Blog gratis
Reportar
Editar
¡Crea tu blog!
Compartir
¡Sorpréndeme!
Hombres y Mujeres Asesinos
Blog dedicado especialmente a lecturas sobre Casos reales, de hombres y Mujeres asesinos en el ámbito mundial.
Al margen
Información
Este Blog, no es de carácter científico, pero si busca seriedad en el desarrollo de los temas.

Está totalmente dirigido a los amantes del género. Espero que todos aquellos interesados en el tema del asesinato serial encuentren lo que buscan en este blog, el mismo se ha hecho con fines únicamente de conocimiento y desarrollo del tema, y no existe ninguna otra animosidad al respecto.

El administrador.
Sobre mí
FOTO

Jorge Omar Charras

ajedrez, informatica, casos reales, policiales etc.

Ver perfil

Enlaces
Camada 30
Policía de Córdoba
Calendario
Ver mes anterior Noviembre 2018 Ver mes siguiente
DOLUMAMIJUVISA
123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930
Buscador
Blog   Web
Se comenta...
» Marta Bogado
8 Comentarios: Oscar Abraham Ortega Sandoval, Oscar Abraham Ortega Sandoval, Develador, [...] ...
» Perla B. "Cocinera "
4 Comentarios: MARY, MARY, mary, [...]
» Gloria B. " Despiadada "
1 Comentario: Débora Carranza
» Tipos de asesinos en serie
6 Comentarios: PABLO, CAMILO, pablo, [...] ...
» El asesinato múltiple antes de 1900
1 Comentario: Fernando
Tópicos
Caso Lorena Ahuban (5)
Hombres Asesinos (96)
Informacion (12)
La Marca de la Bestia (24)
Mujeres Asesinas (45)
Parejas Asesinas (6)
Más leídos
Ana D. - Mujer corrosiva
Ana María Gómez Tejerina
Elvira R. " Madre Abnegada "
Emilia Basil
Jerry Brudos
José María Manuel Pablo De La Cruz Jarabo Pérez Morris
Juana, Nina y Yolanda
Margarita Herlein
Nélida B. " Tóxica "
Perla B. "Cocinera "
Secciones
Inicio
Contacto
Marcadores flenk
Feed
//11 de Noviembre, 2010

CAPÍTULO XV Mirando hacia otro lado

por jocharras a las 16:33, en La Marca de la Bestia

CAPÍTULO XV

Mirando hacia otro lado

Boliviano

-Dale flaco. Me hace falta que hagas memoria rápido, porque no tenemos mucho tiempo. Quiero que me digas cómo era el tipo ese que viste en la calle. Pensá bien, hacé memoria y describímelo. Cómo eran sus ojos, el pelo, la nariz, la boca... En fin, cómo era el rostro.

En una asfixiante oficina del área de Investigaciones, en la Jefatura de Policía, un par de detectives policiales y un retratista de la Policía Judicial dialogaban con Javier, un joven de no más de 25 años. El muchacho fumaba aceleradamente, se tomaba la cabe­za, se mordía los labios, miraba para arriba, miraba para abajo.

Pocas horas atrás, mientras caminaba de noche por la avenida Estrada, pleno barrio Nueva Córdoba, el joven se había cruzado con la novia de su mejor amigo, quien caminaba abrazada por un sujeto al que no conocía. Al pasar frente a ellos, la chica lo había mirado desesperadamente a los ojos. Pero Javier no dijo nada y clavó la mirada en el otro hombre, mientras insultaba para sus adentros. "¡Mírala a esta hija de puta! Lo está gorreando a mi me­jor amigo y tiene la caradurez de pasar al lado mío y mirarme a los ojos, como si nada. ¡Es una turra!", pensó Javier que sólo había visto a la chica en un par de oportunidades anteriores.

Esa misma noche, el muchacho se enteraría de boca de la pro­pia novia de su mejor amigo, que había sido llevada a un descam­pado por un delincuente que al final la terminó violando.

Hasta la actualidad, Javier no se perdona no haber hecho nada por salvarla.

 El joven se ofreció como testigo en la Policía y algunos investigadores se mostraron muy interesados en su relato. Es que hasta ese entonces, prácticamente ninguna víctima del violador serial lo había visto directamente a la cara y podía dar una descripción cla­ra y precisa de su fisonomía.

 Javier miró al violador un par de segundos y grabó ese rostro en su memoria. Ahora, los investigadores querían que se lo contase al retratista, a fin de confeccionar un identikit.

 -¿Pensaste bien, flaco? Empezá a contarme- dijo el hombre que sostenía un block de papel tamaño A4 y un lápiz de color negro.

 -Bueno, era un tipo morocho...

 -¿Negro?

 -Morochito, como si fuera un boliviano, un salteño. Tenía la cara redonda y era de tez media oscura

 -¿Y los ojos?

 -Eran negros, oscuros, medio achinados...

 -La nariz, ¿cómo era?

 -Era medio chata, como los boxeadores.

 -¿Cómo era la boca? Era fina, gruesa, carnosa...

 -Carnosa, eso, era carnosa. Tenía labios grandes.

 -Decime, cómo tenía el pelo.

 -Corto, peinado para un costado, creo. No me acuerdo bien...

Esa misma tarde de agosto de 2003, el identikit del violador serial quedó confeccionado, en base al aporte de un solo testigo, quien había visto al depravado durante apenas un par de segundos, en un sitio no del todo iluminado y en medio de la noche. Nunca se había hecho un dibujo tan impreciso del rostro de Marcelo Mario Sajen.

 Ese identikit fue guardado como oro por los investigadores de la División Protección de las Personas. Sin embargo, el rostro del sospechoso -bautizado por varios detectives como "el bolivianito"- no iba a ser distribuido a las demás reparticiones policiales y mu­cho menos dado a conocer a la población.

 Quienes vieron ese identikit fueron algunas víctimas del serial, cuando fueron entrevistadas por los investigadores. "Se lo mostraban a las chicas y le preguntaban: '¿El hombre que te violó era parecido a esta persona?'. Todo un despropósito. Porque las chicas nunca le habían visto la cara al violador serial. Entonces, veían ese dibujo y con tal de ponerle un rostro al fantasma que las había atacado, terminaban por decir que el identikit era parecido. Eso nos confundía más...", refiere en la actualidad un investigador de la causa.

 Durante largo tiempo, Javier fue considerado un "testigo clave" e incluso terminó citado varias veces para participar como tes­tigo en las ruedas de reconocimiento de sospechosos, en Tribunales II. Su testimonio siempre fue valorado como una palabra auto­rizada. Algo que, como se vería después, estaba completamente alejado de toda realidad. El retrato del supuesto sospechoso de rasgos norteños fue fotocopiado varias veces y pasó de mano en mano entre los principales pesquisas de Protección de las Personas, quienes salieron a la calle a atraparlo.

 Comenzaba la caza de brujas, un nuevo y lamentable capítulo de los tropiezos de la investigación policial y judicial en la causa del serial.

Un violador suelto

El 13 de agosto de 2003, el periodista Daniel Díaz de radio Universidad de Córdoba, quien trabajaba como movilero en los Tribunales II de Córdoba, salió al aire en el informativo del mediodía. En diálogo con el conductor del programa, Mario Pensavalle, infor­mó que desde hacía algunos meses la Policía investigaba la exis­tencia de un violador serial en la zona de Nueva Córdoba.

El periodista se reservó la identidad de la fuente que le confió el dato, pero es fácil intuir que esa persona fue el funcionario de alguna fiscalía.

 Al día siguiente, la primicia de Díaz fue desarrollada con más detalles en la cabeza de la contratapa del diario La Voz del Interior. La noticia daba cuenta sobre el accionar de un depravado que en los "últimos tiempos" había violado a 28 mujeres, en su mayoría estudiantes secundarias, según confirmaron en su momento informantes policiales.

 En la nota se explicaba que el depravado atacaba de noche, andaba armado, a veces se hacía pasar por un miembro de la Poli­cía o decía que escapaba de los uniformados. Además se indicaba que sorprendía a las víctimas desde atrás, en el barrio Nueva Córdoba, o en la zona céntrica, y las conducía hacia el Parque Sarmiento para finalmente abusar de ellas. La crónica consignaba tam­bién que las violaciones eran realizadas principalmente en el ex Foro de la Democracia o bien en la pista de patinaje.

 La información pronto fue reproducida por algunos medios televisivos, aunque no de una manera impactante con grandes titulares.

 Por esas cosas del destino, el día que salió publicada esa información en el diario, el jefe de la División Homicidios, comisario Rafael Sosa, fue absuelto, junto a otros policías más, en un juicio que se realizaba por supuestos apremios ilegales cometidos contra dos pescadores que habían sido confundidos como los asesinos de un policía, en Villa Carlos Paz.

