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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//06 de Agosto, 2010

Ana María Gómez Tejerina

por jocharras a las 20:49, en Mujeres Asesinas
Ana María Gómez Tejerina le perdió el respeto a los hombres inmediatamente después de que su padre se suicidara. Con sus amigas era terminante: "Yo lo vi a mi viejo recién muerto cuando se mató. Yo tenía diez años, y se mató porque se le ocurrió arruinarnos la vida a mi vieja, a mi hermana ya mí. Se mató delante de todas nosotras, el hijo de puta. y todos los hombres son iguales de jodidos".

También les contaba a sus amigas que muchas veces, después de acostarse con un
hombre, sentía un asco visceral que la obligaba a ir al baño a escupir y lavarse. y que, salvo rarísimas excepciones, después de iniciada una relación pedía a cambio regalos o dinero. Pero lo que a las chicas de su grupo más les gustaba escuchar era cuando Ana María les ofrecía, con toda teatralidad, su teoría acerca de la inutilidad absoluta de los hombres, su egoísmo y su estupidez. La teoría incluía un capítulo sexual, en donde Ana María se declaraba jefa indiscutida. "Yo siento que a los tipos los manejo, que cuando estamos en la cama la que mando soy yo".

La madre de Ana María vivió ocho años más qué su marido suicida. Durante ese tiempo se dedicó a lavar y planchar para poder mantener a sus hijas y pagarles el colegio de monjas. Ana María vivía la esclavitud laboral de su madre como una afrenta de su padre y del género masculino en general. "Si papá no se hubiera matado, vos no tendrías que estar trabajando como bestia", le decía.

En un tiempo vivían cerca de Constitución pero después se mudaron a la zona de Plaza San Martín, en Maipú 987, séptimo piso, departamento 28. Ana María había terminado la secundaria y empezado la carrera de Sociología. En la facultad conoció al hombre que ella imaginó a salvo de los defectos masculinos. Se llamaba Enrique Pacheco Errea, un morocho de bigotes fuertes y piel pálida que la deslumbró desde un principio. Ella dejó de lado sus prejuicios y se enamoró -según le contó a una compañera de facultad- para siempre.

Pero Tejerina había sido muy pobre y era consciente de que el matrimonio con Errea la habría empujado a una remake romántica de las carencias materiales que la torturaron desde chica. Él no solamente estaba de acuerdo con ese razonamiento sino que, además, proponía soluciones particulares. "Tenés que casarte con un tipo de guita, después vemos cómo se la sacamos y nos juntamos nosotros".

Una noche de enero de 1974, Ana María -que entonces había cumplido 23 años- fue a la Costanera a caminar con dos amigas. Ellas ya habían arreglado un programa para más tarde con dos amigos, y en ese caso Ana María tendría que irse a dormir. Pero a una se le ocurrió llamar por teléfono para ver si era posible incluir un nuevo candidato que hiciese pareja con Ana María, aunque sólo fuera por esa noche, y en las averiguaciones apareció la solución perfecta: invitar a Carlos José Peretti, de 36 años, director de la firma licorera Peretti S.A, recién separado de su mujer. Lo llamaron, Peretti aceptó y todos fueron a parar a su departamento de Malabia 3341, cuarto piso.

Cuando Ana María vio el lugar en el que vivía Peretti, se dispuso a engancharlo. Se le acercó, fue lo más seductora y simpática que pudo y logró que él la invitara para salir al día siguiente. Después de aquel encuentro corrió a contarle a Pacheco Errea la novedad: si las cosas pasaban como ella creía que pasarían, muy pronto iban a poder vivir mejor, con dinero, como ellos se merecían.

Ana María Gómez Tejerina se casó con José Peretti en marzo de 1975, después de un año de romance intenso. Los papeles se hicieron vía Bolivia: en esa época no existía el divorcio. Sin embargo él organizó una fiesta en el Palacio Sans-Souci.

El tema de la fiesta había sido un motivo de discusión permanente: José argumentaba que él ya había hecho una gran fiesta de bodas y que le resultaba incómodo volver a invitar a sus amigos y clientes tan poco tiempo después del primer casamiento, que apenas había durado nueve meses. Ana María, como toda mujer, quería su fiesta de bodas, su anillo, el vestido blanco, la torta y las cintitas. "No podés ser tan egoísta. Siempre tuve la ilusión del vestido de novia", le decía. Al fin Peretti cedió, aunque se tomó el trabajo de explicar a todo el mundo que si fuera por él, la fiesta no se hacía: "Lo hago por ella. Es su primer casamiento. Pero como yo ya me casé, va a ser todo simbólico, un cura amigo va a decir unas palabras y nos va a dar los anillos".

