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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//15 de Septiembre, 2010

Nilda S.

por jocharras a las 11:08, en Mujeres Asesinas

NILDA S.

En el registro civil, mientras aceptaba a Fernando como su marido, Nilda S. tuvo un asomo de duda.

El día anterior al casamiento, su novio le había comunicado dos cosas: se anulaba la luna de miel, y ella debería olvidarse de sus planes para empezar a estudiar odontología.

No le dio grandes explicaciones. Apenas le dijo que no era el momento adecuado para que él dejara de trabajar y saliera de la ciudad, y que tampoco convenía inaugurar una vida en común con ella, la mujer, fuera del hogar.

Nilda estuvo por quejarse y preguntar por qué razón 1e había ocultado sus intenciones hasta ese momento. Pero no se animó. Fernando tampoco parecía muy dispuesto a discutir sus decisiones: una vez verbalizado el asunto, tomó el teléfono y se puso a hacer llamadas de trabajo.

Nilda había llegado al matrimonio virgen e inocente. Creía que un marido, por fuerza, iba a ser un compañero incondicional, mejor dotado que ella para las cosas prácticas, que la aconsejaría, la querría y la ayudaría a pasar una vida feliz y sin sobresaltos. Eso es lo que había entendido después de haber visto la armoniosa relación que tenían sus padres, sus abuelos y sus parientes cercanos.

A pesar de la sorpresa por la frustrada luna de miel y la odontología trunca, Nilda pasó sus primeros años de casada sin demasiadas complicaciones. Su vida, después de todo, no era tan diferente de lo que estaba acostumbrada a ver: tal como su madre, ella limpiaba la casa, atendía a Fernando, soportaba su malhumor esporádico y criaba a sus hijos. Advertía, sin embargo, que habían pasado más de treinta años entre la boda de sus padres y la suya propia, pero que en los hechos prácticos, ella estaba actuando como la vieja generación. Muchas de sus compañeras de colegio, en cambio, habían seguido estudiando, o trabajaban fuera de la casa. Insegura, Nilda no podía decidir si su modo de vida constituía una ventaja comparativa con respecto a sus ex amigas, o un claro retroceso.

Por otro lado, había en su matrimonio episodios inquietantes: Fernando, su marido, tenía por costumbre burlarse de ella y, por regla general, minimizar sus opiniones y proyectos. Más todavía: se había habituado a levantarle la voz ya imponer sus puntos de vista sin siquiera escuchar sus opiniones.

Nilda venía de un tipo de familia cuyas mujeres se consideraban prácticas e inteligentes por el solo hecho de soportar a sus maridos y fingir que nada de le importaba. Su madre solía darle consejos al respeto: "No le hagas caso a Fernando. Hacé como yo hacía con tu padre: le decís que sí, y después hacés lo que tengas ganas".

Ese modo operativo era frustrante y mentiroso: Nilda soportaba las recriminaciones y órdenes de su marido, pero cuando se disponía a hacer su voluntad se daba cuenta de que no tenía margen de acción: siempre le faltaba tiempo o dinero para todo, y si lograba zafar en ese sentido, se topaba con la vigilancia directa o indirecta del esposo que, de una forma o de otra, se aseguraba de que todo estuviera bajo su control.

El empleo de Fernando era hermético y confuso. Compraba y vendía autos, pero no trabajaba para una agencia ni para una empresa. Cambiaba de compañeros a cada rato, viajaba por el interior del país en busca de vehículos usados, tenía citas ocultas con policías retirados y recibía llamados a cualquier hora del día o de la noche. Nilda lo conoció así, de modo que se había acostumbrado a su actividad y le parecía perfectamente normal.

Con el tiempo, las cosas empeoraron. Por un lado, Fernando era más egoísta y arbitrario, y por otro Nilda había empezado a exigirle a su marido más ayuda, más diálogo y más comprensión.

Cuando cumplieron diez años de casados, Nilda organizó una gran fiesta familiar. No estaba dispuesta a reconocer que su matrimonio naufragaba y que haber elegido a Fernando como marido había sido, muy probablemente, un error.

La fiesta fue normal, pero cuando todos se fueron Fernando se tiró en la cama y le dijo a Nilda, riéndose, que las reuniones por los aniversarios eran una hipocresía. Y así nomás le contó que tenía una amante.

Esa noche, Nilda lloró, pidió el divorcio y se fue a dormir al cuarto de sus hijos.

