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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//04 de Octubre, 2010

Paula D. " Bailarina "

por jocharras a las 17:04, en Mujeres Asesinas
PAULA D. " Bailarina "


A los veinticinco años, Paula D. ya había vivido en doce casas distintas, había tenido cinco concubinos y había cambiado siete veces de trabajo. Lo sabía bien porque llevaba la cuenta con mucho cuidado en un cuaderno de tapas verdes.

Toda la información estaba clasificada en dos períodos, que ella había delimitado con una gran línea recta: antes y después de los diecisiete años, que fue la edad en que dejó la casa familiar y se fue a vivir con una amiga a Buenos Aires.

Antes de los diecisiete figuraban seis mudanzas, tres novios fijos y ningún concubino. Después de los diecisiete, el resto.

Hasta los diecisiete años, Paula había vivido con sus padres y sus dos hermanos menores. La madre daba clases de danzas folclóricas y el padre se dedicaba a la construcción de caminos y puentes. Ese trabajo lo obligaba a trasladarse por el país, llevando a su familia a cuestas.

La madre y los dos hermanos reclamaban estabilidad. Le pedían al padre que consiguiera un nuevo trabajo y que por fin se instalaran definitivamente en algún lado. Paula, en cambio, adoraba a su padre y estaba dispuesta a seguirlo adonde fuera. Además, tenía un espíritu más libre y menos apegado a las cosas ya la gente. Cuando le llegaba el momento de levantar campamento, ella armaba su bolso, se despedía de sus amigos y de algún novio, si es que lo tenía, y corría a ver a su padre para que le contara en detalle cuál sería el próximo destino.

Esa incondicionalidad con el padre, sin embargo, no era recíproca. Él estaba más interesado en su trabajo que en cualquier otra cosa, y además evaluaba a su hija con una mirada crítica y rígida: le parecía que sus horarios eran demasiado flexibles y sus calificaciones escolares mediocres.

Así, la relación entre ellos se fue deteriorando y, cuando Paula terminó el colegio secundario, pidió permiso para instalarse en Buenos Aires con una amiga. Tenía pensado estudiar odontología, y la permanente vida de mudanzas no se lo permitiría.

La madre fue la que estuvo de acuerdo antes que nadie. Ya sabía que en los próximos meses vendría un nuevo traslado, esta vez a una zona de frontera, y le inquietaba imaginar a su hija vagando por esos lugares remotos. "Va a estar mejor en la Capital", le dijo a su marido.

Un mes después. Paula y su amiga estaban comprando los muebles para el minúsculo departamento porteño.

Los estudios de odontología resultaron un fracaso. A Paula el ritmo universitario le parecía agobiante. El plan de estudios, además, no le despertaba mayor interés. Enseguida se dio cuenta de que jamás podría ejercer una profesión que, por otro lado, había elegido sin pensar demasiado.

Empezó por dejar de cursar las materias que más le disgustaban y al fin abandonó la carrera por completo. Se dedicó entonces a caminar por la ciudad, ir al cine y recorrer bares. En sus excursiones callejeras usaba el dinero que sus padres le mandaban para costear los estudios. A veces les reclamaba remesas mayores con la excusa de que los materiales que le exigían sus profesores eran más caros de lo que ellos creían.

Una noche, mientras recorría bares de la zona sur, conoció a un empleado municipal que la invitó a comer ya dormir en su nueva casa de divorciado. Un mes después estaban viviendo juntos.

La relación entre Paula y su pareja no fue fácil. Durante los dos primeros meses se entendían pero después la convivencia se hizo intolerable. Un día, en medio de una pelea salvaje en la que hubo golpes y amenazas, ella echó a empujones de la casa.

Paula volvió un par de semanas con su antigua compañera, pero enseguida consiguió un nuevo departamento. Sus padres ignoraban que ella ya no iba a la facultad, por lo que seguían enviándole la mensualidad. Aparte, había conseguido un empleo como moza en un bar. Allí conoció a quien sería su segundo concubino. Esa nueva relación tampoco funcionó, como no funcionaron las que le siguieron.

Por supuesto, sus padres no tardaron en saber que su hija ya no estudiaba ni vivía con su amiga. La llamaron para exigirle que volviera con ellos, pero Paula ni siquiera se molestó en contestar. Sus padres insistieron un par de veces y al fin dieron el caso por perdido: habían tenido una hija mentirosa y amoral, y eso ya no tenía solución.