 A todo esto, Tejerina ya había llevado a su casa a Pacheco Errea, para presentárselo a Peretti como un compañero de estudios y amigo de la infancia. "Es como un hernano", mintió. Peretti no tuvo ninguna sospecha.

Cometió el clásico error de los hombres arrogantes: se veía a sí mismo como un candidato muy superior a Errea y dio por sentado que Tejerina compartiría su opinión. Por lo tanto, teniéndolo a él -candidato superior- Ana María jamás se fijarla en su compañero de estudios -candidato inferior.

El día anterior a la boda, Tejerina y Errea fueron la demostración tangible del gran error de Peretti: no Solamente se quedaron en un hotel casi toda la tarde sino que se hicieron un juramento fornal. En el momento en que Peretti le entregara el anillo a Ana María, ella juraría, internamente, amor incondicional a Errea, que estaría en primera fila mirándola. Ella daría vuelta la cabeza, como sacudiéndose una mosca, para poder mirar a su amante a los ojos durante una mínima porción- segundos. La fiesta fue un éxito en ese punto y en todo los demás.

La pareja fue de luna de miel a Europa durante mes y medio. En Italia, Peretti le mostraba los lugares donde había vivido con su familia y comenzó un extenso racconto de sus negocios y empresas. Una mañana, Ana María se levantó muy temprano y fue a buscar un teléfono. Llamó a Errea para decirle que se moría de ganas de matar a su marido, heredar la fortuna y casarse con él. Angustiada, lloró en el tubo telefónico y le dijo que la vida, sin él, no tenía ningún sentido. "Quiero que pienses algo para cuando nosotros volvamos. No aguanto un minuto más estar con él".

A la vuelta, Errea ya tenía un plan: contratar a Héctor Julio Spina, un marginal especialista en explosivos. Pocos días antes lo había contactado y habían llegado a un acuerdo económico para que Spina pusiera una bomba en el auto de Peretti, que estallaría apenas éste hiciera arrancar el auto. Pero los preparativos se suspendieron por unos ocho meses, el tiempo que le llevó a Tejerina convencer a Peretti para que cambiara su testamento y le legara sus bienes.

El empresario siempre había tenido muy en cuenta el tema de la herencia. Cuando se separó en 1972 de Elsa Barreneche, su primera mujer, hizo un testamento a favor de entidades de beneficencia. Pero unos años más tarde anuló ese testamento y volvió a dejar su dinero en manos de Barreneche. En esa situación estaban las cosas cuando se casó con Ana María. Desde el principio ella tuvo muy en claro que tendría que dedicar toda su paciencia y poder de seducción para consegitir que su marido testase a su favor.

La táctica de Tejerina era convencional: demostrar su ineptitud para las cosas elementales de la vida, su incapacidad crónica para trabajar y generar dinero. Paralelamente, se mostraba como la mujer más solícita y cariñosa del mundo.

José Piacentino, amigo de la infancia de Peretti y director de su empresa, fue el testigo inicial de los cambios de Peretti. "En enero de 1976 me vino a ver a la oficina y me dijo que era hora de que Ana María tuviera acceso a la llave de seguridad de la caja fuerte. Nunca antes le había dado el código a nadie. Ya los pocos días hizo un testamento para dejarle todo a ella".

Tejerina estaba exultante. Pasaba varias horas por día en las oficinas de su esposo dando órdenes absurdas que se eludían con diplomacia, hasta que llegó el momento que tanto esperaban, el día en que Perettti volaría en pedazos. Errea estaba orgulloso del plan, en plena dictadura militar, una bomba estallando en el auto de un empresario no sería visto como otra cosa que un ataque terrorista más. Spina fue al garaje de Peretti, colocó el explosivo y se fue sin ser visto,Pero a la mañana siguiente, cuando Peretti encendió el auto, la bomba produjo un estallido mínimo, insignificante, Rompió el motor y tiró al suelo a Peretti, que salió del garaje caminando, aturdido, con algunos vidrios incrustados en los brazos pero nada más.
Había sobrevivido al primero de los atentados que su querida esposa había planeado juntocon su amante.

Tejerina se puso frenética por el fracaso de la bomba casera y martirizó a Errea durante semanas, atribuyéndole oscuras intenciones detrás del intento fallido. Creía que la bomba no había matado a su marido porque Errea había instruido al colocador para que el artefacto no estallase como tenía que estallar. Según su forma de ver las cosas, Errea quería que Peretti viviera porque no quería casarse con ella. Llegó a pensar que también había una confabulación muy bien montada entre su marido y su amante para quitarla del medio. Su estado nervioso era tal que tenía que hacer enormes esfuerzos para tratar a su marido con la simulación amorosa de
siempre.