Durante más de una semana Nilda le rogó al marido que se fuera de la casa. Al fin, Fernando se cansó de escucharla. Le dio una trompada que la tumbó y consideró terminada la historia. "Ni me voy yo ni te vas vos. No me rompas más las pelotas! Todavía que uno quiere ser sincero! "

Nilda se sentía acorralada y humillada. Pensó en irse de la casa con sus hijos pero no tenía adonde ir. Sus padres, al jubilarse, se habían mudado aun departamento minúsculo en el que apenas entraban ellos mismos. Ella, que no había estudiado, tampoco tenía la menor experiencia laboral: no se le ocurría la manera de ganar el dinero suficiente como para que vivieran los tres. Además, Silvia, su hija mayor, que acababa de cumplir nueve años, adoraba a su padre y sufría cada vez que él desaparecía en uno de sus constantes viajes al interior del país. Se imaginó anunciándole una separación y no se sintió capaz de enfrentar la escena.

Poco a poco se fue calmando, y con la calma vino la aceptación de su realidad: Fernando era el marido que el destino le había impuesto, y ella debería adaptarse. Pensó también que Luis, el otro hijo, apenas tenía cuatro años y no era justo ofrecerle una infancia sin hogar y sin padre.

La década siguiente reforzó el estado de las cosas. Fernando se había vuelto más agresivo y despótico, y Nilda más apocada y obediente. Justamente, la obediencia miedosa de Nilda alimentaba la crueldad del marido.

Para sentirse menos sola, Nilda había empezado a frecuentar a Juana, una vecina que se había convertido en su única amiga y confidente. A ella le contaba que Fernando la engañaba, que desaparecía de su casa durante días sin dar ningún tipo de aviso, y que la hacía sentirse un despojo.

No era una exageración para impresionar a la vecina sino pura realidad: todo lo que hacía Nilda merecía la crítica del marido, desde la cocción del pescado hasta la limpieza de los vidrios. Nilda se defendía como podía y entonces Fernando la cortaba en seco. "Hacé de cuenta que sos mi sirvienta y se acabó. Así nos vamos a entender."

Fernando, además, marcaba su poder a través del dinero. Le dejaba a la esposa lo mínimo necesario y la criticaba duramente cada vez que ella tenía que volver a pedirle. Le hacía guardar los tickets de las compras y después, calculadora en mano, sacaba las cuentas.

Como Nilda frecuentaba un almacén donde le entregaban unas facturas provisorias hechas en birome, solía hacer otras ella misma, por un importe mayor, para quedarse con la diferencia. " ¿Te das cuenta? - le decía, indignada, a su vecina - Cada vez que hago una factura trucha me siento una imbécil y una cobarde. Al final, me quedo con los vueltos, como los chicos."

Esos vueltos le servían para comprar cigarrillos y bebidas alcohólicas, "para levantar el ánimo".

Nilda, sin darse cuenta, estaba desarrollando una importante adicción a la bebida. No se emborrachaba de manera calamitosa pero tampoco podía pasar un día entero sin tomar alcohol. Juana, su vecina, había intentado varias veces llevarla a Alcohólicos Anónimos, pero Nilda prefería el aturdimiento del alcohol a la amargura de su vida.

Sus hijos, ocupados en sus cosas, ni siquiera advertían la situación.

Fernando, que se jactaba de saber cada detalle de lo que sucedía en su casa, había encontrado algunas veces a su esposa fumando o tomando un vaso de vino. Le prohibió una cosa y la otra. Para estar seguro de que su orden fuese cumplida, solía oler a Nilda con desprecio. Cuando advertía que su orden había sido desobedecida, la castigaba reduciéndole todavía más el dinero para las compras.

Para cuando Silvia había cumplido veintiún años, Nilda ya se había convencido de que la única solución para volver a llevar una vida digna era divorciarse de su marido, costara lo que costara. Lo comentó con su hija, quien relativizó las razones de su madre. "Hablás así porque estás enojada. Pero ya se te va a pasar. Vos viste cómo es papi. "

Luis, en cambio, sí estaba de acuerdo con el divorcio. Advertía claramente que su padre maltrataba a su madre, y le parecía una injusticia que ella tuviera que soportar una vida tan desdichada.

Pero no importaba lo que pensaran los hijos, ni lo que ella misma quisiera hacer: el hecho es que Fernando no tenía la menor intención de separarse. Ya se había negado durante la primera de las crisis, cuando él le dijo a su esposa que tenía otra mujer.

