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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//12 de Noviembre, 2010

CAPÍTULO XVIII Jota

por jocharras a las 10:51, en La Marca de la Bestia

CAPÍTULO XVIII

Jota

Abrir las piernas

El rumor sonó tan improbable como normalmente suenan los rumores que circulan en barrio General Urquiza, pero todo mere­cía ser verificado a la hora de conseguir información que nos acercase a Jota. "El que debe saber es el Yacaré, que me parece es medio amigote de él. ¿Por qué no lo vas a buscar?", señaló un veci­no del barrio, cuando se lo consultó sobre el paradero de José Luis Rivarola, la persona que ya fue presentada anteriormente como Jota y quien, según el tío de los Sajen, Andrés Caporusso, habría sido abusado por el padre de Marcelo.

 

De esa manera se activó nuevamente la búsqueda que había quedado trunca, cuando un travestí que dijo llamarse Ramón, en la villa Los Eucaliptos, había negado ser el Jota que buscábamos.

 

"Andá a verlo al Yaca que trabaja en el club Colón, frente a los Monoblocks Stabio. Es el entrenador de las divisiones inferiores. Una especie de buscador de talentos", aseguró un poco en broma y un poco en serio el vecino que aportó también la dirección del domicilio de Yacaré: Miguel del Sesse al 2800.

 

 Primero nos presen­tamos en su casa, desde donde nos enviaron al club que ya no se llama Colón, sino Escuela Presidente Roca, y que se encuentra en la esquina de las calles Gorriti y Asturias, a diez cuadras de la casa de Marcelo Sajen.

 

Cuando llegamos, nos encontramos con dos hombres de alrede­dor de 60 años que hablaban, entre preocupados y entusiasmados, por el futuro del club.

 

Después de preguntar por Yacaré y saber que acababa de irse pero volvía en cualquier momento, fuimos testigos de una larga charla que nos permitió conocer en profundidad la problemática de la liga provincial del fútbol. También supimos que por olvido y desidia este club de barrio ya no cumple aquella función silenciosa pero efectiva que supo cumplir cuando les ofrecía a los chicos la posibilidad de no caer en la delincuencia.

 

Pese al esfuerzo de muchos que siguen peleando por mantener aquella función inicial, Escuela, con sus puertas destruidas, sus tri­bunas vacías y esa imagen de abandono, ya no puede competir con las luces de la calle que al final de cuentas resultan mucho más atractivas para los chicos que las instalaciones del club.

 

Yacaré es un hombre morocho, corpulento y de baja estatura que tiene, innegablemente, y aunque resulte imposible de descri­bir, cara de Yacaré o más precisamente, de lagarto. Vestido de jean y remera, muestra un andar canchero y distante que sólo contrasta con una bufanda blanca de hilo, que reposa en su cuello como aban­donada, hasta que toma uno de sus extremos con la mano izquierda y, delicadamente, la cruza hacia el hombro opuesto.

 

Ya es el mediodía y el sol pega fuerte en barrio Colón cuando el hombre pregunta por qué lo buscan.

 

Qué hijo de puta...! ¿Quién te ha dicho que soy amigo del Jota? Si serán jodidos... yo lo conozco nomás, ha crecido acá en el barrio el puto ese y ahora está viviendo en José Ignacio Díaz, allá en Los Eucaliptos... ¿Para qué lo buscan?

 

 -Estamos haciendo un trabajo sobre Marcelo Sajen y nos han dicho que eran amigos.

 

-Mentira, qué van a ser amigos esos dos... se pueden haber co­nocido de chicos pero es mentira que "son" amigos.

 

-Bueno... el tema es que no sabemos dónde anda y necesitamos hablar con él. Por eso lo buscamos. Sabemos que vivía por acá.

 

 -... Pero se fue...

 

-Sí. Y sabemos que se fue a vivir a Los Eucaliptos, pero cuando lo fuimos a buscar nos atendió un travestí que dijo que él no era el Jota...

 

-No, es hombre. Jota no es travestí. Es hombre.

