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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//13 de Noviembre, 2010

CAPITULO X Volver tras las rejas

por jocharras a las 22:25, en La Marca de la Bestia
CAPITULO X

Volver tras las rejas

He robado

 

Aquella madrugada, el teléfono empezó a sonar. Zulma se despertó sobresaltada, prendió el velador y vio el reloj despertador que descansaba en la cómoda. Ya eran casi las 4 de la mañana del 8 de febrero de 1999. Dormida, tanteó la cama por costumbre y comprobó que su marido, otra vez, había decidido no dormir en su casa. El sonido insistente del teléfono le dio un mal presentimien­to.

 

Había tenido un día difícil. Tenía fiebre, le dolía todo el cuer­po y para colmo no podía sacarse de la cabeza que estaba por nacer "el bastardito", como siempre llamaba al hijo que la Negra Chuntero tendría con Marcelo. Precisamente por ese tema había discutido el día anterior con Sajen. Estaba segura que "la otra" vivía como una reina, mientras ella se sentía cada vez más desplazada.

 

Se levantó en camisón, fue rápido hasta la cocina y levantó el teléfono. Era Marcelo.

-He robado y me agarraron -del otro lado del tubo Sajen hablaba apurado, nervioso, asustado.

Zulma sintió que el mundo se le derrumbaba. Como una tormenta, cientos de recuerdos volvieron a cruzarse por su cabeza. Recordó Pilar, la Policía allanando su casa, Marcelo trasladado en un patrullero, los aprietes en la comisaría, el juicio en Tribunales I, el rostro del secretario Ugarte, la cara de piedra de los jueces que condenaron a su marido y las penurias que vivió cuando tuvo que ir a visitarlo a la cárcel.

-¡¿Dónde mierda estás, hijo de puta?! -exclamó Zulma.

 

-En la primera..., me tienen en la comisaría del centro. Metí el

caño en una pizzería, el dueño me corrió y la yuta me agarró.

Me tienen encerrado y me permitieron hacer una llamada.

Llamalo al doctor Albornoz y pedile que me venga a ver urgente

y me saque. Perdóname Zulmita, por el amor de Dios. Perdóname. No sé qué me pasó.

 

-¡¿Cómo que no sabés?! ¡¿Cómo te agarraron?! Me prometiste que no... -gritó Zulma, llorando.

Los chicos se despertaron y se largaron a llorar, asustados por los chillidos de su madre.

-No sé si voy a seguir con vos Marcelo. Se acabó. ¡Esta vez, bas­ta! ¡Te vas a la mierda! -bramó la mujer antes de cortar.

 

 -¿Qué pasa mamá? -preguntó una de sus hijas, mientras se aso­maba a través del marco de la puerta. Detrás de ella, estaban sus otros hermanos.

 

-Nada, no pasa nada. Tuve una discusión con tu padre. Váyanse a dormir.

Zulma se sentó en una silla del comedor y siguió llorando. Esta vez, la relación con Marcelo se acababa.

 

A unas 50 cuadras de allí, en un calabozo de la comisaría primera, ubicada en la calle Corrientes 534, a pocas cuadras de la terminal de ómnibus de Córdoba, Marcelo Sajen se sentía perdido. Definitivamente perdido. Acababan de atraparlo luego de un asal­to y se veía condenado otra vez en una celda de la Penitenciaría. Pero lo que más terror le daba no era haber caído preso, sino que la chica a la que había violado momentos antes hiciera la denuncia y los policías vincularan ambos casos.

 

Sabía que no era imposible que ella fuera a esa comisaría. "Falta que me encuentre cara a cara y se pudre todo", pensó. Sin embar­go, lobo y víctima no iban a cruzarse. La joven efectuó la denuncia en la unidad judicial de la comisaría cuarta, del barrio Nueva Córdoba, y luego en la División Protección de las Personas, en la Jefatu­ra de Policía. Como las actuaciones judiciales quedaron asentadas en distintas oficinas, nadie relacionó la violación con el asalto, a pesar de que ambos delitos se habían cometido a escasas cuadras de distancia entre sí y en un breve lapso entre uno y otro.

 

La Policía y la Justicia se enterarían de que el ladrón y el violador eran la misma persona recién varios años después.

 

Permaneció un par de horas en la Comisaría Primera y luego fue trasladado a la Décima (llamada por aquel entonces Precinto 5), en la avenida Vélez Sarsfield 748, donde pasó la noche encerrado en un calabozo junto a varios presos más. Estuvo todo el día prácticamente sin dormir. Al día siguiente, antes de que lo trasla­daran a la Cárcel de Encausados  y de que pudiera ver a su abogado, los policías le permitieron a Sajen otra comunicación telefónica. Esta vez, llamó a Adriana.

 

La Negra Chuntero no estaba en casa para atender el teléfono. Había sido internada de urgencia en una clínica del centro de la ciudad para dar a luz al bebé que había concebido con Marcelo nueve meses antes.

 

La criatura nació por parto natural.

 

"No sé por qué Marcelo robó esa noche. Lo que sí sé, es que él estaba desesperado porque Zulma lo tenía loco. Estaba atormenta­do porque ella le exigía plata todo el tiempo. En cambio, yo nunca fui así, siempre me conformé con lo poco que tengo y que él me daba. Marcelo siempre me decía que yo sabía economizar, mien­tras que Zulma y sus hijos gastaban y gastaban. Pobrecito, todo lo que le pedían, él les daba", recuerda Adriana.

 

La Negra Chuntero recién se enteró de que Marcelo había sido detenido dos días después, cuando su cuñado Daniel Sajen fue a visitarla y a conocer a su flamante sobrino.

 

"Yo estaba desesperada, porque esa noche Marcelo no había vuelto a casa a cenar. Encima tampoco me venía a visitar y a ver al bebé. 'Este no me quiere más y me dejó para siempre', pensé. Y sufrí mucho. Cuando supe que había caído preso, me puse peor", señala la mujer.

A pesar de la bronca que sentía por su marido, Zulma había ido a contratar los servicios del abogado Diego Albornoz, el mismo que lo había defendido en el juicio por la violación de Pilar en 1985.

 

Cuando Zulma lo llamó, el abogado se puso a trabajar de inmediato para que su cliente recuperara su libertad. Sin embargo, no había mucho por hacer, las pruebas en su contra eran demasiadas.

