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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//19 de Octubre, 2010

Gloria B. " Despiadada "

por jocharras a las 11:38, en Mujeres Asesinas

Gloria B. " Despiadada "


En los dibujos que tenía que hacer en la escuela, Gloria B. repetía siempre la misma imagen: una nena con dos piernas muy flacas que caminaba arrastrando una bolsa enorme de color negro. Al lado aparecía otra nena más gorda con dos lágrimas desproporcionadas, pintadas de rojo. Guando le pedían que explicara el dibujo, Gloria miraba con gesto contrariado, como si le resultara absurdo comentar algo tan evidente: "La nena soy yo, cuando papá nos echó de casa. Y la otra es mamá, el mismo día”.

Estaba hablando del momento que recordaría toda la vida: cuando su padre le dijo a su madre, con absoluta calma, que juntara sus cosas y las de la hija y le dejaran la casa vacía. Él se casaría con una antigua novia del barrio.

Con el tiempo, la madre tuvo que explicarle a Gloria que su padre se había casado con otra mujer porque nunca se había querido casar con ella. Sin pensar ni por un minuto en el efecto que sus relatos producirían en su hija, Elisa, la madre -una señora rolliza y resentida- pasaba larguísimas tardes contándole a Gloria las maldades de su padre, su egoísmo y las desgracias que había depositado sobre las dos. "Nos arruinó. Nos dejó en la calle porque nos odia, y preferiría que estuviéramos muertas", le decía, mirándola fijo para estar segura de que la hija registraba cada uno de sus dichos.

Como era previsible, la idea que se formó Gloria sobre los hombres no era la más adecuada para formar una familia feliz. A los trece años tuvo su primer novio, un adolescente peleador y mentiroso, con el que inauguró una seguidilla de relaciones conflictivas. A los diecinueve se casó con un hombre insignificante al que no tomaba en serio y engañaba por puro aburrimiento.

Trabajaba de camarera en un bar ya veces recibía unos pesos adicionales de algún cliente al que acompañaba a un hotel. Con sus amigas -pocas- bromeaba acerca de su actividad complementaria. "Me gusta más coger con alguien que me paga que coger gratis con el pelotudo de mi marido".

Su marido, un jardinero haragán y ventajero, era impermeable a los maltratos y engaños de su mujer. Él también tenía amantes y lo único que quería en la vida era ganarse unos pesos para ir al hipódromo, salir de noche con alguna de sus chicas y que lo dejaran dormir tranquilo hasta las dos de la tarde.

Gloria veía a Elisa, su madre, una vez por semana. Le alquilaba una casa miserable en su mismo barrio y le daba dinero para vivir. Con los años Elisa siguió engordando hasta convertirse en una mujer increíblemente obesa que casi ni se levantaba de su sillón. No había tenido otros hombres y rumiaba un rencor eterno contra el marido que la había abandonado. Gloria, por su parte, también odiaba a su padre, pero más odiaba a Elisa. Cada vez que la veía sentía el mismo rechazo visceral hacia esa mujer que no había sabido defenderse ni defenderla de la crueldad del padre. Le recriminaba también no haberle disfrazado la realidad. "¿Para qué me contabas todo desde que era tan nena? Eso es ser hija de puta. Con no decirme que papá nos odiaba habría alcanzado", le decía, mientras examinaba, de lejos y con asco, los incontables rollos de la panza materna.

Gloria era lo opuesto a Elisa: flaca, activa, preocupada por su cuerpo, audaz con los hombres. No podía explicarse cómo fue que su madre había aceptado con tal pasividad la afrenta de su marido.

La venganza de Gloria contra Elisa consistía en darle menos dinero que el necesario para pagar sus cuentas y para vivir. De hecho, las penurias económicas de su madre la llenaban de satisfacción. Pero había algo más: Gloria se encargaba de atiborrar la alacena de su madre con productos baratos y engordantes. La obesidad de Elisa era un motivo de orgullo para su flanco más perverso: con Mónica, su amiga de la infancia, y algunas otras conocidas del barrio, hacían apuestas por el peso probable de Elisa. Gloria solía ser la campeona absoluta en el juego cruel. "A la vieja hija de puta la voy a matar de gorda, nomás", contaba Gloria entre carcajadas mientras las demás, con respeto, le festejaban la gracia.  