Ahora era peor: estaba decidido a apelar a cualquier recurso para impedir el divorcio. Para él, no tenía sentido modificar su presente: había acomodado su vida de tal manera que tener una esposa no le incomodaba en lo más mínimo. Él se las arreglaba para tener amantes, viajar y divertirse. Su esposa le era útil para los quehaceres domésticos y cuidar a sus hijos. El sometimiento de Nilda había llegado a un extremo tan pronunciado que la había vuelto casi invisible.

A veces Fernando la miraba y sonreía. " ¿Te das cuenta qué bueno? ¡A veces ni siquiera me molestas! "

Nilda revivía cuando su marido estaba de viaje. Fernando había llegado a desaparecer varias semanas enteras sin dar señales de vida, excepto alguna llamada a la oficina donde trabajaba la hija.

Eran temporadas casi felices. Nilda fumaba a su antojo, miraba por televisión los programas que quería, iba a lo de su amiga a cualquier hora y se quedaba tardes enteras en la cama, leyendo revistas con un vaso de whisky a mano.

Una noche su marido apareció de golpe, sin aviso, a las cuatro de la mañana. Fue el regreso que marcaría la desgracia de los dos.

Sin siquiera saludar, Fernando prendió la luz, sacó unos papeles de un cajón y se puso a hacer cuentas. Nilda, desilusionada y furiosa por la súbita aparición del esposo, le pidió que apagara la luz y fuera a trabajar al living. Fernando se acercó a la cama, la destapó y la miró un buen rato, mientras Nilda se iba encogiendo sobre sí misma, asustada por lo que podía venir. "Ay, Nilda, Nilda... Esa luz que tanto te jode la pago yo. Porque la señora nunca en su puta vida fue capaz de ganar un centavo partido al medio." Nilda, muda, escuchaba. Su marido volvió a cubrirla con la sábana. "Pero tenés razón. Mejor que apague para no tener que verte en camisón, vieja y arruinada como estás."

A la mañana siguiente Nilda preparó el desayuno para los cuatro y entonces se enteró de que su marido iba a pasar un buen tiempo en la casa: los viajes, por primera vez en más de veinte años, se suspendían por una temporada. Supo que algo iba a pasar.

Luis, decepcionado como su madre, se levantó de la mesa y dijo que tenía que ir al colegio.

Fernando, de buen humor, se ofreció a llevar a Silvia a su trabajo. Antes de salir se acercó a Nilda, para dar sus instrucciones. "Para esta noche, milanesas con fritas."

Nilda lavó las cosas del desayuno y fue a la casa de su amiga Juana. No podía ni imaginar su vida sin el descanso de los viajes de Fernando.

Juana le preparó café, le sugirió un psicólogo, un abogado y un amante, y la consoló como pudo.

A las seis de la tarde Nilda dejó a su amiga y fue a comprar la carne para las milanesas. Cuando llegó a su casa escuchó una música de bailanta que no era habitual. Pensó que su hijo había vuelto antes y estaba con algunos amigos. Sin preocuparse demasiado se puso a cocinar. De pronto oyó que se abría la puerta del pasillo. Entonces Vio a Fernando, en pantalones cortos y. ojotas. Unos segundos después apareció una mujer alta, teñida de rubio, que se paro atrás de Fernando, agarrándolo de la cintura.

Nilda la miraba con perplejidad. Fernando empezó a reírse a carcajadas e hizo la presentación, señalando a una ya la otra. "Sandra, la madre de mis hijos. Nilda, Sandra."

La mujer, que llevaba unos jeans agujereadoS en sitios estratégicos y una remera sin corpiño, le sonrió, divertida. "¿No tenés café?"

Nilda dejó las milanesas y fue al dormitorio. Encontró la cama revuelta y manchas de maquillaje en una almohada. Se quedó un rato ahí parada, inmóvil, hasta que sacó las sábanas y fue a la cocina.

La rubia ya no estaba. Fernando comía un sándwich con voracidad. La miró, provocador. " ¿Qué tal? ¿No está buena Sandrita?"

Nilda tiró las sábanas al piso, temblando de rabia. Miró hacia los dormitorios de los hijos y le preguntó a su esposo si no le daba vergüenza llevar a una puta a la casa con los hijos de testigos. Fernando descartó la pregunta con un gesto impaciente. " ¿No ves que no están? ¿No ves que sos una forra?" .