 

Nombre falso

 

A los pocos días de haber dado a luz, Adriana regresó a su hogar. Quería sentirse feliz de haber sido madre nuevamente, pero la angustia de saber que su pareja estaba detenida no la dejaba pensar.

 

Un día a la mañana, sonó el teléfono y ella presintió que era su "negro", no se equivocó.

-Negrita mía. Te extraño mucho. ¿Cómo estás? ¿Cómo está el nene? ¿Está bien? ¿Toma la teta? -Sajen no paraba de hacerle preguntas. Se lo oía abatido, desesperado, angustiado

-Adrianita, vení a visitarme. Te extraño. Me tienen en Encausados . Pero cuando vengas como visita, pedí por Gustavo Rodolfo Brene. No digás Sajen. Acordate, Gustavo Rodolfo Brene. Ese es el nombre que di acá -dijo Sajen, susurrando.

Brene no era un invento cualquiera. Había adoptado el apelli­do de un familiar que su esposa Zulma tenía en Pilar. Adriana no entendía nada, pero igual anotó el nombre en un papel para no olvidarse.

 

Esa mañana había comprado los diarios, pero al igual que en los días anteriores no informaban nada sobre la captura de un la­drón en el centro luego de cometer un asalto a una pizzería.

 

Viejo conocedor del código delictivo, Sajen había dado una iden­tidad falsa. Lo había aprendido de sus hermanos. Y no sería la últi­ma vez. Sabía bien que dando un nombre trucho, y no teniendo el documento de identidad encima, la Policía iba a tardar mucho tiem­po en averiguar si tenía antecedentes delictivos y podían soltarlo.

 

El cotejo de sus huellas dactilares con las planillas de antecedentes delictivos se hacía en forma manual, al igual que en la ac­tualidad, y eso demandaba un extenuante trabajo para cualquier policía. De esa forma, pensó que podía zafar de una condena abul­tada.

 

"Ahora es más difícil pero antes siempre que caías preso se daba cualquier identidad menos la de uno, porque los canas, al ver que no tenías antecedentes, te dejaban en libertad y te decían 'preséntese mañana'. Si tenías esa suerte te ibas y no volvías más", señala, sonriendo, Daniel Sajen.

 

El fin de semana siguiente a haber dado a luz, Adriana fue hasta Encausados  a visitarlo. La mujer ya conocía bien el derruido penal del barrio Güemes. Sajen la había acompañado varias veces, cuando ella iba a visitar a un hermano que tenía "privado de la libertad", como prefiere decir ella antes de usar la palabra "pre­so".

 

Durante meses, loca de amor, la Negra Chuntero fue a ver a Marcelo todos los fines de semana. Incluso iba los miércoles y jueves. Le llevaba comida, ropa y algo de dinero. Cigarrillos no, por­que no fumaba. La mujer iba con su pequeño bebé, a quien Marcelo veía crecer poco a poco.

 

Sin embargo, las cosas no eran fáciles para ella. No tenía dinero y no podía alquilar más, por lo que se fue a vivir durante un tiempo a la casa de la madre de Marcelo, María Rosa Caporusso, en barrio Maldonado.

 

Paralelamente, durante todo ese tiempo, Zulma nunca había ido a visitar a su esposo. La mujer realmente estaba fastidiada con él porque había robado y caído preso. "Cuando fue detenido, lo dejé de ir a ver por un buen tiempo. Estaba muy enojada, porque no tenía por qué robar. Teníamos trabajo, dinero... Me había desilusionado mucho", recuerda Villalón.

 

"Zulma es, y siempre lo fue, una mujer de muchos principios. Una mujer de fierro, por eso dejó a Marcelo solo, cuando cayó pre­so. No se banco que él robara", relata por su parte un abogado allegado a la familia Sajen.

 

Finalmente, luego de seis meses, la mujer decidió ir a Encausados  junto a dos de sus hijas a visitar a su esposo. Y pasó lo inevi­table.

 

A metros de la puerta de entrada a la cárcel, sobre calle Ayacucho, Zulma y Adriana se encontraron frente a frente en la cola que hacían aquellas mujeres que iban de visita con sus bolsas de hacer compras, cargadas con azúcar, yerba y fideos. Ambas se conocían bien tras haberse cruzado en el barrio varias veces.

 

El encuentro no fue precedido precisamente por un beso y un abrazo afectuoso. Las dos se agarraron de los pelos y empezaron a insultarse y pegarse. Todo era griterío. Las demás visitas empezaron a gritar también y formaron una ronda para observar de cerca la pelea.

 

"Yo estaba con mi bebé en brazos y a ella no le importó, y me tiró de los pelos. Sin querer, quise defenderme con las manos y le pegué a una de sus hijas y le empezó a salir sangre de la nariz. Zulma se desesperó y llamó a la Policía. Zulma siempre lloraba la carta y en la Policía le daban bolilla", recuerda Adriana.

 

La Negra Chuntero fue a parar a la Comisaría Décima, donde le pintaron los dedos y la dejaron demorada durante algunas horas hasta que fue a buscarla su padre. Ese día no pudo ver a Marcelo. Zulma sí, pero al cabo de unas semanas iba a abandonarlo por un largo tiempo. Las secuelas de este episodio llegarían a oídos de los presos de boca de sus propias mujeres, que vieron a Zulma y a Adriana peleándose por Marcelo. Eso alimentaría en la cárcel el mito de mujeriego y "ganador" que Sajen ya traía desde su barrio, hasta el punto de que la primera referencia que todos los presos que lo conocieron hacen de él es que era visitado por dos mujeres en la cárcel.

 

El pluma del pabellón

 

Aquel 1999, Sajen estaba preso y Encausados  era pura ebullición. Ya se sabía que de un momento a otro el edificio iba a ser desalojado y que los internos iban a ser trasladados al flamante Complejo Carcelario Padre Lucchese, una moderna cárcel del Primer Mundo ubicada en la comuna de Bouwer, en el camino a Des­peñaderos, varios kilómetros al sur de la ciudad de Córdoba.

 

Sajen entró a Encausados  el 9 de febrero del '99 y fue a parar directamente "al Cerro", como se conocía al sector de los pabellones "VIP", ubicados por aquel entonces en los pisos superiores y que daban hacia calle Belgrano. El nombre hace referencia al Ce­rro de las Rosas, uno de los barrios más exclusivos de la ciudad de Córdoba. Se trataba de los pabellones 16, 17, 18 y 19. Se los denomi­naba así ya que, en comparación con los demás espacios, contaban con mejores condiciones de alojamiento, baños y celdas limpias, cocinas con freezer, heladera, lavarropas y hasta televisión con una antena parabólica satelital que permitía ver partidos de fútbol o la señal del canal porno Venus.

