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Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
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Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

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//10 de Noviembre, 2010

CAPÍTULO XII Milena

por jocharras a las 10:02, en La Marca de la Bestia

CAPÍTULO XII

Milena

 

Llegué a Córdoba desde Jujuy hace cuatro años, cuando tenía 19 a estudiar psicología en la Universidad Nacional. Ya conocía la ciudad bastante bien porque mis dos hermanos estaban estudiando acá. Al principio fue muy difícil estar lejos de mi mamá, soy muy apegada a ella, extrañaba y lloraba todo el tiempo. No me ubicaba en la ciudad, ni me animaba a ir sola a ningún lado. Pero me hizo bien cortar un poco ese lazo, y de a poco me fui soltando, sintiéndome feliz en mi nuevo lugar. Vivía en Nueva Córdoba, compartiendo un departamento con dos amigas que ¡legaron conmigo. Cursaba Psicología por la mañana, almorzaba en casa y por la tarde me reunía con compañeras a tomar mate, a estudiar, a charlar. Siem­pre me encantó pasar tiempo con amigas. También iba a bailar, los viernes y sábados... ¡soy muy salidora!

 

Milena tiene un rostro fresco, que denota que aún no pasó los 25. La nariz respingada y la ausencia total de maquillaje acentúan el aura angelical de su expresión. La piel es blanca, el pelo casta­ño y enrulado, y lo lleva más bien corto. Aunque es menudita -no supera el 1,65 metro-, tiene una silueta de curvas generosas, bien femeninas. El tono de su voz es suave y sigue con armonía la caden­cia de un acento norteño. Es muy fácil imaginarla carpetas en mano, caminando entre risas con un grupo de compañeras por las calles del barrio de Nueva Córdoba, mezclada entre algunos de los más de seis mil estudiantes universitarios que allí viven. Gran parte del caudal de jóvenes que cada año llega a la ciudad para estudiar en la Universidad Nacional de Córdoba, elige instalarse en ese ba­rrio, el más cercano a la institución.

Durante mi primer año en Córdoba pasé por varios cambios. Dejé de vivir con mis amigas y me mudé con mis dos hermanos

 

-los dos son mayores que yo- a otro departamento en Nueva Córdoba. También descubrí que Psicología no era lo mío.

 

Era el verano de 2003, estaba de vacaciones y pensando cómo seguir, qué hacer. Había buscado información sobre Recursos Humanos, la carrera que más tarde terminé eligiendo. Luego de pasar todo enero en Jujuy, volví el 15 de febrero a Córdoba. Días después, la noche del jueves 27 de ese mes, estaba en casa con unas amigas charlando, y decidimos salir a dar una vuelta. Uno de mis hermanos pensaba acompañarnos, pero a último momento prefirió quedarse con la novia en casa. Éramos cuatro chicas, salimos temprano, alrededor de las 22.30 ó 23, y caminamos rumbo a La Cañada.

 

Detrás de la expresión seria con que relata los acontecimien­tos de aquel verano, se adivina la alegría sanamente despreocupa­da con la que ese jueves se abría paso en el bullicio de los bares que se suceden sobre la calle Marcelo T. De Alvear, paralela al arroyo encausado conocido como La Cañada, una marca registrada de la ciudad de Córdoba y que parte al centro en dos. Especie de costanera pero sin mar donde los fines de semana se aglutina gran parte de los estudiantes que residen en el área.

Estuvimos un rato allí, pero pronto decidimos regresar a la zona de la Rondeau, ya eran más de las 12 de la noche. Una de mis amigas desistió del plan, y quedamos tres, caminando hacia Nueva Córdoba. íbamos por Rondeau, había poca luz pero una buena cantidad de gente. Sobre la vereda opuesta un bar estaba abierto y con mesas ocupadas. Siempre fui algo miedosa y por eso suelo caminar fijándo­me en si pasa algo raro, pero esa noche no vi nada. Fue en un segun­do: justo al llegar a la esquina de Independencia, me agaché para acomodarme un zapato, y cuando me incorporé tenía al tipo encima. Me sujetó por detrás, apuntándome con una pistola, y dijo: "¡Callate!". "No digan nada -les ordenó a mis amigas- o la mato".