 

-¿Sabe dónde lo podemos encontrar?

 

-Todas las noches trabaja ahí en la Camionera Mendocina (un predio donde se arreglan camiones ubicado sobre la avenida Sabattini cinco cuadras antes de llegar al Arco de Córdoba), a no ser que lo hayan echado porque los travas ahí dicen que les saca trabajo... pero no, yo lo vi hace unos días y todavía estaba ahí en la Camionera...

 

El diálogo derivó en los Sajen, a quienes Yacaré dijo conocer desde hace muchos años. Primero hablamos del Turco Leonardo, que supo jugar en Escuela y que para Yacaré, "más que de puntero, jugaba como número 5 manejando los hilos del mediocampo".

 

"Era buena gente esa. El Chito -así llamó Yacaré a don Leonardo Sajen- los cuidaba, los tenía cagando y los hacía trabajar. Si vos venís por lo de violador, yo te digo que eso es una mentira... si el Marcelo tenía las minas que quería, no necesitaba andar haciendo macanas...".

 

Yacaré entonces comenzó a relatar las aventuras conocidas de Sajen y señaló que eran muchas las mujeres del barrio, aun casa­das, que llegaron a tener una relación con el violador serial.

 

Antes de despedirnos, el hombre aportó una explicación perso­nal sobre los ataques que se le atribuyen a Sajen. En su tono hay que leer entre líneas y saber que gran parte del barrio piensa como él.

 

"Yo pienso que el tipo se las culió, pero quiero ver el DNI (se refería al ADN). Después de que me muestren el papel ése, quiero saber quién lo denunció porque para mí que son minas que han culiado con él y después, para que los maridos no las casquen, in­ventaron eso... qué querés que te diga... violar, violar no tiene nada que ver. Para que te violen, alguien tiene que abrir las piernas".

 

Esa caja de sorpresas que es barrio General Urquiza nos depara­ría días después del encuentro con Yacaré otra confirmación de que en aquel mundo donde creció Marcelo Sajen nada parece tener que ver con nada y, al fin de cuentas, todo tiene que ver con todo.

El club Escuela Presidente Roca supo ser tapa de los diarios porque un entrenador de las divisiones inferiores fue acusado de abusar a menores que dirigía. Ese entrenador, que finalmente fue sobreseído y quedó en libertad, no sería otro que José Caliba, el Yacaré.

La estadía en la cárcel del entrenador (no las razones) fue con­firmada por él mismo en aquel breve diálogo, en tanto que la acu­sación y la liberación fueron confirmadas por un ex presidente de Escuela: Sergio Devalis.

Las chicas

Es cerca de la 1 de la mañana. Hace frío y los dos periodistas merodean la zona sur de la ciudad a bordo de un auto prestado.

Buscan a un tal José Luis Rivarola sin siquiera conocer su cara. Desde hace dos horas recorren la avenida Sabattini entre el Arco de Córdoba y el hipermercado Libertad, tratando de ver a alguien que se prostituya en la calle vestido de hombre. Lo único que saben es que buscan a una persona corpulenta que tiene alrededor de 40 años, pero no parece suficiente información como para poder encontrarlo. No quieren preguntar a cualquiera porque temen aler­tar a Jota, que a esta altura, si tuviera interés, ya podría haberse contactado, después de que muchas personas que lo conocen le han hecho saber que lo estamos buscando.

Comen un lomito en un bar de mala muerte de la zona, compran cigarrillos en un kiosco, hablan con los guardias de seguridad truchos que hay en las esquinas y nadie sabe de quién se trata. Nadie nunca escuchó hablar de Jota, y mucho menos de José Luis Rivarola.

Sin embargo, justo antes de renunciar, cerca de las 2 de la ma­ñana, la calle comienza a poblarse y en medio de la noche sobresa­len dos mujeres que "hacen esquina" como si desfilaran por una pasarela.

