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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//15 de Septiembre, 2010

Milagros R.

por jocharras a las 11:01, en Mujeres Asesinas

MILAGROS R.



Dos horas después de su parto, con el bebe dormido en el pecho, Marta vio a su madre acercándose a un pasillo del hospital.

 

Milagros R., con una Biblia entre las manos, se paró al lado de la cama de la hija, le dio dos palmadas en la cabeza y miró de reojo a su nieto. "Te felicito. Y ahora apurate que nos tenemos que ir. "

 

Marta trató de incorporarse con dificultad. Milagros la mandó al baño para ver si todavía sangraba. Con mucho cuidado, apoyándose en una silla, Marta se levantó, después de colocar a su hijo sobre una almohada.

 

Milagros permaneció de pie, esperando. Una enfermera se acercó a preguntar por la madre reciente. Milagros señaló la puerta del baño con un gesto de cabeza.

 

La enfermera arropó al bebé, le tocó la cara y revisó unas planillas. "A la tarde

viene la doctora a revisar a la mamá y al chiquito", anunció solemne.

Milagros la miró de arriba abajo y no contestó.

Cuando volvió Marta, Milagros ya le había preparado la ropa sobre la cama. "Estás bien, ¿no? Entonces te arreglás y salimos para allá. "

Mientras su. hija se vestía, Milagros guardaba en un bolso las pocas cosas de Marta y el bebé, a la vez que protestaba por la debilidad de algunas mujeres a la hora de enfrentar algo tan sencillo y a la vez evitable visita como la maternidad.

Marta hizo un último intento para postergar su salida del hospital. "¿No es lo mismo si vamos mañana a hacer eso?" Milagros negó, impaciente. "No estás enferma. Acabás de parir! ".

El Negro, padre del bebé, apareció cuando estaban los terminando de acomodar todo. Miró a su hijo con ternura, le dio un beso a su mujer y saludó a su suegra con respeto y algo de temor.

Cuando ya se iban, otra enfermera se les acercó para sillón recordarles que todavía no tenían el alta. Milagros ni se inmutó. "Ella está bien. Soy la madre, y respondo por lo que le pasa. Nos tenemos que ir y le firmo donde quiera."

La enfermera intentó convencerla. Milagros la interrumpió con un gesto apurado. "Ya le dije: soy la madre de la que tuvo el hijo. Y además soy pastora. Con nadie va a estar mejor que conmigo."

A la salida del hospital, Milagros se encontró con su otra hija, Esther, acompañada por su marido. Las dos hermanas se saludaron. Cansada, Marta le pidió a Esther que le sostuviera a su hijo. Empezaron a caminar hacia el norte, una muy cerca de la otra, con sus esposo atrás y Milagros al frente, como en una procesión.

Después de caminar casi veinte cuadras bajo el sol hirviente del mediodía, llegaron a una casa cercada por un alambre. Milagros golpeó las manos para llamar.

Enseguida se asomó López que, desconcertado, miró al. grupo. Milagros se le plantó delante. "Soy yo, don López, la pastora Milagros. Le dije que íbamos a venir a visitarlo para orarle la casa. "

López se apuró a abrir la puerta. Era un hombre esmirriado, de más de setenta años, criado en el campo. Hizo pasar a todo el mundo y puso agua para hacer unos mates. Milagros, muy segura de sí, hizo las presentaciones. Como no alcanzaban las sillas, López mandó a los dos hombres a que las buscaran en un patio lindero.

Poco habituado a recibir visitas, López se quedó en el centro del comedor, mirando al bebé con curiosidad. La madre le estaba dando la teta sentada en un viejo sillón de cuerina gastada. "Mire a mi nieto, cómo se alimenta. No hace ni cuatro horas que nació y ahí me lo ve, sanito y fuerte. Dígame si no es una bendición del Señor! " Milagros hablaba con López ya la vez estudiaba el terreno. Estaban en un gran ambiente oscuro y algo tétrico con una mesa frente a la cual había una única silla. Aparte del sillón de cuerina, había un aparador con algunos adornos pero ningún otro mueble. Todo estaba desordenado y había un par de bolsos de viaje en el suelo. Milagros los señaló. " ¿Se está yendo a algún lado?" López asintió, y explicó lo que Milagros y sus parientes ya sabían. "Me voy al otro pueblo para comprar un campito, ese que le comenté. Se inunda, por eso está más barato, pero como van a hacer un canal... dicen que no se va a inundar más." López salió para la cocina y volvió con un mate y una pava. Cuando le pasó el mate a Milagros, la pastora le dio un empujón tremendo que lo dejó en el suelo. Esther se tiró encima de él y lo inmovilizó arrodillándose sobre su pecho. Marta, en tanto, había dejado al bebé en el sillón y corrió hacia la cocina. Sacó un cuchillo y se lo alcanzó a su madre.