 

Aunque era pleno verano usaba un gorro, una campera inflable y llevaba una mochila. Con la campera se tapaba la pistola con que me apuntaba a la cintura, y con la otra mano me rodeaba y me decía que lo abrace como si fuera mi novio. Yo no podía reaccio­nar, el miedo me paralizó. No podía hablar, transpiraba frío. El tipo casi no hablaba, me decía que no dijera nada o me mataba. Y a las chicas les repetía que si salían corriendo, me mataba a mí. Empezamos a caminar hacia arriba por Independencia y nos orde­nó que le diéramos todo lo que teníamos. Yo le entregué los únicos siete pesos que llevaba y a mis amigas les dijo que le dieran la plata más adelante. Avanzábamos por esa calle... ¡había tanta gen­te! En un momento escucho que me dicen: "¡Mile!". Era un amigo que me saludaba. Debe haber notado algo anormal en mi cara o en la situación, porque se quedó mirando extrañado, pero nadie atinó a hacer nada.

 

Alrededor de 70 bares, restaurantes y discotecas funcionan en Nueva Córdoba, en un área que apenas supera las 40 manzanas. La sorprendente concentración de oferta nocturna tiene su epicentro en las calles por las que Milena y sus amigas fueron conducidas aquella noche. Cuando cae el sol, cientos de jóvenes cruzan de ba­res a boliches y desdibujan los límites entre veredas y calles -como Rondeau o Independencia - tomando cerveza y escuchando música hasta la madrugada. El movimiento cesa un poco durante el vera­no, con la emigración masiva de inquilinos que pasan las vacaciones en sus ciudades de origen. En febrero, la mayor parte de ellos ya está de regreso: hay turnos de examen y cursillos de ingreso que atender. Eso se notaba en el bullicio de aquella noche del 27.

Caminando, llegamos a la avenida Hipólito Irigoyen y el tipo nos hizo seguir en dirección al Parque Sarmiento. Hasta ese mo­mento casi no había hablado, solamente nos había pedido que le obedeciéramos y nos había dicho que no nos preocupáramos, que no iba a lastimarnos. Pero cuando avanzábamos por esa calle, les pidió a las chicas que caminen más adelante y empezó a hacerme preguntas: que dónde vivía, que a dónde iba, quién me esperaba, cómo me llamaba... Yo le contestaba "sí", "no", "sí", "no", y no le decía nada. Entonces empezó a decirme asquerosidades, cosas obs­cenas, me preguntaba si mis amigas habían tenido relaciones sexua­les. Quizá estaba drogado, porque también hacía preguntas sin sen­tido, como por qué calle íbamos, o en qué lugar estábamos. Era como si se hiciera el tonto, el que no conocía el lugar. Empezó a manosearme y ahí me di cuenta de que nos llevaba a algún lugar con otras intenciones más que robarnos. Las chicas caminaban como unos tres metros adelante, ellas creían que sólo planeaba asaltar­nos, pero yo no podía avisarles nada y él me alejaba de ellas. Aho­ra pienso que tenía toda la intención de que salieran corriendo y quedarse sólo conmigo, pero mis amigas se quedaron, no me deja­ron. Caminando, nos hizo meter al Parque Sarmiento.

 

La geografía de las 64 Hectáreas del mayor espacio verde de la ciudad de Córdoba combina una avenida central (la avenida del Dante) bien iluminada y transitada -sobre todo en verano- con de­cenas de rincones que la vegetación y la falta de luz vuelven manchones negros por la noche. Muchos de ellos están en torno al lago ubicado en el ombligo del parque, y en una de las dos islas que se levantan en su interior, un área a no más de 20 metros de la calle y de las veredas más concurridas del Sarmiento.

 

"No se preocupen, que les saco las cosas y las dejo", nos dijo cuando entramos al parque. ¡Estaba tan oscuro! Yo nunca había ido antes, así que no tenía idea de dónde estaba. Nos llevó atrás de un árbol, junto al lago. El tronco era ancho y como en forma de ele, desde allí podíamos ver la calle y la gente que pasaba por ahí, pero estaba tan oscuro que nadie nos veía. Sólo había una parejita sen­tada cerca, frente a nosotros, creo que sí alcanzaba a vernos... La verdad es que no entiendo qué habrán pensado que estábamos ha­ciendo allí como para no hacer nada, no intervenir, porque noso­tras llorábamos y gritábamos.

 

Entonces pasó lo más espantoso. "Bueno, ahora una por una me van chupar la pija", nos dijo, y yo tuve la sensación más fea de mi vida. El mundo, no sé... No, no... yo no entendía nada, era algo como irreal, algo que no me estaba pasando a mí. Como si fuera una película.