 La absolución significó toda una revalorización para Sosa, un joven comisario que estaba haciendo carrera en el área de Investigaciones. Sin embargo, el funcionario policial -quien durante ese proceso había permanecido en libertad- tuvo su gran desquite ante los jefes y ante la opinión pública cuando a fines de ese mes captu­ró a Antonia Giampietro, una peligrosa mujer apodada la Viuda Negra, acusada de haber dopado a varios jubilados para robarles la jubilación, dos de los cuales finalmente murieron a causa de la ingesta de poderosas drogas. Gracias a la investigación policial, la Viuda Negra fue condenada.

 La buena reputación del Rafa -como le dicen sus compañeros- crecería tiempo después cuando el jefe de Homicidios capturó a varios sospechosos prófugos de resonantes crímenes, tal el caso del presunto matador del inspector municipal, Omar Gauna, quien ha­bía sido salvajemente apuñalado durante una riña callejera que se registró frente a la plaza de la Intendencia de Córdoba. El sospechoso fue capturado por el propio Sosa y un par de pesquisas suyos en La Paz, Bolivia, luego de eternos meses de investigación. Aque­lla detención fue filmada con una cámara digital y desde la azotea de un edificio, por el propio Sosa. La misma filmadora sirvió para eternizar la primera imagen de Marcelo Mario Sajen que llegó a los ojos de los cordobeses el 28 de diciembre de 2004.

 Aquellos logros permitirían finalmente a Sosa captar la aten­ción de sus jefes por lo que meses después terminaría afectado como un colaborador más en la causa del violador serial.

Policía serial

Mientras un par de investigadores buscaban al violador serial de Nueva Córdoba, el 26 de setiembre de 2003 la Justicia cordobesa condenó a 22 años de prisión a un oficial de policía que estaba acusado de abuso sexual contra 20 mujeres entre diciembre de 2000 y octubre de 2001 en distintos barrios de Córdoba. El depravado abusó tanto de chicas de entre 20 y 30 años, como también de criaturas de apenas 9 años que habrían sido manoseadas.

 Era Gustavo Oscar Machuca, un tucumano de 32 años, a quien la Cámara 11a del Crimen lo encontró culpable de once hechos de abuso sexual sin acceso carnal, tres casos de violaciones, cuatro de coacciones calificadas y dos de exhibiciones obscenas. Su abogado fue Carlos Hairabedian, quien no logró demostrar su inocencia ante los jueces.

 De acuerdo a lo que quedó comprobado en el juicio -que se desarrolló a puertas cerradas, como aquel en el que se condenó a Sajen en 1986-, Machuca sorprendía a sus eventuales víctimas en la calle y, usando su pistola reglamentaria o una navaja, las intro­ducía a su viejo Chevette gris con vidrios polarizados, donde abusa­ba de ellas. Actuaba entre las 20 y las 6 cuando salía a trabajar y dejaba a su esposa (enfermera) en su lugar de trabajo. Machuca se dirigía a la Ciudad Universitaria, estacionaba su vehículo y espera­ba.

 El fiscal de Cámara, Jorge de la Vega, logró demostrar que Machuca siempre actuaba con su rostro a la vista, sin el uniforme policial, en los barrios Nueva Córdoba, Güemes, Alto Alberdi y hasta en el centro de la ciudad. Por lo general abusaba de jóvenes que concurrían a la Universidad o bien a tomar clases a algún colegio secundario.

 Así como Sajen utilizaba el Gustavo, uno de los ardides predilectos de Machuca para acercarse a sus víctimas consistía en llamarlas por un nombre ficticio en plena calle o bien preguntarles por algún familiar al cual simulaba conocer. Cuando la joven ya estaba cerca, el policía sacaba el arma y la obligaba a subir al auto, donde finalmente la violaba.

 Machuca contaba con excelentes antecedentes dentro de la Policía. Sin embargo, los exámenes psicológicos habían sido inca­paces de descubrir que detrás de su rostro de buen policía se escon­día una personalidad enferma.

 Diversos investigadores señalan que la mayoría de los delincuentes seriales son atrapados en flagrancia. No ocurrió esto con Machuca. Tampoco pasaría con Sajen.

 El policía fue atrapado una mañana mientras hacía gimnasia en el Parque Sarmiento, luego de que fuera reconocido casualmen­te por una de sus víctimas que justo pasaba por la avenida del Dante. La mujer salió corriendo y alertó a unos policías que patrullaban cerca de la plaza España. Cuando se vio rodeado por sus pares. Machuca quiso hacer valer su jerarquía sobre los dos uniformados y llegó a mostrar la chapa de oficial. De nada le sirvió. Fue ence­rrado y llevado a la Jefatura. El examen de ADN, las armas y el vehículo de su propiedad, comprobaron su responsabilidad en los hechos.

 En el marco de la búsqueda del violador serial (que resultaría ser Marcelo Sajen), Machuca fue entrevistado por los comisiona­dos del caso que tenían a su cargo los fiscales y por personal de la Policía Judicial, en búsqueda de cualquier información que pudie­ra tener sobre el depravado.

 La imagen remite al thriller El silencio de los inocentes, del escritor Thomas Harris, en el que la investigadora del FBI Clarice Starling entrevista a un psiquiatra asesino serial -Hannibal Lecter- a fin de que la ayude a atrapar a un homicida de mujeres.

 Lo concreto es que el policía Machuca intentó ayudar pero sólo con una intuición y pretendiendo cobrar la recompensa que ofrecía el Gobierno para quien aportara datos sobre el serial. Los pesqui­sas salieron de la Penitenciaría de barrio San Martín con un nom­bre, el portero de un edificio que él conocía de sus épocas de viola­dor y a quien creía capaz de cometer estos hechos. Después de ser chequeado, ese individuo fue descartado como sospechoso.

 Paralelamente, la falta de respuestas concretas por parte de los pesquisas afectados al caso del Víctor Sierra obligó a las autorida­des policiales a mover el tablero en el área de Investigaciones.

 Una mañana de setiembre de ese año, los comisarios Vargas y Sosa, viejos amigos de Homicidios, se encontraron en el baño del primer piso de la Jefatura.

-¡Qué cara loco! ¿Qué te pasa negro? ¿Te peleaste con la bruja?

 -preguntó sonriente Sosa, mientras se paraba frente al mingitorio.

 -No, Rafa. Me llamó el jefe y tengo que ir a verlo cuanto antes

 -dijo Vargas mientras se lavaba las manos frente al espejo y

sostenía en sus labios su infaltable cigarrillo Parliament.

 -Mmm, ahí te van a encajar de lleno el quilombo del serial.

 -Sí Rafa. Me sacan de Homicidios y me mandan a Delitos Especiales. Voy a tener a mi cargo a los de Protección de las Personas. El hijo de puta del Víctor Sierra no para y el tema se está poniendo feo. Está atacando por todos lados y no lo pueden parar.

 -Estaba cantado que te iban a poner a vos en ese caso. ¡Suerte, macho!

 -Gracias, Rafa. Sería bueno que pudiéramos laburar juntos. Vamos a ver qué dice Nieto.

  -Después contame.

 -Ok, después charlamos - respondió Vargas, mientras enfilaba para el despacho del jefe de Investigaciones Criminales.

Meses después, Vargas y Sosa finalmente trabajarían juntos en la causa del serial y se protegerían mutuamente, en medio de los celos y disputas internas entre algunos jefes.

Investigador

Me sumé a la causa del violador serial en setiembre de 2003 - cuenta el comisario Oscar Vargas, ex jefe del Departamento Pro­tección de las Persona- Lo primero que encontramos fue que entre las denuncias cotidianas que normalmente apuntan al entorno fa­miliar y a personas que han sido violadas por alguien en especial, sobresalía una gran cantidad de denuncias atribuidas a un "NN". Esos ataques se concentraban en Nueva Córdoba. Para esa época teníamos identificados a los autores de otros hechos de violación; pero ahora estábamos teniendo nuevos hecho de abuso sexual co­metidos por un sujeto, del cual no teníamos pistas. En estos casos había un cierto patrón común de comportamiento de este delin­cuente y una coincidencia en las descripciones de los hechos.

Pensé que quizá esto tenía que ver con que las denuncias ha­bían sido tomadas por un mismo ayudante fiscal. Muchos tienen una forma estructural Fija de trabajar, de hacer las preguntas y de redactar las denuncias. Entonces se pensó en un primer momento, y en forma errada, que por culpa de esa persona había similitud en las denuncias. O sea, no sabíamos si estábamos frente a un serial o si era un problema del sumariante que escribía parecido e inducía a las víctimas a declarar en un sentido en particular.

 

Empezamos a trabajar y pronto juntamos 11 causas en los últi­mos tiempos. En estos casos la modalidad coincidía. Hablé enton­ces con la ayudante fiscal de la Unidad Judicial de Protección de las Personas y le dije: "Abramos el ojo, estamos ante el mismo su­jeto". Y esta funcionaría me comentó que pensaba lo mismo.

 

Juntamos las causas en una misma caja. Y así, revisando, en­contré un informe hecho por un comisionado en 1999 -el sargento Osvaldo Fabián- en el que informaba sobre varios hechos ocurri­dos años antes aparentemente por una misma persona.

Como antes de 1999 las denuncias se hacían en las comisarías, nos fuimos a los depósitos de los precintos a revisar papeles viejos. Así desempolvamos denuncias viejas de hasta 1992 en el que salta­ba un sospechoso que se asemejaba a este nuevo serial.