Paula estaba viviendo con su quinto concubino cuando conoció a Yesi. Era una cordobesa simpática que solía ir a desayunar al bar donde trabajaba Paula. Llegaba casi al mediodía, medio dormida y con el pelo revuelto, y pedía dos cafés con leche con cuatro medialunas.

Se había mudado hacía poco a un departamento que quedaba a la vuelta del bar y trabajaba como bailarina en un local nocturno. Cada mañana Paula y Yesi hablaban un buen rato, mientras la cordobesa devoraba su desayuno y Paula iba de mesa en mesa sirviendo cafés.

Al poco tiempo se hicieron amigas. Paula fue a conocer el departamento de la otra y los domingos se encontraban para ir a algún shopping a comprar ropa.

Esa amistad coincidió con el final de la relación de Paula con su novio.

Yesi la invitó a vivir con ella y compartir gastos. Le propuso también que se postulara como bailarina en el mismo lugar en el que trabajaba ella: ganaría el doble de lo que estaba cobrando en el bar y tendría todo el día libre.

Como Paula dudaba, Yesi la invitó a ver un show. Una noche fueron juntas al local, y Paula entró con su amiga al camarín. "Cola-less, tetas al aire, mucho maquillaje y frotarse contra el caño", resumió Yesi, con una carcajada.

Paula se entusiasmó: no solamente le gustaba ganar más dinero, sino que la idea de subir al escenario le resultaba deslumbrante. El local era céntrico y, dentro de su decadencia natural, era mejor que la mayoría de los clubes nocturnos de la ciudad.

Después de una semana de ensayos y prácticas intensas en el departamento que ya compartían, Paula se presentó a una prueba de baile. La amiga le prestó una bombacha dorada minúscula, y Paula mostró lo que había aprendido. La aceptaron.

El trabajo de Paula, como el de su amiga, consistía  en bailar semidesnuda en el escenario mientras los clientes, hombres en su totalidad, charlaban entre ellos y tomaban alcohol con otras mujeres -también empleadas del lugar- que circulaban entre las mesas ofreciendo bebidas y citas íntimas.

Las bailarinas no participaban directamente de la oferta sexual, aunque si algún cliente las elegía, podía hacerles alguna propuesta. Yesi había recibido varias, y solía aceptarlas casi siempre "para ir ahorrando unos manguitos ".

Aunque más selectiva, Paula también había terminado en la cama con algunos clientes. Sin embargo, le dejaba en claro a su compañera que las salidas sexuales no serían lo habitual para ella: en primer lugar, los hombres tenían que ser medianamente presentables. Y no se iría con ellos a ningún lado a menos que su economía estuviera seriamente afectada.

Dos meses después de estar trabajando como bailarina, Paula conoció a Alfredo.

Era un día de poca actividad, y una vez que terminó su show fue a cambiarse para ir a dormir. Uno de los encargados de la seguridad llegó a su camarín con un mensaje: en el local había un hombre que quería conocerla. Paula hizo un gesto de impaciencia y contestó que estaba apurada, pero el empleado fue tajante: el cliente era amigo del dueño del lugar.

En cuanto quedaron las dos solas, Yesi la convenció. "Si es el tipo que se pasó todo el show mirándote las tetas, entonces andá: parece de guita y está bueno." Le explicó, además, los beneficios evidentes de intimar con un amigo del jefe.

Paula fue a la mesa que le marcó su compañero de trabajo. Alfredo se puso de pie para recibirla y la invitó a sentarse. "La verdad, lo que hacés es un arte. No es fácil pararse en un escenario frente a tanta gente, y hacerlo tan bien como vos..." Paula lo miró, tratando de advertir algún tono de burla. No encontró nada de eso.

Charlaron un buen rato hasta que Paula le dijo que se iba. Sin hacerle ninguna propuesta en particular, Alfredo la despidió, como si su único interés hubiera sido demostrarle su admiración. Paula volvió a su camarín y encontró a Yesi con otras dos compañeras. Cuando le preguntaron por qué se había negado a ir con él, Paula admitió, con asombro, que el cliente no la había invitado a ningún lado.

Al día siguiente, antes de salir a bailar, Paula encontró un enorme ramo de rosas en el camarín. Cuando estuvo en el escenario, buscó entre la gente a Alfredo, para agradecerle con la mirada. No lo encontró.