Gloria conoció a Ubaldo en el bar donde trabajaba. Le sirvió un licor de chocolate y se quedó por ahí cerca con la obvia intención de seducirlo. Le gustaba ese hombre; alto, morocho, de rulos despeinados y cara de boxeador. A Ubaldo le entusiasmaba que una mujer medianamente atractiva se le ofreciera sin ningún disimulo. Le preguntó si podían salir juntos algún día, y ella le dijo que esa misma noche podían verse en cuanto cerraran el bar. Ubaldo dudó: su mujer lo esperaba en casa con sus dos hijas. Pero mientras pensaba si tenía que aceptar la propuesta o dejar todo para otro día, Gloria decidió por él. Arregló con el encargado del bar para irse un rato antes y, en cuanto Ubaldo le pidió otro licor de chocolate, ella abrevió el trámite. "Te traigo la cuenta y nos vamos".

Empezaron a besarse en la vereda y terminaron en un hotel de mala muerte llamado Íntimo.

La mujer de Ubaldo, Elba, había hecho dormir a las hijas y estaba en su cama durmiendo. La casa, en las afueras de La Plata, era sencilla pero agradable. Elba, iluminada por la luz débil del televisor, no sabía que en ese mismo momento su futuro se estaba torciendo de la peor manera.

La relación entre Gloria y Ubaldo fue vertiginosa. Ubaldo jamás había tenido una amante y estaba acostumbrado a la quietud anodina de su matrimonio. Sus once años de casado lo habían anestesiado: sabía de memoria qué gusto tendrían las milanesas con puré de su mujer, cuál vestido se pondría para ir al cine y qué le haría o se dejaría hacer en la cama previsible. Quería a su esposa y le estaba agradecido por las dos hijas que habían tenido, pero a la vez sufría, de forma solapada, por una permanente falta de alegría. Gloria, que tenía un talento innato para detectar las carencias ajenas, advirtió desde un principio el talón de Aquiles en el matrimonio de Ubaldo. Una vez detectada la falla, actuó con maestría. Lograr que Ubaldo se separase de su mujer no podía ser más sencillo: tenía que poner mucha imaginación en el sexo, mucho interés a la hora de escuchar sus opiniones y mucho entusiasmo para organizar programas divertidos.

GIoria, por primera vez, esta a empeñada en irse a vivir con un hombre. Su marido jardinero ni siquiera le parecía un obstáculo a superar: en su momento ya vería la forma de separarse.

"Quiero irme a vivir con Ubaldo", les anunciaba a sus amigas, que ni se molestaban en entender las causas del capricho de Gloria. Pero fue ella misma quien una tarde aclaró dudas: su amante le gustaba, era trabajador, tenía una buena casa y era casado. "Está bueno que se separen por una ", les dijo.

El empeño de Gloria dio resultados rápidos. Ubaldo se desesperaba por estar con ella y vivía su matrimonio como una carga lamentable. Elba no entendía qué estaba pasando en su vida. Su marido había cambiado de una semana para la otra. Ya no jugaba con las hijas ni quería estar en su casa ni la miraba ni le hablaba.

Ubaldo veía sufrir a su mujer pero no se sentía culpable: se había convencido a sí mismo -a través de un nada sutil trabajo de Gloria- de que Elba era la responsable de su década de matrimonio desdichado, y su consiguiente infelicidad personal “arruinó los mejores años de tu vida ", le decía Gloria, con dramatismo fingido. "Tenés treinta y ocho y parecés de cincuenta", le exageraba. "La vida se va volando, hay que vivirla cuando uno todavía puede", lo aleccionaba, mirándolo a los ojos en una perfecta representación de amor incontenible.

