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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//31 de Octubre, 2010

Ramona Z. " Justiciera "

por jocharras a las 11:01, en Mujeres Asesinas
Ramona Z. " Justiciera "


Más de una hora estuvo Ramona Z. escondida debajo de su cama, hasta que escuchó los pasos de Mario saliendo de la cocina, el ruido de la puerta de calle y, después, el chi­rrido de las ruedas del auto que se alejaba a toda velocidad. Por las dudas, todavía se quedó unos minutos ahí, acostada en el piso, mirando el colchón que se hundía sobre ella. Al fin se convenció de que estaba sola. Temblando, se incor­poró y caminó descalza por el pasillo hasta salir de la casa. Una vez afuera corrió en dirección a lo de su abuelo, sin llorar, sin pensar, sin gritar, respirando fuerte por la boca. A cada rato miraba hacia atrás, por si alguien la seguía.

En su casa, a pocos metros de la cama que le había ser­vido de escondite, estaban los cadáveres de su madre, Iris, y Mabel, su hermana menor. Las dos habían sido apuñala­das por Mario, el novio de la madre, después de una pelea brutal.

La discusión había empezado en la cocina pero siguió en un pasillo. Cuando Ramona escuchó que los dos se acercaban entre insultos y empujones, tuvo miedo de que Mario la golpeara también a ella, como tantas otras veces. Entonces se ocultó, casi por un acto reflejo. Pero su hermana, que estaba durmiendo en el colchón de dos plazas que compartía con su madre, apenas atinó a levantarse y quedarse parada en un rincón.

Iris había ido al dormitorio para —probablemente — buscar un arma con la que defenderse. Pero antes de que pudiera hacer nada, Mario la empujó contra una pared y le cortó el cuello con una navaja. En el rincón, su hermana menor empezaba a tirarse del pelo y gemir, en un ataque de nervios. Mario, sin decir una palabra, también la degolló.

Ramona contuvo el aliento y se quedó inmóvil, viendo cómo las dos únicas personas en el  mundo a las que quería, se iban desangrando hasta morir. Mientras tanto, Mario había ido a la cocina a lavarse las manos y a terminar parsimoniosamente la botella de vino que había empezado. Antes de irse, además, se preparó un sándwich con las sobras de la cena.

Ramona, con la vista fija en el pasillo, esperaba.

Hacía pocos días había cumplido catorce años.

Al día siguiente del crimen de su madre y de su hermana, Ramona se instaló en la casa de su abuelo Ceferino. No lo quería, pero era su única familia.

Ceferino era viudo y vivía con Matilde, su hermana ciega, que se pasaba la vida tejiendo sacos y bufandas para vender entre los vecinos.

Ramona estaba desolada. Cada noche volvía a soñar con el crimen y cada mañana se lamentaba por no haber intervenido. Estaba profundamente avergonzada por no haber ni siquiera intentado atajar a Mario. Sabía, además, que no se lo iba a perdonar nunca: toda su vida se sentiría una cobarde y una traidora. Su abuelo Ceferino no la ayudaba a mejorar su conciencia: "¿Y no se te ocurrió nada, en el momento, no podías tirarle algo por la cabeza?", le preguntaba, incrédulo, varias veces al día.

Un tiempo después le dijo a su nieta que tenía que empezar a trabajar: sin un sueldo que ayudara a redondear su pobre jubilación, los tres se morirían de hambre. Ramona dejó el colegio secundario y empezó a trabajar en la cocina de una parrilla al paso.

Mientras preparaba ensaladas y fregaba platos, pensaba en las vueltas de su propia vida: sospechaba que no debía existir ninguna persona tan desdichada como ella. Se hundió en la autocompasión y el pesimismo, y decidió abandonar a su abuelo y empezar a vivir en la calle, donde al menos podría empezar a pagar su culpa.

Una vez que tomó la decisión, armó un bolso mínimo con dos o tres mudas de ropa y salió de la casa de su abuelo Ceferino, que estaba durmiendo frente al televisor. Matilde, la tía ciega, le preguntó si iba a volver más tarde. Ramona le dijo que iba a pasar unos días afuera, con una amiga, y que le avisara a su abuelo.