Uno de los máximos problemas que teníamos era que las de­nuncias estaban distribuidas en distintas fiscalías. Y eso era muy complicado a la hora de recibir directivas o encarar un trabajo bien hecho.

Para colmo, las víctimas de este serial no podían aportar demasiados datos sobre él. Algunas decían sin especificar demasiado que era un poco más alto que ellas, otras decían que era más an­cho, más panzón. Él las abrazaba y les decía que lo abrazaran. Ha­cía que le pusieran la cara en el pecho y que miraran para adelan­te. Así, nadie les miraba el rostro. Era muy poco lo que esas pobres criaturas podían ver.

A una de sus víctimas supo decirle: "Te voy a bolacear". Ahí nos dimos cuenta de que el tipo había estado preso, porque ése era un término muy tumbero, muy de la cárcel. Bolacear significa que con mis palabras solas, te puedo hacer caer, quebrar y hacer lo que quiera. Él. con su labia, dominaba la situación y la mantenía con­trolada. Cuando la víctima nos contó eso, nos ayudó mucho, claro que obtuvimos ese dato recién en setiembre de 2004, tres meses antes de que cayera Sajen.

La llamada

Una vez que se conoció públicamente la existencia de que un nuevo violador serial andaba suelto en Córdoba, algunos investigadores de Protección de las Personas se vieron obligados por órde­nes de arriba a incrementar el rastreo y los operativos con el identikit que el testigo Javier había ayudado a confeccionar. Para­lelamente, por algún tiempo, se empezó a notar un leve aumento del patrullaje de los móviles del CAP por la zona de Nueva Córdoba y el Parque Sarmiento. Este ir y venir de patrulleros iba a durar apenas un tiempo.

Sajen desapareció de esa zona por algunas semanas y empezó a atacar en otros barrios cercanos, por caso Villa Revol, un sector de clase media enclavado al sur de la Ciudad Universitaria, vías de por medio.

 El 7 de octubre de 2003, Susana y Raúl empezaron a impacientarse cuando el reloj marcó las diez de la noche y su hija Lorena, de 25 años, aún no había retornado al hogar, ubicado en la perife­ria de Villa Revol. Era martes y ese día, la chica tenía un examen en la Facultad de Psicología, donde cursaba los últimos años.

 Los minutos fueron pasando y la angustia pronto se adueñó del matrimonio. La mujer presintió que algo malo había sucedido con su hija, sobre todo teniendo en cuenta lo que había escuchado esa misma mañana cuando fue a hacer las compras a la despensa: cin­co días atrás, en un oscuro callejón del barrio, un hombre había violado a dos jóvenes. La historia turbó a Susana.

 La mujer estaba en su casa con la mirada clavada en un punto lejano del televisor, junto a su marido que se consumía en cigarri­llos mientras veía pasar el tiempo. Pasadas las 11 de la noche, al­guien golpeó la puerta desesperadamente. Susana se paralizó y se llevó las manos al pecho. Fue su esposo quien abrió y se encontró con su hija, convertida en un manojo de nervios y pronunciando frases ininteligibles.

 Los padres la serenaron un poco y Lorena alcanzó a balbucear: "Un tipo me violó..."

 Raúl quedó en silencio unos segundos hasta que explotó de fu­ria y cerró de un portazo. El odio empezaba a enceguecerlo lenta­mente.

 Susana llevó a Lorena al baño, luego a su pieza y trató de darle un té para que se calmara. La taza terminó enfriándose en la mesa de luz. La chica no paró de llorar en ningún momento, mientras se aferraba a su mamá. Así y todo, luego de largos minutos, pudo contarle que esa noche salió temprano de la facu, tomó un colectivo y se bajó en la avenida Riccheri cerca del cruce con Javier Díaz, donde entró a un cyber. Durante un par de minutos estuvo en el local, chateando con algunos amigos mientras revisaba los mails. Pagó y enfiló hacia su casa. A poco de salir, un sujeto con bermuda, gorra con visera y manos velludas la agarró de atrás, le puso un arma en el cuello y la condujo a un baldío en la avenida Rogelio Nores Martínez, entre las calles De la Industria y Del Comercio, de Villa Revol, donde finalmente la ultrajó.

 Raúl insultó una y otra vez, mientras buscaba respuestas de su hija que, shockeada como estaba, no podía responder. El hombre quería hacer justicia por mano propia, al igual que lo habían senti­do y lo sentirían posteriormente decenas de otros padres.

 "Entonces era cierto lo que me contaron en la despensa, un sátiro anda suelto en el barrio", exclamó Susana. "¡Por qué a nosotros, Dios, por qué a nosotros!". Los gritos y lamentos podían oírse desde afuera de la casa.

 Esa misma noche, Susana y Raúl (después de que toda la cua­dra se llenó de móviles del CAP a raíz de un llamado de ellos a la Policía) fueron hasta la comisaría del barrio para denunciar lo que había ocurrido. Pero allí no encontraron la solución que buscaban. Los atendió un policía que les explicó, de mala manera, que él no podía hacer nada y que encima en la comisaría no había móviles disponibles para salir a buscar al sujeto. Susana le dijo que en los últimos días, contando el caso de su hija, ya sumaban tres las viola­ciones. El policía, con un indisimulable gesto de fastidio, le reiteró que no podía hacer nada, que no sabía sobre la existencia de un violador y que debían ir a Jefatura para hacer la denuncia.

 A la media hora el matrimonio y su hija ya estaban en la central en la Unidad Judicial de Protección de las Personas. Allí le dijeron a Susana que su hija, seguramente, había sido víctima de un violador serial que venía atacando a estudiantes desde el año anterior. Incluso le indicaron que las dos chicas que habían sido abusadas noches antes en el barrio, habían caído en manos del mismo depravado. Como si el espanto y el dolor no hubieran sido suficientes para Lorena y sus padres, luego de completada la de­nuncia en la unidad judicial, unos policías se acercaron y le mos­traron a la joven el identikit de un hombre con rasgos norteños para que reconociera si se trataba de su agresor.

 Lorena sintió que se descomponía y tuvo nauseas. Susana le gritó al policía que en la comisaría de su barrio no sabían nada sobre un violador y que tampoco tenían identikit alguno. Los inves­tigadores optaron por callarse.

 Las siguientes noches se hicieron interminables para la fami­lia. Nadie dormía, nadie encontraba respuestas, nadie podía parar tanto dolor.

 A mediados de octubre, Susana no aguantó más. Tomó una edición del diario La Voz del Interior, que hasta entonces no había informado sobre la violación de su hija sencillamente porque la Policía ocultaba este tipo de casos, y buscó el número de teléfono de la redacción. Un periodista atendió y empezó a tomar nota en el primer papel que encontró.

-¿Hablo con el diario? ¿Hablo con policiales? Mire, quiero denunciar públicamente que en Córdoba hay un violador serial. Ha atacado a mi hija noches atrás y estoy indignada porque la Policía sabe sobre este sujeto y no hace nada. Es más, oculta todo. En la comisaría del barrio ni siquiera tienen el identikit del tipo. Ustedes los periodistas tienen que contar lo que está pasando, tienen la obligación de decirlo y alertar al resto de la gente.

La entrevista con Susana y Raúl se realizó al día siguiente, duró más de dos horas y fue publicada finalmente el domingo 19 de ese mes en la contratapa del diario.

 Durante la charla, el padre de Lorena comentó: "Un policía me dijo que por orden del gobernador De la Sota, ninguno de ellos durmió durante días hasta que encontraron a la beba que había sido raptada hace poco en la terminal. Todo porque se venían las elecciones". El hombre se refería al caso de una pequeña que le había sido arrebatada a su madre, en la terminal, por otra mujer.

         Curiosamente en este caso, la Policía sí difundió el identikit de la sospechosa. Esto permitió que un taxista llamara a la Policía y dijera dónde vivía la ladrona, ya que la había llevado en un viaje. La investigación para dar con la beba estuvo a cargo de los comisa­rios Juan Carlos Toledo y Eduardo Bebucho Rodríguez. El hallazgo de la pequeña, sana y salva, fue una reivindicación para todos los investigadores, pero sobre todo para Toledo. Sin embargo, la falta de resolución del caso del serial y la reiteración de violaciones sería finalmente su condena: el comisario fue retirado del área de Investigaciones tiempo después.

 "Si la Policía no durmió para recuperar la beba, yo quiero aho­ra que tampoco duerma y agarre a ese violador y lo encierre de una vez. Sólo así, la sociedad dejará de estar en peligro...", afirmó el padre de Lorena durante la entrevista. "Así no habrá más chicas, como mi hija, que sean violadas", lo interrumpió entre llantos su esposa. "La Policía nos dijo que esperan que el tipo ataque de nue­vo, recién entonces ellos podrán salir a contraatacar. No puede ser, ellos deben atacar ahora y atraparlo como sea, para que ese sinvergüenza no vuelva a hacerlo más", agregó Raúl.