Hacia allá se dirige el auto con los dos periodistas. El coche se detiene, el vidrio se baja y una de las chicas se acerca lentamente poniendo sus senos en la cara del acompañante que desde entonces parece aislarse de la situación. Tiene la impresión de que eso no puede ser real, de que ese escote lleno de extrañas manchitas ne­gras que no parecen precisamente pecas, está por explotar y, cuan­do eso ocurra, lo que salga de allí podría ser tóxico.

Hoooola lindos! ¿Están aburridos... buscan diversión? pregun­ta el travestí, mientras su compañera se mantiene unos metros más atrás, como respetando el turno.

-Hola, ¿cómo estás? -pregunta el conductor, advertido de que el otro periodista parece más preocupado por "investigar" esas dos grandes tetas que tiene a centímetros de su cara

- Estamos buscando a un amigo... a Jota.

-¿Jota...? Acá no trabaja ningún Jota -dice la mujer que después sabremos que se llama Leonardo y trabaja en la zona de la Camionera Mendocina desde hace más de siete años.

El acompañante del auto sigue sin hablar, hasta que en un mo­mento de lucidez alcanza a levantar la mirada y observa la cara cuadrada del travesti que se esconde tras una cabellera amarilla. Y como saliendo del letargo, logra al fin que las palabras salgan de su boca.

-Se llama José Luis Rivarola. Le dicen Jota... es de barrio Colón o General Urquiza -afirma, mientras su compañero lo interrumpe aprovechando el impulso.

-Sabemos que estuvo viviendo en Los Eucaliptos...

-¿Vos conocés algún Jota? -le pregunta Leonardo al travesti que tiene atrás, que rápidamente se asoma a la ventanilla.

-José Luis... ¡Sí! Anda siempre por acá -dice el hombre, moro­cho y de curvas prominentes, que clava sus ojos en los del con­ductor.

-¿Jooosé Luis? -pregunta incrédula Leonardo

-¿Qué José Luis, si acá no viene ninguna?

-La Brenda boluda... la Brenda se llama -contesta su colega, hablándole a Leonardo y a los periodistas.

-Ahhh, pero la Brenda no es hombre, eh. Él es como nosotras...La Brenda no es hombre y sigue viviendo acá al frente, en Los Eucaliptos.

La descripción que aportaron ambas mujeres nos confirmó la sospecha inicial. Brenda, Jota, José Luis Rivarola y Ramón, eran la misma persona.

Una expedición...

La villa o el asentamiento Los Eucaliptos es a barrio José Ignacio Díaz 1a Sección lo que en algún momento fue la villa El Chaparral a General Urquiza. Aunque en la Policía se nos habló de un lugar "peligroso", otras personas "del ambiente" nos aseguraron que se trata de un asentamiento de gente primordialmente honesta que, por alguna u otra razón, no pudo pagar un alquiler en el barrio y tuvo que construir un lugar para vivir en ese bosque, al reparo de Los Eucaliptos.

El interior del asentamiento está dividido en dos zonas claramente marcadas, que se diferencian por la calidad de las viviendas existentes. A medida que el caserío está más cerca de la avenida Sabattini se va alejando del barrio y las casas se van haciendo cada vez más precarias. En una de estas últimas viviendas, construida de chapa oxidada y telas, nos había atendido Ramón en la primera visita que hicimos al lugar buscando a Jota.

Cuando llegamos caminando por segunda vez a la zona, decidi­mos entrar directamente por la parte de atrás de la villa, muy cer­ca de la avenida Sabattini, detrás de un galpón que pertenece a la empresa Telecom.

Justo en el momento en que nos acercábamos vimos, a lo lejos, a Jota entrando al asentamiento. Vestido con un pantalón extrema­damente ajustado, el travesti llevaba en su mano izquierda y aleja­da de su cuerpo para no ensuciarse, una bolsa de 15 kilos de leña. Lo seguimos.

Otra jungla

Dos perros flacos, sin pelos y sarnosos ladran enfurecidos con­tra el mundo. Los senderos que hacen de calles están inundados por las mismas aguas servidas que salen directamente de las casas, a través de tuberías de plástico o directamente por canaletas he­chas con tierra. Los chicos juegan a saltar el río de caca que se forma en la calle y que también sirve de alimento para los anima­les. Las reglas del entretenimiento infantil parecen ordenar que, aquel que por desgracia se cae, juega después a correr a los otros amenazando con toCarlos con sus manos sucias.