 

Las tres le rogábamos: "No, no, por favor", y él nos insultaba: "Hijas de puta", repetía. A mí me hizo sacar toda la ropa, y a mis dos amigas las hizo desnudar de la cintura para arriba. Nos arrodi­llamos, nos dimos la mano, llorando, temblando. Yo rezaba y reza­ba. El nos repetía que no le miráramos la cara. No sé por qué, pero el tipo se había obsesionado conmigo. Quizá me vio más vulnerable o le gusté más, qué sé yo. Me decía que me iba a llevar a otro lugar y me iba a violar. Empecé a desesperarme y sentí que prefería morirme antes de que me hiciera eso. Lloraba y le rogaba: "No, por favor, estoy descompuesta". El se puso nervioso al verme así y me arrastró por el suelo llevándome del pelo. Después me dijo que me tranquilizara, que no me iba a pasar nada.

 

Me manoseaba todo el cuerpo. Yo nunca había tenido relaciones sexuales, entonces no sabía cómo actuar, qué hacer, cómo hacer lo que decía. En un momento les dijo a mis amigas que si alguna no le hacía sexo oral y se tragaba su semen, me violaba a mí, entonces una de mis amigas aceptó hacerlo. En esas situaciones te das cuenta hasta qué punto los amigos pueden sufrir por vos, para protegerte.

 

Yo no lo miraba, él no quería que le viéramos la cara y yo no lo miraba, sólo una de las chicas lo veía a la cara. Nos insultaba, nos decía y hacía hacer cosas asquerosas. Tenía mal olor. Fue espanto­so todo, estar arrodillada, desnuda, llorando y escuchar a tus ami­gas dando arcadas detrás. Yo no sabía si iba a vivir más allá de esa noche, si no me mataba ahí. Llegó un punto donde dejé de sentir que me tocaba, era como si lo que estuviera pasando no me pasara a mí, Como si yo viera desde afuera la situación. Sentí eso que dice mucha gente que le pasó porque estuvo cerca de morirse: por mi cabeza pasó mi vida como en una película, mi mamá, mis herma­nos, mi familia. En un momento se vistió como para irse, pero se arrepintió y volvió a sacarse la ropa. Fueron como dos horas las que nos tuvo allí.

A continuación se transcribe la descripción de la ejecución del abuso sufrido por Milena y sus amigas, ocurrido el jueves 27 de febrero de 2003, tal como figura en el expediente judicial de la causa denominada "violador serial", extraído del Protocolo de aná­lisis operativo realizado por la Policía Judicial de Córdoba, en co­laboración con investigadores de la Policía Federal de Alemania (BKA, según su sigla).

"Una de las víctimas se encontraba sometida al poder inmedia­to del autor del hecho y, durante todo el tiempo era manoseada por él. Le preguntaba qué edad tenía, si era virgen y si las otras dos chicas ya habían tenido relaciones sexuales. Le preguntó también si le gustaría que él la 'cogiera' a ella y a las otras dos jóvenes. Luego que arribó a la isla del parque, él se desnudó. Luego obligó a las tres víctimas a que se arrodillasen mirando al lago y se desnu­daran de la cintura hacia arriba. Las tres víctimas siguieron las indicaciones del sujeto y se sacaron la ropa señalada. El autor del hecho se encontraba entonces desnudo detrás de las chicas y les ordenó que una tras otra 'se la chuparan'. Las víctimas le pidieron que no les exigiera eso. El autor del hecho las amenazó con un tiro si las víctimas no hacían lo que él les decía. El autor tomó a las tres mujeres de los cabellos y las forzó a inclinarse hacia el suelo para que no pudiesen verlo. Entonces, a la muchacha que había tenido sujetada en el trayecto al lago, le ordenó que se desnudara comple­tamente y le anunció que quería violarla. Mientras tanto la forzaba a que le hiciera sexo oral y la manoseaba por todo el cuerpo. Des­pués de obligar a las tres víctimas a sexo oral, les preguntó cuál tragaría su eyaculación. Las víctimas se negaron, ante lo cual el autor del hecho les dijo que si no podían decidirse, entonces viola­ría a la joven que tuvo bajo su poder durante el trayecto hasta allí. Una de las víctimas se declaró dispuesta a acceder a sus deseos, si él, después de eso, las liberaba.