 En la nota publicada se reprodujo por primera vez el identikit del serial. El dibujo en blanco y negro dejaba ver a un hombre morocho, de pelo lacio y negro, nariz y labios gruesos, y con una mirada que infringía miedo. El dibujo había sido cedido al perio­dista en forma extraoficial por un miembro de la investigación, luego de varios días de insistencia.

 En la publicación, además, se informaba en detalle que el violador tenía alrededor de 35 años, era robusto, un poco gordo y no muy alto. También se señalaba que llevaba una gorra blanca para ocultar sus facciones, andaba armado y que en los dos últimos años había violado a una treintena de jóvenes en distintos puntos de la zona centro y sur de la ciudad de Córdoba. En otro párrafo también se consignó que en el Centro de Asistencia a la Víctima del Delito, una entidad que funciona en el pasaje Santa Catalina, a un costado del Cabildo Histórico de Córdoba, se había registrado un incremento en las consultas y denuncias por el accionar de un depravado sexual serial.

 Una segunda parte del informe periodístico salió publicado al día siguiente, en el que se volvió a publicar el identikit y una entre­vista a fondo con los padres de Lorena. En los meses sucesivos, Susana se convertiría en una referente clave en la campaña para atrapar al violador serial. De hecho, la mujer participaría en va­rias marchas e integraría una organización dedicada a defender a las mujeres de los abusos sexuales.

 El mismo lunes 20 de octubre, el por entonces jefe de Policía, Jorge Rodríguez, arrojó el diario sobre el escritorio y tomó su celu­lar.

 Minutos más tarde, el comisario Nieto (a cargo aún de Investigaciones) se convirtió en carne de cañón y tuvo que salir a dar la cara que durante años decenas y decenas de funcionarios de todo rango se habían encargado de ocultar.

 Nieto recibió a la docena de periodistas que se había agolpado desde temprano en la oficina de prensa de la Jefatura, en la planta baja, para tener una palabra oficial sobre ese supuesto violador serial. El comisario tuvo que poner su mejor cara al atender los ansiosos micrófonos y grabadores que se le abalanzaban sin pausa.

-Estamos trabajando arduamente para erradicar de la sociedad a este sujeto que nos llena de preocupación, obviamente, por los graves hechos que está cometiendo. El violador es muy difí­cil de atrapar ya que comete hechos aislados y aparece y des­aparece. Esto imposibilita seguir sus pistas. Pero estamos tra­bajando arduamente para capturarlo.

Era la primera vez en toda esta historia que la Policía admitía oficialmente que en Córdoba actuaba un depravado serial suelto por las calles. Sajen ya había abusado de 55 mujeres.

 Ese día, los medios televisivos reprodujeron las palabras de Nieto y el identikit que había sido publicado por el diario el día anterior.

 Hasta la actualidad, muchos en la Policía insisten en que ha­ber cedido ese rostro a la prensa constituyó un tremendo error, ya que afectó la investigación y terminó complicando la búsqueda. Más allá de lo discutible que resulta tal apreciación, vale detenerse un momento y preguntarse qué hubiera sucedido si ese retrato no hubiera sido difundido por los medios. Sin caer en una postura extremista sobre la libertad de expresión, sirve interrogarse: ¿aca­so, la sociedad se hubiera enterado sobre la existencia de un serial de boca de las propias autoridades? ¿La Policía habría salido a dar a conocer ese secreto tan bien oculto, mientras un grupo ínfimo de investigadores fracasaba a cada paso que daba? ¿Algún funciona­rio judicial habría llamado a conferencia de prensa? Con analizar la sucesión de los hechos, la respuesta salta a la vista.

 Durante varios días, Marcelo Mario Sajen iba a mantenerse bien oculto en sus distintos hogares. Por un lado, seguramente lo inquietaba el hecho de que sus aberrantes violaciones habían sido informadas por los medios de prensa, aunque es probable que a la vez sintiera algo de tranquilidad al saber que la Policía buscaba a un hombre de rasgos bolivianos, que, como había visto por televi­sión, en nada se le asemejaba.

No es el violador, señora

23.15 del martes 28 de octubre de 2003, en la Comisaría Cuarta de Nueva Córdoba.

Apoyados sobre un viejo mueble de madera, los dos policías se callaron ni bien vieron entrar a una mujer acompañada de su hija adolescente. Hacía apenas una hora un hombre la había querido violar cerca del Instituto Helen Keller, un establecimiento para cie­gos ubicado detrás de la Ciudad Universitaria a metros de la Universidad Tecnológica Nacional Regional Córdoba. Eso fue lo que empe­zó a decirle la mujer a los dos uniformados, quienes no dejaban de mirar con cierta desconfianza a la menuda adolescente.

-El tipo agarró a mi hija desde atrás, le tironeó la mochila y le dijo que pensaba robarle, ¿no es así hija? Le puso un arma en la cabeza, mi chica gritó y el tipo le pegó una trompada en la cara. Ahí nomás empezó a bajarle los pantalones.

 -¿Dónde dice que pasó eso? -interrumpió uno de los uniformados, mientras daba una larga pitada a un cigarrillo rubio, cuyo humo inundaba todo el ambiente. Su compañero no dejaba de mirar a la chica, quien a su vez no despegaba la mirada del suelo. Frente al precinto estaba estacionado un solo móvil del CAP en medio de una fila de autos, todos con las ruedas desin­fladas, los parabrisas llenos de tierra y con rótulos de papel con sellos del Poder Judicial, pegados en las puertas.

-Fue cerca del Helen Keller, a metros de la entrada Instituto Pablo Pizzurno. Mi hija iba a tomar el colectivo para volver a casa.

-Ajam, ¿y qué pasó? -preguntó el policía.

-Ya le dije, empezó a bajarle los pantalones. El tipo quiso violar a mi hija. Ella se defendió y le pegó una trompada y un patadón en los testículos y salió corriendo hacia donde iban unos chicos caminando. La mochila quedó tirada en la vereda. Debe haber sido ese violador serial que tanto habla la prensa y mi hija logró zafar. ¡Tienen que ir a agarrarlo!

-Cálmese, señora, por favor. No debe ser el violador, seguramente se trató de un robo. El tipo simplemente le quiso arreba­tar la mochila, señora. Hechos como esos se producen a diario.

-¿Pero de qué ladrón me habla? ¡Era el violador, seguro que era él! ¿Acaso no actúa en la Ciudad Universitaria y de noche?

 -Señora, los asaltos se cometen a diario en la Ciudad Universitaria y se producen a toda hora.

Le estoy diciendo que ese hijo de puta le quiso bajar los pan­talones a mi hija! ¿De qué robo me habla? ¡La quiso violar!

El policía apagó el cigarrillo con fastidio, resopló y le dijo a la mujer que de todas maneras en la comisaría no podían tomarle la denuncia.

Segundos después, madre e hija abandonaron la comisaría de calle Buenos Aires 525 del barrio Nueva Córdoba y partieron en taxi hasta la Jefatura de Policía. La joven fue interrogada por los hombres de Protección de las Personas, quienes la trasladaron has­ta la zona donde había sucedido el ataque. Los pesquisas no tenían dudas de que estaban frente a una nueva aparición del Víctor Sierra.

Eran casi las 3 de la madrugada cuando llegaron al Helen Keller. La zona estaba desierta. Apenas se bajaron del auto, la chica divi­só su mochila tirada en medio de la vereda. Adentro estaba su cam­pera de cuero, una calculadora, el documento y una tarjeta de cré­dito. También estaba la billetera, pero sin el dinero.

A pesar de que en ese ataque no se cometió ninguna violación, al año siguiente el fiscal Ugarte adjudicaría el hecho a Marcelo Sajen, que había salido nuevamente de cacería.

Todo en uno

A la semana siguiente, Nievas se reunió con los distintos fisca­les que tenían causas de violaciones adjudicadas a un NN y com­probó que varias de las Investigaciones estaban truncas. Así fue que decididamente encaró al por entonces Fiscal General de la Provincia, Carlos Baggini.

-¿Y vos qué querés hacer, Gustavo? -le dijo Baggini, en su ofici­na del primer piso en el Palacio de Tribunales I.

 -Me parece que las causas podrían unificarse, teniendo en cuenta que se trata aparentemente de un mismo violador. Hagamos una campaña informativa, avisemos a la población, hagamos algo... -dijo Nievas.

Ni bien se retiró del despacho, Baggini levantó el teléfono y marcó un número que conocía de memoria. Nievas subió a su auto y encaró hacia Tribunales II. Al rato, comenzó a sonarle el celular y atendió. Era el fiscal general.

-Gustavo, he decidido que todas las causas de ese supuesto violador serial vayan a parar a tu fiscalía. Vos te vas a hacer cargo -dijo Baggini.