Ubaldo terminaba cada día su trabajo como maestro mayor de obras y se encontraba con Gloria en un hotel. A veces, Gloria aparecía al mediodía, a la hora del almuerzo, y le pedía que anticiparan el encuentro. A la noche Gloria iba al bar a trabajar y Ubaldo a su casa. Gloria seguía consiguiendo dinero extra mediante sus citas clandestinas, aunque Ubaldo se negaba a ver la realidad de las cosas. También seguía casada, pero su esposo era casi un detalle menor en su vida. Sin embargo, Gloria usaba ambos argumentos -el marido y el trabajo en el bar aunque, en su versión oficial, desprovista de horas extras- para apretar a Ubaldo. Llorando le explicaba que el amor que sentía por él era tan profundo que le impedía seguir viviendo con otro hombre y trabajando en un bar "donde te miran el culo y las tetas". Por supuesto, estas escenas ejercían una influencia siniestra en el ánimo de Ubaldo, que como contrapartida maltrataba a su mujer e ignoraba a sus hijas.

Cinco meses más tarde, Ubaldo le anunció a Elba que se quería separar y que, puesto que la casa la había comprado él con su trabajo, le correspondía a ella irse a vivir a otro lugar. Ya tenía todo pensado: le sugirió que se mudara a la casa de su tía soltera, que vivía también en la periferia de La Plata. Elba, que ya intuía que su matrimonio estaba en ruinas, lloró y suplicó, pero no hubo manera. Al día siguiente estaba instalada con sus hijas en la casa de su tía Zulmita. Y dos días después llegaba Gloria con su bolso a vivir con Ubaldo.

Cuando Gloria supo que Ubaldo había echado a su mujer de su casa, armó un festejo íntimo en el hotel donde se encontraban siempre. Llevó comida de una rotisería y dos botellas de champagne. Sin embargo, su sensación era ambigua. Por un lado tenía encima la euforia de los ganadores, pero por el otro empezó a evaluar a Ubaldo desde otro punto de vista. Al fin yal cabo su amante no había tenido el menor reparo en dejar en la calle a su mujer y a sus hijas. La asociación negativa era obvia: Ubaldo estaba haciendo con su familia lo mismo que su padre había hecho con su madre y con ella. Como esta vez Gloria no estaba en el lugar de la víctima, prevaleció en su cabeza el espíritu ganador. Además, el hecho de que ella había sido la instigadora de ese abandono, era un dato que estaba fuera de su razonamiento.

La convivencia de la pareja en la casa de Ubaldo fue lamentable. No pasó ni una semana antes de que estallara la primera pelea. Gloria quería volver a trabajar pero Ubaldo, razonablemente, desconfiaba. ¿Cómo era posible que la aceptaran de nuevo si ella -tal como le había dicho- había renunciado hacía un par de días? Lo que pasaba en realidad era que Gloria, que sí había renunciado a su trabajo de camarera, quería volver como "chica de alterne", lo cual ya había sido convenido oportunamente con sus jefes. Es decir, iría a seducir a los clientes y los llevaría a un hotel a la salida del bar. Haría, entonces, lo mismo que hacía antes pero sin servir mesas.

Gloria le dijo a Ubaldo que había arreglado unas suplencias para cubrir a alguna de sus compañeras en sus días libres. Él fue inflexible, y Gloria se quedó en la casa, enojadísima, mirando televisión y comiendo maníes. Pero por primera vez se habían gritado, y Gloria había tirado una botella de cerveza contra la pared del dormitorio.

Cada vez que volvía a su casa, Ubaldo se encontraba con su ex amante ocupando el lugar de su esposa. La diferencia es que ya no estaba la comida preparada ni la casa ordenada ni la ropa limpia. Y las ventajas de Gloria que lo habían impulsado a elegirla como su nueva mujer, estaban diluyéndose a una velocidad extraordinaria. Ya no le preguntaba por su trabajo ni por su vida, ni lo escuchaba con atención cada vez que hablaba ni le festejaba los chistes ni lo recibía con ropa sensual y maquillaje. Conservaba, eso sí, un interés notable en materia sexual, pero ponía menos dedicación que antes en armarle cada noche un show erótico.

