajen, quien por entonces tenía 23 años, tomó el 32 y salió corriendo desesperado por los fondos de su casa. Trepó el techo y saltó al patio de una vivienda vecina.

Era de noche.

Intentó saltar otro muro, pero ya era tarde. Varios policías estaban en los techos y lo tenían cercado.

Bichi miró para todos lados y vio que no tenía escapatoria. A lo lejos se oían sirenas de más patrulleros que llegaban al lugar. Estaba por dar fin a una carrera delictiva que ya lo había llevado a estar detenido en varias oportunidades en el Instituto Correccional Crom.

-Largá el fierro loco, dale, no tenés salida, entregate -gritó uno de los policías. De inmediato, los demás camaradas empezaron también a dar órdenes. Todo se convirtió en griterío, desesperación y nervios.

-Antes de caer preso, me mato loco, me mato -gritó Bichi Sajen, mientras apoyaba el caño del revólver en su sien.

"Marcelo estaba presente y vio todo. Se puso como loco y empezó a gritarle a los policías que no dispararan, les decía que su hermanito se iba a entregar. Les pedía que por favor no hicieran nada...", recuerda hoy Adriana la Negra Chuntero Castro, la amante de Marcelo Sajen.

De pronto, Bichi gatillo. El balazo en la cabeza lo mató en el acto.

"A todos nos hizo mal su muerte, pero más quedaron afectados mi papá, que se deprimió, y mi hermano Marcelo. Tan mal le hizo que cuando teníamos que vestir el cuerpo para el velatorio, Marcelo no quiso estar presente y tuve que cambiarlo yo solo", señala Eduardo Sajen.

El suicidio de Luis Gabriel Sajen quedó reflejado en la contratapa del diario La Voz del Interior, en su edición del 1° de julio de 1991.

La crónica se tituló "Cuando iban a detenerlo, se quitó la vida" y ocupó un pequeño recuadro, debajo de otra nota, en la que se daba cuenta sobre el secuestro extorsivo de la dirigente radical Shirley Dadone de Unzueta, en la localidad de Pueblo Italiano.

El artículo sobre la muerte de Bichi tenía un solo error. En vez de consignar el apellido Sajen, el periodista, basándose en la información que le había suministrado la propia Policía, había escrito "Sallent".

El suicidio de Bichi dejó rastros en toda la familia, pero afectó principalmente a don Leonardo, quien recibió la muerte de su hijo como un duro golpe del que -dicen sus hijos- jamás podría salir adelante. Sajen padre comenzó a desmoronarse. "Empezó a caer hasta que tuvo el accidente que lo mató", relata Eduardo.

El final de su hermano también golpeó duramente a Marcelo y la muestra quizá esté en un hecho que toda la familia Sajen desconoce. El 20 de agosto de ese año, apenas 50 días después de que Marcelo presenciara el suicidio de su hermano, el violador serial cometió su primer ataque (nos referimos al ataque más antiguo que consta en la causa que lleva el nombre del serial) al abusar de una joven en barrio Altamira.

La chica fue abordada en la calle Cartechini al 1400 de ese barrio y violada en un baldío ubicado apenas a seis cuadras. Aunque no existe comprobación por ADN de ese hecho, los investigadores llegaron a la conclusión de que su autor no podía ser otro que Marcelo Sajen, teniendo en cuenta el modus operandi, el hecho de que el mismo baldío sería utilizado por el delincuente para cometer otros delitos y, principalmente, que por primera vez el atacante iba a pronunciar la frase "¿lo conocés a Gustavo?" para que la víctima lo escuchara.

El ataque, que figura en el orden número 1 de la lista que integra la causa que investigó el fiscal Juan Manuel Ugarte, fue cometido 33 días antes de que Marcelo terminara de cumplir su condena y cuando él todavía disfrutaba del beneficio de la libertad condicional.

Hasta la ejecución de la siguiente violación (denunciada por una víctima) que consta en la causa, habrían de pasar seis años.

El año continuaba y faltaba lo peor. En la mañana del 14 de noviembre de 1991, don Leonardo pasaba frente al depósito de una conocida fábrica de artículos de grifería cuando, de pronto, una mulita salió del predio -según recuerda Eduardo-, bajó a la calle y embistió el carro de las verduras. En el acto, don Leonardo cayó al pavimento y se desnucó.

Ese mismo día, apenas unas pocas horas después, Zulma, que estaba embarazada de siete meses, se descompuso y debió ser internada de urgencia en la Maternidad Provincial. Su vida y la de su beba estaban en peligro.

No hubo tiempo para hacer duelo.

-¿Usted es Sajen? -preguntó el obstetra a Marcelo, que estaba parado en uno de los largos pasillos del edificio. - -respondió un apesadumbrado Sajen, que todavía se preguntaba cómo había ocurrido el accidente de su padre. -Bueno, mire, la cosa está muy complicada y no le puedo mentir. Tanto su beba dentro de la panza como su mujer están graves y corren riesgo de muerte. Nosotros vamos a tratar de salvarlas a las dos, pero llegado el momento tenemos que saber qué es lo prioritario. ¿Me sigue?

-Sí, lo sigo... -contestó sin entender demasiado Marcelo. -Perfecto, entonces usted tiene que saber que en estos casos, lo prioritario es la madre del chico, ¿entiende?

Un nudo apretó la garganta de Marcelo, que tuvo que esperar unos segundos para poder procesar la información que acababan de darle.

A las pocas horas, Zulma dio a luz a una beba sietemesina que debió ser llevada de inmediato a la incubadora, ya que pesaba poco más de un kilo y medio. Para peor, la criatura tenía una infección en el estómago y fue derivada a la Casa Cuna (hoy Hospital Pediátrico de barrio San Martín).

Luego de pasar 40 días en la incubadora, la niña se repuso y salió adelante. Desde entonces, la cuarta hija de Marcelo Sajen se convirtió en su preferida. "En aquella época, los chicos de ese tamaño no siempre sobrevivían", recuerda la mujer.

Apenas la vida de la pequeña salió de peligro, Marcelo se tatuó en su pierna izquierda la frase: "Mi bebé...", seguido del sobrenombre de la niña.

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