Un policía sale de su rancho vestido de impecable uniforme azul, lleva un arma en la cintura. La almacenera le niega el fiado a uno de sus clientes y antes de que le insistan cierra rápido la venta­na, quedando semi escondida detrás de las cortinas, el vidrio y las rejas del negocio.

Del otro lado de la calle tres hombres desocupados observan la acción, mientras hablan del campeonato de la primera B, que está por comenzar. A cincuenta metros de allí, las casas dejan de ser de material y la chapa oxidada comienza a gobernar el paisaje. El viento que corre del sur mueve las estructuras frágiles de esas viviendas, levantando además nubes de polvo que obligan a los caminantes a cerrar los ojos.

No hace falta investigar demasiado para saber que en todo el bosque que debe tener alrededor de 5.000 metros cuadrados, ade­más de eucaliptos y gente, viven ratas, comadrejas y alimañas de todo tipo. Sólo en una casa se alcanza a ver una huerta. Hace frío. Mucho frío.

Es otra jungla. Sin glamour, ni luces fluorescentes, ni 4x4. Es la villa Los Eucaliptos, ubicada a poco más de diez minutos de Nueva Córdoba. A 300 metros de la casa de la Negra Chuntero. Es el lugar donde vive Jota, que apenas deja la bolsa de leña sale a hablar con los periodistas que lo vienen siguiendo desde hace tanto tiempo.

-Perdoná que molestemos de nuevo, pero... ya está. Nos ha di­cho todo el mundo que vos sos Jota.

Tiene el pelo color rojo teñido y se lo ve un poco pelado. Usa una remera y un buzo semisuelto. No tiene siliconas. Mientras ca­mina, el pantalón de jean elastizado hace que sus piernas se vean flacas y se forme un evidente bulto a la altura de los testículos. Aunque morrudo, de baja estatura y aproximadamente de 80 kilos de peso, camina moviendo la cintura intentando imitar el andar de una mujer. Al ver que le estiran la mano para saludarlo, quiebra la muñeca hacia abajo, tomando con la punta de sus cinco dedos la punta de los dedos de la otra persona.

-Yo no soy Jota -contesta después de mirar de arriba abajo a las personas que han ido a molestarlo.

-Lo que pasa Ramón, no sé como querés que te llamemos... ¿Brenda? ¿José Luis?... lo que pasa es que ya nos han dicho que sos vos. Ya sabemos. Si realmente no querés hablar, nos vamos, pero te pedimos por favor que nos des unos minutitos, sólo queremos preguntarte algunas cosas de Marcelo Sajen, que sabe­mos que era tu amigo.

-Todo el mundo habla giladas... -Brenda arrastra las vocales imitando, además, una voz femenina- Por eso me fui de ese barrio, porque la gente habla estupideces. Yo apenas lo veía...

-Exactamente, Jota. Ahora todo el mundo habla giladas. Noso­tros vamos preguntando y todos dicen que eran amigos de Marcelo, que hablaban con él... que lo conocían.

-No... Marcelo era muy reservado, él no hablaba con nadie. Él no era de tener muchas amistades.

-¿Ves? Para eso necesitamos hablar con vos, para que nos digas esas cosas, para que nos ayudes a entender esa enfermedad que tenía él. Qué era eso que lo llevaba a hacer esas cosas.

-¿Y por qué no fueron al velorio? Ahí se decían muchas cosas. Las chicas del barrio hablaban de que en el barrio él era un señor, pero cuando estaba solo, a algunas les gritaba, las puteaba y las invitaba a hacer... pero al velorio fue un mundo de gente, fue como una procesión.

Sus labios son gruesos y están rodeados de una evidente papa­da que hace más inverosímil su parecido a una mujer. Sin embargo, el movimiento de sus brazos y manos, sus gestos y las miradas de timidez, demuestran que sería un error sentir que se está hablando con un hombre.