Después de la función, cuando estaba con Yesi esperando un taxi para volver al departamento, apareció Alfredo en el auto y le abrió la puerta. Paula subió.

El departamento de Alfredo era amplio, recargado y ostentoso. Tenía unos grandes ventanales con cortinas pesadas, mesas de cristal con adornos orientales, sillas antiguas, sillones de terciopelo borra vino  y paredes cubiertas con telas rayadas. Paula, que pertenecía a una clase media sin lujos, miraba todo con fascinación y curiosidad.

Alfredo, dueño de la situación, se acercó a un mueble donde había una colección nutrida de bebidas alcohólicas. "Te voy a servir un licor de peras. Éste lo compré en París, y es uno de los mejores." Los dos se sentaron en uno de los sillones y Alfredo apoyándole una mano en la rodilla, le contó que era militar retirado y que desde hacía unos años era el dueño de una agencia de seguridad. Cuando terminaron el licor de peras y la conversación se extinguió, Alfredo se acercó a Paula y empezó a besarla. A esa altura, ella estaba convencida de que él era el mejor hombre de todos lo que le habían tocado en suerte. Los dos siguieron besándose en el sillón durante un buen rato hasta que Alfredo la llevó de la mano hasta su cama. El dormitorio también era llamativo: placards con puertas espejadas y una cama inmensa llena de almohadones. Él la empujó sobre la cama sin deshacer, y ahí siguieron besándose y tocándose. Cuando ella le quiso desabrochar el pantalón, ella frenó. "No, ahora no. Esperemos a mañana, que va a ser mejor." La estrategia dilatoria de Alfredo dio resultado: después de ese golpe de efecto, ella estaba absolutamente entregada.

Siguieron un buen rato en la cama hasta que él se levantó y le dijo que lo mejor sería que se vieran al día siguiente. Ella invitaría a comer y después volverían a la casa.

Al otro día Paula llamó a su trabajo para comunicar que esa noche no podía bailar debido a una gripe repentina, y se dedicó a elegir la ropa que se pondría para encontrarse con Alfredo. Después de mucho probarse todo lo que encontró en su ropero, eligió un vestido que le prestó Yesi, ajustado, rojo y con botones de metal.

Yesi miraba a su amiga con pena. "Para qué te entusiasmas tanto si es casado." Paula le contestó con fastidio que dentro de muy poco Alfredo se iba a separar. "Él me lo dijo, y no tiene por qué inventarme nada, si recién me conoce. "

Yesi se dio cuenta de que su amiga aún no había comprendido la mecánica de las relaciones rápidas entre hombres y mujeres. Podía haber tenido muchos novios y amantes, pero todo eso no se podía comparar con sus tres años como bailarina de caño. La miró con cierta piedad: era evidente que Paula desconocía por completo el razonamiento de los hombres se movían en los círculos de la noche y del sexo. Trató de explicarle algo pero se dio cuenta de que sería inútil. Su amiga no creería nada de lo que ella le dijera y, en el caso de creerle, supondría que lo suyo sería diferente.

Así, se guardó sus opiniones y le dijo lo que ella quería escuchar: que el vestido le quedaba espléndido y que cualquier hombre moriría por estar con ella.

Alfredo le abrió la puerta de su departamento y la abrazó. La hizo pasar mientras, crítico, la miraba de arriba abajo. Paula se sintió avergonzada. De pronto ese vestido rojo le parecía barato e inapropiado en el marco del departamento lujoso de su nuevo amigo.

Para corroborar sus dudas, Alfredo le cambió los planes. Anuló la salida y anunció que llamaría a un restaurante para pedir comida. Paula se sintió herida ¿No íbamos a salir? ¿Te da vergüenza que te vean conmigo?"

Alfredo eludió sus preguntas con crueldad calculada, y le dijo que lo más adecuado sería quedarse en la casa.

Volvieron asentarse en el sillón, mientras Alfredo seguía en la misma línea de conducta, destinada a perforar su confianza: lo hacía con todas las mujeres, y era la única forma que había encontrado para dominarlas en forma rápida y eficaz.

Sin ningún disimulo, Alfredo le miró los zapatos. Paula, a su vez, también los miró: jamás le había dado ninguna importancia al calzado pero ahora, contrastando con la alfombra mullida color acero, le parecieron gastados y deslucidos. Paula corrió los pies hacia atrás, para sacarlos del ángulo de visión de su amigo. Nunca se había sentido tan pobre y tan fuera de lugar.