Nievas prácticamente no tuvo tiempo de contestar, antes de que del otro lado el fiscal general cortara. A las pocas, horas, el fiscal ya estaba reunido con las responsables de la Unidad Judicial de Protección de las Personas. A partir de entonces, esas funciona­rías -Adriana Carranza y Alicia Chirino- iban a convertirse prácti­camente en las únicas personas en quienes Nievas iba a confiar plenamente. Ellas le informaron que el serial había abusado de una veintena de jóvenes en lo que iba del año, principalmente en la zona de Ciudad Universitaria, el Parque Sarmiento y Nueva Córdoba. Y le aclararon que los casos debían de ser muchos más, ya que eran muy pocos los abusos sexuales que se denunciaban. El primer hecho que arrancaba la serie se había registrado el 3 de noviembre de 2002 a la noche y había tenido como víctimas a dos chicas.

El paso siguiente que dio Nievas fue entrevistarse con los investigadores policiales del caso, quienes por ese entonces ya estaban comandados por el comisario Vargas. Los detectives le mostra­ron al funcionario judicial cuatro identikits, entre los que se en­contraba el del hombre con rasgos norteños y le explicaron que era preciso determinar si el violador serial que buscaban era uno o varios que actuaban en forma similar.

Esa misma semana. Nievas se compró tres libros con tratados completos sobre el ADN y sus ventajas en la investigación, a fin de interiorizarse en el tema.

"Como no estaba claro si estábamos frente a un único violador serial o a varios que actuaban de la misma forma, decidí que lo mejor era realizar un estudio de histocompatibilidad con los restos de semen hallados en las víctimas y en sus prendas íntimas. Eso nos iba a permitir corroborar si se trataba de una misma persona", co­menta en la actualidad Nievas, mientras revuelve un café sentado en un bar de la avenida Sabattini, a escasas cuadras de donde vivía Marcelo Sajen. "Y pensar que el serial vivía acá nomás, cerca de casa", añade.

A los pocos días, el fiscal del Distrito 3 Turno 3 solicitó al Cen­tro de Excelencia en Productos y Procesos de Córdoba (Ceprocor) la realización de ese estudio con las muestras de semen que se obtuvieron de las víctimas. Paralelamente, entrevistó a algunas jovencitas y mantuvo diálogos con sus familiares, a quienes les explicó que haría lo imposible para atrapar al depravado. Si bien contaba con un reducido equipo de trabajo, Nievas sentía que esta­ba solo en la cruzada.

A principios de noviembre, el fiscal decidió empapelar puntos clave de la ciudad con el identikit del violador -que, por cierto, los medios de prensa ya se habían encargado de difundir- y una serie de teléfonos para que la gente llamara si tenía alguna pista. Muy pocos en la Policía estuvieron de acuerdo con esa medida.

La idea era sacar el rostro a la calle, había que empapelar la ciudad, para que la gente estuviera alertada y a la vez colaborara con la causa. Quería que el retrato se viera en todos lados y que los cordobeses lo tomaran como propio. Parecía mentira pero en las comisarías ese identikit ni se conocía", explica Nievas hoy.

Empleados de la fiscalía de Nievas comentan que el funcionario, al comienzo, tuvo que poner dinero de su propio bolsillo para realizar las primeras fotocopias del dibujo. Otro obstáculo para el fiscal fue la carencia de un vehículo propio para realizar las prin­cipales diligencias. Ese auto iba a ser cedido bastante tiempo des­pués. "Pedí dinero para llevar adelante una campaña informativa y digamos que no tuve todo el apoyo necesario que se requería en ese momento. Por suerte, tiempo después, el problema se subsa­nó", señala Nievas.

El identikit del violador serial empezó a circular por todos la­dos, ya sea en la Universidad, en comercios, hospitales, postes, taxis, remises y colectivos. También comenzó a ser reenviado entre los mismos estudiantes y profesores a través de los correos electróni­cos. Esto significó un duro golpe para las propias víctimas del se­rial, muchas de las cuales se enteraron de que habían caído a ma­nos de un mismo depravado y que ese sujeto andaba impune por la ciudad desde hacía largo tiempo.

"Esa campaña informativa fue desacertada, porque provocó que empezaran a llover datos truchos. La gente llamaba y decía que creía conocer al violador, cuando no era así. Ese identikit mostra­ba un rostro común en Córdoba, por eso todos creían verlo a cada rato, por lo que la investigación se terminó complicando", señalan algunos investigadores.

No obstante, la campaña publicitaria permitió que familiares de víctimas del serial que no habían hecho la denuncia se acerca­ran a la fiscalía para dar testimonio de lo que les había sucedido a sus seres queridos.

A principios de noviembre, el fiscal Nievas mantuvo una re­unión con el jefe de Policía, a quien le solicitó que intensifique los patrullajes en la zona de Nueva Córdoba y, en especial, el Parque Sarmiento. "Yo trabajaba con una psicóloga que me dijo que seguramente el violador serial, al ver que no podía actuar donde siem­pre lo había hecho, se iba a trasladar hacia su zona, hacia su ba­rrio. Y ahora que lo pienso, así fue, porque tuvimos casos de ataques en la zona de barrio San Vicente y Altamira, que queda cerca de donde vivía Sajen", comenta Nievas, quien por las noches reco­rría la avenida del Dante en su propio auto para comprobar si el patrullaje se llevaba a cabo. "En más de una oportunidad, tuve que tomar el celular y llamar al jefe de Policía para decirle que no veía ningún policía en la zona", recuerda indignado Nievas. A los pocos minutos, comenzaban a verse balizas azules iluminando la oscuridad de la avenida del Dante.

La presunción del por entonces fiscal no era errónea. Tanta saturación policial hizo que el serial se moviera de lugar cada vez más. El 27 de noviembre a la noche, volvió a atacar en un sitio que nadie había imaginado.

El delincuente sorprendió a una chica de 27 años que camina­ba para encontrarse con su novio en avenida Patria y calle Sar­miento, en el barrio Alto General Paz. "Caminá o te mato", le dijo Sajen y la llevó varias cuadras hasta el Centro de Participación Comunal (CPC) Pueyrredón, un edificio destinado a atender trámi­tes municipales y que se encuentra ubicado en una calle que se convierte finalmente en la ruta nacional 19 que va a San Francisco o a Pilar.

La joven fue violada en un oscuro sector de las adyacencias del edificio. A pocos metros había una guardia policial que no se enteraría de la violación, hasta que el caso tomó estado público por la prensa.

"El tipo se me apareció de atrás y me preguntó si yo trabajaba en una oficina y si llevaba cinco mil pesos. Yo le dije que no, pero él insistía que yo tenía plata. Me hizo que lo abrazara y me apuntó con el arma. Tenía que mirar para la derecha y no verlo. Me dijo: 'Si pasa un policía o el CAP somos novios. No grités que yo no te voy a hacer nada'. Tenía tonada norteña, boliviana. Me preguntó si conocía a un tal Gustavo. Me dijo que lo acompañara unas cuadras y que después me iba a dejar. Estaba desorientado. Me hizo doblar en un pasaje y se enojó porque no tenía salida. 'Mirá a donde me traés', me dijo. Ahí se me cruzaron mil cosas y me largué a llorar porque pensé que me mataba. 'No llorés que yo no te voy a hacer nada', me decía. Hizo que dobláramos. En el camino, un perrito me peleó, me rasguñó, y él me dijo que si me mordía lo iba a matar. Yo no tenía palabras para decirle. Llegamos a la cuadra del CPC y, en el descampado, me violó. Tenía papada, grasa. Era un poco más alto que yo, era robusto, pelo corto negro, tenía labios gruesos, andaba vestido con un short de fútbol con franjas blancas, llevaba zapatillas y una remera celeste", relató la joven a un investigador que la entrevistó tiempo después.

La tardanza del Ceprocor a la hora de confirmarle a Nievas si se estaba en presencia de un mismo violador serial hizo que él se quejara durante una entrevista periodística. El hecho de ventilar esa molestia ante la sociedad provocó, a su vez, que el Tribunal Superior de Justicia lo reprendiera en una reunión que se realizó a puertas cerradas.

Portación de cara

Durante noviembre y diciembre de 2003, en las calles de Córdoba comenzaron a reiterarse detenciones de todo hombre cuyas características físicas coincidían con las del violador serial. Esta política de cacería por portación de cara, implementada por la Policía, se intensificaría al año siguiente y llegaría a su punto máxi­mo con el arresto de Gustavo Camargo, un hombre de notable pare­cido al identikit y que llegó a estar preso casi 40 días, luego de haber sido señalado por una víctima de Sajen que creyó reconocerlos en una calle de barrio San Vicente. Para colmo, el hombre no llevaba calzoncillo debajo del pantalón, lo que hizo que la Policía y el fiscal Nievas creyeran que habían dado en el blanco.

Por aquellos días de fin de año, mientras las vidrieras de los comercios empezaban a poblarse de Papá Noel, arbolitos verdes y angelitos coloridos, Nievas no paraba de moverse ni de salir en los medios de prensa. A diferencia de otros fiscales, que hacen del bajo perfil un culto, él no dudaba en atender a todo aquel periodis­ta que lo consultara, ya sea sobre los avances en la investigación contra Kammerath o bien en la causa del serial. En esa vorágine, Nievas se hacía tiempo para entrevistar a jóvenes que, merced a la campaña informativa, se acercaban a denunciar que habían sido violadas por el serial. También se reunía periódicamente con los investigadores y con jefes policiales.