Esa noche tomó un colectivo para ir al pueblo vecino, donde llegó cerca de la medianoche. Se sentó en el cordón de la vereda cerca de una parada de taxis y ahí se quedó, esperando que alguien se le acercara y le hiciera una oferta.

El primero que apareció fue uno de los taxistas. Ramona, que ya había cumplido quince años y parecía de veinte, le sostuvo la mirada. Después de un intercambio de frases prácticas, convinieron el precio y el lugar. Irían al auto de él (que estacionaría en una calle poco transitada) y ella recibiría una tarifa que era el equivalente aproximado a dos comidas en el bar de la estación.

Ramona ya había debutado sexualmente con su primer novio, a los trece años, pero no tenía ninguna experiencia en el mundo de la prostitución. Esa primera noche de trabajo fue penosa. El taxista regateó el precio ya estipulado y le pagó la mitad: a cambio le conseguiría más clientes. Un rato después, todos los taxistas de la parada habían ido con Ramona, que soportaba todo tipo de requerimientos como parte de su trabajo y su condena.

Cuando se hizo de día desayunó en un bar y fue hasta la casa de una amiga que hacía poco se había mudado a ese pueblo y le había ofrecido que fuera a pasar un tiempo con ella. Ahí se quedó casi un año.

Cada jornada laboral reafirmaba en Ramona sus ideas acerca de la crueldad de los hombres. Y cada cliente le parecía un emblema del género masculino: para ella todos eran violentos, miserables, egoístas y mentirosos.

Todos los días pensaba en Mario y lloraba por la muerte de su madre y de su hermana. Sabía que él estaba preso en una cárcel sucia y abarrotada, pero ningún castigo le parecía suficiente.

Una noche, en una habitación de hotel, cuando ya se estaban vistiendo, su cliente le anunció que no le iba a pagar. Empezaron a discutir. Mientras el hombre, medio borracho, le cuestionaba la calidad del servicio, ella escuchaba a Mario gritándole a su madre, a punto de matarla. Alucinada, agarró un enorme cenicero de vidrio y le golpeó la cabeza hasta que el cliente cayó al suelo, ensangrentado.

El hombre terminó en el hospital, con conmoción cerebral y una costura de siete puntos, y ella fue a parar a un instituto de menores.

El abuelo Ceferino fue a buscar a Ramona al instituto casi un año después de que la hubieran internado. Una visitadora social había ido a su casa a contarle lo que había pasado y a pedirle que se la llevara con él y tramitara su custodia. Pero Ceferino estaba indignado. "Si mi nieta es una puta, que se quede en la calle", fue su conclusión.

La visitadora social era una mujer joven que se había recibido hacía muy poco tiempo. Conservaba el impulso por las causas nobles y decidió poner toda su voluntad para convencer al abuelo: le explicaba que si su nieta seguía internada en ese lugar pesadillesco, se convertiría, por fuerza, en una asesina en potencia. Le recordaba entonces que lo que Ramona había visto podía enloquecer a cualquiera. "No tenga dudas", le decía. "Si se queda en el instituto, va a pasar una desgracia. Esa chica no puede seguir sufriendo o va a terminar muy mal".

En el instituto, Ramona llevaba una vida similar a la que ya conocía. Sus compañeras y celadoras recreaban lo que ella había vivido siempre: algunas la maltrataban, otras la cuidaban, algunas eran sus amigas, otras la odiaban. La diferencia era que ya no recibía golpes del novio de la madre sino de una compañera, o que no era humilladla por un cliente sino por alguna de las celadoras. Cada uno de los que la rodeaban le recordaba a alguien de su pasado, y ella sentía que el círculo que era su vida no terminaba de girar sobre sí mismo.

Al fin, Ceferino decidió hacerse cargo de la nieta. Fue a buscarla convencido de que era un error llevarla de vuelta a su casa: para él, Ramona estaría mejor encerrada en un sitio seguro, sin posibilidad de salir a trabajar de puta ni de romperle la cabeza a nadie.