Elba, por su parte, ni siquiera se dignaba a llamar a su ex. Las dos hijas (Laurita, de cuatro años, y Daniela, de dos) se estaban adaptando a la nueva vida en casa de la tía. Tenían habitaciones más grandes y un jardín arbolado para jugar. A su padre apenas lo extrañaban porque aun cuando vivían en la misma casa lo veían poco y estaban

todo el día con Elba. Ubaldo dejó pasar un par de semanas y apareció para visitar a su familia. Elba lo recibió sin muestras de rencor ni de alegría. Le abrió la puerta y volvió a la cocina donde estaba preparando la cena. El olor familiar de la comida le hizo tomar conciencia de la separación por primera vez. Se preguntó por qué había dejado todo y no supo contestarse.

Cuando volvió a su casa encontró a Gloria en el living tomando ginebra, fumando y mirando unas revistas. Furioso consigo mismo pasó de largo, sin saludarla. Pensó que una vida basada exclusivamente en la pasión no compensaba todo lo que él había dejado de lado.

Entró a su dormitorio y se sacó la ropa mientras fijaba la vista en la gran mancha amarilla que había dejado la botella de cerveza estrellada contra la pared. Se metió en la ducha, sintiéndose un imbécil.

Un mes después Ubaldo ya había convencido a Elba para volver a la casa. La veía día por medio, le llevaba dinero, comida y flores. Comenzó a pensar entonces de qué manera decirle a Gloria que se fuera. Y así como antes había empezado a ver a Elba como la responsable de su desdicha, con lo cual lo lógico era sacarla del medio, ahora estaba convencido de que Gloria le había arruinado la vida. Los dos razonamientos falaces conducían al mismo lugar: Ubaldo era el hombre bueno al que los demás (las mujeres) obligaban a ser duro y poco considerado.

En un principio, Gloria no advirtió que su nueva convivencia se desmoronaba. Estaba acostumbrada al caos familiar y a las relaciones afectivas inestables, por lo que las peleas y gritos con Ubaldo le parecían perfectamente normales.

Había vuelto al bar (iba a la tarde, cuando Ubaldo estaba en su trabajo) , veía a sus amigas y visitaba cada semana a su madre, para pasarle unos pocos pesos, atiborrarla de fideos y facturas y divertirse con su debacle física imparable.

A su ex marido lo había borrado del mapa, y estaba empezando a verse con cierta frecuencia con un antiguo cliente.

Sin embargo, se aburría. De noche pedía comida en una rotisería y trataba de pasar las horas muertas discutiendo con Ubaldo, que llegaba a la casa más y más taciturno.

Una mañana vio que él preparaba un bolso y guardaba ahí todas sus camisas sucias. Ni siquiera tuvo que preguntarle adónde las llevaba porque supo, sin ninguna duda, que estaba viendo otra vez a su ex esposa.

A los gritos, le preguntó si llevaba la ropa para que Elba la lavara, e intentó arrancarle el bolso de las manos. Él contestó que llevaba todo a un lavadero y salió. Pero volvió sobre sus pasos y le dijo que sí, que iba a llevar la ropa para que la lavara su mujer porque de ella, de Gloria, no podía esperar nada.

Lo que siguió fue una semana de horror. Gloria ya no salía de la casa por miedo a que Ubaldo cambiara la cerradura y la dejara afuera. Intentaba ser amable y seductora con él, pero todo era inútil: Ubaldo empezaba ignorándola y terminaba diciéndole que había sido una desgracia en su vida. Gloria pasaba entonces de la amabilidad al resentimiento y se lanzaba a una actuación reiterativa de gritos y objetos estrellados contra las paredes. Lo único que sobrevivía en esa pareja era el sexo, que para ellos se había transformado en un trámite violento, donde descargaban la rabia que cada uno sentía por el otro.

Mientras tanto, Ubaldo iba cada tarde a visitar a su ex mujer y a sus hijas. A Elba le pedía perdón y le rogaba, casi llorando, que volviera a su casa. Ella había empezado a ceder, y además de lavarle de nuevo su ropa, lo recibía en su cama. Así las cosas, poco tiempo después, Ubaldo entró a su casa, se acercó a Gloria, que estaba en la cocina sirviéndose un café, y le dijo que al día siguiente tenía que irse para siempre.