-Yo nunca vi que él tuviera algo raro. En realidad, te digo que a mí me gustaba porque él era lindo negro y porque era un tipo muy dulce para hablar y con eso te compraba. Una sola vez yo tuve oportunidad pero, yo lo rechazaba a él...

-¿No saliste nunca con él?

-No. Porque yo le tenía un rechazo... no sé. Se me cruzaban un montón de cosas en la cabeza y lo rechazaba.

-¿Y por qué pensás vos que él hacía, lo que ahora se sabe que hacía?

-Y yo pienso también en la droga porque él consumía de vez en cuando.

¡Brendaaa! ¡Brendaa!, gritan desde el suelo dos nenas que jue­gan con un muñequito sobre la pierna de Jota... se las ve sucias, con el pelo anudado y manchas de tierra en la piel. El panorama se completa con una mujer que, detrás del travesti, sube con una im­provisada escalera de madera hacia la rama de uno de Los Eucaliptos y desconecta la luz que cuelga de allí, llevándose el cable con corriente para adentro del rancho. Otra señora deambula detrás de los periodistas simulando barrer, pero escuchando el diálogo.

-Yo te repito que nunca, nunca lo vi en una actitud mala a él. Sí lo veía todas las noches o noche de por medio en la ruta (se refiere a la ruta 9) arrebatando carteras, pero nunca en algo así. El cambió mucho cuando estuvo en la cárcel y se hizo más serio.

-¿Será porque le pasó algo en la cárcel?

-Lo que pasa es que Marcelo tuvo muchos problemas desde siem­pre, pero no era malo. Era buen chico y a mí siempre me respe­tó. Yo nunca me imaginé que él fuera un violador.

-¿Cómo fue su infancia?

-Muy complicada fue la infancia de ellos, el padre era muy rígi­do y entonces ellos sólo podían hacer lo que él decía. Yo pienso que él ha visto muchas cosas y por eso se ha hecho así. El padre le pegaba mucho a la madre y eso él lo veía.

 -¿Vos te acordás de que Marcelo contara que el padre de él le pegaba a su mamá?

-Siempre comentó eso él. Después se descarriló el Marcelo. El padre los tenía agarrados, no los dejaba salir, les pegaba... yo fui con él al (colegio) Hilario Ascasubi y él de chico siempre tuvo problemas de conducta... era muy peleador, muy agresivo.

Durante toda la charla, Jota parece estar diciendo menos de lo que sabe y, a medida que las preguntas se van haciendo más especí­ficas, no puede evitar mirar hacia los costados con miedo de que alguien lo esté vigilando.

-Te tenemos que preguntar una cosa medio difícil. Nos han di­cho que el padre de Marcelo abusaba de vos cuando eras chico.

-¿De miií?

-.

-Ni lo conozco al padre. ¿No te digo que lo rechazaba?

-Pero del padre te estamos preguntando. Vos lo rechazabas a Marcelo, del padre te preguntamos ahora.

-No, si ni lo conozco al padre. Yo lo conozco al Marcelo, a la señora, al hijo de ellos. Meeentira. Macana. Primero, que nun­ca he ido a la casa cuando estaba el padre y dos, que al padre no lo conozco. Y además te digo una cosa: en ese barrio te van a embrollar con mil cosas y nunca vas a llegar a la verdad. Aho­ra si vos querés saber la verdad yo lo llamo al hijo para que te hable de su papá y esas cosas.

-¿Quién lo conocía bien?

-La que sabía salir con Marcelo, que la llevaba y la dormía v todo, era N. G., una chica negra que vive en la Ramón Ocampo

-¿Quién puede haber visto cuando el padre lo apaleaba a Marcelo?

-Y, los hermanos... ellos han visto todo eso.