Por su parte, Peretti empezó a sufrir pesadillas y terrores permanentes. Por mucho tiempo no quiso salir de su casa. La policía -tal como había imaginado Errea- atribuyó la bomba aun atentado terrorista. Peretti no estaba seguro de quién había querido matarlo, pero en cambio tenía la certeza absoluta de que volverían a intentarlo.

Y en eso estaba Tejerina, desesperada, acosando en todo momento a Errea para hacer un nuevo y definitivo intento de asesinato.

Errea urdió el plan dos. Hizo varias averiguaciones entre sus conocidos hasta dar con el matador ideal, un hombre llamado Dardo Aldívar González, que se haría cargo de la muerte de "un empresario de mucha guita". Le dio ocho millones de pesos de aquella época y se dispuso a esperar. González, por su parte, no perdió un minuto. Como otras veces, fue a buscar a su hombre de confianza, "el Tucu". Él se ocuparía del trámite.

La idea era simular un asalto en la calle y matar a Peretti. El problema era que Peretti había entrado en pánico y se negaba a salir.

Cuando después de una semana Tejerina advirtió que su esposo estaba trabajando desde su casa, recibiendo allí a sus clientes y proveedores y arreglando sus cosas por teléfono, lloró en brazos de Errea. Le pidió, le suplicó, le rogó, que modificaran el plan, podían matarlo igualmente dentro de la casa que afuera. Errea fue inflexible, si el crimen se comertería dentro de la casa, la policía tendría más chances de descubrir a los autores. Si Peretti era muerto en la calle, las evidencias serían mínimas.

Resignada, Ana María siguió esperando. Sabía que en algún momento su esposo bajaría las defensas y saldría -tenía que salir- fuera de casa. Pocos días después el mismo Peretti, conmovido por la evidente preocupación de su esposa, le propuso salir. Fueron a comer al restaurante preferido de Peretti, hablaron acerca del futuro, de proyectos en común, viajes e hijos. Tejerina sabía que al volver al departamento de Malabia estarían esperándolos los futuros asesinos de su marido. El pensamiento la calmó. Se sirvió un poco de vino y sonrió, "Brindemos por nosotros, mi amor", le dijo, entrecerrando los ojos negros.

Cuando llegaron al departamento, Peretti acercó el auto al garaje y vio a dos hombres que se acercaron a él, armados. Le pidieron la billetera y la hicieron bajar del auto. y mientras él buscaba en sus bolsillos, recibió el primer disparo. Le siguieron otros siete. Su esposa nunca salió del auto, nunca miró para otro lado. Cuando llegaron la ambulancia y la policía, ella seguía en el auto. Según uno de los camilleros, Tejerina estaba bastante tranquila, aunque lloraba en silencio.

Peretti tampoco murió esa vez. Estuvo casi un mes en terapia intensiva y otros tres inmovilizado en su casa. Su esposa la cuidaba día y noche, ayudada por dos enfermeras. Era el castigo que se había impuesto a sí misma. Por casi un mes dejó de hablarle a Errea. No podía creer que una vez más las cosas hubieran salido tan mal. Porque además de estar vivo, su marido estaba casi inválido. No podía  haber sido peor.

De modo que Ana María pasaba sus días sentada al lado de la cama de su esposo, viendo televisión y dándole cucharaditas de té, mientras sentía que el destino seguía en su contra. Pero no solamente cuidaba a Peretti para castigarse, sino porque estaba reafirmando la voluntad de su esposo de legarle todo su dinero, y había una tercera intención, que Errea muriera de celos.

Peretti se recuperó totalmente de los balazos. Pero estaba obsesionado con la idea de la muerte. Cuando hablaba con sus amigos se ponía tan sensible que lloriqueaba como un chico. "No sé qué haría sin Ana María.Me cuidó tanto, es tan buena y tengo miedo de que no sepa qué hacer si yo no estoy", les decía, antes de pedirles que si a él le pasaba algo, que por favor la cuidaran.

Las dudas de Peretti acerca de su propio futuro y sus miedos de un tercer atentado enfurecían íntimamente a Ana María. La mujer no podía entender cómo un hombre al que ella consideraba inteligente no se daba cuenta de que los que planeaban matarlo eran ella misma y Errea, y que no pararían hasta lograr que él estuviera bien muerto. Pensaba que en el lugar de su esposo, ella ya hubiera advertido todo. Su antiguo desprecio hacia el género masculino le brotaba como un manantial.