En el camino a la casa no se dijeron gran cosa. Ramona le preguntó por la tía ciega, y Ceferino sobre lo que le daban de comer en el internado. Al llegar a la casa, el abuelo le explicó que las reglas habían cambiado y que ella ya no podría hacer lo que quisiera. Lo habían nombrado tutor de la nieta, y tenía que asumir la plena responsabilidad por su conducta. El hizo todo lo posible por eludir la cuestión pero el juez de menores fue inflexible. Ceferino le trasladó sus dudas a Ramona: "Te dejaron salir pero yo tuve que firmar papeles. Así que cuidado con hacer macanas porque te mando de vuelta al instituto".

Ramona no le dio la menor importancia a la amenaza. Desde la muerte de la madre y de la hermana, su vida transcurría entre desastre y desastre. Por mucho que lo pensara, no sabía qué cosa era peor: la casa del abuelo, la calle, el trabajo de puta o el internado.

Ceferino empezó a mirar a la nieta con reprobación: le parecía que tendría enormes dificultades para reformar su conducta. Para evitar problemas, había decidido que Ramona no podría salir sola de la casa después de las nueve de la noche. Durante el día se entrenaría como ama de casa y ayudaría a la parienta ciega, y después tendría que irse a dormir.

Ramona acató las órdenes de su abuelo sin chistar pero de mala gana. Nunca lo había querido, pero la convivencia le hizo perder la poca simpatía que sentía por él.

La visitadora social, Pilar, seguía yendo a la casa una vez al mes, y se quedaba siempre un buen rato con Ramona. Y Ramona, que la admiraba y creía en sus buenas intenciones, le contaba cómo iba transcurriendo su vida: se aburría brutalmente, quería estudiar pero su abuelo no se lo permitía, no tenía momentos de alegría de ninguna clase y evitaba dormir por las noches porque casi siempre tenía pesadillas: apenas cerraba los ojos veía a Mario rebanándoles el cuello a su madre y a su hermana.

Una vez Pilar le preguntó si había pensado cuál sería su reacción si se cruzara en la calle con el asesino. Ramona vaciló. "Y... por ahí trataría de matarlo". Después se quedó un rato callada, como evaluando su propia respuesta, y preguntó a su vez: "¿Cómo se hace para no matar cuando uno está queriendo matar? Porque el problema es ése".

Con el tiempo, Ceferino fue aflojando los controles a la nieta. Primero le permitió ir al colegio secundario y un tiempo después ya la autorizaba para salir de noche con amigas del barrio.

Había aparecido también el primer novio de Ramona, que hacía intentos obvios para que volvieran a estar juntos. Pero Ramona había perdido la confianza en los hombres y temía no recuperarla nunca. Una tarde fueron al cine y terminaron en un hotel. Ramona se dio cuenta de que todas las actitudes masculinas de su ex novio le resultaban chocantes y le generaban un sentimiento hostil y violento. No había una gran diferencia entre lo que estaba sintiendo en ese momento y lo que había sentido con sus clientes, cuando trabajaba de puta.

Se lo contó a Pilar. "Me parece que no voy a poder estar de novia nunca más. Lo único que aguanto es ir con clientes, y si no son clientes me traumo", explicó, tropezando con las palabras. Pilar le recomendó un psiquiatra pero ella se negó. "No quiero ir a ver a nadie. Me voy a curar sola".

Una noche, a la vuelta del colegio, fue a la estación de trenes y se quedó ahí, en clara actitud de levante. Un rato antes se había enterado, por Pilar, de que Mario había sido trasladado a una cárcel modelo, que estudiaba computación y que tenía una conducta ejemplar. Muerta de rabia, le dijo al abuelo Ceferino que tenía que salir a encontrarse con unas compañeras. En realidad fue a buscar clientes, como en los viejos tiempos. Encontró a un gordito lleno de anillos y cadenas que la llevó a un hotel. Se pasaron buena parte del tiempo tomando cocaína y después fueron a bailar. Ramona estaba exaltadísima: se paró arriba de una mesa y se puso a bailar y a cantar a los gritos. El gordito que estaba con ella la dejó sola y Ramona terminó la noche en otro hotel, con otro hombre, a quien le reclamó más cocaína. Como el cliente nuevo no tenía, empezó a agredirlo y se trenzaron en una pelea salvaje. Cuando recibió el primer cachetazo, Ramona se transformó: le dio un rodillazo en el estómago a su compañero, lo tiró al suelo, se le subió encima, lo agarró de los pelos y empezó a golpearle la cabeza contra el piso. Por su parte, ella recibió una trompada que le descolocó la mandíbula.