Nilda pensó, por primera vez, que la única solución era matar a su marido. Mientras tanto, él seguía provocándola. "¿De qué te asombrás, vos...? ¿De que traiga a una mina a casa? ¿Vos no viste lo buena que está? ¿Y no te viste en el espejo, vos? ¿Ahora entendés por qué la traje?"

Nilda estaba por llorar. "No me importa que tengas amantes. No me interesa. Pero no me las traigas a casa."

Fernando la escuchó con una sonrisa sobradora. "¿No? La próxima ya te vas a acostumbrar."

Nilda levantó las sábanas del piso y fue a llevarlas al lavadero. Antes se dio vuelta y le avisó, con el tono sumiso que ya se le había hecho carne: "La próxima te mato". Era cierto.

Después de la visita de Sandra, Fernando pasaba en su casa más tiempo que nunca. Arreglaba sus asuntos por teléfono y se quedaba en la cama hasta después del mediodía. Entonces se vestía con mucho cuidado y salía, pero estaba de vuelta para la hora de la cena. Llegaba de la calle sonriente y con la ropa impregnada con perfume de mujer.

Nilda no les había contado a los hijos el episodio de Sandra, pero era obvio para todo el mundo que Fernando estaba en pleno romance con otra mujer.

Silvia hacía lo posible por no enterarse: trabajaba horas extras y se había anotado en cursos de alemán y de italiano. Luis, en cambio, sufría por el padecimiento de su madre.

En cuanto Fernando salía de la casa, Nilda corría a visitar a Juana. Se tiraba en un sillón, se servía vino y respiraba con alivio. "Te juro que en casa hasta me falta el aire. Empecé a tener problemas de asma, como cuando era chica. Lo raro es que acá nunca me agarra."

Juana no sabía qué hacer. Era evidente que el episodio de Sandra había desestabilizado a su amiga más que ninguna otra cosa. "No te entiendo", repetía Juana. "Con todo lo que te hizo ese tipo, lo de la puta es lo de menos." Pero Nilda se había convencido de que ése era el límite: si lo cruzaba, estaría enterrando la poca dignidad que le quedaba. Si permitía que su marido volviera a llevar a una mujer a su casa, a su cama, ella -automáticamente- se convertiría en una basura.

Una mañana Fernando se vistió muy temprano y salió sin decir a qué hora volvía. "Prepará unas albóndigas con puré, por si llego a volver para el almuerzo. Bien fritas y con ajo."

Nilda, que odiaba las frituras, estaba condenada a vivir friendo todo tipo de comidas: Fernando, desde hacía unos meses, le exigía un menú de comidas aceitosas y calóricas. Explicaba sus antojos con una carcajada recia. "Hay cosas que me dan hambre... y cuando tengo hambre quiero cosas fritas."

Ni bien se fue, Nilda sacó una botella de ginebra que tenía escondida en un armario, tomó un vaso lleno y después otros dos. Enseguida se puso un abrigo y salió para lo de Juana.

Cuando Juana la vio medio borracha a las nueve de la mañana, le dijo que le daba a elegir: "O hacés un tratamiento para dejar el alcohol, o no venís más a casa".

Nilda no aguantó más. Miró de frente a Juana y le dio un empujón. "¿No querés ser más mi amiga? ¿Te da vergüenza tener una amiga borracha? No me veas más! No me interesa!".

Juana nunca la había visto tan furiosa ni la había escuchado hablar con tanta energía. Pero Nilda no podía parar. "¿No te das cuenta de cómo vivo yo? ¿Te das una idea? ¿Sabés lo que es tener a alguien que te diga todo el tiempo que no servís, que sos una gorda inmunda, que sos una basura? Con una vez que alguien te lo diga ya le querés dar una trompada. Imagínate que te lo digan durante veinticinco años, todos los días. Imagínate, pensá."

Juana, muy impresionada, se sentó en un sillón, muda. Nilda, respirando hondo, se sirvió un vaso de whisky hasta el borde y se lo tomó de un trago.

Nilda no llegó a su casa borracha porque Juana la hizo duchar con agua fría y la obligó a comer un par de sándwiches.

Volvió medio aturdida, con las manos heladas y dolor de estómago. No escuchó ningún ruido y tuvo la esperanza de que no hubiera nadie en la casa para darse otro baño y terminar de despejarse. Abrió la heladera para servirse un vaso de agua fría cuando escuchó voces en el pasillo. Enseguida apareció Fernando, con un jogging y una remera. Atrás estaba Sandra, vestida pero secándose el pelo con una toalla.