Asombradísima, escuchaba a Peretti especular acerca de supuestos terroristas y de sus propios planes de seguridad. Él le explicaba que tendrían que cambiar los hábitos, horarios, todo, para despistar al enemigo. Ana María asentía y se decía que se había casado con un chico, con un pobre infeliz. Y eso la ponía todavía más furiosa. No aguantaba que fuera incapaz de ver lo obvio.

Tejerina redobló la apuesta matadora. Habló con Errea y le dijo que, a su manera de ver, necesitarían contratar a alguien más eficaz en su trabajo, aunque saliera más caro. Era evidente que los anteriores criminales trabajaban sin ninguna rofesionalidad. Errea estuvo de acuerdo aunque se negó a dejar fuera del plan a Dardo González. Decidió que González multiplicaría su eficacia si en vez de pagarle, como la otra vez, ocho millones, le subían el salario a ochenta. El dinero, por supuesto,fue aportado por Tejerina de la cuenta bancaria del futuro muerto.

González, una vez solo, guardó setenta millones para sí y dejó los otros diez para repartir entre los nuevos subcontratados, Custodio Zapata, pintor de obras, y Elvio Domingo Hernández Calistro, uruguayo desocupado.

Decidieron que la fecha del crimen sería el 14 de julio de 1976. Ese 14 de julio Peretti salió de su casa más tarde de lo habitual. Cerca de las seis de la tarde se reunió por negocios con Francisco Caruso y Serviliano Héctor Bullón. Estaban en la oficina del empresario, en Avenida de Mayo 1402. Los empleados ya se habían ido, y los dos matadores llegaron al lugar en el auto de Tejerina, con las llaves que ella misma les había dado. Entraron tranquilamente y le dijeron a Peretti y sus dos acompañantes que se pusieran de cara a la pared. Enseguida le dieron a Peretti un balazo en la espalda. Cayó al suelo. Zapata y Hemández Calistro sabían que no tenían que fallar. Le dispararon tres veces más, en la cara, y salieron.

La muerte de Peretti revivió la pasión de Tejerina y Errea. Con toda estupidez se dejaron ver juntos pocos días después del velorio. Si por ella hubiera sido, se hubieran casado al día siguiente. Pero Errea advirtió que los amigos de Peretti estaban alertas con respecto a la relación entre ellos. Una tarde estaban tomando un café en La Biela cuando entró uno de los mejores amigos del muerto. Los miró, los saludó de lejos y salió, Errea se intranquilizó. "Tenés que salir de Buenos Aires, andá a Punta del Este por un tiempo", le pidió a Tejerina. Ella se negó. "Me voy si venís conmigo". Fueron.

A principios de 1977, la policía mató al "Tucu", el mismo que había fallado en el segundo atentado contra Peretti, En el mismo enfrentamiento, cayeron presos dos compañeros de "Tucu", quienes confesaron que el muerto había participado, unos meses antes, en un intento de crimen a un empresario, en el que ellos no habían intervenido. El14 de marzo detuvieron a Pacheco Errea, Dardo González, Custodio Zapata y Elvio Domingo Hernández Calistro. De inmediato fueron a Uruguay a buscar a la viuda, que estaba averiguando cómo hacer para vender el departamento y las tierras que ahí tenía Peretti. La mujer no tardó en confesar, aunque después cambió su declaración y dijo que ella no sabía que su amante quería matar a su marido. Pero la policía ya había averiguado que en pocos días antes del segundo y el tercer atentado contra Peretti, ella había sacado dinero del banco, la misma suma que los asesinos habían cobrado por su trabajo.

El Juez de Instrucción Abel Bonorino Peró, condenó a la pareja de amantes, a González, Zapata y Calistro a reclusion perpetua. En 1984 todos salieron en libertad.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)













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Muy bueno el blog, los temas son bastante interesantes y han sido tomados de la realidad, eso es lo bueno, desde aca le deseo los mejores exitos, y continue de la misma forma. Felicitaciones
publicado por Raúl Albornoz, el 04.09.2010 10:28
Que gil de mierda, mira si voy a matar a un chabon por una mina, SI LO QUERES MUERTO MATALO VOS HIJA DE PUTA.
Un pelotudo el chabon y una loca de mierda la mina
publicado por Un pibe, el 27.06.2014 16:06
La versión televisiva esta protagonizada por Julieta Diaz, me gusto como la interpreto a esta mujer tan desalmada.
publicado por Soledad Bertea, el 10.02.2017 02:34
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