Él ya estaba preparado para una escena de escándalo pero Gloria no era tan previsible. Además, la actitud de Ubaldo no la tomaba por sorpresa. En los últimos días había estado rumiando la situación con un odio creciente. " ¿Vos sabés cómo soy yo? ¿Tenés alguna idea?", le dijo, mientras iba al dormitorio a buscar sus cosas. Armó un bolso, guardó lo primero que encontró y se fue esa misma noche. Antes de irse lo miró: "Sabés que voy a volver, ¿no?". Fue lo último que le dijo.

Al día siguiente, a la mañana, Ubaldo buscó a su familia y la llevó de vuelta a la casa.

La reconstrucción de la familia no fue un problema para Elba y Ubaldo. Si Elba sentía que su marido la había tratado como un elemento descartable, no se lo dijo nunca a nadie. Volvió a su rutina doméstica con el mismo empeño y la misma actitud sacrificada que antes del capítulo Gloria y Ubaldo sintió que se había salvado del abismo pero que, al fin yal cabo, tampoco habla pasado nada demasiado grave. Había podido vivir su doble experiencia de hombre infiel y de hombre separado, y ahora todo estaba otra vez en su sitio. Tenía muy presente el contraste entre la paz hogareña que le proporcionaba Elba y el caos ingobernable de Gloria. Prefería a su esposa, a quien empezaba a revalorizar.

Gloria había vuelto con su ex marido, que la aceptó de regreso sin asombro: sabía que muy difícilmente un hombre trabajador y sencillo, como lo era Ubaldo (a quien conocía del barrio) , iba a quedarse mucho tiempo con una mujer como Gloria. Eso sí: Gloria tuvo que pagar una especie de peaje para reacomodarse en su casa, y aceptó saldar buena parte de las deudas de juego que su marido había acumulado.

Gloria dejó pasar una semana y después llamó a Ubaldo al trabajo. Él ni siquiera la atendió. Al otro día fue a buscarlo a la salida y trató de convencerlo, sin éxito, de encontrarse de nuevo en el hotel que frecuentaban. La última negativa fue crucial: decidió entonces que no haría nada más para recuperar al hombre que la había abandonado.

Fue a visitar a su madre y le hizo un largo interrogatorio acerca de cómo había sido el momento en que su padre la echó de la casa. Aunque ya sabía de memoria casi todas las respuestas, no podía creer que a ella le hubiera pasado lo mismo casi treinta años más tarde. Miró a su madre desconcertada, como si la viera por primera vez en mucho tiempo: la vio más gorda, más vieja, más atormentada por lo que era su vida y supo que era muy fácil terminar como ella. Pensó que con una coincidencia era suficiente: podrían abandonarla y echarla de la casa, pero no iban a poder convertirla en una versión moderna de esa esposa deforme y derrotada.

Miró la hora y vio que tenía tiempo suficiente. Ubaldo no volvería a su casa hasta bien entrada la tarde. Fue a la cocina, eligió un cuchillo tramontina y salió a ver a Elba.

Tocó el timbre de la casa de Ubaldo a las dos de la tarde. Era septiembre pero hacía un frío invernal. Elba abrió la puerta y se quedó mirando a la mujer que estaba parada en la vereda con un tapado de paño negro y el pelo suelto y oscuro. Gloria a su vez miró a la mujer por la que Ubaldo la había desplazado: gordita, sin forma, petisa, con el pelo atado y dientes torcidos. No era fea: era insignificante. "Vine a buscar unas cosas que dejé en la casa", dijo Gloria a modo de presentación. Elba podía no haberle abierto la puerta, pero actuaba poseída por la fascinación de ver por primera vez a la amante de su marido. Sin dejar de mirarla la hizo pasar y le dijo que había juntado sus cosas en una bolsa.