 

"El autor eyaculó en la boca de la víctima y ésta tragó su se­men. Entonces el autor del hecho exigió que las jóvenes se dieran vuelta mientras él se vestía. Mientras tanto seguía manoseando a una de las víctimas. El sujeto volvió a desvestirse y ordenó a una de las víctimas a que se sentara en sus rodillas, a fin de poder penetrarla. La víctima le pidió que no lo hiciera, a lo cual el sujeto la obligó a que le hiciera sexo oral. (...) sometió a dos de las víctimas a sexo oral. Eyaculó nuevamente en la boca de ambas mujeres. Entonces les indicó a las víctimas que se pusieron de espalda para poder vestirse".

Cuando terminó, nos dijo que esperáramos 10 minutos a partir de que él se fuera, para irnos. Dijo que si no le hacíamos caso, nos mataría. Estábamos tan asustadas que esperamos. No entendíamos qué nos había pasado. Llorando, empecé a buscar mi ropa en la oscuridad. Temblaba, estaba llena de tierra, de barro, sucia. Sen­tía tanto asco. Tomamos un taxi y fuimos a mi casa. Cuando llega­mos, eran como las 2 y estaba mi hermano solo. Él no entendía nada cuando aparecimos las tres desesperadas, llorando, sucias. Lo primero que hicimos fue vomitar, todavía teníamos el olor del tipo encima. Yo me bañé, quería limpiarme todo eso. Mi hermano estaba desesperado por salir a matarlo. Pensamos en ir a buscar a mi otro hermano, que estaba en su casa, pero el que estaba conmi­go pensó que era mejor no despertarlo con todo eso. Con las chicas nos quedamos hasta tarde, hablando, llorando, tratando de enten­der, de asimilar lo que nos había pasado.

 

Después de varias horas ellas se fueron y me acosté a dormir, pero no pude. Lloré toda la noche. Al otro día cuando mi hermano mayor supo, me dijo que íbamos a ir a hacer la denuncia en ese momento. Llamó a una oficial que vino a casa y nos dijo que tenía­mos que ir a la Jefatura de Policía.

A pesar de que los rasgos físicos emparentan a Milena con la fragilidad, cuando comienza a hablar salen a la luz su determina­ción y su fortaleza. Es valiente y se le nota.

 

Sólo al revisar los detalles más sórdidos del infierno de dos horas que vivió ese jueves, la emoción le gana la garganta entrecortándole las palabras y le humedece los ojos. Pero no se permite romper en llanto, ni deja de relatar lo que vivió una vez en el mundo real y otras miles de veces en recuerdos que quedaron como una marca en su memoria.

En la Jefatura de Policía me recibieron unos oficiales que me mostraron un mapa y me explicaron que ellos estaban siguiendo a un violador serial, que atacaba aquí y allá, y que actuaba de ésta y aquella forma. Entonces empezaron a decirme qué debería haber hecho yo cuando el tipo me agarró, porque él "no hubiese dispara­do con la pistola" por esto y aquello. "En ese caso hay que correr", me decían. Yo me sentía tan mal, tan culpable. Llena de tanta, tanta vergüenza. Es impresionante la vergüenza que se siente. To­dos los policías eran hombres, estuve un rato largo ahí.

 

Después pasé sola a una habitación en la que un oficial me tomó declaración. Escribía de costado a mí, en una máquina, sin mirarme, y repetía lo que yo decía. "Entonces me hizo sacar la ropa", "y me tocó así". Sólo me miró cuando me preguntó si el tipo me había penetrado y yo respondí que no.

 

-¿No te penetró?

 

-No -dije de nuevo.

 

-¿Segura?

 

-Sí -repetí.

Era como si no me creyera. Le conté todo y después lo escuché de nuevo, cuando me leyó toda la declaración.

 

De allí pasé a otra habitación donde había dos médicos senta­dos en un escritorio. Me dijeron que me sacara la ropa, que me diera vuelta, "ahora ponéte así", "ahora así" me pedían sin tocarme. "¡Cómo te vas a bañar!", me reprocharon. Con un hisopo, me tomaron muestras de saliva para analizarla, buscando restos de semen. Yo no podía dejar de pensar en lo irreal que era todo, la noche anterior me vestía para salir con mis amigas y ahora tenía ese hisopo en la boca. "Ahora tenés que hacerte el análisis del Sida y la revisación por otras enfermedades, pero no sé qué resul­tado dará porque pasó ese tiempo, y bla bla bla...", repetían los médicos, como aleccionándome. "Pobrecita, ¿cuántos años tenés? ¡Cómo no fuiste al hospital!". Lo que no me explicaron claramente fue dónde atenderme y qué hacer por mi salud. Tampoco me ofre­cieron ayuda psicológica de ningún tipo.