López, aturdido en el suelo, pedía que no le hicieran nada. Milagros se arrodilló a su lado y lo amenazó con el cuchillo. "Decime dónde tenés la plata para ese campito de mierda. " López empezó a llorar en el mismo momento que entraban los maridos de las hermanas. Milagros perdía la paciencia. "Decime o te reviento." López, aterrorizado, cedió. "En la heladera, en el cajón de las verduras."

Milagros mandó a sus yernos a buscar el dinero mientras ella misma seguía al lado de López, amenazándolo con el cuchillo. Lucho, el marido de Esther, volvió enseguida con un fajo de billetes. Milagros lo estudió, sin soltar el cuchillo. Furiosa, le dió a López un golpe en la cara. "Ahí no está todo. ¿Dónde está lo que falta?" López juró que no había más dinero. Milagros se levantó despacio, agarrándose una rodilla dolorida. Miró a sus hijas. "Sigan ustedes. Yo voy a buscar por ahí." Esther y Marta empezaron a golpear a López hasta que al final, casi sin aliento, les indicó que había más dinero bajo una baldosa justo debajo de la ventana del comedor. El Negro fue al lugar y sacó otros dos fajos de billetes.

Milagros había dejado al bebé en el suelo y se había sentado en el sillón. Estaba revisando los bolsos de López, sin encontrar nada.

El grupo religioso pasó otras dos horas en la casa, buscando más dinero y revolviéndolo todo. Al final, se convencieron de que no había un peso más.

López seguía en el suelo, ya casi inconsciente por los golpes. Rengueando apenas con su pierna derecha, Milagros se le acercó y le rebanó la garganta.

Enseguida mandó a sus yernos a enterrar el cuerpo en el jardín. A sus hijas les dijo que limpiaran la sangre. Un rato más tarde, salieron de la casa. Marta llevaba en brazos a su bebé, que la observaba con expresión pacífica.

Milagros era renga desde que su madre la había castigado tirándola a un pozo. Tenía ocho años y había roto un vidrio mientras jugaba con un palo de escoba. "Sos una basura, y yo tiro la basura en este pozo", le dijo mientras la empujaba. En el momento de caer, Milagros se lesionó la rodilla derecha y a pesar de sus gritos y lamentos, su madre la dejó ahí todo un día y una noche. Milagros salió de ese pozo lastimada y resentida. Odió a su madre para siempre e hizo lo imposible para abandonar su casa.

Lo logró antes de cumplir los diecisiete años. Conoció a un policía paraguayo que había llegado al país el año anterior, y dos meses después ya estaba viviendo con él. Su madre intentó llevarla de nuevo a su casa.

Quería que Milagros consiguiera un trabajo y le diera : su sueldo, pero no lo logró: el policía, a instancias de Milagros, amenazó de muerte a su suegra si no desaparecía para siempre de la vida de los dos.

Poco después tuvieron un hijo, a quien Milagros ,crió con absoluto descuido. Por algún motivo no sentía el menor instinto maternal por ese chico morocho y taciturno que terminó viviendo en la casa de una vecina.

Cuando la vecina quiso mudarse a Salta les pidió permiso a los padres para llevarlo con ella. Milagros no puso ninguna objeción, aunque el ex policía hizo un débil intento por evitar la mudanza de su hijo. No lo logró.

Muchos años después, ella volvió a quedar embarazada. Durante todo ese tiempo había trabajado como operaria en una empresa textil, pero después de ese segundo embarazo prefirió algo más tranquilo y mejor remunerado: reclutar chicas para un prostíbulo organizar sus turnos y mantener a raya a los clientes rebeldes.

Cuando nació Esther, Milagros se sintió más apta para la maternidad. No es que estuviera especialmente unida a su hija, pero al menos no tenía intención de regalarla. Tres años después nació Marta.

El marido, en tanto, languidecía a su lado: harto de la frialdad de su mujer, había empezado a emborracharse y en poco tiempo había perdido su empleo. Milagros no tenía paciencia para soportarlo pero tampoco imaginaba una separación: sencillamente, se limitaba a golpearlo con un cinturón ya sacarle todo su dinero.