Nievas recuerda que les dio instrucciones para que rastrearan a todos los delincuentes seriales de los últimos cinco años que ha­bían atacado en Córdoba y a sujetos que fueron arrestados por merodeo. La decisión de investigar a los merodeadores se debía a que en la investigación ya se pensaba que el serial efectuaba un plan previo de seguimiento de sus víctimas y de los lugares adonde iba a llevarlas.

-Este tipo está cebado. Muy cebado y no va a parar. Lo peor es que tengo miedo de que mate a una chica -no se cansaba Nievas de reiterarle a los policías.

Para fines de 2003, Nievas y sus hombres (y mujeres, de la Uni­dad Judicial) barajaban los nombres de ocho sospechosos. La ma­yoría estaba en libertad y se les había extraído sangre para análi­sis de ADN. Había de todo. Uno era docente de la UNC, otro era el estudiante de odontología, había un enfermero que trabajaba cer­ca del Parque Sarmiento, un peluquero, un comerciante, un des­ocupado y dos policías en actividad. Sí, dos policías. Es que mu­chos de los investigadores, aunque lo niegan hoy, tenían por aquel entonces la íntima y explícita sospecha de que el depravado era violador serial de noche, pero de día vestía uniforme azul. La idea estaba centrada en la forma de hablar y de actuar del delincuente, pero sobre todo porque tenía la extraña capacidad de desaparecer de los lugares donde se hacían operativos especiales con investiga­dores vestidos de civil. El razonamiento era simple: ya habían teni­do un policía violador. ¿Por qué no podían estar frente a otro? La sola idea de que esto fuera cierto, le causaba al jefe de Policía más que un simple dolor de estómago.

El 29 de diciembre, los ocho sospechosos fueron sometidos a una rueda de reconocimiento de personas en la alcaidía de los Tribunales II. La medida procesal, de la que participaron cinco de las nueve víctimas que habían sido citadas y Javier (el muchacho que ayudó a confeccionar el identikit), se extendió durante toda la jor­nada. Los imputados fueron pasando por una sala que tenía un vi­drio espejado a través del cual, en otra habitación separada, obser­vaban las jóvenes.

Al no ser reconocido ninguno, quienes estaban presos queda­ron en libertad de inmediato.

Sin brindis

Aquel 31 de diciembre de 2003, en varios hogares quedaron las copas guardadas en los estantes. Ninguna víctima ni sus familias tenían motivos para festejar el final del año y el comienzo de otro. Uno de esos hogares destruidos estaba ubicado en la ciudad de Vi­lla María, al sur de Córdoba.

En la casa vivían un hombre, su esposa y su hija adolescente. En realidad, sobrevivían. En agosto de ese año, la jovencita, quien se había trasladado a la ciudad de Córdoba para estudiar una carrera universitaria, había caído en las garras del violador serial. Fue salvajemente violada y golpeada en el ex Foro de la Democracia.

La chica era virgen. Esa noche de viernes, luego de que el serial la amenazara de muerte y la dejara abandonada, regresó como pudo hasta su departamento y llamó a su padre para contarle todo.

En poco más de una hora, el hombre viajó en su auto, por la ruta nacional 9 hasta llegar a Córdoba. Entró al departamento y luego de llorar durante un largo rato con su pequeña, le armó los bolsos y se la llevó de regreso a Villa María.

La joven no volvió a pisar la ciudad de Córdoba.

Pero el sufrimiento no se iba a acabar con la pesadilla sufrida aquella noche. Pocas semanas después, en su casa, comprobó que había quedado embarazada. El ginecólogo se encargó de confirmarle el calvario que se le avecinaba.

Por decisión de sus padres, abortó y jamás hizo la denuncia. El tratamiento psicológico no fue suficiente. La adolescente intentó suicidarse dos veces. En ambas oportunidades ingirió grandes can­tidades de pastillas, mientras dormía en su cama. Su madre tam­bién intentó poner fin a su sufrimiento de igual manera. Por fortu­na, ambas sobrevivieron. Hoy se encuentran bajo un estricto trata­miento terapéutico.

Aquel 31 de diciembre de 2003, mientras aquella familia villamariense padecía el infierno en sí mismo, Marcelo Mario Sajen levantaba la copa feliz de la vida, rodeado de sus seres queridos, brindando y festejando la llegada del 2004. Sería la última vez que celebrara el fin de año.

Soy Gustavo, el violador serial

16.58. Domingo 4 de enero de 2004, central 101 de la Jefatura de Policía:

-Policía, buenos días, atiende Jorgelina.

-Hola, mirá, soy Gustavo Reyes... Soy el violador serial que an­dan buscando.

-¿Ah, sí? ¿No me diga?

-Mirá hija de puta. Soy el violador serial y te voy a cagar cogiendo a vos como lo hice con todas las demás. Te voy a hacer de todo. Y a vos te va a pasar lo mismo, te voy a cagar cogiendo.

Cuando la oficial del servicio 101, del Departamento Centro de Comunicaciones de la Policía, que funciona en el cuarto piso de la Jefatura, quiso realizar una nueva pregunta, el hombre colgó. De inmediato, la policía dejó los auriculares con el micrófono incor­porado en su estación de trabajo y se levantó corriendo para contarle a su jefe lo que había sucedido. El comisario levantó el telé­fono y avisó a los pesquisas de Protección de las Personas.

Dado que el sujeto no había antepuesto *31#, el número del teléfono que había usado quedó registrado en la pantalla de la computadora. En segundos, los investigadores supieron que la llamada había sido efectuada desde un aparato ubicado en la calle Soto, a pocos metros del Arco de Córdoba, en el barrio Empalme.

En pocos minutos, una comisión de investigadores salió dispa­rada hacia ese lugar y se encontró con un teléfono público ubicado en un comercio. Los policías encararon a la dueña del negocio y desplegaron ante sus ojos el identikit del norteño.

-Mmm, sí, puede ser. El hombre era morocho y habló un ratito y cortó.

-¿Algo más señora? ¿No hubo nada más que le haya llamado la atención? - inquirió uno de los policías.

-Hablaba bajito, así que no se podía oír bien lo que hablaba.

-¿Algo más? ¿Algo fuera de lo común?

Sabe que sí! Me llamó la atención el hecho de que mientras hablaba parecía sobar el teléfono, lo acariciaba con las ma­nos... Fue muy extraño - respondió la mujer.

De nada sirvió que los investigadores le preguntaran si conocía a aquella persona, si sabía dónde vivía o si alguna vez lo había visto por el barrio. La mujer no tuvo más nada que aportar y los policías debieron retirarse maldiciendo por lo bajo. Tampoco fue efectiva la búsqueda que desplegaron en la zona, dando vueltas y vueltas en procura de dar con el sospechoso. Nada. Al llamador anónimo se lo había tragado la tierra.

Hasta el día de hoy no existe certeza sobre si esa breve comunicación telefónica realizada fue efectuada o no por Marcelo Sajen.

No obstante, investigadores de la Policía Judicial y hasta el mismo fiscal Nievas sospechan que el violador serial bien puede haberse contactado con la Policía, en parte para burlarse y también para demostrar cuán lejos era capaz de llegar, sabiendo que los detecti­ves estaban muy lejos de poder capturarlo.

"Ese llamado telefónico me dio una bronca bárbara. Porque sentí como que el tipo se estaba burlando de nosotros. Y me acordé de la película Siete pecados capitales en la que Kevin Spacey hace de un asesino que va dejando mensajes a los policías que quieren agarrarlo. Bueno, en este caso, pensé que este perverso nos estaba dejando muestras", señala Nievas.

Había dos detalles sugestivos en la llamada: por un lado el extraño se había presentado como Gustavo, el mismo nombre que venía usando en cada uno de sus ataques; y por el otro, el teléfono estaba ubicado en barrio Empalme, a metros de la avenida Sabattini, una zona que, si bien estaba alejada de Nueva Córdoba y del centro, se encontraba dentro de su radio de acción.

Incluso, una alta fuente del Cuerpo de Investigaciones Criminales, de la Judicial, redobla la apuesta: señala que el serial no sólo llamó aquella vez, sino que además lo habría hecho al menos en dos oportunidades más al 0800 que sería habilitado posterior­mente. Esas dos llamadas se habrían producido en el mes de di­ciembre de 2004.

Desde la Policía, algunos refuerzan el misterio y comparten la tesis de que Sajen quiso burlarse de quienes lo perseguían. Sin embargo, hay quienes desvirtúan todas estas conjeturas porque entre el 21 de diciembre del año anterior y el 30 de marzo el serial des­apareció. Ese día volvió a atacar en barrio Observatorio.

Ese mismo enero, luego de que los análisis realizados en el Ceprocor, sobre restos de semen hallados en las víctimas, demostraron que el violador serial era un solo hombre, Nievas ordenó que la Policía investigara a todos los Gustavo Reyes que existían en Córdoba y áreas cercanas.