Cuando terminaron de comer, Alfredo le dijo que era hora de que fueran a la cama. "Ya esperamos bastante. Ahora desvestiste, que quiero ver cómo sos."

Una hora después, cuando habían terminado, Alfredo le dijo que ya era medianoche, y que tenía que volver a su casa. Le explicó que ese departamento lo acababa de comprar para cuando terminara de separarse de su esposa, con quien, sin embargo, todavía convivía. "Está muy deprimida, con psiquiatras. En cuanto esté mejor ya me instalo acá." Alfredo se levantó para vestirse y, de paso, abrió un placards. De los estantes de arriba sacó una caja y la llevó a la cama. La abrió y sacó un revólver, con el que le apuntó. Paula se quedó paralizada, pero enseguida Alfredo se rió, divertido. "Tomá, agarrala. Es un modelo nuevo." Paula se negó: siempre les había tenido miedo a las armas y no tenía intención de jugar con ellas. Alfredo se la puso entre las manos. Era más pesada de lo que parecía. "Yo aprendí a usarlas en el ejército. Y vos también tenés que saber usarlas. Es importante en esta época. “Paula la retuvo unos segundos y se la devolvió. Alfredo le señaló varias cajas apiladas en un estante: "Ahí tengo más. Colecciono".

Paula y Alfredo empezaron a verse cada vez con más asiduidad. Ella sabía que la estabilidad de su relación se basaba en su propia obediencia y en su silencio: había: temas que de ninguna manera podía plantear, y había reclamos que jamás podría hacer. La primera vez que Alfredo la invitó a dormir en el departamento, Paula cometió el error de preguntar si ya se había separado. Él la miró con autoridad y le dijo que nunca más volviera a hacer esas preguntas. "Me faltas el respeto. No me vuelvas a hablar así nunca más."

El tono autoritario de Alfredo hizo que Paula se sintiera culpable y estúpida, sensaciones a las que él podía transportarla con extrema facilidad. Así, poco a poco, ella se iba sintiendo menos segura de sí misma y más dependiente de las opiniones de su amante.

Tres meses después de estar juntos, Alfredo le dio un juego de llaves del departamento. Estaban en la cocina tomando un jugo cuando él sacó de un cajón un llavero con dos llaves y se las entregó, haciéndole notar el extraordinario acto de confianza que significaba ese gesto. También le dijo que fuera pensando en abandonar su trabajo como bailarina. "Si querés seguir un mes más o dos, puede ser. Pero después renuncias." Paula se acercó a Alfredo, lo abrazó, y le dijo que iba a hacer todo lo que él le pidiera.

Esa tarde Paula volvió a su propio departamento y le extendió las llaves nuevas a Yesi, como un trofeo. "Mirá la que tengo... Me las dio Alfredo!" Yesi le preguntó si él ya se había mudado definitivamente a la casa. Paula le contestó que no, que todavía pasaba muchas noches con su mujer, pero que todo era cuestión de Tiempo.

La entrega de las llaves no significó para Paula otra cosa que amargura y decepción.

Alfredo la llamaba los lunes después de la clásica e inevitable ausencia de los fines de semana. Le recordaba su amor y la citaba en la casa temprano, "para estar mucho tiempo juntos". Paula, que no trabajaba de lunes a miércoles, pasaba horas peinándose, depilándose y preparándose para el encuentro. Cuando al fin llegaba al departamento, se sentaba en la cama, completamente vestida y maquillada, a esperar a Alfredo.

Cuando habían pasado dos horas o más, llamaba por teléfono a la oficina, donde solía haber gente hasta la madrugada. Por lo general era inútil: los empleados contestaban siempre que Alfredo estaba en una reunión fuera de la empresa.

Si las cosas marchaban bien para Paula, Alfredo aparecía cerca de la medianoche. Ella sabía que hacer reclamos no sólo era inútil sino peligroso: una mínima discusión podía terminar en gritos, empujones y golpes. Después de la violencia, él se vestía y la hacía vestir. "Nos vamos", anunciaba con rabia y ferocidad “.

También pasaba muy a menudo que Alfredo no aparecía en toda la noche. A la mañana siguiente llegaba con un paquete de medialunas y se metía en la cama con ella, diciéndole que estar ahí, en ese lugar, era lo único que lo hacía feliz, y que en poco tiempo vivirían juntos para siempre. "Es medio bruto pero me quiere. Yo me doy cuenta", le explicaba a Yesi, entre lágrimas. "Él no me quiere lastimar, pero es así, peleador. A lo mejor es así porque fue militar."