Las dos hermanas crecieron entre la escuela y el prostíbulo, adonde solían ir para acompañar a su madre. Adoraban el olor a perfume que usaban las putas, mezclado con el olor a desinfectante de baños y a lápices de labios.

A diferencia de otras clásicas "madamas", Milagros no les ocultaba a sus hijas su verdadera actividad ni tampoco tenía miedo de que terminaran, ellas mismas, trabajando de putas. Es más: varias veces Milagros había encontrado a Esther mirando con interés a uno de los clientes, y la situación no le causaba inquietud sino gracia. Poco después de que cumpliera quince años, Milagros pasó por la cocina y la encontró contándole a una de las putas que le gustaba un cliente que aparecía de tanto en tanto y que había vuelto ese día. Sin dudarlo, Milagros mandó a Esther adormir a uno de los cuartos. Llamó al cliente y le dijo que esa noche le iba a cambiar de puta como un favor especial, pero que obviamente le iba a cobrar más porque la nueva era muy joven y estaba "sin estrenar".

Fue así que mientras Esther estaba por dormirse, se abrió la puerta del dormitorio y entró el cliente. Ella, que tenía un interés abstracto y casi infantil por ese hombre, no esperaba que se le metiera en la cama por la fuerza. Furiosa, intentó resistirse. El hombre creyó que el llanto y los rasguños eran parte de una actuación y no hizo el menor caso a las súplicas asustadas de Esther.

Cuando todo terminó, Milagros entró a la pieza con un par de sábanas limpias y le ordenó a su hija que hiciera la cama y fuera ella misma a lavarse.

Esther siguió trabajando con su madre de manera ocasional y tratando de elegir a sus clientes, aunque a veces Milagros le imponía hombres que ella pretendía rechazar: por lo general lo hacía porque las demás mujeres estaban ocupadas, pero otras veces pensaba simplemente en castigar a su hija haciéndola tener sexo con alguien que le provocaba rechazo y asco.

Cuando Marta, la menor, cumplió quince años, siguió los pasos de su hermana, aunque esta vez fue todo mucho menos improvisado: viendo el dinero que ganaba Esther, Milagros habló con Marta y le dijo que no tenía otra cosa mejor para hacer en la vida que trabajar en la casa, tal como ella llamaba al prostíbulo. "Estudiar no vas a poder. y sin estudios, a tu edad, esto es lo que te va a dar más plata. "

Cuando volvieron a su casa después de haber matado a López, la madre y las hijas se pusieron a repartir el dinero. Marta recordó fugazmente el consejo que le había dado su madre, alentándola a trabajar de puta, y le hizo un par de bromas al respecto. La madre la cortó en seco, conteniéndose para no abofetearla: "De eso no se habla más, si no querés que te reviente. Yo ahora soy la pastora y ustedes son esposas y madres y porteras de la iglesia. Que les quede claro".

Milagros se apropió de la mayor parte del dinero y le dio un poco a cada una de las hijas. Las tres se pusieron a cocinar y a hacer cálculos de lo que tendrían que gastar en cuentas impagas y compras del mes.

Cuando estaban comiendo apareció Andrés, el hijo de Esther y Lucho. Se sentó en un extremo de la mesa, claramente intimidado por su abuela. Recién había cumplido dieciocho años y su único interés en el mundo era tomar cerveza con sus amigos, salir en la moto robada que le había comprado su padre y hacer su vida lejos del temible entorno familiar.

Mientras comía, escuchó que su madre, su abuela y su tía estaban discutiendo acerca de la elección de la próxima víctima. Milagros, que había llegado al pueblo con sus hijas hacía veinte años, usaba la iglesia de la que era pastora para conseguir información sobre el estado económico de sus vecinos. Durante los encuentros dominicales, Milagros tomaba la palabra y agradecía al Señor por la salud de su rebaño y por su ayuda en cuestiones materiales. Poco a poco hacía pasar a los fieles a agradecer y así se enteraba si habían recibido una indemnización, si habían vendido un terreno, si habían cobrado alguna deuda o si un pariente les pasaba una mensualidad generosa.

Por supuesto, no era una pastora verdadera. Había inventado esa historia ni bien se instaló en el pueblo. Le pareció la forma más rápida y efectiva para ganarse la confianza de sus nuevos vecinos, que la miraban a ella ya sus hijas con clarísima desaprobación. De su marido no quedaban ni rastros. En su última pelea lo había golpeado tanto que huyó, herido y asustado.