 

A diferencia de la primera vez que había estado alojado en Encausados , esta vez Marcelo Sajen no se sentía solo. Si bien ya no estaba más aquel directivo del Servicio Penitenciario -amigo de su padre- que le había brindado cierta protección, Marcelo se sentía seguro y acompañado en el pabellón, ya que a muchos los cono­cía del barrio, de la calle, de la vida misma. Ellos lo conocían como "Marcelo", aunque él seguía haciéndose pasar ante los guardia cárceles como un tal Gustavo Brene. Todos sabían que había caído por robo e ignoraban su violación en Pilar, cometida años antes.

 

Sajen permaneció alojado los primeros tiempos en el pabellón 19 que, respecto a los otro cuatro del sector VIP era el que tenía las menores comodidades.

 

Un buen día se produjo una violenta pelea entre dos bandos que disputaban el control del pabellón 19. El grupo de Sajen fue el que perdió y Marcelo terminó expulsado a patadas y estocadas con púas. Lo primero que se hace en estos casos es solicitar a los guardias que se traslade al preso y Sajen terminó recayendo en el pabe­llón 6 del primer centro, uno de los más duros de Encausados.

 

Allí se encontraba alojado su hermano mayor Leonardo (el Tur­co Miguel), que por aquel entonces, según coinciden sus hermanos y varios reclusos que lo conocieron, era el más pesado del pabe­llón. Era el pluma, el jefe de los demás. Todos le temían y cum­plían sus órdenes a rajatabla. Si alguien iba en contra de sus desig­nios, terminaba mal.

 

Como no podía ser de otra manera, Marcelo llegó al pabellón para acompañar a su hermano y pronto se convirtió en otro pie de plomo ante los demás.

 

Un pluma es un preso peligroso y respetado que controla todo en un pabellón: ya sea cómo se dividen los internos en cada celda, quién se queda, quién se va, qué se come, qué no se come, qué se debe hacer, qué no. Muchos incluso llegan a convertirse en cerebros de organizaciones delictivas muros adentro e incluso de ban­das que actúan muros afuera. Y no están solos, sino que cuentan con un ejército de "perros" -reclusos que les demuestran fideli­dad- que harán cumplir sus normas y designios al pie de la letra.

 

Según se comenta, Leonardo Sajen en toda su etapa carcelaria fue un buen pluma que no tenía perros bajo sus órdenes porque prefería manejarse solo. La tarea no es nada fácil, ya que un pluma debe tener el control y para ello tiene que evitar que nadie más pueda competirle dentro del pabellón. Así también, sabe bien que cualquier decisión que adopte, a la larga se puede volver en su contra.

 

"Si llega un tipo nuevo al pabellón y comienza a hacer amigos, tenés que controlarlo. Si no lo hacés, el tipo te va a disputar el poder en poco tiempo. Entonces tenés que anularlo. Si no lo hacés, te arriesgás a una pelea y podés perder. Además, el Servicio Penitenciario necesita que vos tengas controlado el pabellón para evi­tar motines y problemas. Si demostrás que no podés controlar la situación en tu pabellón, no le sos útil al Servicio. A la larga, dejás de ser pluma, uno no lo es toda la vida. Así empezás a deambular entre pabellones y en cada uno hay un hermano, un amigo o un primo de algún tipo al que le cagaste la vida y que te la va a co­brar", comentan dos plumas alojados en la Penitenciaría, quienes conocieron a los hermanos Sajen bien de cerca.

 

Durante largo tiempo, Leonardo y Marcelo habrían sido juntos plumas del pabellón 6. Al poco tiempo, llegó Daniel, el otro hermano. Entre los tres -dicen algunos- fueron imparables.

Por aquellos meses, estaba preso en Encausados  un sujeto que se hacía llamar el Conchita Martínez, quien ganó su sobrenombre por su notable parecido con la ex tenista española que brilló en los '90.

 

Conchita había sido "capeado" -echado- del pabellón 17 -el sector VIP- y, luego de pasar por varios sitios de Encausados  -una asamblea de presos que dirigía el pabellón 18 le negó la entrada-, recaló finalmente en el pabellón 6, de los hermanos Sajen.

 

 Martínez está sospechado por la Policía de haber sido un preso que maneja­ba el ingreso y comercio de las pastillas sedantes, la droga por excelencia en la cárcel, presuntamente en complicidad con guardia cárceles. Incluso, en la cárcel, se le adjudica el supuesto récord de haber logrado ingresar entre la Navidad de 1999 y el 1° de enero de 2000 la friolera de 11 mil pastillas.

 

Los presos que estuvieron con los Sajen recuerdan que los hermanos le exigieron una condición a Conchita para que pudiera quedarse en el pabellón: la compra de un televisor, una heladera y pintura suficiente para pintar todo el sector.

 

"Los Sajen lograron mejoras y además quedaron bien con los demás internos", señala uno de los presos.

 

En marzo de 1999, el fiscal de instrucción del Distrito 2 Turno 2 de la ciudad de Córdoba, Alejandro Moyano, comprobó que Gusta­vo Brene y Marcelo Mario Sajen eran la misma persona -las hue­llas dactilares eran idénticas- y envió su causa por el asalto a la pizzería a juicio. Sin embargo, iba a pasar mucho tiempo hasta que el juicio finalmente se iniciara.

 

Aparentemente, dado el poder que tenían los Sajen, las autoridades penitenciarias con el director de Encausados , Gustavo Mina, a la cabeza, decidieron separar a los hermanos. En realidad, den­tro de la cárcel y en la familia, se comenta que conociendo el per­fil de pluma de Leonardo puede haberse producido algún enfrentamiento entre los hermanos. En este sentido, Daniel confiesa que fue el mismo Marcelo quien pidió trasladarse al VIP nuevamente dejando a sus hermanos con el poder del pabellón 6.

 

Después de unos meses, Marcelo Sajen empezó un derrotero por distintos pabellones, en muchos de los cuales tuvo serios problemas con los internos y, como duro boxeador que había aprendi­do a ser, se trenzó en violentísimas peleas con varios de ellos. Eso le permitía hacerse respetar y por sobre todas las cosas reivindicar su fama de duro.