"Visto hoy, aquel estudio del Ceprocor suena menor, pero fue importantísimo. Y, pese a la gravedad del caso, nos trajo alivio porque indicaba que estábamos detrás de una misma persona. Imagínate si hubiera demostrado que en realidad había varios violadores seriales", añade Nievas.

No era ninguna tarea fácil investigar a todos los Gustavo Reyes existentes. El listado era enorme. Luego de eliminar a aquellos que ya habían muerto, a quienes eran demasiado chicos o grandes, los policías tuvieron una lista acotada que se estrechó aún más al calcular la edad. Sospechaban, en base a las víctimas, que el serial andaba entre los 30 y los 40 años. A lo sumo, 45 años. No podía tener más, a no ser que tomara Viagra o algún estimulante sexual semejante. Sajen consumía esa pastilla y tenía 39 cuando cayó.

En marzo, los policías detuvieron a un joven que tenía la mala suerte de parecerse al identikit, de caminar solo por Nueva Córdoba a altas horas de la noche y, encima, de llamarse Gustavo Reyes.

Por aquellos días, se manejaban tres hipótesis en la causa. El violador serial podía ser:

-      Un portero de un edificio, el cuidador de una obra en cons­trucción, o un albañil. Desde ámbitos policiales aseguran que se investigó prácticamente a todas las personas que tra­bajaban en las construcciones de Nueva Córdoba.

-      Un comisionista del interior provincial que Viniera a Córdoba Capital a cobrar algún trabajo y, de paso, aprovechaba la oportunidad para cometer una violación. Por ello es que se investigó a todos los comisionistas o cobradores que salían en los avisos clasificados de los diarios.

-      Un hombre que residiera en alguna localidad "dormitorio" del Gran Córdoba y que viniera a trabajar a la Capital. La sospecha era que esta persona bien podía cometer los ata­ques sexuales y luego escapar hacia la terminal de ómni­bus. Se apostaron investigadores de civil en la estación, pero no sirvió de nada.

¿Qué pasó con Gustavo Reyes? Fue sometido a una rueda de reconocimiento de personas. Ninguna víctima lo señaló y el hom­bre quedó en libertad. Los resultados de su ADN terminaron por desinvolucrarlo

Mapa

El hombre fuma el cigarrillo y lo apoya en el cenicero. Es el cuarto que prende en lo que va de la charla. Arranca una hoja de la agenda y la pone en la mesa, mientras el humo se disipa lentamen­te en la habitación. De pronto, mete la mano derecha en el bolsillo interno del saco oscuro y saca una lapicera azul. Se acomoda en el respaldo de la silla y, en segundos, dibuja en el papel varias rectas paralelas y perpendiculares entre sí.

Hace varios círculos, algunos cuadrados y traza líneas que por momentos parecen rectas y después se vuelven curvas. "Esta es la ciudad de Córdoba, éstas son las principales avenidas y las vías que cruzan la zona sur de la Capital", dice por fin el comisario Oscar Vargas, quien cuando el serial era su obsesión, se identificaba como España 1 cada vez que le daba una orden a su grupo de detectives. A su lado, está el comisario Rafael Sosa, Portugal 1, que lo mira en silencio.

Vargas, empieza a sombrear los círculos por dentro y marca flechas, con destreza. "Y éstas son las zonas donde actuaba el Víctor Sierra, en todos estos sectores se movía el tipo", agrega.

España 1 dibuja el mapa de memoria. Si quisiera, podría hacerlo con los ojos cerrados. Se nota que junto a su equipo de traba­jo dibujó varias veces ese mismo esquema una y otra vez, analizan­do detalles, buscando respuestas, infiriendo deducciones.

Deja el cigarrillo y empieza a hablar con pasión. Explica que en las primeras épocas, en los años 1991 y 1992, Sajen atacó en la zona de Villa Argentina y de Empalme, cerca de la avenida Sabattini, a cuadras del Arco de Córdoba. Sosa lo interrumpe: "Yo conocí a una amiga que vivía en Villa Argentina. Una noche, mientras vol­vía sola a su casa, un tipo la agarró de atrás, le mostró un arma y la quiso llevar a un descampado. Ella gritó y un vecino salió a socorrerla. El desconocido salió corriendo y se perdió... No tengo dudas de que era Sajen".

Retoma la palabra Vargas. Explica que el violador serial siempre se fue moviendo, cambiando de zonas de acción, cada vez que la Policía empezaba a trabajar cerca de él. "No creo que el tipo haya contado con alguien que nos buchoneara. Nadie ayuda a un violador. Él era un caco, un delincuente. Los choros siempre reco­nocen cuando un policía está cerca, por más que lleve uniforme o esté de civil como nosotros. Lo huelen. Lo presienten. Y nosotros a ellos. Si estuviéramos en un bar y entran unos cacos, seguro que se dan cuenta de que somos canas. Y viceversa. Es como un juego, como un juego del gato y el ratón. Sajen era muy pícaro para darte vuelta y reconocerte como cana", dice Vargas.

Y vuelve a tomar la lapicera. "Mirá, el tipo se fue cambiando de zona de acción", dice y la ceniza acumulada del cigarrillo cae como un cadáver sobre la hoja. "Entre el 92 y el 94 hay hechos en la zona donde se ubica la Cooperativa Paraíso. En el '96, el '97 y el '98 ataca en San Vicente, en Altamira y zonas cercanas. Después, en '99 empezó en Nueva Córdoba y la zona adyacente al centro".

Sosa vuelve a hablar. "Sí, actúa en Nueva Córdoba hasta que pierde. Cae en cana luego de asaltar la pizzería de la calle San Luis".

La lapicera vuelve a dibujar sobre las rayas-avenidas. "Y cuando salió en libertad volvió a atacar en la zona de Nueva Córdoba, una zona que conocía muy bien para moverse". Vargas vuelve a hablar del gato y el ratón. Señala que cuando los policías coparon ese sector, el serial se mudó a la zona sur. "Fue a la zona de barrio Cabañas del Pilar, luego a barrio Iponá, Villa Revól, barrio Jardín y así. Siempre se fue corriendo, cada vez que nos acercábamos".

"Acordate Oscar -interrumpe Portugal 1- que después se man­dó para la zona de San Vicente y Pueyrredón". Vargas une con una línea todos los pequeños círculos que representan las zonas donde Sajen atacó y forma un gran círculo. "Y vuelve a atacar en Nueva Córdoba, es el caso de la chica Ana, la del mail", señala Vargas, mientras tapa la birome y la guarda en el bolsillo de su saco oscu­ro.

Pero se acuerda de algo y vuelve a sacarla. "Me olvidaba del tema de las vías del tren", dice el comisario. Según explica, las vías eran muy usadas por el serial. En efecto, allí cometió una de las violaciones más salvajes contra una adolescente de corta edad. Además, por una de las vías que pasan cerca de su casa habría escapado corriendo cuando lo buscaba toda la Policía. "Sajen an­daba por las vías, porque por allí no pueden andar los patrulleros. Eso lo sabe cualquier choro", razona en voz alta. Luego, agarra el papel y lo hace un bollo. Sosa es quien toma finalmente la posta.

"El tipo nunca atacó en la zona norte de la ciudad. Sí, atacó en los barrios Pueyrredón o San Vicente, que están cruzando el río. Pero nunca se fue al Cerro, a Argüello o a Villa Allende. Nunca se fue a Carlos Paz. Creo que era porque él no dominaba bien esos ámbitos y se movía con total tranquilidad en la zona centro y sur de la ciudad, que es donde solía operar desde hacía años. Aparte, su casa le quedaba cerca", agrega Sosa, antes de levantarse de la mesa.

Los caminos de la bestia

"Marcelo era un desastre para recordar las direcciones. Pero sabía ubicarse en las calles y sabía bien por dónde ir", dice Zulma Villalón, mientras recuerda detalles de la vida cotidiana de Sajen. Hay que creerle, porque dice la verdad.

Por un lado, basta con analizar cómo su esposo sabía movilizarse y escabullirse cada vez que notaba la presencia policial. Por otro lado, sirve examinar las calles y avenidas que rodeaban la zona donde vivía para comprobar cuáles eran seguramente los ca­minos que usaba para llegar en pocos segundos a los sitios donde iba a violar a sus víctimas. Y por cierto, cuáles iban a ser los atajos para escapar ante cualquier imprevisto.

En los últimos tiempos, Marcelo Sajen vivía en calle Montes de Oca al 2800 del barrio General Urquiza. Si quería ir desde su casa, a San Vicente o a Altamira, bastaba con que tomara la calle Juan Rodríguez, que pasa a pocas cuadras de su hogar y así cruzar, en una esquina semaforizada, la avenida Amadeo Sabattini. Si quería ir a Villa Argentina, debía bajar por Juan Rodríguez y al llegar a Sabattini, en vez de cruzar la avenida, giraba hacia la derecha un par de cuadras.

Para los investigadores, tanto la calle Juan Rodríguez como su paralela Gorriti eran una vía clave de circulación para su accionar. Varios de los abordajes a sus víctimas fueron cometidos en ambas arterias.