Andrés siguió comiendo su pollo. Las tres estaban comentando el éxito que tenía Luis en su consultorio de curandero. Con un escalofrío advirtió que Luis sería el siguiente en la lista. Pensó que tenía que ser un error. Luis era primo de su propio padre.

Apenas le mencionó el parentesco a la abuela, se dio cuenta de que había cometido un error imperdonable. Milagros lo miró con sorna y le dijo que esa vez él también tendría que formar parte del grupo.

La visita a Luis fue una copia de la visita a López pero todavía más cruenta. Llegaron todos juntos, simulando un encuentro religioso: Milagros, sus hijas, sus yernos y su nieto Andrés. Era lunes, el único día en el que Luis no trabajaba. Tomaron café, comieron facturas y al final Milagros asumió su papel de líder y lo amenazó con un cuchillo para lograr que le diera su dinero. Ella sabía que Luis, no usaba bancos ni cajas fuertes. Todo tenía que estar ahí, en su propia casa, donde también funcionaba el consultorio.

Luis tenía mucha más fuerza física y resistencia que López, pero no podía lidiar contra un grupo tan numeroso y feroz. Aunque era Milagros la que manejaba los cuchillos y consumaba los crímenes, el resto del grupo cooperaba. Por lo general, la división de tareas estaba clara: las hijas ayudaban a golpear y torturar, y los hombres se dedicaban a enterrar los cadáveres.

Con Luis fueron particularmente crueles. No solamente usaron un cuchillo sino también pinzas y alambres. Después de mucho sufrimiento, el curandero les dijo dónde escondía su dinero. Cuando Milagros se dispuso a matarlo, tuvo un gesto hacia su yerno. "Es tu primo, ¿no? Entonces lo dejamos vivo. Pero que no hable." Así, sin dudarlo, la pastora agarró su cuchillo y le cortó la lengua al moribundo. Milagros ya sabía que el suyo era un gesto inútil: era evidente que Luis no podría sobrevivir. Y, tal como ella lo había previsto, murió en un hospital dos días después.

Andrés, que había sido obligado a presenciar toda la masacre, empezó a ver el fantasma de Luis en todos los espejos, mostrándole su boca sin lengua.

Milagros se creía a salvo de las investigaciones policiales que, en ese pueblo, eran más bien precarias. De la muerte de López nadie se enteró durante mucho tiempo. Sus pocos amigos sabían que él se iba a ir de viaje para comprar un terreno y no se alarmaron demasiado por su ausencia.

Luis murió en el hospital, pero por el estado calamitoso de su cuerpo todos sospecharon que el crimen se debió a algún ritual esotérico. Después de todo, él mismo era curandero y tenía, además, varios enemigos poderosos.

Pocas semanas después de la muerte de Luis, Milagros organizó en la iglesia la que ellos llamaban "Santa Cena ". En medio de cánticos y alabanzas, comida y bebida, se enteró de que el Colo, evangelista de la primera hora, había cobrado una indemnización. Milagros lo hizo subir al púlpito para comentar la novedad. El Colo usó su discurso para agradecer al Señor una y otra vez, pero prácticamente no mencionó nada del dinero. Fastidiada, Milagros la llevó aparte y con habilidad la interrogó. Supo que ya había depositado casi todo en el banco, pero que había dejado en su casa una buena suma para comprarse una camioneta. La compra la haría a la mañana siguiente.

Milagros preguntó si en su casa había más gente, como para que agradecieran todos juntos al Señor. El Colo le dijo que sí, que estaban todos sus primos de Córdoba listos para festejar.

La pastora hizo rápidos arreglos mentales. Era evidente que no tenían que ir a la casa: no se podía hacer nada entre tantos parientes. Para empeorar las cosas, al día siguiente la plata se esfumaría. Tuvo entonces una idea salvadora. Tomó al Colo de las manos y le dijo que al otro día, justo antes de ir a comprar la camioneta, él debería pasar por su casa. "El dinero trae tentaciones y desgracias. El Señor me dijo que puede haber peligro en tu vida, me lo está avisando. Por eso te hice subir a hablar, para estar segura. Pero el Señor habló en mí a través del Espíritu Santo y me dijo que te ayude porque no quiere que sus ovejas sufran. Yo te voy a orar antes de que vayas a comprar esa camioneta y no te va a pasar nada. Gloria a Dios. "

El Colo no entendió gran cosa del improvisado digo curso de Milagros, pero, feliz por la inminente compra, agradeció el gesto y prometió ir para la oración.