 

En las fojas de su prontuario quedó archivado un grave incidente registrado a fines de 1999 en el pabellón 24. En aquella opor­tunidad, Sajen se peleó con varios presos y cuando los guardia cárceles entraron al sector para sacarlo a los bastonazos, él tomó un secador de piso, lo partió en dos y fabricó una improvi­sada lanza. Así estuvo varios minutos amenazando a los guardias, evitando que nadie se le acercara, mientras a los gritos incitaba a los demás internos para que se amotinaran. En efecto, hubo una revuelta que rápidamente fue disuelta. Sajen se entregó y pasó varias semanas en aislamiento, encerrado en una celda oscura, sin salir al patio y, sobre todo, sin la visita de Adriana, quien durante todo este tiempo seguía estando presente todos los días de visita.

 

Culpable

 

Dado que las pruebas en su contra, por el asalto a la pizzería, eran abrumadoras, Sajen aceptó el consejo de su abogado Albornoz. El letrado le había sugerido que aceptara la realización de un juicio abreviado, ya que así podía obtener una condena menor a la de un juicio común.

 

Albornoz le explicó cómo era el proceso. El secretario del juez lee la acusación, el fiscal amplía los detalles de la causa y pide la pena, el acusado confiesa el delito y el juez da su sentencia. Todo rápido, todo en menos de una hora. Y la condena puede ser benévo­la.

 

El 19 de octubre de 2000, Sajen fue trasladado hasta los Tribunales II, un moderno edificio construido en el barrio Observatorio, ubicado a pocas cuadras de Encausados , y que reemplazó a Tribunales I para el tratamiento de las causas penales.

 

Un guardia cárcel lo condujo a la sala de audiencias de la Cámara 8a del Crimen, que estuvo prácticamente vacía durante la hora que duró el juicio abreviado. Obviamente, el proceso pasó total­mente inadvertido para los periodistas que recorrían por aquellos tiempos los pasillos de Tribunales II en busca de primicias judicia­les.

 

La audiencia estuvo presidida por el juez Jorge Moya, quien hizo leer a su secretario, Luis López, la acusación. El funcionario relató que en los primeros minutos del 8 de febrero de 1999, Marcelo Mario Sajen había entrado a una pizzería de calle San Luis y Cañada y, luego de amenazar a los encargados del local con un arma, se había apoderado de dinero en efectivo, luego de lo cual huyó. El dueño lo persiguió y, al cabo de unas cuadras, fue atrapado por el mismo comerciante.

 

Terminada la lectura de la acusación, el juez Moya miró a Sajen y le cedió la palabra. El delincuente, tal como había practicado en prisión con su abogado, confesó que todo era verdad. En la sala de audiencias estaban algunos de sus hermanos y Adriana.

 

Luego de oír al fiscal Javier Praddaude -el mismo que lo había procesado 14 años antes por la violación de Pilar- y al abogado defensor Albornoz, el juez dictó la sentencia: Sajen fue condenado a cinco años y medio de prisión por robo calificado, tenencia de arma de guerra, abuso de arma y encubrimiento.

 

Para decidir la pena, Moya había valorado la naturaleza del juicio abreviado, la acción desplegada por Sajen a la que conside­ró como peligrosa y la reiteración de los hechos delictivos. "A su favor tengo en cuenta que Sajen es un hombre de condición humil­de, con familia constituida por esposa y cinco hijos, que no tiene vicios", resaltó el juez en aquel fallo.

 

El magistrado también tuvo presente que el delincuente había confesado todo, "demostrando con ello su voluntad de encausar su vida hacia la comprensión y el respeto de la ley y su reinserción social". Nada más lejos de la realidad.

 

El juez ignoraba por completo que Sajen ya había empezado a violar en serie en 1991 y que su último ataque hasta que cayó preso había ocurrido justamente media hora antes de asaltar la pizzería. También ignoraba, como pareció desconocerlo durante años el

Servicio Penitenciario, que no era un delincuente primario (que purgaba su primera condena), sino que ya había estado condenado anteriormente. De acuerdo a las planillas del Servicio Penitenciario, también se desconocía la violación cometida en 1985 en Pilar hasta el punto de que en ninguno de sus estudios psicológicos y criminológicos se llega a hacer referencia a aquella violación.

 

La condena impuesta debía cumplirse el 8 de agosto de 2004. Sin embargo, el tiempo que Sajen estaría en prisión sería mucho menor, gracias a la ley del 2x1, una norma que permite que a un preso que se encuentra sin condena firme, cada día de detención se le compute doble. Sajen estaría detenido hasta el 8 de octubre de 2002. Veintiséis días después de quedar en libertad volvería a violar.

 

Enjaulado

 

Al día siguiente de haber sido condenado fue trasladado hasta el Complejo Carcelario Padre Lucchese, conocido en la actualidad como la Cárcel de Bouwer. El traslado no era casual, sino que se debía al cierre de Encausados .

 

Sajen se salvó de ser patoteado por guardia cárceles como había ocurrido meses antes en otro traslado, cuando varios emplea­dos penitenciarios golpearon violentamente a unos 36 reclusos como parte de "una despedida" de la cárcel de barrio Güemes, hecho que luego sería investigado por el fiscal Juan Manuel Ugarte.

 

Bouwer es la cárcel más moderna de toda Córdoba. Ubicada a unos 20 kilómetros al sur de la Capital, el complejo carcelario demandó varios años de construcción y su estructura fue copiada a los modelos de presidio de alta seguridad de los Estados Unidos. Cuen­ta con cuatro módulos separados que funcionan prácticamente como cárceles independientes. Cada módulo está compuesto de pabello­nes que tienen celdas habilitadas para alojar a uno o dos internos. Cada celda tiene .cama, baño, repisa y una ventana de vidrio con rejas que da al exterior. Todas las puertas de la cárcel se cierran en forma automática y el predio cuenta con un alambrado perimetral electrificado para evitar fugas. Sajen fue alojado en el pabellón D4 del sector B del módulo de mediana seguridad 1 de Bouwer. A los pocos días de estar en su nuevo lugar de residencia, cumplió 35 años. Prácticamente ni los festejó.

 

Para colmo de males, recibió una dura sanción disciplinaria, luego de que guardia cárceles le encontraran 82 psicofármacos ocul­tos en el bolsillo izquierdo de su pantalón, listos para ser vendidos dentro del penal, según consta en su prontuario número 15.364.