Ya en la casa de su abuelo, Ramona se dio cuenta de que si hubiera tenido más aguante físico, habría matado al segundo cliente sin sentir culpa ni compasión. Volvió a recordar el crimen de su madre y pensó que, a esa altura, ella misma sería perfectamente capaz de rebanar un cuello.

Cuando Pilar volvió para hacerle su habitual visita mensual, Ramona le dijo que lo había pensado con calma y había decidido ir a ver al psiquiatra que le había ofrecido la otra vez. "No es por nada, no creas. Es que me da curiosidad", justificó.

A medida que pasaba el tiempo, Ramona se volvía más violenta e ingobernable. La hermana ciega del abuelo había muerto, y en la casa quedaban Ramona y Ceferino detestándose a conciencia.

Las sesiones con el psiquiatra no habían curado nada: Ramona no quería hablar sobre su infancia ni sobre sus sueños ni sobre su futuro, y menos todavía escuchar interpretaciones ridículas sobre su propia vida.

Para cuando Ramona había cumplido veinte años, su abuelo no tenía el menor control sobre ella. Muchas veces, cuando él intentaba darle órdenes, ella respondía a los golpes. El hombre, ya viejo y gastado, no podía hacer nada para defenderse.

Ramona había empezado a trabajar en un bar, como moza, aunque seguía conservando algunos clientes fijos para llevar a la cama: así, conseguía dinero rápido y cocaína.

Pilar, en sus visitas cada vez más espaciadas, advertía el descontrol de Ramona, pero se enteraba de la mitad de las cosas. No podía hacer más que hablarle, mientras Ramona la escuchaba con una sonrisa sobradora que la asustaba. 'Yo sé que vos estás sufriendo, por eso te quiero ayudar", le decía Pilar, impotente. Todo era inútil: Ramona no quería ayuda. Lo único que quería era vengarse de Mario y sacarse de encima la culpa por no haber defendido a su familia.

Una mañana apareció Pilar con gesto serio. Buscaba a Ramona para darle la noticia de que Mario había salido en libertad. Se lo dijo de golpe, sin preámbulos, asustada por la reacción que podría provocarle. Ramona escuchó sin ninguna sorpresa e hizo la cuenta. "Seis años preso, mirá qué bien", comentó.

Antes de irse, Pilar buscó al abuelo Ceferino y le pidió que controlara a su nieta al menos por unos cuantos días.

Ceferino fue claro: "No puedo hacer nada: ella tiene más fuerza que yo. Y además, si quiere matar a ese hijo de puta, le doy la razón".

Pilar estaba segura de que el sentido común de Mario iba a impedir una tragedia: si conservaba algo de cordura, el hombre no iría a vivir al mismo pueblo donde podía encontrarse con la familia de sus víctimas. Ramona, en cambio, estaba segura de lo contrario: lo primero que haría Mario sería instalarse en la casa donde vivía antes, junto a sus hermanos. Fue lo que pasó.

Esa noche Ramona fue a trabajar al bar más temprano que de costumbre. Los nervios no le permitían quedarse tranquila en la casa. Antes de irse le preparó un plato de comida al abuelo. Ceferino, inquieto, le preguntó si no pensaba hacer nada en relación a Mario. "Por lo menos podrías ir a insultarlo", le sugirió, mientras masticaba su comida con los pocos dientes que le quedaban. Ella no le contestó nada y salió.