Milagros recibió al Colo a las ocho y media de la mañana. En la casa ya estaban sus hijas, sus yernos y Andrés, que intentó por todos los medios zafar de su obligación asesina. Simuló estar intoxicado pero su abuela lo sacó de la cama a empujones y lo amenazó con dejarlo sin un peso y sin su moto.

El Colo entró a la casa dispuesto a recibir las bendiciones de Milagros, y un minuto después ya la tenía encima apretándole la garganta con un cuchillo y diciéndole a gritos que le entregara la plata. Las dos hijas de Milagros, porteras de la iglesia y grandes devotas del Señor, le sujetaban los brazos y le tiraban el pelo. Cuando Milagros tuvo el dinero del Colo, le clavó el cuchillo sin pensarlo dos veces. No podía dejarlo vivo: haría la denuncia y todos irían presos.

Agitada y arrastrando su pierna lesionada, Milagros llamó a sus yernos y a Andrés y les ordenó enterrar al Colo en el jardín.

Los tres cavaron un pozo y fueron a buscar al muerto. Lucho y el Negro agarraron al Colo por debajo de los brazos y le pidieron a Andrés que lo llevara sujetándole las piernas. Andrés, que todo el tiempo tenía que contener el llanto y las náuseas, le levantó un pie y sintió que el Colo se movía. Lo soltó como si fuera un víbora y retrocedió de un salto. Asombrado vio que el Colo volvía a mover el pie. Llamó a su madre y a su abuela, espantado, y les anunció que el Colo estaba vivo. Milagros soltó una carcajada feroz. "Andá y ayudá a los hombres a enterrarlo. " Andrés pensó que su abuela no había entendido. "Abuela, el tipo está vivo." Milagros miró a su nieto con desprecio y con un gesto le ordenó que fuera a hacer su trabajo.

Andrés, que durante ese tiempo veía en los espejos la cara lívida y atormentada de Luis, multiplicó sus pesadillas. Escuchaba las voces de los muertos, que lo llamaban por su nombre, y se despertaba en la mitad de la noche sintiendo que no podía respirar.

La siguiente víctima fue una mujer. Durante una de las reuniones con los fieles, Milagros se había enterado de que la cuñada de una de sus creyentes tenía una agencia de empleos especializada en mucamas. Milagros pareció interesada. "Cuénteme, a lo mejor podemos conseguirles trabajo a tantas chicas que vienen acá y necesitan." Así supo que esa cuñada, Elvira, estaba por construirse una casa gracias al negocio. La agencia, en definitiva, se contactaba con mujeres que querían trabajar de mucamas y luego les conseguía empleo a cambio de una comisión bastante alta. "Hay que rezar por ella, para que el Señor la perdone", se lamentó Milagros. "Porque no tiene que cobrarles a los pobres tanta plata para conseguirles un trabajo. Dígame dónde vive y avísele que le voy a ir a hacer una visita para que conozca al Señor."

Dos días después, Milagros y su comitiva llegaban a su casa a hacerle una de sus sanguinarias visitas religiosas.

Durante el último crimen, Andrés no estuvo en el grupo. Se había negado a ir con tanta firmeza que no hubo manera de convencerlo. Su abuela había entrado a su dormitorio y le había pegado con un palo, pero Andrés se mantuvo firme, recibiendo el castigo sin una queja. Al final Milagros lo dejó tirado en el suelo y les anunció a sus hijas que había que dejarlo de lado. "El chico no sirve. No tiene pasta para trabajar con nosotros. Salió amariconado."

Desde la habitación de al lado, Esther había escuchado, apretando las muelas, los golpes que Milagros le daba a su hijo. Cuando Andrés quedó solo, ella entró a curarlo y consolarlo. Mientras le colocaba apósitos sobre las lastimaduras, trataba de justificar a su propia madre. "La abuela es así porque sufrió mucho. Su mamá la tiró a un pozo y mirá cómo quedó. Por eso es tan mala, porque sufrió desde que era muy chica." Andrés, furioso, no quería escuchar. "Yo también sufro, y no quiero matar a nadie."

Desde su cama, reponiéndose de los golpes, Andrés empezó a sentir un olor extraño. Con horror, se dio cuenta de que provenía del jardín, donde habían enterrado al Colo cuando todavía estaba vivo. Primero pensó que era una manifestación más de sus alucinaciones, pero con los días el olor se acentuó. Lo comentó con su madre, pero Esther le dijo que el olor debía venir de algún animal muerto o de una zanja con agua podrida. Una noche, mientras estaban comiendo, Andrés no soportó más. Miró a su abuela, sus padres, sus tíos y estalló. "¿No se dan cuenta del olor? ¿No ven que el Colo se está pudriendo en el jardín?"