 

La versión oficial era que Sajen estaba tan desesperado que en un descuido de los guardias, quienes aún no conocían del todo las medidas de seguridad que había que tomar en la nueva cárcel, logró escapar de su pabellón cuando se abrió la puerta electrónica. Fue recapturado y le aplicaron una sanción aún mayor. La versión de Sajen, escrita a mano y enviada a las autoridades de la cárcel, era diferente y vinculaba a los guardias con el mercado ilegal de pastillas dentro del penal. En ese texto el preso dice que los guardias le hicieron levantar un paquete que no le pertenecía y que estaba lleno de psicofármacos; según su versión los penitenciarios le mintieron para que saliera del pabellón y después lo agarraron como si él hubiese intentado escapar. "Yo no quisiera perder mi trabajo, mi conducta. Además nunca tuve un castigo por psicofármacos", asegura Sajen en aquella carta.

 

El director de Bouwer, Maximino Bazán, no le creyó y lo mandó durante varias semanas a una celda de aislamiento. Como pro­testa, Sajen inició una huelga de hambre que se extendió por va­rios días y que marcaría el comienzo de su etapa más conflictiva dentro de la cárcel.

 

Mientras se encontraba en castigo, llegó a Bouwer una notificación de la Municipalidad de Córdoba en donde se lo instaba a abonar una abultada deuda por impuestos impagos.

 

Cuando salió de aislamiento, lo llevaron esposado al módulo MX1 de Bouwer, el de máxima seguridad. Sajen estaba excitado, sacado, extremadamente violento.

 

Por aquella época, la Cárcel de Bouwer era noticia nacional por la reiteración de casos de presos que se ahorcaban en sus cel­das, dado que no se acostumbraban a las nuevas y rígidas condicio­nes penitenciarias. El pésimo estado en que se encontraba Sajen se puede comprobar en un informe que data del 30 de noviembre de 2000 y que fue firmado por el entonces adjutor principal Rober­to Sosa. En el informe de actualización, se especificó que su con­ducta era "mala 2", que poseía varias sanciones en su haber, que la relación con el personal penitenciario era regular y que tenía "conflictos manifiestos" con los demás internos. Además, en el informe consta que su aseo personal era "regular", al igual que el estado de su celda.

 

En los primeros días de diciembre de aquel 2000, por orden de la Cámara 8a del Crimen, Sajen fue trasladado a la Penitenciaría del barrio San Martín.

 

Ni bien llegó al presidio, Marcelo pidió ser alojado en el pabellón 6. Cuando le preguntaron a qué se debía la solicitud, respondió que conocía a la totalidad de los internos alojados allí y sabía que se iba a llevar bien con ellos.

 

Se trataba del mismo pabellón que cinco años más tarde iba a iniciar un terrible motín que se extendería a todo el penal, que duraría todo un día y que acabaría con ocho personas muertas y con el edificio prácticamente destruido.

 

Nadie se explica por qué, cuando entró a la Penitenciaría, Sajen fue a parar al primer centro, ubicado en la parte delantera del establecimiento. Ocurre que por lo general, los recién llegados van a parar a los pabellones "del fondo" de la cárcel, donde precisa­mente se encuentran los internos de peor conducta y peores conde­nas.

 

Sajen fue sacado del pabellón 6, luego de protagonizar una vio­lenta pelea con otros reclusos. Según consta en su prontuario, cuan­do los guardias cárceles intervinieron, lo encontraron en la puerta de ingreso a los baños con una púa recubierta con un trapo en el mango para no cortarse la mano. Este tipo de "arma blanca" -como dice la Policía- sería usada en algunas de sus violaciones en la zona de Nueva Córdoba. Aunque algunos investigadores aseguran que nunca usó un arma blanca, sino que asustaba a sus víctimas con la ganzúa con la que después abría la puerta de los autos.

Del pabellón 6, Marcelo fue trasladado al 4, donde se encontra­ba su hermano Leonardo -convertido en todo un pluma- cumplien­do una condena por robo calificado.

 

Tal como había ocurrido en la anterior oportunidad que cumplió una condena en la Penitenciaría, Sajen trató de que nadie supiera que él una vez había sido condenado por una violación en Pilar. Sin embargo, algunos lograron enterarse de ese hecho. Pero lo que nadie sabía era que él ya era un violador serial y que tenía varios ataques en su haber en la ciudad de Córdoba.

 

"Muy pocos sabíamos que él andaba metido en ese 'embrollo'. Nadie sabía que era un mete pito. Después nos fuimos enterando, pero no le pasó nada, porque él era muy bueno para las piñas y se defendía cuando lo querían 'picotear'", comenta Maximiliano, un joven de barrio Colón que supo compartir pabellón con Sajen durante aquellos años.

 

Marcelo permaneció un tiempo en el 4 hasta que fue cambiado de lugar por orden del director del penal, Eduardo Sardarevic, quien lo envió al segundo centro de la Penitenciaría, sector que por aquel entonces empezaba a ser copado por "Los guerreros de Jesucristo", un movimiento de presos que practicaba la religión evangelista y que seguía los pasos de un interno llamado Astrada, devenido en pastor.

 

Sajen estuvo "aplaudiendo", como llaman despectivamente los presos a lo que hacen los evangelistas, pero terminó convirtiéndose en un interno problemático y durante un largo período fue desfi­lando de pabellón en pabellón. Cada vez que lo cambiaban era por­que había mantenido una violenta pelea con algún interno.

 

Según los testimonios recogidos en el marco de esta investigación, ninguna pelea se originó por su condición de violador, sino por cuestiones más "domésticas", como el hecho de haber sido plu­ma en otro pabellón o bien por ser un tipo pesado que no se dejaba dominar por cualquier "gil".

 

En su itinerario por la Penitenciaría llegó a estar alojado en el pabellón 2, donde se mostró como un interno tranquilo que no se metía con nadie. Muchos lo recuerdan sentado en la puerta de su celda tomando mate, tarareando canciones de Chébere, Sebastián, La Barra o Gary. Si bien no era pluma, era una persona que se hacía respetar. Saludaba a algunos internos cuando tenía ganas, mientras que a otros directamente no les daba ni la hora.