Lo cierto es que Alfredo no tenía la menor intención de separarse. Dos de sus socios en la empresa de seguridad estaban al tanto de su affaire con Paula, y lo cubrían con Nora, la esposa.

Nora, por su parte, no estaba demasiado interesada en las actividades ocultas de su marido. Para ella lo importante era tener dinero para sus gastos y conservar a su marido. Sabía que la engañaba, pero le parecía que las otras mujeres eran simples caprichos sexuales mientras que ella era la única, la fundamental, la mujer con la que había tenido hijos y con la que pasaría su vejez. En cuanto a sus ausencias nocturnas, Alfredo le explicaba a la esposa que a veces tenía que ir al interior acerrar un negocio. En algún momento Nora había intentado conocer algún detalle extra, pero recibió una respuesta cerrada: "Si no te gusta, me voy". Nora no volvió a preguntar.

A medida que pasaban las semanas, Alfredo empezó a exigirle a Paula que apurara su desvinculación con el local bailable. Paula estaba insegura: temía dejar de recibir su sueldo y, a su vez, ser abandonada por Alfredo. Cuando le planteó sus dudas, Alfredo la abrazó con ternura. “¿No confiás en mí? ¿Creés que te dejaría en la calle?"

Paula, entonces, decidió renunciar. Yesi estaba furiosa. Le dijo que ella sabía de hombres más que de sí misma, y que esa experiencia le indicaba que Alfredo iba a dejar de interesarse en la relación en el momento mismo en que ella empezara a depender de él. "Una vez que estés agarrada, te larga." La teoría de Yesi era simple: había tipos buenos y tipos malos. Con los buenos las mujeres podían tener un vínculo mejor o peor, pero siempre se podían reponer si las cosas no funcionaban. Con los malos, la caída era hasta el fondo del abismo. "Son los que se sienten poderosos cuando ven que te hicieron mierda. "

Paula descartó la teoría de Yesi de un plumazo. "Estás diciendo cualquier cosa. Porque te da envidia que un hombre como Alfredo esté enamorado de mí."

Cuando Paula renunció, sus compañeras del loca bailable le organizaron una despedida en un restaurante de La Boca. Comieron ravioles, tomaron vino y brindaron por la nueva pareja.

Cuando volvió al departamento, Alfredo la esperaba despierto. Le dijo que haber dejado su trabajo marcaba el comienzo de una nueva relación. "Vamos a festejar con un viaje. Pensá adónde querés ir y nos vamos."

Después de la renuncia, Paula terminó de hacer su i mudanza. Llevó toda su ropa al departamento de Alfredo y se instaló ahí como si fuera su esposa.

Alfredo, sin embargo, siguió haciendo la misma vida de siempre. Dormía con ella alguna que otra vez, llegaba a la casa a cualquier hora y desaparecía por varios días. En esos casos, con suerte, le mandaba a alguno de sus socios para ver si estaba todo bien en la casa y si necesitaba algo.

Su vida, desde entonces, consistió en esperar.

La rutina de Paula era de una monotonía insostenible. Se levantaba tarde, se bañaba, se vestía y se arreglaba con muchísimo cuidado. Era consciente de que cualquier falla en su aspecto sería objeto de una apabullante recriminación. Más tarde aparecía una señora que limpiaba la casa y que evitaba todo tipo de contacto con ella. Si Paula quería entablar una conversación o le hacía alguna pregunta personal, ella la miraba con fastidio. "Disculpe. El señor me contrata por horas y no tengo tiempo..."

Al mediodía, iba a un gimnasio que quedaba a dos cuadras de su casa. Se lo había recomendado Alfredo porque la dueña era amiga de uno de sus socios.

A la tarde caminaba por el barrio y después, muy temprano, volvía al departamento para esperar a Alfredo.

Solía también encontrarse con Yesi, pero en secreto. Alfredo le había advertido que lo mejor era apartarse de las amistades nocivas. "Mirate ahora, dónde vivís, cómo vivís. No podés estar con tus amigas de antes: van a pensar que sos una puta. "

Una noche, Alfredo volvió al departamento de buen humor y anunció que en una semana irían a pasar unos días a Brasil. Festejaron en la cama y al rato Alfredo le pidió que preparara alguna cosa para comer. Paula, que cocinaba todas las noches, hizo unos hongos rellenos que jamás había preparado antes.