Pero volvamos a su domicilio. Si Sajen tomaba la calle Montes de Oca en dirección al este llegaba, en cuestión de minutos, al ba­rrio José Ignacio Díaz 1a Sección, donde vivía su amante, Adriana del Valle Castro.

En cambio, si salía de su casa por Montes de Oca, llegaba a Tristán Narvaja y en esta calle doblaba a la derecha, llegaba a la avenida Malagueño. Esta arteria, que corre paralela a las vías del
tren, era clave. Así podía llegar en un corto tiempo a los barrios
José Ignacio Díaz 2a Sección, donde estaba el taller mecánico de su hermano Eduardo, o bien a José Ignacio Díaz 3a Sección, donde vivía su madre y algunos de sus otros hermanos.

Varias personas relatan que era común ver a Sajen transitar por estas calles, en auto o en moto. "Yo llegué a verlo muchas ve­ces andando en moto por la zona del barrio Coronel Olmedo. Varias veces lo vi jugando a las bochas en una canchita muy conocida de esa zona", comenta un empleado de los Tribunales II que trabaja en la planta baja. Para llegar a barrio Coronel Olmedo a Sajen le bastaba tomar la avenida 11 de Setiembre que cruza la Malagueño y luego se convierte en el camino a 60 Cuadras.

Desde la casa de Sajen había dos caminos rápidos para llegar hasta el Parque Sarmiento y al barrio Nueva Córdoba. Podía ir por la avenida Sabattini o por la mencionada Malagueño, donde la presencia policial es menor. Una vez que llegaba a la avenida Revolución de Mayo, doblaba hacia la derecha y en cuestión de segundos llegaba al ingreso mismo al Parque Sarmiento, a la altura de la Bajada Pucará.

Por cualquiera de los dos caminos podía llegar a la terminal de ómnibus, donde, según sospechan algunos investigadores, el serial dejaba estacionado su auto en la playa para luego salir de cacería.

Si, en cambio, quería llegar a los barrios Cabañas del Pilar, Jardín o Villa Revol, donde cometió varias violaciones, Sajen de­bía salir de su casa, tomar la avenida Malagueño y seguir andando, en forma paralela a las vías, hasta llegar a destino.

Finalmente, el violador serial viajaba a menudo a la localidad de Pilar. Para llegar allí, le bastaba tomar la avenida Sabattini y dirigirse hacia el este. Así llegaba a la vieja ruta nacional 9 sur o a la autopista Córdoba-Pilar.

Inocente a prisión

El fiscal Gustavo Nievas se despertó sobresaltado por el ruido del celular. Eran las 2 de la mañana del martes 25 de mayo de 2004. Para que su familia no se despertara, Nievas atendió rápido. Del otro lado oyó la voz de uno de los comisarios de Investigaciones.

-¿Qué pasa? -preguntó Nievas, con voz ronca.

-Malas noticias, doctor. Ha vuelto a atacar. Esta vez en San Vicente. La chica tiene 16 años. Salía de un cyber y el Sierra la agarró. La hizo caminar unas 15 cuadras y la llevó hasta un bal­dío de la calle Sargento Cabral y las vías del tren. Ahí la violó. La chica le mintió diciéndole que tenía Sida, pero el tipo no le creyó y la violó igual.

-¿A qué hora fue?

-... Entre las nueve y media y las diez de la noche. La chica hizo ahí nomás la denuncia, junto a su mamá.

-Mire doctor, esta vez, el tipo fue más violento que otras veces. Se nota que está sacado, nervioso. Para mí que toda esta cam­paña de difusión lo está volviendo loco.

-Ok. En 10 minutos estoy allá.

Cuando el fiscal estuvo en el lugar, se encontró frente a un enor­me descampado que se abría paso delante sobre la vía. En una calle cercana, había varios patrulleros del CAP y un móvil de la Policía Judicial.

"Fue la primera violación que cometió el serial después de la intensa campaña de difusión que habíamos largado ese año. El tipo se sentía acorralado y se fue de donde solía actuar a otro lado. Tal como pensábamos, se mudó a una zona más cercana a su lugar de residencia", señala Nievas.

Si bien la impresión del entonces fiscal es acertada respecto a que Sajen comenzó a atacar en una zona no acostumbrada, el se­rial regresaría meses después nuevamente a Nueva Córdoba.

Después de realizar la denuncia, la menor y su madre fueron invitadas a colaborar en la investigación recorriendo la zona. Y si veían al sospechoso, debían avisar a la Policía.

Eso ocurrió el 31 de mayo al caer la noche. Mientras la chica caminaba por la plaza Lavalle, corazón del barrio San Vicente, creyó reconocer al violador sentado en un banco. El hombre se levantó y empezó a caminar. La chica corrió a un teléfono público y llamó a la Policía. A los pocos minutos, un móvil policial estaba controlan­do al supuesto sospechoso.

El hombre era morocho, no tenía más de 40 años y su parecido con el identikit era extraordinario. Cuando le revisaron el docu­mento, los policías comprobaron que se llamaba- Gustavo Camargo.

-Así que te llamás Gustavo..., ¡mirá vos! Gustavo..., ¡qué casualidad! ¿El que llamó los otros días al 101 no se llamaba Gustavo? -dijo uno de los policías.

-El serial, cuando aborda a las víctimas, menciona el nombre Gustavo -añadió otro uniformado.

Camargo trató de explicarle a los policías que él no era ningún violador y que había salido a comprar pan, pero los policías no le creyeron y lo llevaron a la Jefatura, directamente a la División Protección de las Personas. El hombre fue metido en una oficina y obligado a desnudarse ante una veintena de investigadores. Todos querían ver el lunar del que tanto hablaban algunas víctimas. Para peor, el hombre no usaba calzoncillos. Los investigadores creían estar frente el sospechoso perfecto. Pensaban que con esa captura, se habían acabado finalmente las andanzas del serial.

"Yo estaba convencido de que Camargo era la persona que bus­cábamos. Había sido reconocido por una víctima de violación en la calle. Pero estábamos equivocados", dice en la actualidad el comi­sario Nieto.

Lo que Nieto se olvida de contar es que Camargo fue sometido a un humillante interrogatorio durante toda la noche en el que los policías lo presionaron para que confesara: "¿De qué forma las agarrabas?"; "¿Las hacías agachar?"; "¿Gozabas?". También hubo tiempo para las amenazas asegurándole que en la cárcel iban a violarlo salvajemente.

Mientras la esposa de Camargo salía por todos los medios de prensa a jurar que su esposo no era ningún violador, Nievas retrucaba que existían indicios que lo vinculaban a los casos del serial.

En la actualidad, Nievas se apresura a explicar que este hom­bre no fue detenido porque estaba sospechado de ser el serial, sino porque una víctima lo había reconocido en plena calle. "Y el he­cho de que haya estado tanto tiempo en prisión no es culpa mía. Los análisis de ADN en el Ceprocor se demoraron más de lo espe­rado", sostiene.

Esos estudios demoraron 38 eternos días, en los cuales Camargo debió permanecer encerrado con presos condenados. Mientras tan­to, algunos seguían investigando a otros hombres que se llamaban Gustavo Reyes -como el hijo de un ex funcionario judicial-, pero mientras todos apuntaban contra Camargo, Marcelo Sajen se encargaría de demostrarle a los investigadores que en realidad el violador serial seguía suelto.

El 14 de junio, Sajen abordó a una chica de 22 años en pleno Nueva Córdoba, en el cruce de Irigoyen y San Luis (a pocas cua­dras de la pizzería que había asaltado en 1999) y la llevó hasta un baldío cercano a los Tribunales II, donde la violó analmente.

Diez días después, Camargo no fue reconocido en una rueda de reconocimiento de personas. Al día siguiente, Nievas recibió los resultados de un estudio de ADN del Ceprocor que le confirmaban que no era el violador serial. Sin embargo, el fiscal dispuso que continuara detenido ya que no tenía el resultado que le permitía confirmar si había violado o no a la menor en San Vicente.

Recién el 8 de julio, Nievas tuvo los resultados de ADN que le faltaban. Después de estar 38 días preso, Camargo recuperó su libertad.

Para entonces, la suerte estaba echada sobre Nievas. Al descrédito público a que se vio sometido por la arbitraria detención de Camargo, se le agregó un pedido de renuncia por parte del vicegobernador Juan Carlos Schiaretti, en aquel entonces a cargo de la Gobernación.

El jueves, Nievas le dijo al flamante Fiscal General de la Provincia, Gustavo Vidal Lascano, que abandonaba el cargo.

Palabras claves , , ,
Sin comentarios  ·  Recomendar
 
Más sobre este tema ·  Participar
Comentarios (0) ·  Enviar comentario
Enviar comentario

Nombre:

E-Mail (no será publicado):

Sitio Web (opcional):

Recordar mis datos.
Escriba el código que visualiza en la imagen Escriba el código [Regenerar]:
Formato de texto permitido: <b>Negrita</b>, <i>Cursiva</i>, <u>Subrayado</u>,
<li>· Lista</li>
FULLServices Network | Blog profesional | Privacidad