 

"El tipo era respetado por varios presos no sólo porque era un pesado, sino porque en los choreos nunca los había cagado. Era un tipo duro, pero leal. Tenía códigos. Era un choro como los de antes, nunca cagaba a sus compañeros de andanzas, llevándose algo de dinero a las escondidas. Si había buen 'filo', lo repartía en forma proporcional, pero sin joder a nadie", recuerda un abogado. "Pero era un delincuente sexual, todo el tiempo andaba hablando de sexo. En la cárcel lo que él más extrañaba era coger, como cuando esta­ba con sus mujeres", añade el mismo letrado.

 

Corrían los primeros días de setiembre de 2001. Fecha en la que, como se contará más adelante, el deseo de volver a ver a su gente (Zulma y los chicos) hizo que Sajen abandonar aquel código de silencio que sus compañeros de robo dicen que siempre respeté.

 

"Mientras estuvo preso, nunca dejó de preocuparse por sus hi­jos. Yo estaba desesperada y nerviosa por la situación que me toca­ba atravesar y le contaba que discutía con los chicos. Y ahí empe­zábamos a discutir, porque no le gustaba que yo me peleara con ellos. Siempre me decía: 'Si realmente me querés, no te enojes con los chicos'", comenta Zulma.

 

"Es gracioso, pero sus dos mujeres lo iban a ver a la cárcel. Iba Zulma y, cuando salía, entraba Adriana. A veces era al revés. Du­rante bastante tiempo fue así", rememora Andrés Caporusso, tío de Sajen.

 

Varias personas que supieron conocer a Sajen en prisión, comentan que él siempre dio la imagen de un hombre que odiaba a los violadores. "Él decía todo el tiempo que habría que matar a los 'violines'. Decía que los odiaba", cuentan algunos. "Permanente­mente andaba diciendo: 'Me voy a coger a éste si no hace tal cosa, me voy a coger a aquel otro", rememoran otros.

 

"Acá en la cárcel no teníamos idea de que era un violín. Es muy raro, porque cuando entra un violín los mismos guardias te lo mar­can, haciendo la típica mímica de estar tocando un violín. La ver­dad es que nos sorprendió enterarnos de que era el serial, porque su personalidad no daba la pauta de ser violín. No tenía rasgos de ese tipo", señala un joven que compartió pabellón con Sajen.

 

Otro interno, Walter Romero, compañero suyo en el pabellón 2, cuenta: "A la medianoche o a la madrugada los chantas acá te habilitaban el canal Venus y todos nos juntábamos a ver. Un día estábamos frente a la tele y Sajen, que siempre permanecía en su celda, se asomó para gritarnos: '¡Degenerados hijos de puta, vayan a dormir en lugar de ver esa porquería!'".

 

Todas las personas consultadas fueron concluyentes: nadie re­cuerda haber visto u oído que Sajen haya sido violado por algún interno.

 

"Mi hermano era un tipo bravo, era de pelearse mucho. Una vez se cruzó con Roberto Carmona (el asesino de Gabriela Ceppi), quien le tiró aceite hirviendo con azúcar. Marcelo alcanzó a esqui­var el chorro y luego lo cagó a trompadas", cuenta Eduardo Sajen.

 

"Mi hermano vio matar a un hombre en la cárcel. Era un tipo que estaba acusado de violar a una nena. Los demás presos lo colgaron de una reja y lo apuñalaron con púas. Marcelo siempre me decía que eran preferibles los policías en la calle, que los presos en la cárcel", dice Eduardo. Teniendo en cuenta el odio que Sajen sentía por quienes vestían uniforme, la frase resulta más que elocuente.

 

A Marcelo no le gustaba que los demás internos le hicieran bromas con alguna de sus mujeres. De hecho, cualquiera que le insinuara que una de ellas lo engañaba, terminaba con la nariz rota de una trompada. Menos aún toleraba que le insultaran a su madre.

 

Personalidad neurótica

 

Dijimos que durante su primer residencia carcelaria no quedaron registros que demuestren que Sajen haya sido entrevistado por los gabinetes psicológicos en referencia a las razones por las que violó. Ahora debemos decir que el más completo de los informes psicológicos que existe en los archivos de su segunda etapa carcelaria tiene apenas una página y media (fue realizado meses después de la sentencia) y tampoco hace referencia a sus antece­dentes de delincuente sexual.

 

Se transcribe en forma textual el informe criminológico ini­cial, realizado por el Centro de Observación y Diagnóstico del Servicio Penitenciario de Córdoba, el 13 de marzo de 2001.

     

Interno: Sajen, Mario Marcelo Prontuario: 15.364.

Informe criminológico inicial

Interno de 35 años de edad, reincidente, quien se en­cuentra cumpliendo una condena de cinco años y seis meses de prisión por el delito de autor responsable de robo calificado por el empleo de armas. Familia de origen urbana, de características socio-económica baja, numerosa, compuesta en su origen por los progenitores y seis hijos, siendo el interno el cuarto en orden de nacimiento.

 

El rol de proveedor económico sería ejercido por su padre en el mercado laboral informal en diferentes ac­tividades (verdulero, chapa y pintura, almacén) a lo lar­go de su vida.

Se infiere que el control y efectivización de los límites quedaría a cargo de su madre, tomando su progenitor una actitud pasiva y cómplice; advirtiéndose que existi­ría cierta idealización de la figura  paterna, vivenciándola como bueno y compañero, y una figura materna autoritaria y distante.

 

Culmina el primer ciclo de escolarización integrándose en el mercado laboral en tareas a destajo. A la luz del material y tomando en consideración los aportes del profesional interviniente en anterior con­dena, se coincidiría que: "la problemática del interno es de tipo neurótica, juicio y sentido de realidad se en­contrarían conservados...: evidenciándose característi­cas de tipo pasivas, aspectos depresivos e inmaduros que subyacen en dicha estructura.

 

Al momento se deduciría cierta labilidad yoica, fragili­dad y precariedad a nivel de las defensas, como tam­bién que existirían sentimientos de minusvalía e infe­rioridad.

Durante su adolescencia (16 años) conforma pareja le­galmente constituida con una joven de 14 años de edad, con la cual tiene 5 hijos. Vínculo que se habría mante­nido durante su condena anterior y que se sostendría en la actualidad.

 

El sostén económico del grupo familiar vincular sería ejercido por el interno en tareas a destajo, las que se­rían alternadas con actividades delictivas, como forma de cubrir las necesidades básicas insatisfechas, llegan­do a ser naturalizadas dichas actividades por el grupo familiar externo.