Alfredo los probó y le parecieron excelentes. "Es una receta nueva ", dijo Paula orgullosa. Dejándose llevar por su entusiasmo, le contó que Yesi, su amiga, le había explicado cómo se hacían.

Alfredo la miró con frialdad. "Viste a Yesi. Te dije que no la vieras más y la viste". Paula, muy asustada, le dijo que la receta se la había pasado cuando todavía vivían juntas. Alfredo le agarró la cara y la miró de frente. "Si me mentís, se terminó todo. Agarrás tus cosas y te vas “. Sometida y acobardada, Paula tuvo la sensación angustiante de que Alfredo era capaz de enterarse de todo lo que veía y lo que no veía. Imaginó que alguno de sus tantos amigos o conocidos la había visto en el bar tomando café con Yesi, o que tenía a algún empleado encargado de seguirle los pasos. Paula lo abrazó, desesperada. "Por favor perdóname, te juro que no va a pasar más...

Alfredo le dio un golpe en plena mandíbula. Paula, antes de caer al piso, escuchó el crujido de un hueso retumbándole en la cabeza.

Esa misma noche, abrazados en la cama, Alfredo le explicaba que una mujer de verdad no podía mentir ni simular ni tener amigas putas. “¿Vos querés que me digan que tengo una novia que es puta? ¿Querés que vayamos a una fiesta y mis amigos te ofrezcan guita para cogerte? ¿Vos pensás que yo me puedo casar con una mujer así?" Paula, con lágrimas en los ojos, iba negando con la cabeza y pidiendo disculpas.

Alfredo se levantó y fue a la cocina. Volvió con un té y un analgésico. Un rato después ya se había dormido.

Durante los siguientes días Paula se quedó encerrada en la casa, sin siquiera ir al gimnasio. Alfredo iba y venía haciendo críticas y exigiendo más y más obediencia.

La obsesión por la limpieza que había mostrado desde un principio se había intensificado: le exigía a Paula que se bañara dos o tres veces por día, le olía la ropa para ver si estaba limpia y -cuando se quedaba a dormir con ella la hacía levantarse a mitad de la noche para lavarse los dientes.

Paula vivía agobiada. A las exigencias domésticas y la soledad se les sumaban la incertidumbre y la espera. Pero soportaba todo porque, a esa altura, el trabajo psicológico de Alfredo ya había dado resultado: Paula se sentía inútil, insegura y digna de desprecio. Alfredo era a los ojos de Paula- un hombre admirable que le hacía el inmenso favor de estar con ella. Y como si eso fuera poco, iba apremiar sus mentiras y sus errores domésticos con un viaje a Brasil que ella, era evidente, no merecía.

Yesi había intentado comunicarse con ella por teléfono pero era inútil. Una tarde, sin embargo, Paula la atendió: hacía dos días que Alfredo no iba a la casa y ella ni siquiera tenía dinero para comprarse un paquete de tampones.

Cuando escuchó a Yesi, Paula empezó a llorar. Le ido contó todo pero le prohibió que fuera a visitarla. Su amiga le hizo jurar que ante cualquier problema la llamaría y le prometió que, si dejaba a Alfredo, ella le conseguiría un nuevo trabajo. Por teléfono le dijo que pusiera en orden sus pensamientos y que se diera cuenta de lo obvio: Alfredo era un maniático que la tenía dominada por el terror y jamás se separaría de su esposa. “ Te pega y te abraza. Te deja esperando días enteros. Te va a volver loca. Andate de ahí." Paula cortó.

Al fin, Alfredo volvió con los pasajes. Apenas llegó al departamento, desplegó una serie de mapas y folletos y le fue mostrando los lugares a los que irían.

Anunció excursiones en barco, comidas en restaurantes exclusivos, hoteles "para privilegiados". La besó en la mejilla y le explicó, como a una nena, que en la vida las cosas hay que ganárselas. "Yo te estoy dando todo. Espero que te des cuenta y que respondas."

Un rato después comieron y se fueron a dormir. Él se acostó en la cama desnudo e hizo desnudar a Paula. "Hoy estoy cansado -le dijo-. Hacé todo vos. "

Durante los días siguientes Alfredo no pasó por el departamento. Llamaba por teléfono todas las noches y le explicaba que estaba concretando un negocio Importante.