 

Estuve en la Jefatura de Policía desde las 14 hasta las 22.30, más o menos. Todo el trato fue tan frío... No me dieron una taza de café, nadie me preguntó cómo me sentía y yo necesitaba tanto que me preguntaran eso. Sentía tanta vergüenza, tanta soledad y de­samparo. Cuando salí, estaba muy cansada, fue tan humillante pa­sar por eso de nuevo.

 

No volví a tener noticias de la Policía hasta dos meses después, cuando me llamaron para hacer una declaración. Después de eso, no se volvieron a comunicar conmigo.

 

"Re victimización o victimización secundaria" es la forma en que se tipifica desde la Psicología el efecto que tiene para una víctima revivir, al revisar para sí y relatar a terceros, el ataque del que fue blanco. Como éste es un costo inevitable de todo proceso de denuncia, los especialistas aconsejan disminuir los factores que intensifican la sensación de culpa, vergüenza y humillación de la persona que lo protagoniza. En el caso de una mujer violada, las recomendaciones que hacen pueden deducirse desde el sentido co­mún: que sean mujeres quienes le tomen declaración y la guíen en el proceso de denuncia, y personal policial con entrenamiento jurí­dico pero a la vez formación suficiente como para contenerla el que trate con ella. Los mismos criterios pueden aplicarse al exa­men médico-forense.

Al otro día fui al Hospital San Roque, me llevó mi hermano que es médico. Allí me atendió un doctor que había recibido a otras chicas víctimas de violaciones, fue muy amable, me explicó todo. Cuando me tomaron la muestra de sangre para el análisis del Sida, pensaba ¿qué hago yo haciéndome este análisis? Aún no podía creer lo que me pasaba. El médico me tranquilizó, me dijo que era muy poco probable que estuviera contagiada. También me pusieron la vacuna contra la Hepatitis B. Yo fui al hospital gracias a mi herma­no y una amiga, que me guiaron y acompañaron. Pero una de las chicas prefirió no atenderse.

 

Sida, Hepatitis B, Sífilis, Blenorragia, infecciones por clamidia, infecciones por tricomonas, herpes virus, molusco contagioso y escabiosis; son algunas de las enfermedades que una mujer violada puede contraer a partir del contacto sexual y el intercambio de fluidos con su atacante. Si la víctima no es revisada y sometida a una batería de análisis que permita la detección precoz de estas patologías y su tratamiento, algunas pueden resultar mortales -tal es el caso del Sida o la Hepatitis B- o generar efectos permanentes -como la esterilidad, producto de la infección pelviana aguda.

Los días posteriores a todo eso fueron muy difíciles. Me fui a Jujuy porque me sentía la persona más sola y desamparada del mundo. Mis padres no supieron muy bien cómo reaccionar, es difí­cil para las familias aceptar algo así, tener claro qué hacer. Mi mamá se largó a llorar cuando me vio y yo me sentí peor. "Bueno, no le contemos a nadie, hay que olvidarse", dijo. Fue tan difícil para mí contarles a mis padres lo que había pasado, me sentía cul­pable, pensaba en por qué me había pasado a mí. Quizá por cómo me vestía, o porque soy tetona, o porque hice algo que no debí. Estaba segura de que nadie me iba a querer, de que ningún hombre iba a querer estar conmigo.

 

Aunque mi mamá no supo bien cómo acompañarme, era la per­sona que yo más necesitaba en el mundo. Pero mucha otra gente sí me acompañó: mis hermanos, mis amigos... Yo sentía muchas ma­nos en mi espalda que me sostenían y me decían: "No te caigas, tenés que seguir adelante".

 

Cuando regresé a Córdoba, no quería salir a la calle y tenía miedo de todo. Encima el tipo estaba libre y yo no sabía si él podía encontrarme. No salía nunca sola y me ponía muy mal cuando leía algo sobre él o cuando me enteraba de que le había hecho a otra chica lo que me hizo a mí.

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