Gloria se sentó en un sillón del living y fue al grano con una mentira: le contó que había vuelto a verse con Ubaldo y que, por el bien de las dos, lo mejor sería que ella se llevara a las hijas y desapareciera. Elba no dio lugar a la negociación: le dijo que agarrara la bolsa con sus cosas y se fuera antes de que se despertaran las hijas. Por toda respuesta, Gloria prendió el televisor y se encendió un cigarrillo. Fue una provocación efectiva: Elba se abalanzó sobre la rival e intentó echarla a empujones. Pero Gloria se levantó de un salto y sacó su cuchillo tramontina. "Te voy a tajear esa cara de mierda que tenés", le gritó. Asustada, Elba fue corriendo hacia un mueble grande y antiguo donde guardaba platos y cubiertos. Ahí habían escondido hacía tiempo un' revólver que Ubaldo había comprado para defender la casa y que Gloria jamás había visto porque en ningún momento se le ocurrió revisar la vajilla del hogar. Elba agarró el revólver en el mismo instante en que llegaba Gloria empuñando el cuchillo con ferocidad. Forcejearon, y la furia de Gloria pudo más: le dio a Elba una puñalada en el pecho y otra en la espalda. El revólver cayó junto con Elba que, a pesar de las heridas, alargó la mano para recuperarlo. Gloria se lo arrebató y, calculando bien el sitio donde quería herir, le disparó en la ingle.

Elba, llorando, pidió por su vida y la de sus hijas. Gloria vio su oportunidad. Nunca explicó si ya tenía pensada su jugada o si se trató de una inspiración del momento, pero fue hasta una mesa que estaba cerca del televisor, sacó una hoja de una carpeta y una lapicera y se las dio a Elba. Apuntándole con el arma le dijo que le escribiera una carta al marido, explicando que se suicidaba porque no soportaba que le hubiera sido infiel. Elba intentó resistir pero no tuvo margen de maniobra: "O escribís o mato a tus hijas " fue la respuesta.

Elba trató de agarrar la lapicera pero el dolor la inmovilizaba. Gloria la ayudó a incorporarse y le puso la lapicera en la mano. Se sentó frente a ella y le sostuvo el brazo para facilitar la escritura. Le dictó: "Me mato porque me engañaste con otra mujer". Elba apenas podía escribir. Había perdido mucha sangre y estaba aterrada por sus hijas. Le pidió que las dejara salir a la calle pero ella fue inflexible. "Terminála. No les voy a hacer nada. Hacé la puta carta de una vez".

Cuando terminó de escribir Gloria se levantó, puso más fuerte el volumen del televisor, le apuntó a Elba y le disparó a la cabeza. Entonces fue al dormitorio de las hijas, que dormían. Primero se acercó a la cama de la más grande, la tapó con una frazada y le disparó. La más chica, al escuchar el tiro, se levantó e intentó correr, pero recibió un balazo en la espalda. La levantó del suelo y la dejó otra vez en su cama.

Cuando estaba caminando hacia la puerta, Gloria resbaló con el charco de sangre que rodeaba a Elba y se hizo un esguince en el tobillo izquierdo. Desde ahí, acostada en el piso, cara a cara con la adversaria muerta, sintió que había hecho justicia. "A mí no me iba a pasar lo que le pasó a mi mamá", contaría después a sus compañeras en la cárcel.

A Gloria B. la detuvieron seis días después del crimen. Se había ido de su casa y estaba viviendo en Ensenada con un nuevo amante. "Era lo que ella se merecía, morirse y lo de las chiquitas se lo dedico a él", le dijo al juez que la interrogó.

Fue declarada culpable por el homicidio de Elba F. y de su hija de cuatro años, y por lesiones graves a la hija menor, que sobrevivió. La condenaron a doce años de prisión. Le redujeron la pena por buena conducta y quedó en libertad en marzo de 1979.

Un año después fue a vivir con una nueva pareja con quien tuvo dos hijos.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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Todo esto es verdad o de dónde sacan todo esto? Respondan la verdad
publicado por Débora Carranza, el 13.02.2018 04:10
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