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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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Jorge Omar Charras

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//12 de Noviembre, 2010

CAPÍTULO XXII La muerte

por jocharras a las 17:47, en La Marca de la Bestia
CAPÍTULO XXII

La muerte

Jugado

-Estoy jugado, estoy jugado, estoy jugado...

Repite mientras lleva su clásico paso de gorila que hace tambalear su cuerpo de un lado para el otro. Lleva la cabeza hacia abajo escondiendo el rostro. Tiene puestas zapatillas negras, un pantalón jean azul y un buzo rojo con rayas grises en las mangas. Lentes oscuros y la gorra de lona azul que su primo le regaló en la mañana mientras probaban la moto.

Camina rápido, respira hondo y transpira. Sin embargo, siente frío. En el bolsillo trasero derecho del pantalón lleva la estampita de Jesucristo que lo acompaña día a día desde que estuvo en la cárcel, el sudor ha hecho que se pegotee con el certificado de hábeas corpus. En los bolsillos delanteros tiene el blíster vacío de un ansiolítico, una pastilla de Viagra y todo el dinero que le queda: un peso con 30 centavos. La vida de Marcelo Sajen es muchas vidas, incluso cuando su final se dibuja claramente en el horizonte.

Al notar la presencia policial mira hacia atrás y ve la camione­ta con la baliza encendida. Ha sabido escabullirse de situaciones mucho peores, pero esta vez tiene la sensación de que a la vuelta de la esquina le espera otra encrucijada. Piensa en escapar, pero en un escape diferente. Piensa en su hermano Bichi. De alguna forma, resulta un alivio que lo hayan encontrado.

Acelera el paso. Vuelve a darse vuelta y ve que el CAP ya está a pocos metros. A bordo del vehículo, el oficial Bolloli habla sin pausa por el handy y alerta a la base que han tomado contacto con el prófugo.

Sajen mete la mano derecha debajo de la chomba y saca la 11.25. La siente pesada. En un abrir y cerrar de ojos, la pasa a su otra mano.

Imaginaba un final diferente. Quizá, hasta imaginaba tener más valor a la hora de enfrentar a la Policía. Después de todo, qué saben estos tipos de que él es un hombre respetado. Qué saben de que sus mujeres desesperan cuando se va, de que sus hijos lo aman y lo seguirán amando.

-Estoy jugado -repite antes de empezar a correr.

Está armado! ¡Sajen está armado! -gritan los policías entre sí. cuando lo ven sacar el arma. Piensan que va a darse vuelta para disparar pero, asombrados, lo ven alejarse a toda veloci­dad.

El delincuente avanza unos metros por calle Tío Pujio y, antes de llegar a la esquina, cruza de calzada para meterse en el jardín de una pequeña vivienda.

La casa, ubicada al 1871, es la más humilde de la cuadra. Está pintada de blanco en el frente y tiene una puerta amarilla al medio. Las ventanas, a ambos lados de la puerta de chapa, son del mismo color y del mismo material.

El jardín de adelante tiene una extraña forma triangular. Hay césped y un sendero de cemento que une el ingreso a la vivienda con la vereda. El matrimonio de ancianos que allí vive no se encuentra en casa.

No intenta entrar a la vivienda, sabe que está rodeado. Se mete a ese pequeño patio delantero y se para observando la calle con la mirada fija en el móvil del CAP que acaba de frenar frente a la casa. En su mano izquierda tiene la pistola.

Los dos policías de la patrulla observan los movimientos del delincuente mientras se bajan con cuidado para ponerse los chale­cos antibalas. El tiroteo parece inminente. Justo en ese momento llega el Renault 18 con los policías del CIE. Estacionan delante del patrullero y se bajan con sus pistolas 9 milímetros en la mano. Des­de la calle alcanzan a ver con cierta dificultad a Sajen.

-Calmate loco, bajá el arma. Calmate. No hagas locuras...-gri­ta uno de los policías que puede divisarlo.

-Yo estoy jugado. ¡Lo único que pido es que larguen a mi herma­no! ¡Él no tiene nada que ver!

Bajá el fierro Sajen! ¡No tiene sentido! -grita otra vez el uni­formado.

El cielo está todo encapotado y tiene esa extraña tonalidad naranja que sólo tienen los preludios de las tormentas de verano.

Sajen está perdido. Flexiona levemente sus piernas como para ponerse en cuclillas y se lleva el frío caño de la 11.25 en la sien. Faltan unos pocos segundos para las 8.15 de la noche. Por un instan­te todo parece paralizarse mientras las palabras de los policías se oyen cada vez más lejanas. Incluso su propia respiración empieza a sonar distante, mientras el mundo se presenta como una película proyectada en cámara lenta.

Cierra los ojos con el deseo de que algún recuerdo se instale en su memoria, pero es imposible. Ni Pilar, ni los primeros tiempos con Zulma o el nacimiento de sus hijos alcanzan a tomar la forma de un pensamiento. Tampoco aquel primer encuentro con la Negra Chuntero lo ayuda a escapar de ese instante atroz en el que es el principal testigo de su propio final. El recorrido del proyectil des­troza su cabeza.

Sin nada que lo ayudara a escapar, el disparo le quitó todo pensamiento. Sólo el estallido y el dolor provocado por la bala, lo acompañó como un constante e ininterrumpido aturdimiento durante los dos días que permaneció en coma, hasta que el 30 de di­ciembre a las 8.07, en la sala de terapia intensiva del Hospital de Urgencias, Marcelo Mario Sajen dejó de respirar. Entró a la muer­te con los ojos cerrados.

Fin.


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