Marta levantó la vista de su plato y murmuró: "Tiene razón ". Milagros la miró, ofendida. "Tiene razón pero no es para tanto." Comió otro bocado y levantó el cuchillo, señalando a sus yernos. "Y ustedes, inútiles, esta misma noche me sacan el muerto de acá y lo entierran en un baldío! Pero bien enterrado."

Después de matar a la mujer, pasó un año entero sin que Milagros pudiera encontrar una nueva víctima. Vivía en un barrio pobre de una provincia pobre, y la gente que la rodeaba era tan pobre y necesitada como ella.

Andrés no había podido superar la impresión por los crímenes y estaba inmerso en una angustia que lo paralizaba.

Esther intentaba ocultar la tragedia psicológica de su hijo por todos los medios. Temía que Milagros, previendo que Andrés se quebrara y los delatara ante la policía, volcara su instinto asesino contra él.

Marta distribuía su tiempo entre el cuidado de su bebé y las tareas que cumplía en la iglesia con su madre. Milagros, impaciente por ejecutar un nuevo golpe, intentaba, al menos, que los fieles de su iglesia donaran más dinero que el habitual. "Todo lo que den va a ser multiplicado. Y el Señor va a bendecir a todo aquel que ayude con su diezmo y sus contribuciones."

Una noche, asustado por el fantasma sin lengua de Luis y el espíritu asfixiado del Colo, Andrés salió con su moto y chocó contra un auto estacionado. Dos policías que recorrían la zona en un patrullero lo encontraron tirado en el pavimento, vomitando y hablando solo, pero con apenas algunos rasguños.

En la comisaría, Andrés admitió que había tomado ginebra y dijo que había perdido el control de la moto porque la cara de un hombre muerto se le apareció de golpe y lo distrajo. Estaba asustado y confundido, y quiso liberarse del peso de la culpa: "No me hagan nada. Yo voy a decirles muchas cosas".

Antes de que los policías pudieran encerrarlo creyéndolo simplemente borracho, Andrés mencionó a su abuela, la pastora Milagros, y contó todo, tratando de preservar a su madre. "La que mandaba era la abuela Milagros. Ella los mataba. Era la que les clavaba el cuchillo. Ella le cortó la lengua a Luis, el primo de papá. Mamá me dice que hay que entenderla porque la abuela es renga, porque la vieja de ella la había tirado a un pozo como de tres metros. ¿Y qué? ¿Por eso le tiene que cortar la lengua aun tipo que se está muriendo? ¿Por eso tiene que mandar a enterrar a otro que todavía está vivo?" Los policías escuchaban atónitos el relato de Andrés, que mechaba las escenas de los crímenes con las imágenes de sus pesadillas. Cuando Andrés advirtió que lo miraban con sospecha, ofreció pruebas. "¿No me creen? Yo los llevo al lugar donde están enterrados los muertos".

 

Cuando la policía fue a buscar a Milagros y su grupo, ella negó todo. Acusó a su nieto de loco y mentiroso y sugirió que acaso él mismo había sido el autor de tamañas atrocidades.

 

Esther, la madre de Andrés, cortó en seco a Milagros y respaldó la versión de su hijo, ofreciendo detalles precisos y pruebas irrefutables.

 

Milagros fue condenada a catorce años de prisión por homicidio agravado por alevosía, reiterado en cuatro oportunidades. Sus hijas y sus yernos recibieron diez años de prisión cada uno. Andrés, el nieto, cuatro años, aunque a los dos meses fue puesto en libertad.

 

La policía sospecha que ella y su grupo cometieron cinco crímenes más, aunque no pudieron demostrarlo.

 

Los abogados de Milagros le tramitaron prisión domiciliaria por haber cumplido setenta y dos años en el momento de la condena. El pedido fue denegado por mala conducta y actitudes violentas.

 

Milagros sigue negando su participación en los crímenes. "Yo soy inocente. ¿No me ve? ¿Usted puede creer que una mujer como yo, vieja y sin fuerzas, pueda matar a alguien? Por ahí fueron los otros, los de mi familia. Yo por ellos no puedo poner las manos en el fuego. Lo que sí sé es que yo no fui. Soy una abuela y no le hago mal a nadie."



Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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