La noche previa al viaje la llamó temprano y le dijo que recién se verían camino al aeropuerto. Le exigió que tuviera su bolso listo para las seis de la tarde: Él le tocaría el timbre y ella debería bajar rápido: el avión salía a las ocho y no tendrían un minuto que perder.

A Paula le tomó horas preparar su valija. No sabía que qué cosas llevar y qué no, y temía hacer el ridículo. Los anuncios de Alfredo acerca de la exclusividad de los hoteles y restaurantes a los que irían la habían intimidado.

Cuando al fin tuvo todo listo ya era casi de día. Paula se acostó y trató de dormir un rato.

Quince minutos antes de las seis de la tarde, Paula estaba en la cocina sentada aliado del portero eléctrico. Tenía la valija en el piso y la cartera en la mano.

A las seis y diez empezó a llamar a la oficina de Alfredo, pero la secretaria le dijo que su jefe estaba en una reunión fuera de la empresa. A las ocho se metió en la cama, vestida y con zapatos, pensando en Yesi y admitiendo que ella misma, muy en el fondo, sabía que Alfredo no iba a aparecer.

Él Alfredo llegó esa misma noche, a las once, sin dar mayor importancia a su deserción. "Perdóname, Paula, pero estoy con ese negocio que te conté. No pude salir antes. Por ahí nos vamos otro día. “Con el mismo tono cansado le dijo que fuera a la cocina a prepararle algo. Paula se levantó de la cama y lo miró. Esperaba que por lo menos le inventara una buena excusa. Casi al borde del llanto le preguntó por qué no había llamado para avisar. Bostezando, Alfredo cortó toda posibilidad de reproche. "Andá a la cocina y no me rompas las pelotas. “

Mientras preparaba un arroz con atún, Paula se dio cuenta de todo. Alfredo jamás pediría el divorcio y jamás la tomaría en serio. No la quería ni la querría nunca, y si todavía estaba con ella era porque le divertía humillarla.

Comieron juntos y fueron a dormir. Paula estaba en silencio mientras Alfredo explicaba cómo, gracias a su talento innato para los negocios, estaba a punto de abrir cuatro sucursales de la agencia en el interior.

Paula se levantó y dijo que iría a preparar café. Alfredo le repitió las recomendaciones habituales: usar café descafeinado, dos cucharadas chicas de azúcar y un chorro de crema. Y no calentar demasiado el agua.

En la cocina, Paula siguió las instrucciones pero agregó algo más: cuatro pastillas para dormir y un chorro extra de crema, para disimular el sabor amargo.

Las pastillas las tenía de la época en la que trabajaba de bailarina: como le costaba dormirse de día, un médico le había recetado unos somníferos que ella había dejado de usar porque eran demasiado fuertes. De hecho, le producían un sueño tan pesado que, al despertar, tenía la sensación de haberse desmayado.

Cuando volvió al dormitorio, Alfredo estaba acostado viendo una película de acción. Tragó el café en un par de sorbos y le preguntó, distraído, si había cambiado la marca de la crema. Paula le dijo que sí, y se sentó en la cama mirando el televisor. Estaba pensando en sacar la caja del revólver que había en el placards, pero iba a esperar a que el somnífero empezara a hacer efecto.

Unos minutos más tarde, Paula pudo ver cómo Alfredo empezaba a seguir la película con la mirada algo perdida. Cabeceó, muerto de sueño, y se inclinó hacia Paula, agarrándola de un brazo. "Vení para acá y " chupame la pija." Paula negó con la cabeza, despacio. Alfredo se impacientó. "Chupá! ¿O no trabajabas de eso vos.? “En ese mismo momento, Paula cambió la estrategia matadora. Va no iba a pegarle un tiro en el pecho.

Sin dudarlo ni un segundo, fue a la cocina y buscó la tijera para trozar pollo. Volvió y se paró al lado de Alfredo, que la miraba sin darse cuenta de nada. “ Chupá " volvió a repetir, con un hilo de voz. Paula se sentó en la cama y le mostró la tijera con fiereza. "En vez de chupar, voy a hacerte otra cosa “. Y Corto.

Alfredo murió desangrado debido a una mutilación en la zona genital.

Paula fue declarada culpable por homicidio simple y condenada a nueve años de prisión.

Salió en libertad después de estar presa seis años y dos meses.

Volvió a trabajar de bailarina en un cabaret del interior.


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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