Nilda los miró y cerró la heladera, muy despacio. Sandra captó la mirada de Nilda y anunció que se estaba yendo. Fernando le sacó la toalla de las manos y comenzó él mismo a secarle el pelo. " ¿Te vas a ir con el pelo mojado? Por lo menos tomate un cafecito caliente." Fernando miró a su mujer como quien miraría al mozo de un bar. "¿Café habrá?" Fernando festejó su propio chiste con una risa franca mientras Sandra se tapaba la boca para contener una risita infantil.

Nilda se quedó en su lugar, sin hacer un solo movimiento.

Sandra, incómoda, fue a buscar su bolso y salió. Fernando dijo que iba a acompañar a su amiga a la parada del colectivo y que volvía para comer.

Cuando cerraron la puerta, Nilda se encontró sola, aturdida, pensando que tendría que matar a su marido pero que no sabía cómo. Mientras tanto, acomodó la freidora en el fuego y empezó a hacer las albóndigas.

Puso la carne picada en una fuente, colocó un par de huevos crudos, perejil, pan rallado. Mezcló todo y empezó a apelmazar la carne picada con fuerza, con la mente en blanco, viendo como la carne se colaba entre sus dedos. Cuando terminó de armar todas las albóndigas, se acordó de que no había puesto el ajo. Picó unos cuantos dientes, desarmó las albóndigas, agregó el ajo y volvió a armarlas. Una por una empezó a echarlas en la freidora.

Cuando llegó su marido, olfateó el aire, indignado. "¿Para qué mierda te puse el extractor si al final no lo usás?"

Almorzaron a las tres y media de la tarde. Fernando se servía una y otra vez y criticaba la consistencia del puré. "Hay que ser inútil para que el puré te salga como un engrudo." Nilda se sirvió una única albóndiga, la desmenuzó con el tenedor y la dejó en el plato. Se levantó, sacó la botella de ginebra y se sirvió. Volvió a su lugar y tomó toda la ginebra de a sorbitos. Fernando le sacó el vaso y lo olió. "No ves que sos una borracha." Sonriendo, volcó la ginebra sobre el puré. "Y no te parto la cara porque estoy contento."

Nilda, sin decir nada, con el tenedor en la mano, seguía jugando con su albóndiga deshecha.

Cuando Fernando terminó de comer, se levantó de la mesa y le dijo que iría a dormir la siesta. "No me molestes hasta las siete, mínimo."

Nilda siguió en su lugar, pensando.

Un rato más tarde, Nilda se levantó de la mesa. Desde la cocina se escuchaba el televisor transmitiendo un partido de fútbol. Miró a su alrededor. Juntó los platos sucios y las fuentes, los llevó a la pileta y los lavó. Cuando estuvo todo limpio, sacó el cuchillo más grande que tenía y evaluó el filo. Pensó que no tendría el coraje como para clavárselo a Fernando. Volvió a dejarlo en su lugar.

Entonces vio la freidora. Le agregó otro litro de aceite de maíz, prendió la hornalla y fue al dormitorio. Su marido estaba dormido con el control remoto al lado de su mano derecha. Lo miró: se había sacado toda la ropa y se había cubierto con una manta.

Nilda volvió a la cocina y esperó a que el aceite estuviera hirviendo. Apagó el fuego, tomó la freidora con unos repasadores para no quemarse y volvió al dormitorio.

Fernando, relajado, había empezado a roncar. Nilda dejó la freidora en el suela y destapó a su marido con cuidado para no despertarlo. Fernando ni se movió. Nilda volvió a agarrar la freidora, la levantó con cuidado y le tiró el aceite todavía burbujeante por todo el cuerpo.

Fernando fue internado con quemaduras gravísimas. Murió dos meses después.

Nilda S. estuvo detenida en una comisaría durante diez días. Los peritos forenses recomendaron su internación en un instituto neuropsiquiátrico. Fue trasladada de inmediato.

Nilda aseguraba que esa internación era un error. "No estoy loca. Mi única locura fue esperar tantos años. Pero no me arrepiento. Hice lo que tenía que hacer. Lo maté así porque yo quería que sufra, que tenga una muerte fea. Quería vengarme por todo lo que me hizo. Lo peor es que yo me conozco: si no lo mataba, me iba a quedar con él, porque yo lo quería, me parece."

Nilda murió de un ataque al corazón en el instituto donde estaba recluida. Quince días antes le habían avisado que su esposo había muerto.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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