Mientras hablamos se levanta un fuerte viento que nos obliga a todos a cerrar los ojos. En ese momento se nota la presencia de un chico que no puede tener más de un año y dos meses que, desnudito y con la carita llena de barro, mira la escena del diálogo. Sorpren­didos y un poco impactados, los periodistas remarcan que el chico está desnudo y que hace frío, pero ni Jota, ni las niñas, ni las dos mujeres que se encuentran cerca, hacen nada para arroparlo.

-¿Qué quieren saber ustedes de Marcelo? -pregunta Jota.

-Queremos saber cómo era él y cómo se convirtió en un viola­dor serial.

 -No, ni idea.

-¿Conociste al Bichi?

-Sí, era medio trastornado. Yo lo conocía de la ruta.

 -¿Pero nos podés explicar qué hacían los Sajen en la ruta?

-No, ni idea. Yo veía que ellos iban y venían pero no me metía, yo estaba haciendo mi trabajo y ellos el suyo. Andaban en auto, en moto o caminando, pero yo no sé lo que hacían.

Antes de despedirnos, Jota se animó a hablar de la conducta sexual de Marcelo y para intentar explicarla recurrió a su propia experiencia en la calle. Sus afirmaciones abren la puerta a un mundo que por más subterráneo que parezca, no deja de ser real.

-Teniendo tantas mujeres, ¿por qué violaba Marcelo? ¿Por qué creés vos que violaba?

-No sé. Yo pienso que eso no tiene explicación. Me parece que capaz lo hacía por hacerlo, o porque tenía ganas, o porque le gustaba la persona. Es lo mismo que yo, que estoy parado en la ruta y por qué me van a buscar los tipos siendo que yo les pregunto: ¿por qué lo hacen? Me dicen que porque les gusta y resulta que son casados, tienen novia. Y yo les pregunto: ¿por qué no lo hacés con un hombre? Y me dicen, porque con un hombre no lo hago, me gusta hacer con los travestís.

-¿Vos decís que no tiene explicación?

-Yo a todos los tipos les pregunto ¿por qué? Hay tipos que vos vieras, son tipos lindos y te pagan. Tengo un cirujano que me paga 40 pesos y sabés qué, te lleva al hotel, te hace desnudar y te hace caminar con los tacos y se pone la ropa y tomas whisky y cerveza toda la noche... y ¿por qué lo hace siendo que es un cirujano?

Apenas termina de contar la anécdota de su cliente, vuelve a levantarse viento y eso obliga a Jota a taparse los ojos con la muñe­ca, cubriendo su frente con los dedos extendidos. Entonces esa per­sona vestida de mujer, pero con cuerpo de hombre, sentencia:

-Para mí esas personas son enfermas de la cabeza, no son nor­males. Es lo mismo que vos te hagás el hombre y no sos hombre. Vos tenés que definirte por lo que querés ser, yo me decidí de chico por lo que soy y sigo siendo. A mí me gusta y de noche salgo espléndida, vestida de mujer... pero hay que ser mujer todo el tiempo. Por ejemplo hay un travestí que se hizo el no­vio, se casó, tuvo un hijo y ahora la mujer vive en el Cerro y él está puteando en la ruta de nuevo. Lo que les pasa es que son enfermos y no saben lo que quieren ser.

-¿Marcelo tenía una enfermedad así?

-Yo me imagino que sí, porque una persona normal no va a ha­cer lo que hace y hay muchos, muchos, muchos... Son personas enfermas.

-No nos termina de quedar claro eso de que Marcelo te encan­taba, te gustaba y, cuando llegaba el momento de estar juntos, lo rechazabas. ¿Nos lo podés explicar?

-Hasta el día de hoy no sé qué era. Yo le tenía miedo a él pero no sé si era eso nomás porque yo me ponía a conversar en el oscuro, lo tocaba todo y cuando él me decía vamos a los hechos, me pasaba algo que no sé... Era una cosa que no sé lo que tenía que a mí me daba miedo.

-¿De qué te hiciera daño, de eso tenías miedo?

-Sí, puede ser pero no... otra cosa... yo me iba. Él tenía algo que me alejaba...

-¿Y él a vos, también te tocaba cuando estaban juntos, Jota?

-Sí claro, el también me tocaba...


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