 

Se deduciría a partir de las entrevistas administradas cierta sensación interna de abatimiento y tristeza, devenida de la sustitución de encierro; nivel de angus­tia subyacente.


En relación al delito por el cual se encuentra privado de la libertad, lo reconoce, a pesar de que no se obser­va implicancia subjetiva con respecto al mismo, depo­sitando en el afuera la responsabilidad de su accionar transgresor.

Recomendaciones:

Atención técnica a demanda.

Trabajo a demanda.

El trabajo está firmado por las licenciadas Rita Luque y Miriam Zbrun, trabajadora social y psicóloga, respectivamente.

 

Más informes

 

Durante todo 2001, Marcelo Sajen pasó por gran parte de los pabellones de la Penitenciaría. Cada vez que lo sacaban de uno, los guardia cárceles le preguntaban con quién había tenido proble­mas a fin de llenar una planilla. Viejo conocedor del código carce­lario, Sajen siempre se mantuvo en silencio para evitar males ma­yores en un futuro. Sin embargo, los responsables de la División Seguridad del penal lo tenían entre ojos: sabían muy bien que era una persona problemática y así lo hacían constar en sus expedien­tes, donde señalaban que su conducta era pésima.

 

Marcelo buscó ayuda en el gabinete psicológico del penal. Fue atendido por la psicóloga María Elena de Paul, quien, luego de una serie de entrevistas, elaboró un informe en el que constaba que Sajen tenía "sentimientos de culpa y una búsqueda de reparación por el daño ocasionado" en el asalto a la pizzería. (La licenciada no tenía por qué saber, como lo sabemos nosotros, que al momento de robar los problemas de Sajen no consistían en la dificultad para llenar una canasta básica, sino dos y que al momento de aquel robo el delincuente -como lo aseguró Zulma- poseía tres automóviles).

 

Finalmente refirió en el estudio -que consta en el prontuario 15.364-: "Subyacen aspectos de índole depresiva en su estructura de personalidad. Se infiere estado de angustia ante la situación descripta precedentemente y cierta inhibición de sus derivados impulsivos en este contexto".

 

Sin embargo, la psicóloga no expuso ninguna conclusión respecto a su condición de delincuente sexual, porque simplemente lo ignoraba, como todos. Sajen era una tumba. Hablaba de aquello que quería y ocultaba lo que no podía saber nadie.

 

"Yo lo conocí en la cárcel. Era capo. Solía juntarse con una banda de barrio General Urquiza. Pero cuando en ese pabellón se supo que él había sido un violador, tuvo problemas con los demás internos. Se cagó a trompadas con todos, lo sacaron del pabellón y lo llevaron a otro lado. Él siempre se defendía a las piñas", comen­ta Wilson, un joven que supo cumplir una dura condena por robo.

 

Hacía tiempo que Sajen había dejado de ser ese interno gentil y educado que en la década del '80 eligió ir al cine a ver Las aven­turas de Chatrán.

 

Sajen, el soplón

 

Acababa de cobrar 22 mil pesos después de adherirse al retiro voluntario de la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (Epec) y, con apenas 47 años, se preparaba para vivir una nueva vida. Co­rría 2001 y estaba a punto de comenzar la primavera. El mundo se encontraba conmovido: hacía ocho días que la red terrorista Al Qaeda había cometido el atentado contra el World Trade Center en Nueva York. Pero para los vecinos de barrio General Urquiza esta­ba por pasar algo mucho más importante.

 

Ocurrió la noche del miércoles 19 de setiembre, alrededor de las nueve y cuarto de la noche. Eduardo Virgilio Murúa salió de la casa de una amiga y se dirigió hasta donde se encontraba estacio­nado su Renault 19. Sin tomar precauciones, el hombre subió y, antes de que pudiera arrancar, vio que por la ventanilla se asoma­ba un hombre y le exigía dinero. El ladrón no estaba solo, lo acom­pañaban otros dos y lo amenazaban con una pistola. Aparentemen­te, Murúa lo reconoció.

 

El empleado de Epec, sabiendo lo que buscaban, decidió que no estaba dispuesto a entregar su nueva vida, así que no bajó el vidrio y, nervioso, intentó encender el motor. No pudo. Uno de los asaltantes destrozó la ventanilla y le disparó un balazo desde corta distancia que terminó incrustándose en el hombro de la víctima. El proyectil salió por la base del cuello, provocándole instantánea­mente una hemorragia que a la larga sería mortal.

 

A esa hora se jugaba en Chile un partido de la Copa Mercosur entre Universidad Católica y Boca Juniors. Ese fue el pretexto que pusieron la mayoría de los vecinos para justificar que no escucha­ron el disparo. Los asaltantes escaparon con la campera de Murúa y una cartera donde, se cree, estaba el dinero. En el bolsillo del hombre moribundo quedaron 734 pesos.

 

Murúa, tapando con la mano derecha el orificio que tenía en el cuello, alcanzó a descender del auto y caminó 50 metros por la calle Miguel del Sesse, mientras intentaba evitar que la sangre si­guiera brotando de la herida. Quería llegar a la casa de su amiga, pero nunca llegó. La ambulancia del servicio de emergencias lo encontró muerto en la vereda.

 

A lo largo de toda su vida, Sajen se mostró como un enemigo de la Policía. De hecho, odiaba a todo aquel que formara parte de las fuerzas de seguridad. Sin embargo, hay un episodio que vincula a toda su familia y que lo muestra especialmente a él como un infor­mante de esa fuerza a la que aseguraba odiar.

 

El hecho merece ser relatado porque explicará muchas de las cosas que en el año 2004, con Sajen ya convertido en el principal sospechoso de ser el violador serial, ocurren en torno a la familia de este hombre para facilitar que la Justicia realice el análisis de ADN final, que terminó vinculándolo a la serie de violaciones.

 

El homicidio de Murúa golpeó particularmente a la familia Sajen, ya que el hombre en cuestión había sido una de las personas que más ayudó a los hijos de Marcelo cuando éste estaba preso. Inclusive se dice en el barrio que uno de los hijos de Zulma llegó a irse de vacaciones con éste hombre durante el verano de 2000/2001. La casualidad hizo que el encargado de investigar ese homicidio fuera un joven y ascendente policía de la División Homicidios, lla­mado Rafael Sosa, que por ese entonces se desempeñaba como jefe de calle de la dependencia.