Por supuesto, la liberación de Mario no tomó por sorpresa a Ramona, que venía esperando ese momento desde hacía tiempo. De hecho, unos meses antes había conseguido que un cliente le vendiera un revólver usado, que ella guardaba en el cajón de su ropa interior.

Mientras iba caminando hacia el bar, empezó a imaginarse a Mario en libertad. La idea de que el asesino de su madre y su hermana anduviera suelto le resultaba imposible de tolerar. Advertía también que, contrariamente a lo que todos le decían, el tiempo no la había apaciguado: cada vez que recordaba el momento del crimen sentía la misma angustia que cuando estaba debajo de la cama viéndolo todo. Y cada vez que pensaba en Mario sentía el mismo impulso de venganza.

Durante casi dos meses Ramona esperó que Mario apareciera en el bar: lo creía tan perverso y audaz que estaba convencida de que iría a provocarla. Pero esta vez se había equivocado. Cansada de esperar, anunció en el trabajo que se tomaba unos días para cuidar al abuelo enfermo y fue a buscar a Mario a la casa de sus hermanos. Iría todas las veces que fuera necesario.

La casa estaba en una calle de tierra paralela a las vías. A un lado había un almacén y al otro un baldío. Como no quería ser vista, empezó a ir de noche para esperarlo.

La primera noche ella había llegado cerca de las nueve y se había parado del otro lado de las vías, en un descampado. Vio que un hombre mayor, que debía ser el hermano de Mario, entraba con dos cajas de pizzas. Otro hombre, acaso un amigo, lo acompañaba. Más tarde salió la madre y estuvo un buen rato afuera dándoles de comer a los gatos.

La segunda noche tampoco apareció Mario. Ramona, inmóvil, esperó hasta pasada la medianoche y volvió a su casa. En la tercera noche lo vio. Eran las diez y media cuando él llegó de pronto, caminando rápido. Abrió la puerta y en un instante ya estaba adentro de su casa. Ramona no atinó a nada. Tampoco lo había reconocido al primer vistazo: estaba más viejo, más pelado, más gordo.

Ramona se sentó en el suelo, temblando. Agarró el revólver y lo apretó tanto que se le acalambraron los dedos. Cuando escuchó que unos perros peleaban cerca suyo, se levantó y miró la hora: eran casi las once. Decidió volver a su casa. Lo que tenía que hacer lo haría más tarde o más temprano.

Esa noche volvió a tener pesadillas. A la mañana se despertó sobresaltada, recriminándose su falta de reflejos.

Se quedó todo el día con su abuelo Ceferino: quería preguntarle todos los detalles sobre la vida de su madre. El abuelo le recordó lo que ella ya sabía y agregó nuevos datos. Pasaron horas hablando hasta que Ramona se vistió, anunció que iría a trabajar y salió a buscar a Mario. Pero esa vez no lo esperó del otro lado de las vías sino agazapada en el baldío, entre unos yuyos resecos que le pinchaban la cara.

A las diez de la noche lo vio llegar. En ese momento ella salió y corrió hacia él, que estaba poniendo la llave en la cerradura.

Cuando Mario escuchó a alguien que corría tras él, se dio vuelta y vio a Ramona, apuntándole con el revólver. Mario intentó abrir la puerta desesperadamente pero mientras estaba luchando con la cerradura recibió el primer tiro en la espalda, a la altura de los riñones. La puerta se abrió cuando Mario estaba cayendo al piso. Recibió cuatro disparos más, el último en la cabeza.

Ramona, que acababa de cumplir veintiún años, se entregó a la policía. Fue condenada a siete años de prisión.

Cuando Pilar, la visitadora social, fue a verla a la comisaría donde había quedado detenida después del crimen, Ramona la abrazó llorando. "Me olvidé. Me olvidé de decirle que era yo. Él se debe haber muerto sin saber que fui yo, y ahora ya no puedo hacer nada. Pero por lo menos mi mamá y mi hermana sí deben saber".


Fuente :

Libro Mujeres Asesinas , de Marisa Grinstein, archivado en la Biblioteca Municipal " ALMAFUERTE " - Ciudad de Arroyito (cba)

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