Fuentes policiales señalan que el comisario Sosa, uno de los investigadores más respetados de la causa del violador serial, logró identificar a uno de los asesinos gracias a la ayuda de una mu­jer llamada Zulma Villalón, que se comunicó con Homicidios y dijo que su marido (Marcelo Sajen, preso en la cárcel) tenía informa­ción que permitiría resolver el caso.

 

Este hecho estableció un vínculo, principalmente entre Zulma y Sosa, que volverían a encontrarse en una dramática (pero a la vez graciosa) circunstancia en diciembre de 2004. Los datos aportados en aquella oportunidad llegaron a Sosa de la boca de Sajen, quien se comunicó desde un teléfono público del pabellón en el que se encontraba para brindar los datos de la persona que, "según se de­cía en la cárcel", había matado a Murúa.

 

La libertad

 

El año 2002 fue un año de cambios para Sajen. Por consejo de su abogado Albornoz, se concientizó de que debía evitar los con­flictos con otros internos y se puso como meta principal mejorar la conducta. Sólo de esta forma podía beneficiarse con la salida con­dicional. Aún faltaban más de dos años y medio para cumplir el total de la condena, pero Sajen no aguantaba más permanecer en­cerrado en prisión.

 

Durante los primeros meses trató de ganarse la confianza de los guardias, evitó las riñas y se mantuvo fuera de cuanto motín o reyerta se registrara en la Penitenciaría. En efecto, en su prontua­rio no consta ninguna sanción o llamado de atención por participar en ese tipo de episodios.

 

Paralelamente, empezó a trabajar en la cárcel, aunque esto no fue fácil, ya que no había suficientes vacantes ni presupuesto para las áreas laborales. De todos modos, logró ganarse un puesto como fajinero en la cocina y hasta empezó a hacer manualidades, lo que le permitió ganar algo de dinero.

 

"Fabricaba veladores, cuadritos, pósters, lo que podía. Yo le llevaba algunos implementos y él los hacía. Luego me los daba y yo me encargaba de venderlos en la calle, junto a mis hijos. De paso me hacía de algunos pesos y me ayudaba a sobrevivir. También ha­cía trabajar a otros presos que estaban con él", cuenta sonriente Adriana del Valle Castro.

 

En marzo de ese año, el Consejo Criminológico del Servicio Penitenciario evaluó sus antecedentes y concluyó que Sajen demostraba una capacidad auto reflexiva sobre el delito y había me­jorado en su conducta y su relación con los demás internos y el personal. Por ello, en forma unánime, se le permitió que entrara en la "fase de afianzamiento", lo que posibilitó que al poco tiempo empezara a gozar de salidas transitorias los sábados, día en que iba a visitar a su esposa Zulma y a sus hijos.

 

En setiembre de 2002, el Consejo Criminológico se volvió a re­unir y concluyó en forma positiva a favor, algo que él había estado demostrando todo ese tiempo. El informe daba cuenta de que su conducta era excelente, era responsable en la realización de ta­reas y participativo, además de respetuoso y colaborador con sus docentes y compañeros. Tampoco presentaba dificultades de apren­dizaje ni de integración.

 

En la planilla también constaba que en el trabajo como fajinero era muy responsable y no tenía conflictos con los demás internos. Finalmente, el estudio psicológico indicaba que Sajen estaba "ex­pectante ante la posibilidad de libertad anticipada", lo que gene­raba en él "deseos de retornar a su grupo familiar" y de trabajar en "actividades alejadas de lo delictivo". "En relación al delito por el cual cursa condena, Sajen ha podido reconocerlo como de su autoría, aduciendo malestar (...) como así también ha referido arrepenti­miento e intentos de reparación frente al daño ocasionado", remarcaba el informe psicológico.

 

"Marcelo estaba entusiasmado en salir de prisión, porque le había dicho que íbamos a estar juntos y que íbamos a trabajar en la venta de autos", comenta Zulma.

 

A fines de setiembre de 2002, Albornoz presentó en Tribunales II, y ante la Cámara 8a del Crimen, una solicitud para que Sajen pudiera salir definitivamente en libertad condicional.

 

En los primeros días de octubre, la Cámara respondió a favor del planteo, ya que a su entender el interno había cumplido el tiem­po suficiente en prisión, tal como lo exigía la ley. El lobo estaba por ser liberado en poco tiempo.

 

En la resolución, firmada por el juez Luis Hirginio Ortiz, la Cáma­ra terminó concediéndole a Sajen el beneficio de la libertad condi­cional. Tuvieron que pasar un par de semanas más, por cuestiones burocráticas, para que el dictamen se cumpliera en forma definitiva.

 

El 8 de ese mismo mes, Marcelo Mario Sajen preparó su bolso y dejó la Penitenciaría. En el penal de barrio San Martín queda­ron, en tanto, varios de sus conocidos. Entre ellos se encontraba un tal X. X.[1], un hombre condenado por robo y que compartió pabe­llón con Sajen.

 

X. X. se convertiría en un eslabón clave el 28 de diciembre de 2004, en plena cacería del violador serial, ya que él avisaría a la Policía dónde se encontraba el Marcelo Mario Sajen que tanto bus­caban.

 

Aquel día que recuperó su libertad, fue llevado en un móvil del Servicio Penitenciario de Córdoba hasta los Tribunales II, donde firmó el acta de su liberación en la Cámara que lo había condena­do tres años antes.

 

El violador se esmeró y firmó Marcelo Sajen en la planilla con una letra perfecta, como hacía tiempo que no conseguía plasmar. De la Cámara, y a través del presoducto, fue trasladado a la Alcaidía de los Tribunales II, en el subsuelo del edificio. A las 13.50 de ese día, Sajen recuperó su ansiada libertad, luego de haber permane­cido 44 meses preso o, lo que es lo mismo, tres años y ocho meses.

 

Ni bien la puerta de salida de la Alcaidía se abrió, dio unos pasos, dejó caer el bolso y se fundió en un abrazo con Zulma y sus hijos, quienes habían ido a buscarlo. Durante un par de minutos, todos lloraron en silencio. Ese día, Sajen se juró dos cosas. Una era que nunca más iba a hacer sufrir a su familia. La otra que nun­ca más volvería a la cárcel. Antes, prefería matarse como Bichi, de un tiro en la cabeza.

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